BERGOGLIO CORROMPIENDO LA MENTE DE LOS NIÑOS
«La
religión…sobre todo nos ayuda – todas las religiones, porque todas
tienen un mandamiento que es común – a amar al prójimo. Y este “amar al
prójimo” nos ayuda a todos para la paz. Nos ayuda a todo a hacer la
paz, a avanzar hacia la paz» (Vaticana en italiano –VIS – Zenit – Radio Vaticana). Todas las religiones tienen un mandamiento común: amar al prójimo. Esta es la blasfemia dicha a los niños para sembrarles, en sus mentes, la herejía y la apostasía de la fe.
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El
amor, entendido en el lenguaje humano, es la base del falso ecumenismo.
Un amor que no apela a una verdad, que no señala una verdad, que no
guía hacia la verdad.
Es
el concepto de amor que cada mente humana se inventa para darle al otro
una vida sin sentido, sin finalidad divina, sin camino verdadero.
Trece preguntas, trece respuestas dignas de un protestante.
Pelear es «parte de la vida…pero, al final, lo importante es hacer la paz».
No es no pelear; no es quitar ese pecado. No es practicar una virtud
para no pelear. Bergoglio no enseña a los niños la vida de piedad, la
vida virtuosa, en donde se encuentra la gracia, el don de la paz.
Bergoglio enseña a seguir peleándose, a seguir en el vicio, pero haciendo, al final, la paz: «Sí, discutimos, pero no acabar la jornada sin hacer la paz». Discutir es muy bueno: «A veces, yo tengo razón; el otro se ha equivocado, ¿cómo voy a pedir disculpas? No pido disculpas, pero hago un gesto». No practico un acto de humildad, no me humillo, aunque sepa que llevo razón. «No pido disculpas». Estoy con la cabeza muy alta, porque tengo razón. «Pero hago un gesto» para que «la amistad continúe».
Todo
es cuestión de palabras, de gestos, de lenguaje humano apropiado. Nada
es practicar las diferentes virtudes para no pelear. Es la pura soberbia
lo que enseña a los niños: «Yo he pelado muchas veces, también ahora, me ‘caliento’ un poco, pero trato siempre de hacer las paces. Es humano pelear».
Es
de hijos de Dios no pelear. El niño que quiera ir al cielo tiene que no
pelear. Y si pelea, debe confesar su pecado. Debe arrepentirse de su
pecado. Tiene que expiar su pecado. Bergoglio es incapaz de enseñar esto
a los niños.
De esta manera, a base de gestos «se construye la paz cada día». La paz no es el orden divino en el alma; no es el fruto de una obra meritoria que el hombre realiza para gloria de Dios. «La
paz es un producto artesanal. Se construye cada día con nuestro
trabajo, con nuestra vida, con nuestro amor, con nuestra proximidad, con
nuestro querernos bien».
La
paz es un producto del hombre, artesanal, pero no es un don de Dios. Es
un imperativo categórico: trabaja, vive tu vida, ama como quieras, sé
tierno con los demás, haz el bien. La paz no es un homenaje del hombre a
Dios, no es una obra que se da a Dios para merecer la paz. Es un
homenaje al hombre, es una obra para el hombre, que se alcanza guiado
por impulsos y por sentimientos humanos: tu vida, lo que sientas, lo que
desees, lo que trabajes, lo que hagas…. No hay una verdad, no hay un
camino, no hay una ley que cumplir. Es buscar una paz subjetiva. Es
hacer obras que tengan sólo un valor social, cultural, político, pero
que no aparezca en ellas ningún valor religioso y moral.
Esto
es lo que enseña Bergoglio a los niños. Bergoglio es un trabajador
incansable de la vida humana, pero es incapaz de hacer una obra que
suponga un mérito para salvarse. No hace obras divinas. No sabe hacerlas
porque no cree en la existencia de Dios. No hay religiosidad en
Bergoglio. No hay moral. Sólo hay imperativos categóricos. Y, a base de
esos imperativos, va construyendo su falsa espiritualidad.
Bergoglio no puede hablar del pecado: «Aquello que quita la paz es el no querernos bien». No es el pecado lo que impide que el alma esté en paz, en la gracia que da el don de la paz. Es el sentimiento del amor: «no querernos bien».
¿Qué es el bien y el mal para Bergoglio? Lo que cada uno tiene en su mente. Es el mal que cada uno se inventa: «Lo que quita la paz es el egoísmo, la envidia, la codicia, el coger las cosas del otro». Estos son males, pero no ofensas a Dios. Son males que la gente hace, pero «estar con la gente es bello, no quita la paz».
