EL HOMBRE NO TIENE VOCACION DE LA FRATERNIDAD
“la
fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte
y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la
fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos” (8 de diciembre 2013).
Si uno lee esta frase y se queda tan tranquilo, como si hubiera dicho una verdad, entonces es que no vive la verdad en su vida.
La
cruz es para quitar el pecado de todos los hombres. Y no es para
regenerar nada. Cristo muere para expiar el pecado, para arrancar la
obra que el demonio hizo en la humanidad. Una obra que sólo se puede
quitar de esta manera: muriendo a todo lo humano, tanto de una forma
material, natural, física, como espiritual y mística.
En
el Calvario está la cima de la muerte en todos los aspectos como se
quiera mirar. Jesús es un hombre que muere, con esa muerte de Cruz,
porque ha vivido su vida humana muerto a todo lo humano, sin importarle
nada de lo humano. Y, por tanto, haciendo en esa vida humana, sólo la
Voluntad de Su Padre.
Y
esa muerte en Cruz le lleva a la Resurrección, en la que Dios da al
hombre un nuevo camino, distinto a lo suyo humano, a lo natural, a lo
material, a lo carnal. Y, por eso, la Resurrección de Cristo exige la
gracia y el Espíritu al hombre, que llevan a la humanidad hacia la
Gloria de Dios, hacia el Reino Glorioso de Dios; y, por tanto, hace que
la vida de todo hombre tenga un fin divino, un fin que el hombre sólo
puede poner en su vida humana si sigue el Espíritu de Cristo, si imita a
Cristo en todo. Y, por eso, hay que morir, como Cristo, a todas las
cosas humanas, no hay que apegarse a nada humano, para poder entrar en
la Vida de la Resurrección.
Cristo
muere en la Cruz para quitar el pecado, pero no muere para que el
hombre ya no tenga que sufrir ni morir. Muchos piensan, y Francisco es
uno de ellos, que ya con el sufrimiento y la muerte de Cristo, no hay
que hacer más en la vida, no hay ya penitencia por el pecado, no hay
desprendimiento de la vida humana, porque ya Cristo da otra cosa al
hombre.
Y
esto es un grave error, porque Cristo no quita al hombre ni el
sufrimiento ni la muerte en la Cruz, sino que Él vence la obra del
demonio en el hombre: que es el pecado. Y, por eso, el Señor da en Su
Iglesia el Sacramento de la Penitencia, que es la gracia para perdonar
el pecado y expiarlo. Ese sacramento es por lo que hizo Cristo en la
Cruz. Como él venció la obra del demonio, que es el pecado, Cristo tiene
poder para quitar el pecado en cada alma. Pero cada hombre tiene que
ver su pecado y arrepentirse de su pecado y, por tanto, confesarlo ante
Cristo. Para eso, Cristo pone a sus sacerdotes, que son otros Cristos,
que obran en la Persona de Cristo, para poder quitar el pecado.
Con
la Cruz se quita el pecado, pero no se quitan las consecuencias que
trae el pecado. Con la Cruz, el hombre tiene la gracia para no pecar
más, pero no tiene la fuerza para obrar siempre la Voluntad de Dios en
su vida, porque todavía queda la concupiscencia del pecado. Y, por
tanto, el hombre tiene que dar a su vida un camino de sufrimiento, de
sacrificios, de desprendimiento de todas las cosas humanas si quiere
vivir la Resurrección.
Cuanto
más el hombre viva escondido de otros hombres, viva oponiéndose a otros
hombres, viva luchando contra las ideas de los hombres, más comprende
qué significa la Resurrección y qué Dios le pide de su vida.
Francisco
da una doctrina totalmente equivocada, porque pone el centro de todo en
la fraternidad. Y esto es, sencillamente una herejía. Porque el hombre
no tiene la vocación de la fraternidad. Eso se lo ha sacado Francisco de
la manga, eso se lo ha inventado él en su necia cabeza.
“De
hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un
ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva
a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un
verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una
sociedad justa, de una paz estable y duradera” (8 de diciembre 2013).
La
fraternidad no pertenece a la esencia del hombre, a su naturaleza
humana. Dios no crea a un hombre sociable, es decir, Dios no crea a un
hombre para otro hombre, para que el hombre ame a otro hombre.
Dios
crea a Adán. Y sólo a Adán. Y en Adán lo pone todo: su vida divina, sus
dones divinos, sus tesoros divinos. Y a Adán le da el señorío de la
Creación. Y sólo a Adán: “Plantó, luego, Yavhé Dios un jardín
en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara (…) para que
lo cultivase y lo guardase” (Gn 2, 9.15).
No pone a la mujer, porque todavía no ha sido creada. La mujer viene después, una vez que Dios da a Adán el mandato: “De
todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la
Ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres
ciertamente morirás” (Gn 2, 16).
El
mandato divino es sólo para Adán, no para la mujer. Y, por tanto, Adán
podía pecar, ir en contra de ese mandato, sin que la mujer todavía fuera
formada. Y, por tanto, ese mandato no es para la vida de los hombres,
para la vida social de ellos, para la vida fraternal de ellos. Es un
mandato sólo para Adán. Por tanto, la fraternidad no pertenece a la
esencia del hombre, porque Adán en el Paraíso no es un ser relacional,
social, fraternal. Adán está sin mujer en el Paraíso. No hay relación,
no hay sociedad, no hay familia, no hay nada. No hay otros hombres.
