sábado, 7 de febrero de 2015

JORDAN BRUNO GENTA-"El filósofo y los Sofistas"- LECCIONES 25 Y 26


 

JORDAN BRUNO GENTA




SÉPTIMA PARTE 
Los fundamentos del realismo político que expone el Fedón: la inmaterialidad del alma y la inmortalidad personal. Clasicismo y bolcheviquismo. 
La oposición entre la jerarquía social y la masa urbana, entre la tradición y el bolcheviquismo, entre las condiciones superiores de unos pocos y el trabajo manual inferior de la masa o como quiera llamársele, es lo único presente. No hay en absoluto tercer término. 
OSWALD SPENGLER                             
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO


LECCIÓN XXV 
Enseña Santo Tomás, siguiendo a Platón y a Aristóteles, que el hombre participa con su misma esencia de la comunidad política, aunque no quede comprometido con todas las potencias de su ser; más estrictamente, el alma no debe comprometerse jamás hasta el extremo de quedar absorbida como si todo el horizonte de sus posibilidades estuviera ceñido por el Estado. La vida de la inteligencia culmina en la Verdad trascendente al mundo y al siglo pero válida para todos los mundos y para todos los siglos. Platón nos sugiere en imágenes maravillosas el cielo radiante, inmóvil e incorruptible de las Ideas , la tierra de origen, la verdadera Patria de todos los seres y de todos los nombres que son antes en la mente divina que en las criaturas existentes. Pero es con su alma y su cuerpo que el hombre forma parte de la República y la virtud política le es inherente a su normal existencia de persona. El alma –la subjetividad de la conciencia y la disposición del ánimo-  se exterioriza y objetiva en el mundo ético de la Sociedad y del Estado. La gran filosofía idealista –Fichte y Hegel-, a pesar del error fundamental que importa su incurable inmanentismo, retoma la tradición del pensamiento político que inicia Platón en La República y en Las Leyes . Hegel reconoce en la propiedad, el contrato, la familia, el estatuto corporativo, el Estado y la Historia Universal, las formas de la existencia real, concreta y objetiva de la voluntad; la manifestación externa del espíritu que se sabe a sí mismo y quiere lo que sabe de sí: “es el concepto de la libertad que ha llegado a ser mundo existente y esencia del espíritu que se sabe a sí mismo...” El Estado es la realidad de la idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad manifiesta , evidente a sí misma, sustancial, que se piensa y se conoce; y cumple lo que sabe en cuanto lo sabe. 243 ”  Se trata fundamentalmente de la idea de Platón que hemos expuesto en clases anteriores y que Jaeger nos precisa en un pasaje de Paideia : “Toda disquisición sobre el Estado perfecto, incluyendo la vasta investigación sobre las formas de degeneración del Estado, no son realmente como el mismo Platón lo proclama, más que un medio para poner de relieve la estructura moral del alma y la cooperación entre sus partes, proyectándolas sobre el espejo de la ampliación del Estado 244 .” Nos hemos referido, con marcada insistencia, a este enfoque social y político de los problemas del alma, por lo mismo que la Política es principalmente una cuestión del alma; una cuestión del alma antes que del cuerpo, de sus necesidades espirituales antes que de las necesidades materiales, de teología antes que de zoología, de educación antes que de economía. De ahí que las cualidades y perfecciones del alma que se denominan virtudes, también se proyectan en las costumbres y en las instituciones del Derecho. Lo mismo
                                                 243 Cf. GEORG WILHELM FRIEDRICH HEGEL , Grundlimien der Philosophie ..., o. c., Tercera Parte, n. 142 y 257. 244 Cf. WERNER JAEGER , Paideia. Los ideales…, o. c ., Tomo II, Libro III, IX, página 243. 
