viernes, 11 de septiembre de 2015

CRECIMIENTO PROGRESIVO


CRECIMIENTO PROGRESIVO

09 sep
corriendo a la meta
El momento de nuestra conversión marca el punto de partida de nuestra trayectoria espiritual. Ese día comenzamos a correr nuestra carrera como atletas de Cristo.
Sin embargo, hay muchos tipos de corredores en esta pista.
Unos cuantos (la mayoría) comienzan bien, pero van perdiendo energía y entusiasmo, disminuyen el ritmo de la marcha, se desaniman y prefieren salir del campo y dedicarse a sus antiguas labores. El Apóstol San Pablo le tenía tanto miedo a eso que escribiéndoles a los corintios les dijo en I Corintios 9: 26-27:
Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado.


En cuanto a esto, lo que dice el versículo 38 de Hebreos 10 debería hacernos temblar:

El justo mío vivirá por la fe; mas si se retirare (en griego “jipostelo”, retrocediere), no se complacerá Mi alma en él.


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Otro grupo de estos atletas (que son minoría, porque Nuestro Señor los llama “manada pequeña”) comienza la carrera, y sigue corriendo y corriendo y corriendo con sus ojos fijos en Cristo −porque Cristo es la plenitud de la meta a la que desea llegar.
Esos aprovechan todas las ocasiones que tienen para crecer, para desarrollarse, para entrenarse, para desembarazarse cada vez más de todas las cargas y pesos que tienden a aminorar la velocidad de su carrera y de estorbarles en sus santos propósitos.

Ellos son los que:

De altura en altura marchan… (Salmo 84: 8, Biblia de Jerusalén). Suben con vigor creciente… (Idem, versión de Mons. Straubinger). Van de virtud en virtud (Idem, en el Misal de Mons. Gaspar Lefebvre, o.s.b.). De fe en fe… (Romanos 1: 17, Biblia de Jerusalén). De gloria en gloria (II Corintios 3: 18 Straubinger, en Biblia de Jerusalén “cada vez más gloriosos”).

Estas personas constituyen el arquetipo de lo que leemos en Proverbios 4: 18: La senda de los justos es como la luz de la mañana, cuyo resplandor CRECE hasta ser pleno día.

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Y hay una tercera categoría de corredores…, los que mantienen el mismo ritmo, la misma velocidad, y, aunque siguen corriendo, jamás alcanzarán la meta porque no hacen el más mínimo esfuerzo por superarse, por contemplar las cosas con una perspectiva mayor, por perfilar el enfoque que tenían al principio, por adelantar en el camino de la verdad y del conocimiento…. Corren dando vueltas y más vueltas, y siempre regresan al mismo punto. Piensan que están avanzando, y nunca adelantan ni un centímetro.

Yo he conocido a algunos de ellos −personas para mí muy queridas a las que en más de una oportunidad quise darles un buen empujón−, pero era como tratar de mover uno de los moáis de la Isla de Pascua. ¡Misión imposible!

En esta tercera categoría cayó el pueblo de Israel en el desierto…: tuvieron fe para comer la Pascua, tuvieron fe para marcharse de Egipto, tuvieron fe para cruzar el Mar Rojo, pero no tuvieron fe para perseverar hasta el fin y entrar en la tierra de Canaán. Al decir de la Sagrada Escritura, “perecieron en el desierto” –sus cuerpos muertos quedaron allí. Nunca alcanzaron el objetivo.

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Pues bien, vamos a ver qué ocurrió con nuestro amigo Abraham. No en balde se le llama “padre de la fe”. Él sí creció y adelantó… Cometía errores, pero se levantaba de inmediato, edificaba un altar de arrepentimiento, adoraba a Yahvé, renovaba su consagración, y ¡adelante!
Abraham no se detenía en contemplar su miseria ni en lamentarse por ella, prefería considerar la misericordia infinita del Dios, que lo había llamado y al que él le había consagrado su vida y todo su ser. En Abraham yo veo una ilustración de lo que nos enseña Monseñor Keppler, obispo de Rottenburgo:

Dios ama (al hombre) precisamente a causa de su miseria, y tanto más cuanto más miseria tiene, como hace un padre con el hijo enfermo. El que sienta mortificada su “dignidad” en aceptar, como hombre insignificante, un amor gratuito de misericordia, no podrá entender la pequeñez (que es la verdadera humildad), ni la gracia de la Redención ¡Y ay de él si, excluyéndose de la misericordia, cree poder contar con merecer un premio según la justicia!

El Apóstol San Pedro (II Epístola, 3: 18) nos exhorta a “crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo”.

La vida espiritual de Abraham crecía a medida que se profundizaba su conocimiento de Dios. Y nosotros también crecemos en la misma medida en que se solidifica nuestra relación con Dios, nuestra intimidad con Él, hasta el punto en que podamos decir como Santa Teresa de Ávila, “entre la voluntad de Dios y la mía ya no hay división”.