La gente no peca. Es bello estar con la gente. La gente hace cosas
malas. Y eso es lo malo, no la gente. La gente es bella, es santa, es
justa, es sagrada. Pero, con su mente, hace cosas malas, que quitan la
paz en la sociedad, en las culturas, en las familias, en las diferentes
estructuras. Basta un gesto para estar de nuevo en paz, con la gente que
es bella.
Así
piensa este hombre. El mal siempre es algo estructural, no personal.
Algo que el hombre se encuentra en su vida y cae en ello, porque es humano pecar, pelearse, equivocarse.
Bergoglio
sólo expone, con sus palabras, la teoría de la justificación de Lutero:
el hombre es bello, bueno, está justificado. Pero es imposible eliminar
el pecado. Los hombres son santos, pero exteriormente: hacen obras
buenas, se quieren unos a otros, viven la vida sin hacer daño a los
demás. Pero los hombres no son formalmente justos. Cristo ha quitado el
pecado, por lo tanto, el pecado no los condena más, pero permanece en
los hombres: se siguen peleando, se siguen matando, etc…Hay que quitar
esos males de la sociedad, pero los hombres siguen siendo bellos.
«¿Por
qué las personas poderosas no ayudan a la escuela? Se puede hacer la
pregunta un poco más grande: ¿Por qué tantas personas poderosas no
quieren la paz? Porque viven en las guerras». Viven en su forma de vida: la guerra que da dinero. «Se
gana más con la guerra. Se gana el dinero, pero se pierde la vida, se
pierde la cultura, se pierde la educación, se pierden muchas cosas. Es
por eso, que no la quieren».
La
gente con poder, la de la clase alta, no quiere la paz porque quiere la
guerra, que trae dinero y poder. El ataque a las clases altas es lo
propio de una mente comunista. Ataca el sistema: «la industria de las armas: esto es lo grave». Pero no ataca el pecado personal de cada hombre con poder. Es la industria de las armas,
es esa estructura, que está manejada por poderosos que sólo quieren
dinero y más poder. Buscan el dinero, pero hacen un mal a la cultura, a
la educación, a la vida del planeta. Son gente poderosa que no cuida el
medio ambiente porque están cuidando su industria de las armas, su complejo atómico.
Todo
es un enfrentamiento de estructuras: se pierde la cultura, hay una
cultura de la muerte, una cultura del descarte, porque hay una industria,
una cultura del armamento. Esto es siempre Bergoglio: el político, el
comunista, el que llora por su estructura del bien común. Pero no sabe
poner el dedo en la llaga. No sabe explicar por qué las personas
poderosas no ayudan a la escuela. No sabe explicar el origen del mal. No
sabe juzgar a las personas, enfrentarse a ellas. Ataca estructuras.
Ataca la industria de las armas, pero no ataca a las
personas que promueven esas industrias. De esta manera, queda bien con
todo el mundo. Hace un discurso propio de un político demagógico. No
tanta industria de las armas, más cultura del encuentro.
Por eso, no sabe responder a la pregunta más fácil de todas: «¿por qué sufren los niños?».
Y este hombre se queda perplejo, porque no ha comprendido el origen del
mal. Él lo ha anulado con su mente humana: el bien y el mal es un
invento de la cabeza de cada hombre. Y, por eso, en su idealismo
platónico, tiene que decir: «sólo se puede alzar los ojos al cielo y esperar una respuesta que no se encuentra». Un hombre lleno de sentimentalismo barato, de emociones vacías, de engaños a la masa que lo escucha.
Una respuesta que no se encuentra:
la creación gime con dolores de parto porque espera la redención de la
maldición del pecado que cayó sobre ella. He ahí la respuesta. Pero,
Bergoglio no cree en el Dios que revela la verdad, que manifiesta las
respuestas a los hombres. Bergoglio sólo cree en el dios de su mente. Y,
por lo visto, ese dios no es tan sabio como parece: no tiene respuestas
a algo tan evidente.
¿Por
qué sufren los niños? Por sus pecados, por los pecados de otros, por el
demonio que obra en todo hombre, por el mundo que no quiere a los
niños.
Es
así de sencilla la respuesta. Pero es imposible, para Bergoglio, dar
esta respuesta. Se queda en su perplejidad y sólo atina a una cosa: «¿Qué
puedo hacer yo porque un niño no sufra o sufra menos? ¡Estar cerca de
él! La sociedad debe de tener centros de salud, de curación, centros
también de ayuda paliativos para que los niños no sufran».
Estar cerca de él: besarlo, abrazarlo, darle un cariñito. Y que la sociedad ponga centros para que los niños no sufran.
