lunes, 4 de mayo de 2015

Dignidad del cristianismo e indignidad de los cristianos (1939) (I) – Nicolás Berdiaeff

 Dignidad del cristianismo e indignidad de los cristianos (1939) (I) – Nicolás Berdiaeff

  Boccaccio nos cuenta la historia de un israelita, que tenía un amigo cristiano y deseaba convertirse al cristianismo. El israelita estaba casi convertido y pronto a aceptar el cristianismo; pero antes de decidirse definitivamente quiso ir a Roma y observar la conducta del Papa y sus cardenales y la vida de los hombres que estaban a la cabeza de la Iglesia.
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 El cristiano que se había empeñado en convertirle se asustó y pensó que sus esfuerzos habían sido vanos, pues cuando viera todos los escándalos de Roma su amigo no se decidiría a hacerse bautizar. El israelita partió y comprobó la hipocresía, la depravación, la corrupción, la simonía que reinaba en esa época en la corte del Papa y entre el alto clero romano. A su  regreso, su amigo cristiano, muy inquiero le preguntó la impresión que le había causado Roma. La contestación fue de un sentido perfectamente profundo e inesperado: “Si la fe cristiana había podido resistir todos los escándalos, todas las abominaciones que había visto en Roma, y si, a pesar de todo eso, se había fortalecido, debía ser ésa la fe verdadera”, y se hizo cristiano.
  Este cuento nos revela  - aun prescindiendo de la intención de Boccaccio – la única manera de defenderá al cristianismo. El mayor cargo que se le pueda hacer concierne a sus adeptos. Los cristianos son la piedra de escándalo para el que se proponga volver a la fe cristiana. En nuestra época, sin embargo, se ha abusado un poco de este argumento. En el curso de los siglos anteriores se juzgaba, ante todo, la fe cristiana por su eterna verdad, su doctrina y sus mandamientos. Pero actualmente preocupa más el hombre, todo lo humano. En nuestro siglo incrédulo, de vasta incredulidad, se tiene por costumbre juzgar al cristianismo a través de los cristianos. Sus malas acciones, las deformaciones que sufre su fe, los excesos, son los que preocupan más que el cristianismo y son más aparentes que la gran verdad cristiana. El cristianismo es la religión del amor; pero se le juzga por las violencias cometidas en la Historia por los cristianos. Los cristianos comprometen su fe y se prestan por lo mismo a hacer caer en la trampa a los cuitados.
  Estábamos cansados de oír que los representantes de otras religiones, los budistas, los mahometanos, los israelitas, son mejores que los cristianos y cumplen mejor con las leyes de su religión. Nos señalan, además, que los incrédulos, los ateos y materialistas que son superiores, más idealistas en la vida y capaces a veces de mayores sacrificios. Pero toda la indignidad de los cristianos reside principalmente en que no cumplen la ley de su religión, que la transforman y la adulteran. Por la elevación del cristianismo se juzga de la indignidad de los cristianos, de su incapacidad para remontarse a su altura. Pero ¿cómo puede imputarse la indignidad de los cristianos al cristianismo, ya que se reprocha a éstos el estar en desacuerdo con la dignidad de su fe? Estas acusaciones son evidentemente contradictorias. Si los adeptos a otras religiones son a menudo más fieles a su credo que los cristianos, si cumplen mejor sus preceptos, es justamente porque éstos están más a su alcance en relación a la excepcional elevación del cristianismo. Es más fácil ser buen mahometano que buen cristiano. Realizar en la vida del ideal de la religión del amor es lo que hay de más difícil; pero por eso no deja de ser ni menos grande ni menos verdadera. Cristo no es responsable de que se pisoteen sus mandamientos.

Nicolás Berdiaeff “EL cristianismo y la lucha de clases” – Ed. Espasa Calpe – México – Bs. As. – 3° Edic. 1944. Págs. 125-127.

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