“Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos,
y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre,
debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría,
es democracia.
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En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad,
conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la
elección de los cargos públicos, no anteponemos las razones de clase al
mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su
actividad, y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos
debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de
prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado
vivimos como ciudadanos libres… en la vida pública un respetuoso temor
es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos
obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y
principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren
injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las
infringe una vergüenza por todos reconocida”.
No estamos refiriéndonos a nuestra Patria, por supuesto. Este breve fragmento pertenece a la Oración Fúnebre
de Pericles, del año 431 A.C., que fuera recogida por Tucídides en su
obra “Historia de la Guerra del Peloponeso” (Libro 11, Cap. 34/36). En
él nos muestra con meridiana claridad el poder de la ciudad y la
libertad que, en democracia, gozan los ciudadanos, quienes a su vez
viven con un profundo respeto por el imperio de la ley.
Tal vez, si supiésemos finalmente votar, podríamos nosotros también acceder a una verdadera DEMOCRACIA.