Y
Bergoglio no ha comprendido el problema de la vida: el sufrimiento que
ningún centro de salud puede quitar, que ninguna caricia humana puede
aliviar.
Bergoglio
no habla a las almas de los niños. No les enseña la verdad del
sufrimiento, porque no cree en la Obra Redentora de Cristo. No cree en
el amor que es dolor, el amor que salva en el dolor, el amor que empuja a
hacer una obra que merece el cielo por el sufrimiento que acarrea.
Bergoglio no está en esta espiritualidad. Él sólo está en su comunismo,
en su idea del bien común, del bien de una estructura que quite el
sufrimiento y el dolor de la gente. Es el absurdo que se vende desde el
Vaticano: ¿cómo quitar el dolor, el sufrimiento? Con un gesto, con una
sonrisa, con un gobierno mundial que elimine el dolor de la vida de los
hombres y así todos contentos, todos felices.
«Dios lo perdona todo»: Dios es tan bueno, tan misericordioso, tan manga ancha. «Somos nosotros los que no sabemos perdonar».
Todo somos buenos ante Dios, pero no somos buenos ante los hombres.
¡Gran paradoja! Si Dios te ha perdonado, entonces has perdonado a tu
hermano que te ha hecho mal. Pero si Dios no te ha perdonado, entonces
el mal continúa sin expiación, produciendo más males.
La
paradoja de Bergoglio: Dios te ha perdonado. Pero, ¿de qué te ha
perdonado? De que el pecado no te condene más. Confía en Dios: Dios te
ha perdonado. Cuanto más confíes en Dios, más Dios te salva. Cuanto más
sientas que Dios te ha perdonado, más puedes hacer lo que quieras. Todo
tu problema está en tu mente: no has perdonado al otro: «no saben perdonar al otro».
No has alcanzado, con tu mente, la perfección de perdonar, la idea
perfecta de perdonar, el concepto sublime de lo que es perdonar.
Y, he aquí a Bergoglio, que lo enseña: «es más fácil llenar las cárceles que ayudar a avanzar a quien se ha equivocado en la vida».
No hay justicia en el camino del perdón que busca Bergoglio. No hay que
llenar las cárceles de gente que ha hecho el mal. ¿Quién soy yo para
juzgar al otro si busca a Dios, si Dios lo ha perdonado, lo ha salvado,
si confía en Dios, si siente que Dios lo ha perdonado? No llenes
cárceles. «¿La vía más fácil? Vamos a la cárcel. Y no existe el perdón».
Para Bergoglio, el perdón lo tiene que dar la sociedad, la estructura, no la persona. Por eso, «el perdón, ¿qué significa? ¿Estás caído? Álzate. Te ayudo a levantarte, a reinsertarte en la sociedad».
¿Ven, qué monstruosidad?
Hay
que reinsertar en la sociedad a todos los asesinos, criminales,
herejes, cismáticos, etc… Por eso, es necesario hacer una sociedad que
acepte a toda esta calaña. En vez de tenerlos en las cárceles,
cumpliendo una justicia merecida, hay que darles un gesto, un beso, un
abrazo, una ayuda que no merecen.
Si
el pecado no es una ofensa a Dios, entonces la justicia desparece en
todos los sentidos, incluso en la sociedad. Y se va en busca de una
sociedad perfecta en la que nadie juzgue a nadie, sino que se reinserte
a todos sólo por ser una sociedad, una estructura modelo, en donde ya
no hay pecado: los hombres han sabido, con sus mentes, cómo se perdona.
Han llegado a esa perfección, a ese grado, en el cual perdonan e
insertan, de nuevo, al que ha hecho mal en la sociedad. Porque los
hombres son bellos: «estar con la gente es bello, no quita la paz». Estar
con un asesino es bello. Estar con un hereje es bello. Estar con Lutero
en el infierno es bello. Como no sabemos perdonar, entonces no
conocemos esta belleza tan singular de las personas que viven todo el
día obrando sus malditos pecados.
¡Qué monstruo es Bergoglio!
«Hay
que ayudar a los demás a no permanecer caído. Y este es un trabajo muy
difícil, porque es fácil desechar por la sociedad a una persona que ha
hecho un error y condenarlo a muerte». Las cárceles son
estructuras del descarte. No sirven porque no perdonan. Ahí hay gente
que la sociedad no quiere, los descarta, porque la sociedad no sabe
perdonar. Se anula toda justicia y queda la estupidez de la ternura, la
idolatría del perdón.