corresponde decir de los defectos y corrupciones del alma, las cuales se reconocen tanto en el carácter vicioso de los individuos como en el desorden de la República. La preeminencia que nuestra época le concede, en forma cada vez más exclusiva, a los problemas económico-sociales y a la preparación científica y técnica del ciudadano, en detrimento progresivo de los problemas espirituales y de la educación filosófica, señala una declinación aberrante hacia la zoología, o mejor, hacia el zoologismo en política. Incluso cuando se invoca a Dios y a la Fe de la tradición, no se consigue disimular la falta de convicción y la fingida unción. La hoz y el martillo son más convincentes que la Cruz y la Espada; hasta allí donde se intenta restaurar el principio teológico y humanista, se recae inevitablemente en el culto de las manualidades y de las artes útiles, encomiándose su alto valor educativo y su eficacia como “mejoradores” del alma, a la par de la Religión, de la lengua y de la historia. La vida contemplativa se retira, cada vez más, de los pueblos occidentales y es notorio el menosprecio público por las formas más elevadas y más puras de la inteligencia y de la devoción: la teoría y la plegaria. Un activismo frenético y arrollador lo invade todo; la vida sólo se reconoce como tal, en el cambio, en el acrecentamiento y en la expansión continuos . Vivir es producir y acumular sin descanso; reservarse enteramente para sí y rehusarse a toda donación, a todo servicio abnegado, a todo sacrificio de la tranquilidad burguesa que se apetece universalmente en este Occidente de las grandes y heroicas milicias. Aristóteles enseña justamente que la vida es lo contrario de lo que creemos nosotros, modernos empedernidos: “La vida es el uso y no la producción de las cosas. 245 ”  La hoz y el martillo son los símbolos altamente representativos de la época, más todavía en las grandes democracias occidentales que en la propia Rusia. Su significado es claro, preciso e inequívoco: se debe vivir para producir y preservar; para la subsistencia material, fácil y cómoda, de todos los hombres; para la seguridad universal de la existencia. No hay otro sentido de la redención, de la restauración del hombre; quieras que no, la Cruz y la Espada son desplazadas y rechazadas a menos que se pongan al servicio de ese ideal de seguridad. La Cruz y la Espada son los símbolos propios del hombre y de los pueblos de la Tradición; se refieren al empleo y al gasto de la vida; significan, ante todo, razones para morir, para consagrar la vida generosamente. La pedagogía contemporánea reclama una escuela que prepare para la vida; la pedagogía clásica exige que la escuela que forma al ciudadano, al hombre libre, prepare principalmente para saber morir. La mejor y más adecuada habilitación para los oficios, las artes manuales y el dominio de la técnica de producción que reclama la economía de la República, es absolutamente extraña a la educación del hombre, al cuidado de su alma espiritual y libre.                                                  245 Política I, 2, 1254 a.
La Cruz y la Espada tienen que ver con la muerte; hablan de querer perderlo todo para ganar realmente, de querer morir para alcanzar la vida sin muerte o la inmortalidad de la gloria. Le recuerdan al hombre que tiene que morir y que no es de hombres buscar expedientes para olvidar el “memento” primero y principal de la vida reflexiva. Sus buenas razones tuvo el democrático Rousseau, para insistir en su famosísimo Discurso sobre la desigualdad de los hombres : “[...] que la mayor parte de nuestros males son nuestra propia obra y que los habríamos evitado casi todos, conservando la manera de vivir sencilla, uniforme y solitaria que nos estaba prescripta por la naturaleza. Si ésta nos ha destinado a vivir sanos; me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra natura y que el hombre que medita es un animal depravado 246 .” He aquí una verdadera confesión del espíritu burgués-plutocrático o proletario-; la gran mayoría de los afines no se atreve declararlo pero piensa como Rousseau. La primera meditación de la vida es necesariamente su muerte inevitable y con esto queda estropeado el programa de vivir a gusto; apenas si se tolera la meditación acerca del partido que se puede sacar de todas las cosas. La meditación esencial, la reflexión sobre el fin último, la especulación teórica pura, son intolerables y aborrecibles; manifestaciones típicas del “animal depravado”. La Cruz y la Espada no se avienen con la retórica de Rousseau, que la gran Revolución Francesa expandió e impuso al mundo entero. La hoz y el martillo, en cambio, son los nuevos símbolos consagrados y se avienen a la perfección, con ese lenguaje que no habla ni quiere hablar más que de la vida y que no tiene más calificación para medir las almas y los pueblos que divertido o aburrido. La hoz y el martillo tienen que ver con la vida; hablan de vivir cómodos y seguros, algo así como el ambiente victoriano que se respira en las novelas de Dickens, donde todos los contrastes y negaciones se atenúan casi hasta desaparecer; para que todos los hombres disfruten por igual, sin odiosas exclusiones y en una paz perpetua. Se trata, en definitiva, de producir valores de uso hasta no poder más, hasta quedar asegurado el abastecimiento y la abundancia para todo el género humano; disfrutar esos bienes hasta morirse un buen día, en la cama, con la tranquilidad de dejar a los hijos en un mundo de animales satisfechos y divertidos.  Acabamos de exponer el programa político de la democracia socialista, cuyas etapas de desarrollo venimos cumpliendo inexorablemente en nuestras almas y en las cosas; es el legado del siglo XIX, de su profusión de redentores y legisladores, burgueses o proletarios, liberales o conservadores, monárquicos o republicanos; pero todos irremediablemente socialistas, marxistas, bolcheviques. Y hoy como entonces, hasta los que más se espantan ante el triunfo posible de esa democracia socialista que es el nombre atenuado del comunismo, contribuyen a su advenimiento como si fuese verdad la hipótesis marxista, según la cual es un resultado necesario de la dialéctica histórica.
