jueves, 14 de mayo de 2015

Boicotear las elecciones


Boicotear las elecciones

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"La democracia es el peor sistema de gobierno": Santo Tomás de Aquino
Frecuentemente se escucha el llamado a boicotear las elecciones en México el próximo 7 de junio, o a romper la papeleta públicamente para que ese acto de desprecio sea subido a las redes sociales. Esa convocatoria obedece sin duda al hartazgo de la ciudadanía y al descrédito que los políticos se han ganado a base de corrupción e ineptitud.
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El deseo de boicotear las elecciones es comprensible, y forma parte de la protesta civil organizada y pacífica. El problema es que todo se quede en boicotear o destruir la papeleta, poco o nada habríamos logrado en vistas a lo que realmente hace falta, que es renovar la política desde su raíz.
La política debe servir al hombre. Esto es lo que nadie hace. Por ello, convendría rescatar algunos párrafos de un libro muy luminoso a este respecto, "La concepción católica de la política", del P. Julio Meinvielle.
Las citas del libro, que son comentarios a las encíclicas papales más relevantes de su época sobre la cuestión social, se refieren al peligro del comunismo ateo y violento que amenazaba a la civilización occidental y a la Iglesia en ese entonces. Pero bástenos sustituir la palabra comunismo por lo que está sucediendo en México, corrupción, violencia, y transgresión a la persona humana y al bien común, y los señalamientos siguen siendo totalmente válidos, pues todo esto es fruto de la degradación actual de la democracia. Además, no se trata de una cuestión meramente "religiosa". Recordemos que, para Aristóteles, retomado después por Santo Tomás de Aquino, la democracia es el peor sistema de gobierno porque, cuando la elección recae sobre las masas populares faltas de valores, cual es la situación presente, éstas son fácilmente manipuladas por intereses de pequeños grupos réprobos que no garantizan precisamente que la política pueda efectivamente servir al hombre.
El filosofismo positivista-antropocentrista y la revolución mundial instigada por el sionismo, más allá de destruir la política (y la economía), han corrompido al hombre en su concepción filosófica auténtica. Por ello es importante volver a plantearnos qué es el hombre. Si esto no se resuelve, la cosa pública estará extraviada y conducirá a servir cualquier tipo de intereses, menos los de la población.
Ciertamente, el hombre es un ser con necesidades materiales, porque tiene un cuerpo pero, sobre todo (por ser espíritu inmortal) tiene necesidades intelectuales, morales y espirituales. Y esto no surge de un prejuicio apriorístico que se pretenda imponer a nadie, surge de la misma comprobación empírica, de la observación de la historia humana y de lo que Aristóteles y Santo Tomás llamaban el "sentido común".
Con esto ya tendríamos lo suficiente para formular leyes y políticas publicas humanas y, por lo mismo verdaderas, indefectibles, y puestas al servicio del hombre y del bien común. Éstas no serían, como lo son en México hoy, individualistas, organicistas, estatistas, injerencistas, liberaloides e inmanentes. Obedecerían, más bien, a una política humana y de respeto a lo que es el hombre en su integridad y en su libertad, la cual es el fulcro fundamental de cualquier civilización que quiera subsistir.
Esa política sería, por ende, católica, pues, al hacerse carne, el Verbo divino asumió toda la humanidad y sus realidades sociales, excepto el pecado; por lo mismo, la vida católica debe asumir y elevar toda la vida humana, excepto las corrupciones propias de su debilidad, o las "medidas" y leyes que inútilmente pretenden suprimir o contener esa corrupción.
La política es una actividad moral que nace naturalmente de las exigencias humanas en la vida terrestre del hombre. Pero debe estar orientada a lo principal, que es su destino espiritual, el cual trasciende el tiempo. De ahí que, tanto la ciencia política, que legisla las condiciones esenciales de la ciudad terrestre, como la prudencia política que determina las acciones que convienen a ciertas circunstancias concretas para el logro de determinados fines políticos, deban ajustarse a la vida sobrenatural. De suyo, se desenvuelven en un dominio puramente humano con una autonomía de acción regulada por la razón, no se mete en ello la religión; pero todo ese orden debe estar elevado al fin sobrenatural que Dios ha asignado al hombre, y del cual no nos podemos apartar, a no ser que optemos por el suicidio.
Esta subordinación no es puramente extrínseca, como si la política se refiriese a un fin exterior sin renovarse en su interior; debe tender positivamente a la realización de un fin sobrenatural, pues importa una renovación interior y, de allí, una regulación nueva. Porque la política, aun quedando en el orden de las realizaciones temporales, debe disponer de medios superiores a los de la naturaleza en el estado de sus exigencias puras. La política católica es de un valor humano nuevo y realmente superior al de la política simplemente terrenal.
Por otra parte, las condiciones presentes de la vida política reclaman con especial urgencia que el católico conozca la doctrina de la Iglesia sobre la política. Hoy se han olvidado. Ese conocimiento, además de ser reflexivo, ha de penetrar en la esencia de la realidad política en sus múltiples nexos causales. Y debe ser de orden filosófico, mismo conocimiento del que ahora se carece.
La pura erudición de las teorías y de los hechos políticos, lo que se llama "actualidad política", es nociva si no se está en posesión de la auténtica filosofía de la política; y por lo mismo de la metafísica natural de la inteligencia humana, el llamado "sentido común", lo cual hoy está completamente destruido por perversiones ideológicas inverosímiles como las que imponen organismos internacionales ajenos al interés nacional y que pretenden imponer su moderna "laicidad". Sistematizar leyes despojadas de toda explicación ontológica equivale a querer mantener la vida jugando a la ruleta rusa.
El signo más típico y grave de la descomposición de la democracia en el mundo moderno es, precisamente, esa guerra contra la sabiduría que contempla los principios del ser. De ahí que el mundo moderno sea una feria de fenómenos absolutos llamados Estado, Soberanía, Revolución, Igualdad, Democracia, Ideología de Género, Derecha, Izquierda, Centro, etc. Cada uno de esos conceptos, sublimados a lo absoluto, luchan desordenadamente por imponer su tiránica dominación. Y el ser (tanto el humano como el divino) resultan víctimas de esa lucha alocada y quimérica de los mitos que desataron unos cuantos contra el hombre. Y en ella mueren también todos los valores humanos, incluidos los de la política.
meinvielle 
Aquí los comentarios del P. Julio Meinvielle a las encíclicas papales. Repetimos, referidas a las amenazas y con el lenguaje de aquella época:
La democracia, dominación de la plebe
Nadie ha analizado tan profundamente la democracia como Santo Tomás de Aquino y Aristóteles. Hablamos del concepto puro de la democracia, por lo que ella implica en sí misma, en virtud de sus propias e internas exigencias. Parte el Santo Doctor de la premisa de que "la razón de ser y el término del estado popular es la libertad, y por ello el poder o autoridad se distribuye en ese Estado de acuerdo a la dignidad de la libertad" (POLÍTICA, IV, 7). En su mente la democracia está ligada a una concepción de la vida en que se hace de la libertad el supremo bien del hombre y, por lo mismo, el fin de la ciudad. En el estado popular — dice en POL. III, 4 — "sólo se busca la libertad, y sólo ella es lo que en común confieren todos los ciudadanos. Todas las otras cosas existen por la libertad y para la libertad".