Así
como debes sentir que Dios te ha perdonado, así debes hacer sentir al
otro que lo has perdonado: insértalo en tu vida, aunque siga haciendo
todo el daño que quiera. No importa: aprende a perdonar cada vez a que
te haga un daño. Que el que hace el daño ni pida perdón, ni caiga en la
cuenta que ha hecho un daño, ni que se arrepienta de su maldad. Tú
perdona y sólo así el otro recapacita. Fuera el arrepentimiento del
pecado, porque el pecado sólo existe en la sociedad que fabrica
estructuras donde la gente tiene que hacer un mal. Vamos a inventar la
fábrica de la paz: fabriquemos una sociedad en la que no haya ningún mal
porque todos saben perdonar al que hace un mal.
Esto lo que vende Bergoglio todos los días desde el Vaticano.
¡Qué
asco de hombre! ¡Qué mente tan inútil! ¡Qué perversidad de hombre!
¡Cuánto sinvergüenza lo apoya, lo obedece, lo llama su papa!
Un hombre que no sabe enfrentarse a la persona que no quiere hacer la paz con él. Respeta a esa persona porque «tiene dentro de sí, no digo odio, sino un sentimiento contra mí… ¡Respetar!».
Bergoglio respeta las ideas de los demás, sus sentimientos, sus vidas.
Está abierto a los pensamientos de los demás, pero no los combate. No es
capaz de juzgarlos. Los respeta. «No condenar nunca».
Es la idea propia del fariseo, del hipócrita. Sabe que el otro le hace
daño, pero lo respeta, le da una sonrisa; lo mira mal, pero le sigue
respetando. «Yo también puedo hacer los mismos errores que ha hecho él».
Yo también puedo tener ese sentimiento de no querer la paz. Hay que
ayudar al otro respetándolo, no juzgándolo. No hay que apartarse de él.
No hay que olvidarlo. No le pone un camino de justicia. No le hace
sufrir. Lo respeta. Esto es propio de gente comodona, que sólo vive
buscando su falsa paz, pero que no es capaz de poner un camino de
justicia a aquellos que no quieren la paz. Es el quietismo propio de su
confianza en Dios. Yo te respeto, que Dios arregle el asunto.
«Todos
somos iguales –todos- , pero cuando no se reconoce esta verdad, cuando
no se reconoce esta igualdad…esa sociedad es injusta». El pensamiento propio de un masón, que respeta la maldad que otro hace, pero que no la combate, no la juzga porque «todos tenemos los mismos derechos».
Tienes el derecho de no buscar la paz conmigo. Te respeto. Eres igual a
mí. Y aquel que no reconozca esto, aquel que meta en la cárcel al que
adultera, al que roba, al que mata, entonces es injusto. Todos somos
iguales. Aquella sociedad que no considere a los hombres como iguales,
con derechos, entonces no es justa. Tienes derecho a pelearte, a
equivocarte, a matar. Y el otro tiene obligación de saber perdonarte.
Porque «todos somos iguales».
La
idea masónica de ser dioses. Cada hombre es dios para sí mismo. Y todo
está en saber vivir con los demás hombres, que también son dioses para
sí mismos.
Y esta es la falsa justicia que predica este hombre: «donde no existe la justicia, no hay paz». Donde no existe una sociedad en la que todos somos iguales, con los mismos derechos, entonces no hay paz.
Y esta frase «donde no existe la justicia, no hay paz», fue coreada por los niños como si fuera un mantra.
¿Qué tiene en la cabeza este hombre?
Un gran desvarío mental. Una gran locura.
«Si
oso alzar la voz contra los abusos, intentan cerrarme la boca con el
pretexto de que yo, simple monje, no debo juzgar a los Obispos. Pero
entonces, ¡ciérrenme también los ojos, para que no vea más lo que se me
prohíbe denunciar!» (San Bernardo).
No
se puede uno quedar callado ante las barbaridades de este hombre,
porque «no todos los Obispos son Obispos. Piensa en Pedro, pero también
piensa en Judas» (San Jerónimo).
Bergoglio
no es Obispo. Y mucho menos Papa. Es sólo un lobo vestido de oveja que
ha abierto a los enemigos de Dios las puertas de la Iglesia. Roma caerá
en la más profunda apostasía de todos los tiempos, porque los católicos
no quieren defender la Iglesia de Cristo de los herejes que la
gobiernan. Se dedican a reunir firmas para que el hereje no cambie la
doctrina. Eso es como pedirle al jefe de ISIS que no mate más personas.
Una petición absurda porque se niegan a ver lo que es Bergoglio. Han
quedado ciegos para siempre.


