¿Intransigencia o adaptación?
La entrevista a John Rao ha sido un aporte interesante para desmitificar el modelo norteamericano. En las décadas de 1950 y 1960, las falencias del modelo estadounidense eran menos visibles que en la actualidad. Ofrecemos hoy el fragmento de un libro que reflexiona sobre los pros y contras de dos actitudes fundamentales que pueden asumir los católicos en la vida política. Las reflexiones también parecen aplicables al ámbito intra-eclesial.
"…surgen diversas actitudes en los espíritus. A dos grandes géneros se pueden reducir, hablando en líneas generales.
Primera actitud: Es la de aquellos que concentran su atención y esfuerzo en lo actual, no
ciertamente desconociendo que hay un ideal, por decirlo así, puro y
absoluto, al que hay que tender; pero sí trabajando en lo actual como si
prácticamente fuera algo definitivo, o por lo menos tal que
durará mucho tiempo sin que se pueda al presente influir sensiblemente
en un acercamiento mayor al ideal puro cuya consecución, aun deficiente e
imperfecta, se pierde en lejanías misteriosas e imprevisibles.
La segunda actitud es la de aquellos que miran constantemente al ideal puro o a lo que debe ser, y a través de él contemplan lo actual, y
por tanto con la continua atención y esfuerzo para ir influyendo en
personas y circunstancias para la más pronta y eficaz consecución
del ideal. La fe les guía y alienta, y el deseo de que sea lo que debe
ser.
De estas actitudes
se derivan conductas que pueden ser muy desemejantes. 1) Unos apenas
proclaman el ideal y los principios absolutos; sólo parecen recordarlos
de pasada, aunque puede ser que, cuando es necesario, con gran valentía.
En cambio insisten en la visión de lo actual, y en las oportunidades de
la acción inmediata. Corrientemente parecen convenir en todo con las
personas aconfesionales y discurrir a la manera de ellas; con
ellas colaboran amigablemente en el planteo y solución de los problemas
sociales. Ven muy lejano el despuntar del sublime ideal y su irradiación
en la práctica y creen perder tiempo levantando los ojos de la realidad
para contemplar el ideal en toda su pureza y entusiasmarse por él. 2)
Otros, en cambio, parecen estar siempre como desasosegados y
descontentos de lo real. Lo miran siempre en relación con el ideal puro y
con lo que debe ser en toda su plenitud. Y por esto ven siempre
impresionados las deficiencias de la realidad. No se acomodan con
satisfacción a los aconfesionales; y aunque agradecen lo que se les
da, no renuncian en manera alguna, y así lo hacen constar claramente, a
lo que tienen derecho. De ahí cierta actitud permanente de exigencia y
de lucha.
De suyo, hablando
en abstracto, las dos actitudes y conductas son estrictamente legítimas:
la de «inteligencia, adaptación, armonía», y la de «intransigencia o
lucha tenaz por el ideal»; y hablando también en abstracto, su vicio
radical sería el desentenderse una plenamente de la otra con
exclusivismo total. — ¿Cuál es en la práctica la más eficaz? Cuestión
enormemente difícil, la más difícil quizá de todas las cuestiones
prácticas de algún momento que sobre la conducta pública de un individuo
o una sociedad se pueden proponer. Casi parece insoluble, y
siempre habrá sobre ella respuestas divergentes —. Por de pronto en
ambas soluciones la eficacia depende mucho de las personas y
circunstancias (...). En todo caso las consecuencias son tremendas,
pues de la solución adoptada depende muchas veces el porvenir religioso
de las naciones. Por ejemplo, ¿qué hubiera sido del catolicismo en
Francia si hubieran permanecido compactos los católicos después de la
Ley Falloux,
luchando todos a una en una dirección valiente y bien fija? Pero
después de esa Ley surgieron diferencias de opinión y de táctica que no
fueron sino acrecentándose y ensanchándose con el correr de los tiempos.
La «adhesión» o el «ralliement» no logró concentrar las fuerzas
católicas y el resultado final ha sido y es doloroso y patente.
| León XIII |
Unas y otras tienen sus graves peligros y sus grandes ventajas. En la actitud de intransigencia y
de lucha hay el enorme peligro de que, exigiéndose todo, al fin se
quede uno con nada o muy poco; hay además el peligro de que hierva
siempre una especie de desasosiego y lucha sorda en el seno mismo de la
sociedad. Pero también hay la ventaja incomparable de que la lucha
continua por el ideal evita el estancamiento y la corrupción, impide que
se evaporen o pierdan su vigor las esencias de los principios,
procurando que se apliquen con decisión y en su integridad a la
práctica. A propósito del levantamiento de la Vendée ha escrito Alberto
Vandal: «Hay que reconocerlo: la sangre derramada a torrentes en el
Oeste fue para el catolicismo francés el germen de salvación». Y en
diversas ocasiones la persistencia del catolicismo en un ambiente
favorable a su difusión sin estorbo de otros cultos, se ha debido a
grupos, más o menos numerosos, de católicos valientes que quieren
defender sin balbuceos su catolicismo y que ante todo quieren
ser católicos. Por fin, esta actitud es también la que enseña a guardar
mejor la jerarquía de valores, concediendo clara y resueltamente a la
Religión la primacía sobre todo lo demás.
Por su parte las actitudes de inteligencia, adaptación y armonía, si
bien fracasan generalmente ante sectarios convencidos que a todo trance
y por encima de todo quieren combatir la Religión Católica, suelen
conseguir protección, buen trato y aun bastantes facilidades de
acción cuando se trata de adversarios leales, que buscan sinceramente
salvaguardar lo que juzgan el derecho de todos, y una convivencia social
en un régimen fecundo de bienestar, de orden y de paz. Pero estas
ventajas van acompañadas de muy graves inconvenientes. a) Hay ante
todo en la masa el peligro de que, o no se resigne a ir por esos caminos
de «inteligencia», o de que, puesta ya en esa ruta, llegue a extremos
reprobables, pues la masa de suyo es extremista en bien y en mal. b) Hay
también el peligro de que por los caminos de «inteligencia y
adaptación » que son siempre de cierta condescendencia, se engendre una
actitud de espíritu en la que se mire el hecho y la hipótesis actual
como la única digna de ser tenida en cuenta, y se aparte la atención de
lo que de suyo y por derecho habría de ser. Y esta actitud con
frecuencia quita los estímulos para procurar una situación mejor y más
conforme al ideal; al contrario hace como descansar en la situación
actual como en algo definitivo a lo cual hay que acomodarse. Y fuerza es
confesar que la naturaleza se acomoda con gusto. Y por lo general,
cuanto menos se siente lo sobrenatural y divino y la trascendencia de la
salvación de las almas sobre lo terrenal y pasajero, con mayor
facilidad y gusto se acomoda uno a estas situaciones de hecho. c) En
fin, las acomodaciones no son muy aptas para enseñar, y menos a la masa,
la verdadera jerarquía de los valores, por la que sabemos anteponer lo
divino a lo humano, los bienes del espíritu a los bienes materiales y
del cuerpo, y el conato y esfuerzo, y, cuando es preciso, aun la
lucha valiente y heroica por el ideal, a un estado de simples ventajas y
bienestar material, pero en el que más o menos calladamente salen
mermados los intereses de Dios y de las almas.
| Jean Ousset |
Tomado de:
Segarra, I. La Iglesia y el Estado, Ed. Casals, Barcelona, 1963, ps. 150 -153.