Tenemos “medios” sumamente eficaces para lograr un crecimiento espiritual adecuado –a saber, la divina Liturgia (con todas sus rúbricas y posturas correctas, no las que algunos adoptan por ignorancia, o lo que es peor, por pura vanidad y deseos de protagonismo), los Sacramentos, la Escritura, la oración.

En cuanto a la Sagrada Escritura –que es algo que a menudo se descuida− quiero citar palabras de San Jerónimo, para quien la Escritura era “un sagrario” –decía él− “por cuanto encierra la Presencia viva de Dios”.

Dice San Jerónimo: «Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo». Por ello es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Revelación.

Este diálogo con Ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, tiene que darse un diálogo realmente personal, pues Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura y tiene un mensaje para cada uno. Además, no tenemos que leer la Sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se nos dirige también a nosotros y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor.

Ahora bien, cuando la Escritura alude al “Nombre” de Dios (“Nombre de Jesús”), ese sustantivo incluye todo lo que Dios tiene y es –es decir, todos Sus atributos, Sus rasgos, Sus virtudes, Sus cualidades (Majestad, Poder, Soberanía, Reino, Imperio, Misericordia, Bondad, Clemencia, Amor, etc.). Es por eso que dice el Apóstol San Pablo, que “al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra”. Es por eso también que la Escritura nos cuenta que Salomón edificó “un templo para que habitase el Nombre de Dios”, etc. Es decir, el “Nombre” es representativo de toda la persona que lo porta.

Y el crecimiento de Abraham está determinado precisamente por tres grandes revelaciones progresivas del Nombre de Dios.

La primera gran revelación del Nombre de Dios ocurrió en su encuentro con Melquisedec, ese personaje enigmático que es tipo de Jesucristo y aparece sin previo aviso en la Revelación Divina y desaparece casi de inmediato, aunque deja tras sí una estela luminosa que alcanza los tiempos de la Nueva Alianza –“sacerdote del Dios Altísimo que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes y le bendijo… sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios” (Hebreos 7: 1-3).

En el capítulo 14 del Libro del Génesis encontramos el relato de una guerra en la que Abraham tuvo que involucrarse para defender a Lot, su sobrino. Cuatro reyes de las naciones circunvecinas hicieron guerra contra cinco reyes de otras tantas naciones, entre las cuales estaba Sodoma. Los primeros cuatro reyes derrotaron a estos cinco y tomaron toda la riqueza de Sodoma y de Gomorra, y todas sus provisiones. Se llevaron consigo también a Lot y a su familia. Cuando Abraham oyó que su sobrino era prisionero de guerra de aquellos reyes, armó a los de su casa y los siguió hasta Dan. Recobró todos los bienes y también a Lot y sus bienes. (A propósito: Ojalá que aquella experiencia le hubiera servido de lección a Lot para salir de Sodoma para siempre. Pero, ¡nada que ver! Después de haber sido liberado por su tío… ¡allá volvió! ¡Cómo nos parecemos nosotros a Lot cuando después de las lecciones que Dios nos da, reincidimos en las mismas faltas y pecados que las motivaron!).

Pues bien, en regresando Abraham de la guerra victorioso, le salió al encuentro aquel personaje místico y mítico, enigmático y misterioso, llamado Melquisedec, que según leemos a partir del versículo 18 de este capítulo, era “rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino, y le bendijo (a Abraham), diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo; creador de los cielos y de la tierra: y bendito sea el Dios Altísimo”.

Ése fue el primer nombre de Dios que se le reveló a Abraham: DIOS ALTÍSIMO (en hebreo: עליון, EL ELYON). Traducido en español como “Dios Altísimo”, aunque en la Septuaginta aparece como “El MÁS ALTO” (ὕψιστος).

La primera mención de este nombre (vers. 18) señala su especial significado. Esta revelación produjo una impresión muy profunda en el patriarca, que no sólo le dio a Melquisedec inmediatamente los “diezmos” de todos los despojos de la batalla, sino que cuando el rey de Sodoma le dijo que se quedara con parte del botín, la repuesta de Abraham fue: “He alzado mi mano a Yahvé Dios Altísimo (El Elyon), creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta la correa del calzado, nada tomaré de los que es tuyo”.

Fíjense en que Abraham –ni corto ni perezoso− no tardó en hacer uso de aquel nombre que se le había revelado. Ésa fue la primera experiencia en su camino de ascensión del conocimiento de Dios, el inicio de su credo. Ya sabía que Dios era el más alto de todos, que poseía los cielos y la tierra, que era el dueño del universo, que estaba por encima de todo otro poder, etc. ¡Qué tremendísima revelación!