                                                 246 Cf. J. J. ROUSSEAU , Discurso sobre el origen de la desigualdad …, o. c. 
Ha llegado el momento de preguntarnos: ¿cuál es la razón última que nos permite comprender esta sobreestimación de la hoz y del martillo, frente a la progresiva desestimación de la Cruz y de la Espada? ¿Cuál es la verdadera causa que nos precipita, aún a pesar nuestro, por la pendiente del bolcheviquismo, de la socialización de las personas y de los bienes, de la servidumbre irremediable? La respuesta adecuada no la encontraríamos nunca fuera de nosotros; sería una necedad buscarla en las condiciones de vida, en el escenario donde se representan los conflictos sociales y políticos, así como en las soluciones momentáneas que se van produciendo. La raíz de las cuestiones políticas y sociales está en el alma antes que en las circunstancias; es en la tensión de las partes constitutivas del alma individual donde se juega realmente el destino de la República. Si el régimen moral del alma está subvertido, si la parte sensual y pasional no está contenida y dirigida por la parte reflexiva y capaz de querer, entonces es el caos interior y la pasión determina el juicio y arrastra a la voluntad. Ya no hay preferencias ni exclusiones, mejor ni peor, superior ni inferior, bueno ni malo, justo ni injusto, verdadero ni falso; cada una de las pasiones que prevalece y domina arbitraria y momentáneamente a las demás, reclama la justificación de la razón y ser satisfecha con exclusividad. Esta subversión del alma, esta reivindicación de derechos, de todos los derechos por parte de los inferiores, se nutre en un gran resentimiento, en la pasión nihilista que satura el alma de “esa casta de animales fracasados, incapaces del sí e incapaces del no (Claudel) 247 ” y cuya máxima ya conocemos: diferencia engendra odio . Los que son incapaces de ser señores de sí mismos y no se resignan a obedecer a los que saben mandar porque se mandan a sí mismos, se rebelan contra los verdaderos señores, contra todo lo que es superior y está destinado al mando. Acaso disimulan su íntima disposición de ánimo, haciendo ver que su odio se dirige tan sólo a los privilegios de sangre, de casta, de fortuna o de poderío exterior; y hasta son capaces de acompañar su abstracta, genérica y vacía Declaración de los Derechos del Hombre, con una aclaración sobre la sagrada igualdad que diga: “no habrá otros motivos de preferencia fuera del talento y de la virtud”. Pero, en verdad, las almas resentidas soportan menos las desigualdades naturales que las desigualdades sociales; entre todas las diferencias la que más indignación y furor provoca, es la superior inteligencia. La mediocridad ensoberbecida clama al cielo ante la presencia del real talento o de la inteligencia genial; igualmente insoportable le resulta el caudillo de raza, un verdadero conductor y hombre de mando. Se comprende que así sea, puesto que las desigualdades heredadas socialmente o adquiridas en orden a bienes exteriores, pueden ser abolidas, siempre queda la esperanza, al menos, de que serán suprimidas alguna vez; pero los mentores democráticos, igualitarios y socialistas, saben que la superioridad o el privilegio del talento y del carácter subsiste indeleble como la naturaleza de las cosas y que ninguna reforma
                                                 247 Cf. PAUL CLAUDEL , Écoute, ma fille , París, Gallimard, 1934, página 14. Ver, además, PAUL CLAUDEL , Oeuvre póetique , París, 1967, página 383. Sin datos respecto de la versión utilizada por el autor. 