"Nada valen, por tanto, las diferencias que separan a un hombre de otro, nada las dependencias naturales o históricas, nada los vínculos familiares o nacionales, nada la diversidad de los ingenios, de las aptitudes, de la educación, de la cultura o de los derechos adquiridos. Como a todos y a cada uno dio la naturaleza idéntica libertad, será necesario que todos y cada uno en cualquier parte sean iguales".
Pero ¿qué implica para Santo Tomás la noción de libertad? Decláralo en diversas ocasiones; pero aquí vamos a limitarnos al comentario que hace al libro IV, 1 de la POLÍTICA de Aristóteles, donde, después de insistir en que la libertad es la única y principal base del estado popular, añade: "por la libertad se entiende que uno pueda determinarse por propia voluntad y a un fin que uno mismo se propone. Es uno libre, dice, cuando es causa de sí mismo, tanto en el moverse, en cuanto se mueve de propia voluntad y siguiendo la propia razón, como en cuanto se mueve u obra en atención a un fin propio y no al fin de otro. También se toma la palabra libertad por la misma operación o por el acto por el cual se dice que uno se mueve u obra al fin propio".
"Ahora bien — dice el Santo Doctor — sea en una acepción sea en la otra, la libertad la tiene uno o por una disposición natural, y éstos son los naturalmente libres, o por la constitución de la república, que establece que no sea uno gobernado por otro que por sí mismo, ni al fin de otros sino de sí mismo y al fin de la república. Y así entienden la libertad los autores del Estado popular".
Santo Tomás entiende que hay una libertad natural, que posee uno cuando es capaz de gobernarse por sí mismo, en cuanto es capaz de fijarse la norma recta y conveniente de lo que debe obrar y es capaz también de cumplir dicha norma. Es decir, que esta libertad la poseen los varones perfectos que, ordenados por el recto sentido de su razón, se autodeterminan en la práctica del orden que su razón le indica. Esta es la verdadera libertad. La otra libertad, la que sirve de base al régimen democrático, y que no tiene de suyo sino una realidad legal porque surge del decreto constitutivo de la república, ex constitutione reipublicæ, consiste en una pura y simple autodeterminación; es, a saber, en que todos y cada uno de los que integran dicho régimen no sufran menoscabo ni violencia en querer esto o aquello, de acuerdo al propio beneplácito. Y como en cuanto a esta autodeterminación o libertad todos son iguales, "la justicia popular o democrática exige que todos participen en los honores y favores públicos de acuerdo a una unidad cuantitativa, y no, en cambio, de acuerdo a la dignidad de la persona o igualdad de proporción, sino que tanto el pobre como el rico, tanto el ignorante como el instruido..." (sed tantum pauper quantum dives, tantum idiota quantum studiosus). "Por otra parte, como ha de haber quien establezca y conserve esta justicia popular... se sigue que el fin y la justicia del Estado democrático es la opinión de la multitud" (manifestum est quod necesse est illud esee finen populari statui, et justum, quod videtur multitudini) POL. VI, 2.
La opinión y voluntad de la multitud es ley, entonces, en el régimen democrático.
¿Cuál es el resultado de un régimen fundado en estas premisas? El resultado dependerá de la condición moral de los que constituyen dicha ciudad. Porque como el régimen político de la misma descansa en la libertad o autodeterminación de los ciudadanos, su índole — justa o injusta, buena o perversa — dependerá de la condición moral de la multitud. Si ésta, en su mayoría, es virtuosa, la ciudad será virtuosa; si esta es perversa, la ciudad será perversa.

