Breve historia de los Orígenes de la devoción al “Señor de Mayo”
El lunes 13 de mayo de este último año
[1647], a las diez y media de la noche, sin que precediese ruido alguno,
un repentino remezón, que se prolongó durante algunos minutos, sacudió
la tierra con una violencia extraordinaria, conmovió todos los
edificios, y en pocos instantes derribaba con un estruendo aterrador los
templos y las casas, formando por todas partes montones de ruinas.
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El derrumbe de las torres, la caída repentina de las paredes, el
crujir de las enmaderaciones que se abrían, el estrépito causado por los
grandes peñascos que, desprendiéndose del cerro de Santa Lucía, se
precipitaban con una fuerza irresistible por las calles vecinas,
acallaban las voces de los hombres y hacían más pavoroso aquel cuadro de
horror y de desolación. Sólo las personas que pudieron salir de sus
habitaciones en los primeros momentos, habían hallado su salvación en
las calles o en los huertos de las casas; pero entre las ruinas quedaban
sepultados millares de individuos, muertos unos, heridos y estropeados
los otros, lanzando estos últimos gritos desgarradores para pedir
socorro o para implorar del cielo el perdón de sus culpas.
Calmado el primer momento de terror, de tiempo en tiempo la tierra
continuaba estremeciéndose; y estas sacudidas, aunque más cortas, eran
no menos violentas.
Se pudo salvar a algunos que permanecían sepultados entre las ruinas
como al Obispo de Santiago don Fray Gaspar de Villarroel, que salvado,
pasó a desempeñar un papel muy importante en aquellos días de aflicción y
de prueba.
El derrumbe de las torres, la caída repentina de las paredes, el crujir de las enmaderaciones …
La plaza se había llenado de gente que, en medio de la crisis del
terror y de la devoción, llamaba a gritos a los sacerdotes para confesar
sus culpas y prepararse a morir. El Obispo colocó en la plaza cuarenta o
cincuenta confesores entre clérigos y frailes, repartió otros en las
calles para socorrer a los enfermos y heridos. Los temblores seguían
repitiéndose. Los frailes de los conventos, por su parte, apelaron a
otros devotos ejercicios para aplacar las iras del cielo. Los de San
Francisco, cuya iglesia fue el edificio mejor salvado de la capital,
sacaron en procesión la imagen de la Virgen del Socorro, que desde el
tiempo de Pedro de Valdivia era reconocida como patrona de la ciudad, y
se dirigieron a la plaza. Los padres Agustinos hallaron entre las ruinas
de su iglesia un crucifijo que había quedado intacto, si bien la corona
de espinas que tenía en la cabeza había caído a la garganta (*).
El 14 de mayo mientras los sacerdotes decían una tras otras numerosas
misas en el altar de la plaza, los demás habitantes extraían de los
escombros los numerosos cadáveres que yacían enterrados.
Por la noche el Obispo acudió a la plaza, y desde el altar que allí
se había levantado, pronunció en medio de un silencio sepulcral, un
largo sermón para confortar al pueblo. Decía en él que el
arrepentimiento general debía haber calmado la ira de Dios, y que
seguramente no sobrevendría un nuevo cataclismo.
Los temblores siguieron repitiéndose los días subsiguientes, pero con
menos intensidad, y con intervalos cada vez más largos. Entonces
comenzó a conocerse la extensión del terremoto. Aunque el centro de la
conmoción había sido el valle en que se levantaba la ciudad de Santiago,
el sacudimiento había sido sentido en todo el territorio de Chile desde
Valdivia, y fuera de él, en la provincia de Cuyo donde se habían oído
espantosos ruidos subterráneos del lado de la cordillera, y en el Perú
hasta la ciudad del Cuzco. Computábase en más de mil el número de los
muertos en todo el reino. El aspecto de la ciudad era aterrador. De las
seiscientas casas existentes apenas quedaban algunas en pie.
De todas esas imágenes, fue el crucifijo de san Agustín, llevado a la
plaza la noche del terremoto, la que alcanzó más veneración y respeto, y
en su honor se instituyó que cada año, el día aniversario del
terremoto, se le haría una solemne procesión, que hemos visto
perpetuarse hasta nuestros días.
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(*) Un devotísimo Cristo, el que hasta ahora se denomina
“Señor de Mayo”. Se dice que el milagro estriba, no tanto en el hecho de
haber caído la corona de espinas hasta el cuello, sino al hecho de que
habría resultado imposible volver a subirla hasta la frente del Cristo.
Según el manuscrito del Obispo Villarroel:
“Tienen estos padres un devotísimo crucifijo fabricado
por milagro, porque sin ser ensamblador, le hizo, habrá cuarenta años,
un santísimo religioso; estaba en el tabique que cerraba un arco, tan
fácil de caer, que no tenía que obrar en él el temblor; y caída la nave
toda, quedó fijo en la cruz sin que se lastimase el dosel. Halláronle
con la corona de espinas en la garganta como dando a entender que le
lastimaba una tan severa sentencia; y nos prometimos para lo que quedaba
su grande misericordia. Conmovido el pueblo con su antigua devoción y
este reciente milagro, le trajimos en procesión a la plaza, viniendo
descalzos el obispo y los religiosos, con grandes clamores, con muchas
lágrimas y universales gemidos.”
Fuente: Historia General de Chile, Diego Barros Arana