Y,
entonces, ¿cuál es el mandato de para Adán que no siguiéndolo, la
muerte viene para Adán? ¿En que consiste ese árbol de la ciencia de bien
y del mal, que sólo es para Adán, porque la mujer no ha sido formada
aún?
Si
Adán hubiera pecado sin la mujer, sin que Dios creara aún a la mujer,
entonces su pecado ¿qué obraría en la mujer cuando fuere creada?
Y
si Adán pecó cuando ya Dios creó a la mujer, por sugestión de la mujer,
entonces, ¿en qué consiste ese pecado en su relación con la mujer, en
su ser sociable con la mujer, en su fraternidad con la mujer?
La
Sagrada Escritura es muy sencilla: Dios pone una ley sólo a Adán, no a
la mujer. Una ley que Adán no puede desobedecer. Si desobedece vienen
las consecuencias sólo para Adán. Y Adán, obrando esa desobediencia,
transmite su pecado a todos los hombres, empezando por su mujer.
Cuando
Adán peca, ya no existe la fraternidad entre los hombres. Porque la
fraternidad sólo se puede dar sin pecado. El amor al prójimo nace del
amor a Dios. Si hay pecado, no hay amor a Dios y, en consecuencia, no
hay amor al prójimo.
Adán
está solo en el Paraíso, sin mujer, sin hermanos, con una ley que no
puede traspasar. Luego, esa ley es sólo para Adán. Y Jesús muere en la
Cruz para ser el Nuevo Adán, para quitar el obra del pecado que hizo
Adán en él mismo y que, después, la transmite a toda la humanidad.
El
pecado de Adán no es para la humanidad, no rige la fraternidad, no se
funda en el amor entre los hombres, no es una cuestión social, no es
esencial en la humanidad. Es sólo para Adán.
Por eso, Francisco se equivoca al decir “la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad”.
Es que Adán no tenía inscrito en él la vocación a la fraternidad cuando
recibió la ley divina que le impedía comer del Árbol. Adán tenía en su
corazón la ley divina del Amor de Dios, que le ponía en relación sólo
con Dios y con la Obra de Dios en el Paraíso.
Adán
está solo. No hay humanidad. Y sólo recibe el mandato. Y podía pecar
sólo, sin la mujer. No hay amor fraternal, no hay amor social, sólo amor
divino.
La
mujer fue el instrumento del demonio para hacer pecar al hombre. Pero
el pecado de Adán es su pecado e impide la fraternidad, impide el amor
hacia el hombre. Por eso, Adán, cuando peca con su mujer, peca sin amor
fraterno, peca con el deseo de hacer un mal, de hacer un odio en la
mujer. No hay fraternidad. Y lo que sale de ese pecado, de esa relación
sexual no querida por Dios es odio. Por eso, Caín mata a Abel, por el
pecado de Adán, que se trasmite a toda la humanidad.
Y
Cristo Jesús, en la Cruz, quita este pecado de Adán. Y, por tanto, no
da al hombre el ser fraterno, no vuelve al hombre a la fraternidad, a lo
sociable, porque el pecado de Adán no tiene nada que ver con la
fraternidad o con la vida sociable de los hombres.
Jesús
quita el pecado de Adán, pero no da el amor fraterno a los hombres.
Jesús pone las cosas en su sitio. En el hombre tiene que estar lo que
tenía Adán inscrito en su corazón: el amor divino. Por eso, decir: “La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad”, es una soberana estupidez y una herejía.
En
la Cruz, el Señor quita el pecado de Adán. Y, entonces, en la Cruz se
da el nuevo camino para toda la humanidad. La Cruz es el lugar donde se
funda la Verdad del hombre.
Dios
puso a Adán en la Verdad de su vida en el Paraíso. Esa Verdad, Adán la
perdió. Esa Verdad, el Nuevo Adán la rescató para el hombre.
¿Qué
es lo que perdió Adán en su pecado? ¿Qué es esa Verdad? Por supuesto,
que no tiene nada que ver con la fraternidad, como quiere Francisco.
Hoy
la gente no quiere pensar la verdad como está escrita en el Evangelio. Y
cree las fábulas de gente que no tiene vida espiritual, que no cree en
la Palabra de Dios, que sólo cree en sus pensamientos, en sus ideas, en
sus negocios en la Iglesia.
Francisco
está haciendo negocio con su doctrina de la fraternidad. Quiere que
todos los hombres se amen para que él gane su dinero en la Iglesia, para
que él sea popular entre los hombres. Francisco nunca enseña la Verdad
porque no le interesa la Verdad. Sólo quiere su negocio en la Iglesia.
Y
es triste ver a los hombres de la Iglesia que le hacen el juego a ese
idiota. ¡Es triste! Contemplamos las fábulas de Francisco en medio de la
Iglesia y nadie se atreve a desenmascararlas. ¡Eso es lo triste! Nadie
enseña que Francisco está mintiendo en la Iglesia. ¿Para qué estamos en
la Iglesia? ¿Para actos sociales, fraternos, humanitarios?
Estamos
en la Iglesia para vivir a Cristo, para vivir la Verdad, que es Cristo.
Y aquel que no quiera esto, que se vaya de la Iglesia, pero que no haga
como Francisco: se queda sentado, en una Silla que no le pertenece,
para mostrar al mundo la cara de su soberbia y de su orgullo.
Quien
quiera ser Iglesia tiene que despertar ya de las estupideces de
Francisco y combatirlo como hay que hacerlo: presentando su mentira como
mentira, no como algo que se pueda seguir en la Iglesia