Pero el Doctor Angélico saca inmediatamente la conclusión de que tal ciudad, en que "la multitud fija la norma de la justicia", habrá de ser perversa, porque allí mandan "los viles, los pobres y los desordenados" viles et pauperes et inordinati POL. VI, 2. De aquí que constantemente coloque la democracia entre las formas de gobierno tiránicas, y sea célebre aquella definición de la democracia de EL REINO, I, 1: "La democracia, esto es, el gobierno del pueblo es, a saber, cuando el número de los plebeyos, por el poder del número, oprime a los ricos" (Democratia, id est potentatus populi, quando scilicit populus prebeiorum per potentiam multitudinis opprimit divites).
La conclusión de Santo Tomas está determinada por el concepto pesimista que tiene de la muchedumbre. Se podrían acumular citas y citas en las que enseña que la muchedumbre, en la mayoría de los casos, se deja llevar por sus malas inclinaciones, violando el orden recto de la razón Ver SUMA I. q. 63, a 9. ad. 1; I. q. 49. a. 3 ad. 5; CONTRA GENTILES, III. C. VI.
Pero una sola cita bastará para establecer claramente el pensamiento del Santo Doctor: "en el hombre — dice — hay una doble naturaleza, es, a saber, la racional y la sensitiva. Y como el hombre llega al acto de la razón por la operación del sentido, la mayoría sigue las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón... De aquí provienen los vicios y pecados en que los hombres siguen las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón" (I. II. q. 71 a. 2 ad. 3).
"El pueblo se aparta de la razón las más de las veces", dice el Santo en POL IV. 13, (Populus enim deficit a ratione, ut in pluribus). En substancia, que el pueblo, al no reaccionar sino afectivamente, está expuesto a equivocarse y a extraviarse; necesita que otros — los menos — le indiquen qué le conviene y se lo hagan querer; si una minoría virtuosa no le confiere la virtud, cualquier otra minoría audaz le impondrá el yugo del dinero o del trabajo colectivo.
La democracia tradicional
Para que nadie — sino los que por su jactancia no quieren ni pueden conocer la verdad, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen — se llame a engaño, comienza el Pontífice León XIII su alocución afirmando el carácter tradicional de la democracia sana, que si siempre fue optativa para los pueblos, hoy pareciera ser imperativa. "Apenas precisa recordar — dice — que según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido preferir con moderación las formas populares de gobierno, sin perjuicio, empero, de las enseñanzas católicas sobre el origen y el uso de la autoridad; y que la Iglesia no desaprueba ninguna entre las formas de gobierno, siempre que éstas sean conducentes al bien común de los ciudadanos" (León XIII, encíclica LIBERTAS, 20 de junio de 1888).