política podrá impedir, por más arbitrariedad y violencia que pretenda instaurar en contra de lo que es, que Dios siga teniendo sus preferencias y mantenga una aristocrática distribución de dones y de talentos, a fin de proveer las más adecuadas condiciones para el imperio del orden y de la justicia entre los hombres y los pueblos. El socialismo en cualquiera de sus programas de democratización mínima, moderada o extrema, está invariablemente animado por el propósito de corregir a Dios, poniendo coto a sus inclinaciones aristocráticas y tratando de nivelar, uniformar y “estandardizar” todo lo que Dios ha dispuesto que sea jerárquico, distinto, calificado. La pasión que nos entrega, quieras que no, al bolcheviquismo triunfante, es nuestro resentimiento igualitario que nos incita a cortar todas las espigas al nivel de la más pequeña, ya que no es posible hacer que las menores alcancen el nivel de las más altas. Nos devora la pasión de la igualdad real, absoluta, total, entre todos los seres; por esto es que la diferencia engendra odio en nuestras almas y todos nuestros esfuerzos están dirigidos a democratizar y a socializar la política.                               
 
LECCIÓN XXVI 
Platón culmina en el Fedón, el conocimiento que el alma es capaz de alcanzar sobre sí misma, sobre su propia esencia; nos revela, además, a través de la muerte heroica de Sócrates, la perfecta coincidencia entre la idea y la vida que debe realizar un verdadero destino de hombre.  A los que pretenden disimular su odio a la inteligencia, confundiéndola expresa o implícitamente con sus formas viciosas, o mejor, con sus deformaciones intelectualistas o verbalistas, les sería muy saludable remedio leer y volver a leer las páginas inmortales de este Diálogo, a fin de aliviar el alma del resentimiento que la agobia y restituirle a la capacidad de admiración comprensiva y de entusiasmo lúcido hacia lo que es superior y más excelente en cada cosa. La promoción y dirección hacia lo mejor, la intencionalidad hacia lo que distingue y constituye la dignidad propia de cada ser, es la vida natural de la inteligencia. El alma manifiesta lo mejor de sí misma en la manifestación de lo mejor de las otras cosas; sus cualidades distintivas se perfilan con nitidez en la reflexión sobre la esencia de lo que existe fuera de ella. Buscando lo mejor, aquello que distingue y jerarquiza a los otros seres, el alma inteligente trasparece a sí misma en su mejor ser, en su distinción yen su lugar propio. La tendencia radical del alma es el saber; en la medida en que la actividad de la inteligencia racional se desprende de las necesidades inmediatas, de las impresiones sensibles y de las pasiones corporales; en la medida que llega a identificarse con su fin especulativo y opera en el elemento puro del pensamiento hasta alcanzar la objetividad, la universalidad y la necesidad del concepto, el alma se revela a sí misma su naturaleza inmaterial, simple, inmutable, personal e intransferible. Saber, es decir ser en la verdad; llevar en el alma que comprende – transparencia dirigida-, lo que es, la realidad palpitante de las cosas que existen fuera de nosotros; devenir idealmente, intencionalmente, mentalmente, todas las cosas en tanto que son otras, en esto consiste el mejor ser del alma, la conformidad con su esencia, la identidad consigo misma. La verdad es la real perfección del alma racional y el síntoma claro e inconfundible de su inmaterialidad: estar en la verdad es llevar en el alma el ser mismo de las cosas conocidas; nada material tolera que lo otro se encuentre en uno y, más bien, cada uno está inexorablemente fuera del otro y fuera de sí. La materia, se dice, es impenetrable y donde está una cosa no puede estar otra al mismo tiempo; la individuación material es exclusiva y excluyente, rechaza de sí y de su límite exterior, todo lo demás. El alma, en cambio, si de veras conoce, y en la medida que posee la verdad de los otros seres, llega a ser todos ellos y es más ella misma; su individualidad crece y se dilata, se universaliza y llega a ser idealmente el universo existente. El saber y la verdad son cualidades inmateriales del alma, por cuanto si el sujeto del conocimiento como tal, estuviera ceñido por la materia, no podría universalizar al individuo, no podría sacarlo de su estricta clausura y exterior
