ASÍ HABLABA EL CURA DE ARS
[Anticipándonos
a la festividad de San Juan Bautista María Vianney, el próximo 9 de
agosto, ofrezco a vuestra consideración un pequeño extracto de uno de
los célebres sermones del Cura de Ars, a los que acudían por millares
muchos peregrinos de Francia y de otras partes]
del Padre Romualdo Maria Lafitte OSB
San Juan María Vianney había sido agricultor. Con mucha dificultad, se las arregló para ser sacerdote. Confesaba hasta q22 horas al día, y hacía una penitencia y ayuno verdaderamente terribles; hacía muchos milagros por lo que la gente venía de todas partes del mundo para confesarse con él. Él predicó a sus campesinos de una manera muy sencilla, pero clara y esencial.
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Muchos son los cristianos, hijos míos, que no saben absolutamente por qué están en el mundo …
“Dios mío, ¿por qué me has traído al mundo?” – “Para salvarte.”
“¿Por qué me queréis salvar?” – “Porque te amo.”
¡Qué hermoso es conocer, amar y servir a Dios! no tenemos nada más grande que hacer en esta vida. Todo lo que hacemos fuera de esto ¡es una pérdida de tiempo! Tenemos que obrar sólo
para Dios, poniendo nuestras obras en sus manos … Al despertar por la
mañana, deberíamos decir: “¡Hoy quiero trabajar para Vos, Dios mío! Aceptaré lo que queráis, lo que me enviéis, como un don vuestro . Me ofrezco a Vos en sacrificio. Sin embargo, Dios mío, no puedo hacer nada sin Vos: ¡ayudadme”!
Oh! Cómo
vamos a lamentar, en el trance de la muerte, todo el tiempo que hemos
dedicado a los placeres, a las conversaciones inútiles, al descanso, en
lugar de dedicarlo a la mortificación, a la oración, a las buenas obras,
a pensar en nuestra miseria, a llorar nuestros pecados. Entonces nos
vamos a dar cuenta de que no hemos hecho nada para el Cielo. ¡Qué triste, hijos míos!
La
mayoría de los cristianos no hacen otra cosa que procurar satisfacer a
este cuerpo que pronto se estará pudriendo bajo tierra, sin tener en
cuenta para nada a la pobre alma que está destinada a ser feliz o
infeliz por toda la eternidad. Esta falta de espíritu y de sentido común ¡es espeluznante!
Hijos míos, mirad de no olvidar que tenemos un alma que salvar y que la Eternidad nos espera. El mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán: el Cielo y el Infierno no pasarán.
¡Tengamos cuidado! Muchos santos
no empezaron bien, pero terminaron bien. Si nosotros hemos empezado
mal: que terminemos bien y podamos un día unirnos a ellos en el cielo.
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Debemos
despreciar los bienes temporales y poner en un segundo plano las
expectativas terrenas para esforzarnos en llegar a las mansiones
celestiales que son eternas. Porque la gloria del mundo es efímera y vana, mientras la disfrutamos no pensamos en la eternidad del cielo. (San Enrique II, emperador de Alemania)
El pecado nos entrega al diablo. El pecado es el asesino del alma. Hace que nos apartemos del Cielo y nos precipitemos en el infierno. ¡Y con todo nos encanta el pecado!… ¡Qué locura! Si lo meditásemos bien, tendríamos tal horror del pecado que nos seria imposible cometerlo. El buen Dios nos quiere felices, ¡y nosotros no queremos serlo¡ Le damos la espalda y nos entregamos al diablo! Huímos
de Quien es nuestro amigo, ¡y buscamos la compañía de nuestro
enemigo! ¿Por qué afligimos hasta ese punto a Dios nuestro Padre, a Él
que nos ha redimido del infierno? … Oh! ¡Qué tontos somos! Nos empeñamos en perdernos eternamente usando mal el tiempo que Dios nos concede para salvarnos. ¿No es en verdad una verdadera locura entregarnos al diablo y hacernos merecedores del infierno? Hijos
míos, no podéis comprender lo bastante la locura del pecado … no
podéis llorarlo suficientemente … Oh Jesús, yo sé que el pecado mata mi
alma y me lleva al infierno. Yo quiero ir al cielo, no al infierno. Y sé que sólo por la oración y la penitencia se me dará la fuerza de resistir las tentaciones. Vos sois, Señor, el único que nunca traiciona… Ayudadme a apartar mi corazón de las cosas terrenas y ¡llenadlo del santo amor a Vos!
De Agere Contra