Y en estas palabras tradicionales, expresamente recordadas, está toda la doctrina que el Pontífice no hace sino esclarecer. La democracia que Pío XII considera aceptable, primero, no es la democracia pura — hacia la que tiende el mundo moderno —, sino una forma popular moderada; segundo, no la proclama ni la mejor ni la única buena; tercero, no debe estar condicionada sino por la idea de bien común; cuarto, supone la constitución, no de una masa igualitaria, sino de un pueblo jerárquicamente estructurado; quinto, exige una autoridad real y eficaz, derivada y sometida a Dios; sexto, comprende un cuerpo legislativo compuesto "por hombres selectos, espiritualmente superiores y de carácter íntegro que se consideren representantes del pueblo entero y no mandatarios de una chusma; séptimo, que no incurra en absolutismo de Estado".
Es decir, que el Santo Padre, partiendo, como de base, de la idea de que la democracia importa un autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, establece las condiciones o recaudos que, templando y moderando este autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, pueda dar origen a una forma legítima y sana de la democracia.
Exactamente lo mismo que hacían Aristóteles y Santo Tomás, quienes después de analizar la naturaleza última de la democracia, llegaban a la conclusión de injusticia y perversidad si era llevada a las últimas consecuencias entrañadas por su concepto; pero reconocían que esa tendencia al autogobierno de la multitud, si no se le permitía llegar a las últimas consecuencias, sino que era templada y moderada con elementos de otras formas puras como la unidad de la monarquía, la virtud de la aristocracia, y aun la riqueza de la oligarquía, podía ser un régimen legítimo y aceptable, que denominaban politia o república.
Condiciones, en rigor, antidemocráticas, que, al templar y moderar la perversidad expansiva del igualitarismo universal absoluto, dan origen a una cierta y conveniente participación de la multitud en el poder. De aquí se sigue que la democracia tradicional, aceptada por el Pontífice, implica la reprobación de la democracia moderna, tanto en la forma liberal y socialista como en la absurda de los católicos democratistas. Porque estas democracias se apoyan en un concepto de una nueva civilización; niegan o rebajan el origen divino de la autoridad; hacen del pueblo un ídolo o un mito; no pueden evitar la tiranía de la cantidad y del número; identifican la noción de justicia con el régimen popular; están impulsadas por el igualitarismo universal absoluto, etc.
Posibilidad de la democracia tradicional
La Alocución del soberano Pontífice, al preconizar la democracia tradicional, ha vuelto a plantear las posibilidades de esta democracia en las condiciones actuales de la vida moderna, en que el hombre está atomizado por 400 años de progresiva descristianización. ¿Cómo estructurar la sociedad para que sea pueblo y no masa? ¿Cómo se puede infundir la idea de bien común a una masa que ha perdido las nociones fundamentables de los valores morales? ¿Qué procedimientos emplear para que, sin alterar los anhelos de igualdad, se logre la asamblea de selectos de que habla el Pontífice? ¿Cómo asegurar un gobierno-expresión de la nación, cuando ésta se halla dividida por tantas banderías y disensos? ¿Sobre qué base realizar la unidad de los pueblos?

Se aprecia el alcance de estos tremendos interrogantes cuando se tienen presentes las palabras de Pío XII en SUMMI PONTIFICATUS, referentes al proceso de descristianización, valederas perfectamente a las muchedumbres universales. "Muchos, tal vez, al alejarse de la doctrina de Cristo no tuvieron pleno conocimiento de que eran engañados por el falso espejismo... hablaban de progreso cuando retrocedían; de elevación cuando se degradaban; de ascensión a la madurez cuando se esclavizaban". Ahora bien, el problema es gravísimo. Porque no hay duda que es certísimo lo que dice el Papa, que "aleccionados por amargas experiencias, los pueblos se oponen hoy con mayor agresividad contra toda concentración dictatorial, pero no es menos cierto que después de cuatro siglos de descristianización sistemática de los pueblos se encuentran en una postración humana, intelectual y moral, espantosa; los pueblos están devorados por profundas disensiones que no provienen únicamente del ímpetu de las pasiones rebeldes, sino de una profunda crisis espiritual, que ha trastornado los sanos principios de la moral privada y público y ha hecho naufragar aquella conciencia de lo justo y lo injusto, de lo licito y de lo ilícito que posibilita los acuerdos, mientras refreno el desencadenarse de las pasiones y deja abierta la vía a una honesta inteligencia".
Sentido del mensaje papal
De aquí que sea éste el sentido del mensaje papal. ¿Queréis democracia, y una democracia mejor?, dice a los pueblos el Papa. Tomadla, con tal que ella sea tal que respete las leyes esenciales de las sociedades políticas, que deben regirse por el bien común. La Iglesia no se opone a ello; y aunque considera accesorios e indiferentes los regímenes políticos, cree conveniente, hoy más que nunca, cierta participación de los pueblos en su propio gobierno. Pero sabed que cuanto mayor sea esta democracia o participación, más necesario será que mi influencia se haga sentir profunda y universalmente. Ella exigirá de vosotros una humilde y total aceptación de todas las enseñanzas de los Pontífices Romanos, desde Gregorio XVI en la MIRARI VOS, Pío IX en el SYLLABUS, hasta León XIII, Pío X, Pío XI, donde se condenan los pestíferos errores modernos y se establecen las bases auténticas de la ciudad cristiana.

