BERGOGLIO ES SOLO TINIEBLAS PARA TODA LA IGLESIA
«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma) Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio. Es
el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo,
no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de
la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como
Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al
esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir
del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas
personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo.
Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay
—digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta,
lunes 28 de julio 2014).
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Bergoglio
anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo
al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren…
porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la
unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».
La
carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del
Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que
es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de
cada hombre.
En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.
Ésta
es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El
hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir,
según su herejía, la idolatría:
«Cuánto
quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un
pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que
cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)
Su
herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es
decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera
humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en
donde sólo el amor al hombre está presente.
Es
habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no
centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre
hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.
Todo
hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual
que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no
por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.
Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:
«Como
hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza
relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad.
Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales
para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para
la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).
Es
la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma
naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad
de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones
entre los hombres.
Para Bergoglio, Dios «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas
que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la
propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de
octubre de 2014).
Bergoglio
anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su
Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va
desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de
acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino
de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su
plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos
el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica
capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).
Por
eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna
que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna
de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.
La
familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo:
la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo
hombre, gracias a la fraternidad.
Adán
y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran
padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y
multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel.
Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo
tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres,
creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial
de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).
Adán
y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos
como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la
astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no
pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.
Y
«lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne.
No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el
amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque
si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar
este amor.
Esta
verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en
su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a
todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales,
hijos que son hermanos.
Y
el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El
asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del
rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una
ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un
rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la
cual le lleva a su plenitud.
Esta
vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree
en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que
respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en
la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de
Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad.
Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios
responde al imperativo de la conversión» (Ib).
Ya
el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te
conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.
Es
un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que
predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la
perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la
perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía
alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la
fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica
-fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne,
la obra con su misma carne.
Adán
y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación.
Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la
fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en
perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre
hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y
el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre
el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del
hombre.
Lo tienen en cualquier homilía:
«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015
Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.
Este es el desvarío de este hombre.
«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).
Jesús
no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de
Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa
lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana
obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en
acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la
idea divina, el Pensamiento de Su Padre.
Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.
En
el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma
obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene
que caer en su idolatría, de manera necesaria.
Dios
pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que
regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el
amor de Dios en su vida.
Dios
pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma
participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios
por gracia, no por naturaleza.
El
hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de
Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la
gracia divina.
Pero
la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por
eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio
siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un
dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.
Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.
Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.
¡Gran disparate!
El
amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca
Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.
Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.
Como
Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado.
Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino.
Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.
El
hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No
pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.
Dios
sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide
crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa
capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la
gracia y en el Espíritu.
Por
eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al
prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en
la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la
gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni
amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un
bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su
alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede
amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.
Para
Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se
confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha
llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al
prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a
las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios
tienes que amar al prójimo.
Nunca
Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia
divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los
mandamientos de Dios.
Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:
«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)
Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo».
El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los
hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley
interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la
carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu
hermano de carne y sangre.
«En
el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una
espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no
sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.
El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.
En
la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al
prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al
prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu
hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de
la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la
ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita en su interior.
Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:
«Al
celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la
oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de
toda la humanidad» (Ib).
Ya
no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la
verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere
escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo,
los veletas del pensamiento de los hombres.
Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.
Primero,
haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la
gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje
humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues
cuando confieses, conviértete…
Una
vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no
sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y
aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la
verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.
Ya,
de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono,
de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la
Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una
penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo
encuentras al momento, y te da una falsa absolución.
Es la revolución de la estupidez.
Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.
Y
muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las
palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es
Bergoglio.
Bergoglio es tiniebla:
«Queridos
hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un
día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado
fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad.
Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será
revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el
misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está
controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)
Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.
La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.
Esto
es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no
ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra
negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la
superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.
Bergoglio
está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y
división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso,
Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las
puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces.
Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que
ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no
quiere soltarlo- como Bergoglio.
Bergoglio
es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino
de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la
autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el
mundo.
Salgan
de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los
signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de
acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.
No
quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque
donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está
el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que
todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es
un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere
escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular.
Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.
En
Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa,
lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo
que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la
manga.
Como
Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público.
Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese
hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a
ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido
puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será
quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica
en Roma.

