Dignidad del cristianismo e indignidad de los cristianos (1939) (I) – Nicolás Berdiaeff
Boccaccio nos cuenta la historia de un
israelita, que tenía un amigo cristiano y deseaba convertirse al cristianismo.
El israelita estaba casi convertido y pronto a aceptar el cristianismo; pero
antes de decidirse definitivamente quiso ir a Roma y observar la conducta del
Papa y sus cardenales y la vida de los hombres que estaban a la cabeza de la
Iglesia.
El cristiano que se había empeñado en convertirle se asustó y pensó
que sus esfuerzos habían sido vanos, pues cuando viera todos los escándalos de Roma
su amigo no se decidiría a hacerse bautizar. El israelita partió y comprobó la
hipocresía, la depravación, la corrupción, la simonía que reinaba en esa época
en la corte del Papa y entre el alto clero romano. A su regreso, su amigo cristiano, muy inquiero le
preguntó la impresión que le había causado Roma. La contestación fue de un
sentido perfectamente profundo e inesperado: “Si la fe cristiana había podido
resistir todos los escándalos, todas las abominaciones que había visto en Roma,
y si, a pesar de todo eso, se había fortalecido, debía ser ésa la fe verdadera”,
y se hizo cristiano.
Este cuento nos revela - aun prescindiendo de la intención de
Boccaccio – la única manera de defenderá al cristianismo. El mayor cargo que se
le pueda hacer concierne a sus adeptos. Los cristianos son la piedra de
escándalo para el que se proponga volver a la fe cristiana. En nuestra época,
sin embargo, se ha abusado un poco de este argumento. En el curso de los siglos
anteriores se juzgaba, ante todo, la fe cristiana por su eterna verdad, su
doctrina y sus mandamientos. Pero actualmente preocupa más el hombre, todo lo
humano. En nuestro siglo incrédulo, de vasta incredulidad, se tiene por
costumbre juzgar al cristianismo a través de los cristianos. Sus malas
acciones, las deformaciones que sufre su fe, los excesos, son los que preocupan
más que el cristianismo y son más aparentes que la gran verdad cristiana. El
cristianismo es la religión del amor; pero se le juzga por las violencias
cometidas en la Historia por los cristianos. Los cristianos comprometen su fe y
se prestan por lo mismo a hacer caer en la trampa a los cuitados.
Estábamos cansados de oír que los
representantes de otras religiones, los budistas, los mahometanos, los israelitas,
son mejores que los cristianos y cumplen mejor con las leyes de su religión.
Nos señalan, además, que los incrédulos, los ateos y materialistas que son
superiores, más idealistas en la vida y capaces a veces de mayores sacrificios.
Pero toda la indignidad de los cristianos reside principalmente en que no
cumplen la ley de su religión, que la transforman y la adulteran. Por la
elevación del cristianismo se juzga de la indignidad de los cristianos, de su
incapacidad para remontarse a su altura. Pero ¿cómo puede imputarse la indignidad
de los cristianos al cristianismo, ya que se reprocha a éstos el estar en
desacuerdo con la dignidad de su fe? Estas acusaciones son evidentemente
contradictorias. Si los adeptos a otras religiones son a menudo más fieles a su
credo que los cristianos, si cumplen mejor sus preceptos, es justamente porque
éstos están más a su alcance en relación a la excepcional elevación del
cristianismo. Es más fácil ser buen mahometano que buen cristiano. Realizar en
la vida del ideal de la religión del amor es lo que hay de más difícil; pero
por eso no deja de ser ni menos grande ni menos verdadera. Cristo no es
responsable de que se pisoteen sus mandamientos.
Nicolás Berdiaeff “EL cristianismo y
la lucha de clases” – Ed. Espasa Calpe – México – Bs. As. – 3° Edic. 1944.
Págs. 125-127.
Nacionalismo Católico San Juan Bautista


