Apostolado no es ocultar a las almas su malicia, sino lavarlas en la misericordia de Dios
En el Sagrado Corazón de Jesús toda verdadera intransigencia tiene su norma y su explicación
Una de las observaciones que la lectura de nuestros artículos fácilmente sugiere, es la de que Acción Familia
se muestra extremamente empeñada en la observancia exacta e integral de
todos los preceptos de la Doctrina Católica, bien como en la adhesión
irrestricta y meticulosa a todas las enseñanzas de la Santa Iglesia.
Esta constante preocupación de fidelidad eximia, de exactitud precisa, a
muchos espíritus puede parecer imprudente, y quizá antipática. Se les
figura que el deber de la compasión, el espíritu de clemencia hacia los
infieles, a quienes es tan difícil –máxime en nuestros días– abrazar la
verdadera Fe; y hacia los fieles, cuya perseverancia exige luchas cada
vez mayores, debería inducir al periodista católico y al católico en
general, a una posición extremamente conciliatoria.
En lugar de fustigar el error y el mal, debería guardar silencio
sobre uno y otro. En lugar de desplegar la bandera de la perfección,
atrayendo a los que leen o escuchan hacia las cimas arduas pero
deslumbrantes de los altos ideales, debería enseñar apenas lo
indispensable para la salvación, haciéndose pregonero de una corrección
minimalista, que en último análisis no es sino mediocridad. A quien
concibiese así la misión del periodista católico –y no falta quien
piense de esta forma– nuestra posición podría pasar por intransigente,
por intolerante, por incomprensiva.
Delante
de nuestros pecados, su compasión no consiste en dejarnos presos, sino
en sacarnos de ellos amorosamente y llevarnos sobre los hombros
Somos los primeros en reconocer que, si estas objeciones no son
verdaderas, tienen sin embargo mucho de verosímil. A primera vista, lo
que llama la atención es que la Doctrina Católica es extremamente
difícil de ser practicada por los hombres. La Santa Iglesia ha enseñado
en reiteradas ocasiones que ningún fiel, por sus propias fuerzas, puede
practicar duraderamente y en su totalidad los Mandamientos. De donde
parece razonable considerar exagerada toda actitud de mucha exactitud en
el cumplimiento de la Ley.
En realidad, la solución del problema se encuentra en otro orden de
ideas. Si es verdad que la flaqueza de la naturaleza humana es tal, que
la observancia de los Mandamientos es absolutamente superior a ella,
debemos entre tanto considerar la infinita misericordia divina. No para
deducir de ella que Nuestro Señor cohonesta el pecado y el crimen, El es
la perfección infinita. La misericordia de Dios no puede consistir en
dejarnos yaciendo desamparados en nuestra corrupción, sino en sacarnos
de ella. Delante de los ciegos, de los cojos, de los leprosos, El no se
limitaba a sonreír y seguir adelante. El los curaba. Delante de nuestros
pecados, su compasión no consiste en dejarnos presos, sino en sacarnos
de ellos amorosamente y llevarnos sobre los hombros. Lo que esperamos de
la misericordia de Dios son los recursos necesarios para tornarnos
capaces de practicar la ley moral. Tenemos para esto la gracia, que nos
fue alcanzada por los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo. La
gracia torna a la inteligencia del hombre capaz del acto de fe. Torna a
la voluntad humana capaz de una energía tal, que se le hace posible
practicar los Mandamientos. El gran don de Dios para los hombres,
insistimos, no consiste en condescender con sus faltas, en el sentido de
que, sin censurar, los deje displicentemente sumergidos en ellas. El
gran don de Dios consiste en darnos los medios sobrenaturales para
evitar el pecado y alcanzar la santidad. Y de ahí también una gran
responsabilidad para los que recusen este don inestimable.
La bondad no consiste para el católico en dejar al pecador en la ilusión de que su estado de alma es satisfactorio.
Símbolo expresivo de ese amor misericordioso de Dios, de la
abundancia de sus perdones, y de la insistencia con que El está
constantemente convidando al hombre a que se arrepienta, a que pida las
gracias necesarias para practicar la virtud, a que por medio de la
oración consiga todos los recursos necesarios para la reforma de su
carácter, es el Sagrado Corazón de Jesús. Es, pues, en el Sagrado
Corazón de Jesús que toda verdadera intransigencia tiene su norma y su
explicación.
La bondad no consiste para el periodista católico en dejar al pecador
en la ilusión de que su estado de alma es satisfactorio. Cumple mostrar
al impío todo el horror de su impiedad, para removerlo de ella. Cumple
señalarle las cimas de la perfección para que desee alcanzarlas. Lo que
del todo le es posible si pidiere con perseverancia la gracia de Dios y
con ella cooperare. En esta convicción profunda y alegre de que el
hombre todo puede con la gracia, está la razón profunda de la santa
virtud de la intransigencia cristiana. Toda misericordia constituye un
gran don. Pero constituye también una gran responsabilidad. Puesto que
el hombre, por la oración y por la fidelidad a la virtud, puede y debe
practicar los Mandamientos, es bien evidente que no resta para él
ninguna disculpa si se obstinare en el pecado. Las enseñanzas de la
Iglesia nos muestran como las gracias brotan superabundantes del Corazón
dulcísimo de Jesús. Por eso mismo, la formula del apostolado eficaz
consiste, no en silenciar a los hombres su malicia, sino en convidarlos a
lavarse de ella en la fuente divina de donde nacen los torrentes de la
gracia.
Extractado y adaptado de “O culto ao Coração de Jesus: seu verdadeiro sentido, importância e atualidade” por Plinio Corrêa de Oliveira in Catolicismo, N° 68, agosto de 1956.