limitación. Una soledad desolada, un total y absoluto abandono es el carácter de la materialidad. El alma, por el contrario, hasta en soledad está acompañada por ella misma, porque se sabe y se posee interiormente; todavía está consigo misma cuando se siente en el extremo abandono y padece la angustia de la nada. El saber y la verdad, cualidades del alma inteligente, constituyen el principio de toda real coincidencia y solidaridad reflexiva entre las almas, el fundamento de toda comunidad y comunión entre hombres. Por esto es que hemos insistido tanto en que la República se levanta y se sostiene principalmente en el alma. La política es el espejo del alma, el reflejo exterior y objetivo de su estructura moral. La fuerza irresistible y la vitalidad perenne de los argumentos que expone Sócrates, en favor de la inmortalidad personal, radican en la validez del principio demostrativo: la esencia inmaterial del alma que manifiesta su actividad cognoscitiva. Si el acto de pensar y de imaginar, de recordar y de esperar; si el acto de entender no trascendiera la vida animal del hombre y estuviera enteramente determinado por sus necesidades materiales, no tendría sentido alguno meditar sobre la muerte ni aprender a morir, ni preocuparse por una buena o mala muerte. Lo único sensato, razonable y práctico sería que toda actividad, incluso el conocimiento, se ocupara de necesidades e intereses materiales, de preparar para vivir a gusto, para que cada uno pueda vivir su vida sin restricciones que la malogren o le hagan perder un tiempo precioso e irrevocable.  Pensar y trabajar para la vida, en lugar de la estéril y ridícula preocupación de Sócrates por la filosofía que es una meditación constante sobre la muerte para aprender a vivir y -cuando llega la hora, que no puede adelantarse ni postergarse-, saber morir. Para quienes sólo piensan y trabajan en función de la biología, la especulación metafísica, el espíritu teórico, la contemplación filosófica, es una fábrica de sueños y de ficciones inútiles. Buscar lo que es sustancial en las cosas, es decir, la esencia y el fin último, es extender la curiosidad más allá de su faz exterior, material y aprovechable; salirse de una “correcta” apreciación para la vida y entrar en relaciones con la eternidad. Quiere decir, pues, que si el alma desea naturalmente conocer la sustancia de las cosas; si  su intención primera y principal está dirigida a las esencias de los seres existentes en procura de aquella que es su misma existencia, es que opera desligada de los sentidos y necesidades corporales y funciona como “un principio separado e impasible”, según la expresión de Aristóteles en el Tratado del Alma 248 . Hasta el propio Kant, que limita el valor objetivo y científico de la razón teórica al plano de la experiencia sensible, reconoce esa tendencia metafísica de la razón que la lleva al planteo necesario del problema de Dios, de la inmortalidad del alma y de la libertad. Acaso nos sea posible comprender ahora que la ocupación más razonable, más sensata y hasta más práctica de la vida, sea prepararse para saber morir; y
                                                 248 De anima III, 430 a, 17-18. 
mucho mejor hemos de comprender las palabras de Sócrates en el trance de su muerte envidiable. 
[...] No creo que exista ocupación más oportuna para un hombre que muy pronto va a partir de este mundo, que la de examinar bien y procurar conocer a fondo el itinerario del viaje que emprenderá. ¿Qué otra cosa mejor podríamos hacer mientras esperamos la puesta del sol? 249 
Cabe preguntarse cómo puede discernirse, con algún fundamento, cual sea el término de un viaje que nadie nos ha referido jamás. Nadie ha regresado para informarnos y, sin embargo, Sócrates nos habla con seguridad, con serena e imperturbable confianza, con íntima certidumbre, tal como puede hacerlo un testigo directo y fidelísimo, acerca del camino a recorrer y de la suerte que le espera. Por lo pronto, sabe que el alma no viene de sí misma; ni hemos sido consultados para ser lo que somos y menos para ser puestos en la existencia. Tampoco es discreto opinar que venimos del acaso, puesto que un ser destinado a la vida razonable y que necesita justificarse no puede tener su origen en la sinrazón ni en el injustificado azar. Sócrates pone de manifiesto, una vez más, su discreción y su aquilatado juicio, comentando a sus discípulos que si bien puede sorprender y hasta parecer irracional que incluso aquellos para quienes la muerte es preferible a la vida, no deben procurarse a sí mismos este bien y están obligados a esperar otro libertador. Claro está que el hombre, buscador de la razón en todo, tiene que encontrar la razón por la cual está en la existencia y según enseña la antigua máxima 
 [...] Estamos en este mundo como los centinelas en su puesto y nos está prohibido abandonarlo sin contraorden 250 .  