Las palabras del Papa se hacen oír en un momento de excepcional solemnidad. Porque los pueblos, en loca pendiente, vienen alucinados por el progreso falso, y están a punto de caer en el abismo del comunismo ateo. La democracia, de que andan embriagados, conduce inexorablemente a ese abismo. Ningún poder humano puede librarlos de que en él se precipiten sin remedio. El poder material del Estado, en el que muchos habían depositado su confianza y que con mano fuerte y totalitaria había intentado detener el alud, tiene que confesar su fracaso.
Entonces, ¿qué? Entonces habla la Iglesia por boca de su Pastor Supremo y dice: Sólo yo puedo liberaros. No con la democracia, que es una forma política accesoria e indiferente, sino a pesar de la democracia, que por sus exigencias metafísicas tiende a perderos. Yo puedo vencer la dialéctica de la historia, y si humanamente el mundo le pertenece hoy a Moscú, por disposición divina a mí me corresponde en verdad, porque yo he sido puesta para salvar a la humanidad, ayer, hoy y siempre, hasta la consumación de los siglos.
Y sólo la Iglesia puede elevar las multitudes a la virtud para que entonces sin peligro pueda ser virtuosa la ciudad. Porque es un poder santificante, ella puede transformar por dentro al hombre, y de la condición materialista en que por sí mismo es arrastrado puede levantarle a la verdadera virtud y a la verdadera libertad, que sólo se alcanza en la santidad, cuando uno, lleno de orden y de virtud, se autodetermina al orden y a la virtud. Por esto, cada día aparece más claro que la humanidad, desgarrada hoy en las entrañas de su ser, que pide libertad y democracia, sin saber qué pide ni cómo lo ha de conseguir, sólo puede ser salvada por la Efusión del Espíritu de Dios, que sólo habita en la Iglesia Católica. Efusión que llegue a las almas individuales y que llegue también a las estructuras sociales. Si no quiere caer en la esclavitud de Moscú, la humanidad debe someterse a la disciplina sobrenatural de la Iglesia.
NUESTRO TIEMPO, Nº 26, 16 de Marzo de 1945.

Conclusión
Hasta aquí las citas del libro del P. Julio Meinvielle, citando la doctrina de los pontífices respecto a la democracia. Muchas cosas pueden no aplicar en el lenguaje o en las situaciones actuales. Pero lo importante es captar el fondo del pensamiento filosófico que viene de Aristóteles y Santo Tomás, y que fue retomado por los Papas en tiempos modernos: la democracia es en sí misma un instrumento neutro respecto al hombre y al bien común. Será bueno, si está inspirado por un sentido genuino de moral y de valores éticos propios de la persona humana, será perverso si está guiado por una política terrenal, materialista, estatista, liberaloide e inmanente, como la que tenemos hoy día, obedeciendo a intereses de grupo y a una Constitución que en sus orígenes fue fraguada por intrusiones extranjeras ajenas al bien de nuestra nación.

Da igual qué partido gane u obtenga la mayoría. Da igual qué personaje esté al frente de ese sistema que es resultado del voto "popular". Si no hacemos un esfuerzo porque la política recobre los principios y valores humanos, sobre el que destaca la trascendencia y la verdadera e íntegra libertad, pronto asistiremos a la anarquía, a la involución autoritaria y al colapso de nuestra civilización.
Ese es el verdadero reto que tenemos, el cual va más allá del 7 de junio.