Pero como el camino de la gracia y de la salvación es un plano ascensional, en el capítulo 17 (cuatro años después), Dios le reveló un segundo nombre con un significado todavía más amplio.

En Génesis 17: 1 leemos: “Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto”. (Tomé el texto de la Biblia de Jerusalén).

La mayoría de las traducciones de la Biblia lo vierten como EL DIOS TODOPODEROSO (אל שדי). El significado etimológico del título DIOS TODOPODEROSO (El Shadday) es tanto interesante como conmovedor. EL –es decir, Dios− significa “el que es fuerte o poderoso”. El calificativo “Shadday” se compone de la palabra hebrea “shad”, que quiere decir “pecho”, y especialmente en la Escritura se refiere al pecho de la mujer. Por lo tanto, el significado primario de Shadday es “el pecho”. Dios es SHADDAY porque él es el que nutre y da poder, y de este modo, el que satisface y se derrama a Sí Mismo en la vida de los creyentes. El niño impaciente e insatisfecho encuentra no sólo alimento y fortaleza en el pecho de su madre, sino también quietud, sosiego, satisfacción y descanso. Por tanto, EL SHADDAY es el nombre que presenta a Dios como el Sustentador y el Fortalecedor de Sus hijos. La palabra hebrea podría traducirse como “EL TODO SUFICIENTE”, y expresaría muchísimo mejor el verdadero significado del Nombre.

¡REVELACIÓN CONTUNDENTÍSIMA PARA ABRAHAM! El patriarca habrá saltado de gozo espiritual al conocer que Dios no sólo era el Creador del cielo y de la tierra, el poder por excelencia y la presencia más alta, sino que también era su consolador, su fortalecedor, su alimento espiritual, su fuente de aguas vivas, su pan de vida…

Y por último, a Dios le plugo revelarle al patriarca un tercer nombre Suyo para cerrar el ciclo de su crecimiento espiritual. Armado con estos tres Nombres Divinos y aplicándolos a su vida en todo momento, Abraham fue capaz de TODO por Su Dios… hasta el punto de no negarle a su propio hijo, al hijo de sus entrañas…. ¡Qué enamorado estaba Abraham de Dios! Amaba a su hijo, pero muchísimo más amaba a su Dios….

La revelación de este tercer Nombre de Dios precedió exactamente esa experiencia que puso a prueba la generosidad y el amor del patriarca hacia Dios.

En Génesis 21: 33 dice la Sagrada Escritura que “Abraham plantó un tamarisco en Beerseba e invocó allí el nombre de Yahveh, Dios eterno. Abraham estuvo residiendo en el país de los filisteos muchos años”.

“Yahvé, Dios Eterno”. En hebreo, EL OLAM (עולם). Ese mismo título se usa en el Salmo 89 (90) para aludir al Dios que es “desde el siglo y hasta el siglo”, Él es el principio y el fin, el Alfa y la Omega, el primero y el último, y es sinónimo del vocablo griego “aion” que significa “edad” o “siglo”.

Es decir, “Abraham, lo que te dije que Yo era” –podría haberle dicho el Señor− “Creador del universo, Poseedor de todo cuanto existe, el más alto de todos, el Poder Supremo, la Autoridad final, el Todo-suficiente, el Todopoderoso, el que te nutre, te alimenta, te fortalece y te consuela, … Todo eso que Yo te dije que era es “ETERNAMENTE Y PARA SIEMPRE”, “DESDE EL SIGLO Y HASTA EL SIGLO”, porque en Mí no hay “sombra de variación ni mudanza”.

Y tú, que lees estas palabras, considera esto que voy a decirte, ese DIOS ELYON, SHADDAY Y OLAM que no cabe en el universo, que el ser humano no puede concebir en todas Sus dimensiones infinitas, Cuyos caminos son inescrutables y Sus Revelaciones no pueden ser reproducidas con precisión por medio de ningún lenguaje humano…

A ese Dios con esas características Le plugo hacerse hombre en el Seno Purísimo y Virginal de una Mujer inocente de pecado original, vivir entre nosotros, morir por nosotros, pagar por nuestros pecados y dejar que un grupo de hombres escogidos por Él tengan la potestad de hacerlo bajar del cielo cada día y a toda hora durante el Santo Sacrificio de la Misa…

Y a ese Dios a Quien los cielos no pueden contener, le bastan las especies de un pedacito de pan ázimo para morar, y se queda en cada sagrario verdadero, en silencio (muy solo la mayor parte de las veces), esperando que Le visitemos, pero está a gusto allí pensando en todos los que van a recibirlo en sus corazones cuando comulguen…

Nuestro legado, pues, es el mismo de Abraham pero CENTUPLICADO, y ¡qué poco caso le hacemos!

Reynaldo