Mejor todavía diremos, continúa Sócrates, 
 [...] que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses [...] No hay razón para suicidarse, y es preciso que Dios nos envié una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día 251 . 
                                                 249 Fedón , 61 e.  250 Fedón , 62 b c. 251 Ibidem.
Salir de la vida, tanto como entrar en ella, no es competencia de nuestra voluntad sino de la voluntad de Dios. Y no es esto negar la libertad, por la razón que dice Lucio Anneo Séneca, “todo lo que por ley universal se debe sufrir, se ha de recibir con gallardía del ánimo; pues al asentarnos en esta milicia, fue para sufrir todo lo mortal, sin que nos turbe aquello que el evitarlo no pende de nuestra voluntad. En reino nacimos, y el obedecer a Dios es libertad.252 ”  Y Dios que ha puesto en el alma la apetencia de lo eterno, la curiosidad de lo eterno y esta conciencia profunda de que debemos esperar sus órdenes, no ha de tener seguramente el propósito de engañarnos y de burlarse de nosotros, tal como nos dice Descartes. Sócrates, que sabe que Dios no hace fraude, tiene las mejores razones para morir en la plenitud de la confianza. 
Dejadme que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas [...] Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber perseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte 253 . 
La filosofía es una preparación para la muerte, por cuanto es un conocimiento puro, una demostración de lo que es y del fin de la existencia, una actividad del alma inteligente que opera separada del cuerpo y que es propia y exclusiva del alma misma. 
 [...] todos los cuidados de un filósofo no tienen por objeto el cuerpo y, por el contrario, no trabaja más que para prescindir de éste todo lo posible a fin de no ocuparse más que de su alma 254 . 
Esto no quiere decir que se desentienda del cuerpo y de sus apremiantes necesidades; sería una extravagancia impropia del más razonable y realista de los hombres; pero el alma que se lleva a la vida del pensamiento puro, de la especulación filosófica, opera como si no existiera en un cuerpo al que está sustancialmente unida; en otros términos, opera como un alma separada y sin comercio alguno con el cuerpo.
                                                 252 LUCIO ANNEO SÉNECA , De la vida bienaventurada , XV.  253 Fedón , 63 e – 64 a.  254 Fedón , 64 e – 65 a. 

[...] es evidente que lo propio y peculiar del filósofo es trabajar más particularmente que los otros hombres en desprender su alma del comercio del cuerpo 255 . 
La adquisición de la sabiduría y de la verdad no la realiza el alma con el cuerpo, aunque sea por medio del cuerpo que entra en contacto inmediato con las demás cosas y con ella misma; ligada al cuerpo en toda su actividad quedaría sujeta a sus mudables impresiones y a sus necesidades relativas y, por lo tanto, aprisionada en una subjetividad irremediable. Es por medio del razonamiento que el alma descubre la verdad, y Sócrates pregunta: 
¿No razona mejor que nunca cuando no se ve turbada por la vista, ni por el oído, ni por el dolor, ni por el placer; y cuando, encerrada en sí misma, abandona el cuerpo, sin mantener con él relación alguna, en cuanto esto es posible, fijándose en el objeto de sus indagaciones para conocerlo 256 ? 
Como decíamos al comienzo de esta clase, es en la vida del pensamiento filosófico, en la demostración pura y en la abstracción conceptual, que el alma trasparece a sí misma en la inmaterialidad de su ser, en su naturaleza espiritual.                    
                                                 255 Fedón , 65 a.  256 Fedón , 65 c
.