LOS CASTRO, EN EL REDIL NEOCATÓLICO
Si la flamante reanudación de las relaciones diplomáticas entre Estados
Unidos y Cuba sirvió para demostrar que no era tan irreductible la
enemistad entre ambas naciones, que las ideologías que sustentan a uno y
otro régimen son pasibles de reencontrar aquel cauce común que abrió la
Revolución de 1789 («izquierda» y «derecha», se sabe, son categorías
dimanadas de la ubicación de los diputados en los escaños de la
Convención francesa), lo que faltaba, para soldar la síntesis, era el
bitumen espiritual que aportara un líder religioso mundial, uno que
consagrara la coyunda política con la misma indulgencia con la que hoy,
en otro plano del descarrío, se bendicen las uniones concubinarias,
incluso entre maricas.
Era demasiado obvio colegir quién desempeñaría
ese papel, toda vez que los astros -o las maquinaciones de la alta
política, incluida la política clerical- han querido concurrir todos a
este desenlace de las tensiones seculares con miras a instaurar de una
buena vez el paraíso en la tierra. Francisco lo hizo, y ¿quién si no?
«El Papa está haciendo que vuelva a ser católico [...] Salí impresionado
por su sabiduría, por su modestia y todas las virtudes que sabemos que
tiene. Yo, y el círculo dirigente de mi país, leo todos los días los
discursos del Papa. Y le dije que si sigue hablando así volveré a rezar y
volveré a la Iglesia católica y no es broma»: tales las petardistas razones de Raúl Castro ante los cagatintas,
que hacen pensar en la definitiva suplantación del concepto de lo
«católico» por otro de nuevo y paródico cuño que remite en todo caso a
la universalidad del egotismo, a la minuciosa corrupción del mayor
número de gentes según la ley del orgullo, donde cada minúsculo ácaro
humano se erige en impugnador de la ley divina sin el menor aviso de la
conciencia. Porque -convengamos en lo obvio- acá no se trata de la
clamorosa conversión in articulo mortis del viejo tiranuelo
arrepentido de sus crímenes, sino todo lo contrario: en la "conversión"
de la Iglesia a la buena nueva del materialismo dialéctico, o al ateísmo
sin más, y todo en el marco de una exasperante mediocridad de palabras y
acciones de la que nadie parece percatarse, tal el letargo. "Si [Francisco] sigue hablando así..." añoraremos las ciegas embestidas de un Nietzsche o un Baroja, enemigos al menos más talentosos.
En esta confusa sazón, aparte de los consabidos favores del capital
financiero para con la propaganda cultural marxista, caben otras
paradojas aún más chirriantes: «soy comunista y como saben en el pasado
uno no podía ser miembro del Partido Comunista si era católico», según
Castro, haciendo implícitamente notar que en el presente sí se puede ser
comunista y católico. En el pasado, ciertamente, León XIII podía
calificar al comunismo como «mortal enfermedad que se infiltra por las
articulaciones más íntimas de la sociedad humana, poniéndola en peligro
de muerte», y Pío XI no atendía a respetos humanos al referirse al
bolchevismo como a «satánico azote» portador de «una idea aparente de
redención» al que «un pseudo ideal de justicia, de igualdad y de
fraternidad en el trabajo satura toda su doctrina y toda su actividad
con un misticismo falso que halaga a las masas». Ni el elocuente
magisterio de sus predecesores ni el saldo histórico de cien millones de
muertos a instancias del marxismo bastaron para que Bergoglio dejara de
encontrar a éste llevadero e incluso benéfico, ni hicieron temblar su
mano al momento de quemar su acostumbrado grano de incienso a la
corrección política.
Como aquel flautista del cuento, que con sus melodías conducía engañadas
a las ratas que infestaban el pueblo para que se lanzasen al río a
morir, era menester arrastrar las multitudes al puente que se yergue
sobre la Gehenna, término de su ilusión antropolátrica. Nada mejor que
un pontifex para tal cometido, un flautista bien compenetrado con su labor, dispuesto a lanzarse él también a las aguas letales: el mismo que últimamente estuvo telefoneando a una conocida activista italiana pro-aborto, enferma de cáncer, para alentarla en "su lucha".
Los carbonarios del siglo XIX
podrán al fin jactarse de que sus desvelos alcanzaron fruto. El
naturalismo, largamente abonado desde los días de la Ilustración, ya
logró abatir los últimos bastiones. Sobrada razón tenía Donoso Cortés al
proyectar las falaces doctrinas bogantes en su tiempo, con sus
consecuencias harto multiplicadas, en un presente cada vez más parecido
al nuestro: «es imposible no echar de ver en ellas el signo misterioso,
pero visible, que los errores han de llevar en los tiempos
apocalípticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en
esos tiempos formidables, no me sería difícil apoyar en poderosas
razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será
un colosal imperio demagógico, regido por un plebeyo de satánica
grandeza, que será el hombre de pecado».

