TIMEO DANAOS ET DONA FERENTES
En la resonante Carta del Santo Padre Francisco con la que se concede la indulgencia &c, apenas
un párrafo después de que se dispone (entre otras providencias tomadas
para el «Año de la Misericordia») que la absolución sacramental de las
mujeres incursas en aborto quede en manos de cualquier sacerdote sin
expresa delegación de facultades de parte del obispo -como lo prevé la
normativa sacra para tales casos-, sobresale (casi se tratara de otra
libérrima concesión en favor de pecadores reos de un delito no menos
grave) la voluntad papal de otorgar validez y licitud al sacramento de
la confesión ministrado por sacerdotes de la FSSPX durante el período
del inminente año jubilar. Sin excluir los agradecimientos de rigor, la
Casa General de la Congregación aclaró, en carta al Santo Padre, que «en
el ministerio del sacramento de la penitencia, [la FSSPX] siempre se ha
apoyado, con absoluta certeza, en la jurisdicción extraordinaria que
confieren las Normae generales del Código de Derecho Canónico»,
lo que pone a la cosa en sus justos términos en tiempos de conspicua
marea modernista («estado de necesidad»). Pues si es cierto que detrás
de las leyes hay razones que no pueden soslayarse impunemente, también
es cierto que la tentación del ius-positivismo puede afectar a la
Iglesia, opacando las evidencias de orden espiritual que indican un
verdadero estado de excepción.
Lo último que se nos ocurriría suponer, en un pontífice consagrado con
pelos y señales al ejercicio de la confusión y menoscabo de la
conciencia cristiana, es que con esto haya obrado un acto de buena fe.
Si no bastaran las resoluciones tomadas en contra de los odiosos
tradicionalistas (tales como las despóticas defenestraciones del
fundador de los Franciscanos de la Inmaculada y del finado monseñor
Livieres sin derecho a defensa y sin explicitación de motivos, aunque
muy presumiblemente por el delito de celebrar la Misa en latín), baste
al menos la abrumadora mole de palabras y gestos desplegados por
Francisco durante su mandato, todos en un único sentido y éste siempre
contrario al Evangelio: las bendiciones a transexuales y activistas
pro-aborto, la coyunda con la hez de la política anticristiana, el
impulso del sincretismo religioso, las burlas a la piedad genuinamente
católica, etc.
Equo ne credite, Teucri! Lo único auspicioso del caso -sabido
que Dios escribe derecho en los renglones torcidos por los hombres- es
que muchos fieles añorantes la tradición y hasta aquí acometidos por
escrúpulos acerca del presunto carácter "cismático" de la empresa
lefebvrista, podrán, gracias a la misericordia de Francisco, acudir a
sacerdotes católicos para confesar sus culpas y, de paso, asistir a sus
misas. Y que, a despecho de los planes que Bergoglio pudiera acariciar, y
en vista del posible cisma mil veces anunciado, unos y otros (católicos
adscritos a la Fraternidad y católicos aún resistentes en Babilonia)
acaben confluyendo sin recíprocos recelos en la Iglesia fiel. Lo que no
es poco, caramba. Pero el precio -de no consumarse la división que
parece inevitable- sería el de prolongar indefinidamente, gracias a
medidas como ésta, esa situación de convivencia en una misma sociedad
visible de las «dos Iglesias» aludidas por el padre Meinvielle en el
final de su «De la cábala al progresismo»:
No hace falta decir que el programa coincide estrechamente con el de Francisco, que pronto sesionará ante la ONU para refrendarlo. Por eso sus regalos, como los de los dánaos, no son para saltar de alegría: su benevolencia debiera ser más temible que sus garras.
Equo ne credite, Teucri! Lo único auspicioso del caso -sabido
que Dios escribe derecho en los renglones torcidos por los hombres- es
que muchos fieles añorantes la tradición y hasta aquí acometidos por
escrúpulos acerca del presunto carácter "cismático" de la empresa
lefebvrista, podrán, gracias a la misericordia de Francisco, acudir a
sacerdotes católicos para confesar sus culpas y, de paso, asistir a sus
misas. Y que, a despecho de los planes que Bergoglio pudiera acariciar, y
en vista del posible cisma mil veces anunciado, unos y otros (católicos
adscritos a la Fraternidad y católicos aún resistentes en Babilonia)
acaben confluyendo sin recíprocos recelos en la Iglesia fiel. Lo que no
es poco, caramba. Pero el precio -de no consumarse la división que
parece inevitable- sería el de prolongar indefinidamente, gracias a
medidas como ésta, esa situación de convivencia en una misma sociedad
visible de las «dos Iglesias» aludidas por el padre Meinvielle en el
final de su «De la cábala al progresismo»:
«no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente no sería sino una [...] La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos».Éste descrito por Meinvielle ha sido, en rigor, el statu quo eclesial a lo largo de todo el post-concilio. Si algo ha hecho Bergoglio es inclinar definitivamente la balanza hacia la Iglesia de la publicidad, lo que vuelve sospechoso, por su crasa extemporaneidad, su donativo. Más bien -aparte un posible propósito de neutralizar toda oposición pasando incluso por generoso y bien dispuesto- podría pensarse, en línea con sus filias más notorias, en un intento de integrar a la Tradición católica en un panteón multirreligioso en el que cabrían indistintamente todas las confesiones: católicos ortodoxos y heréticos, judíos, musulmanes, animistas, agnósticos de café-bar, cultores de la Tierra y de Marilyn Monroe -más o menos como en los tiempos del Imperio romano, con la sola e indolora exigencia de avenirse a tributar unos pocos granos de incienso al Emperador. No podemos afirmar categóricamente que ésta sea la intención de Bergoglio; lo que sí sabemos es que puede ser la de Satanás. Por lo pronto, en una insuperable síntesis de creativismo litúrgico y autorreferencialidad sin tope, la misa celebrada en Roma por la «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación» contó con la lectura de un pasaje de la Laudato Si' en lugar de la epístola paulina. Bien lo afirmó Ettore Gotti Tedeschi, el ex-interventor del IOR en los días de Benedicto, con un tono infrecuente para los tiempos que corren: la gnosis, aquella fuerza en perpetua guerra contra la Iglesia, apela hoy al problema inmigratorio, al problema ambiental, al problema del fundamentalismo y la violencia religiosa para reducir a la Iglesia al silencio y la impotencia. «Así como parece decidido hacer creer que los problemas de miseria moral sean consecuentes a aquellos de miseria económica, se estimula a la Iglesia a privarse de riquezas y distribuirlas, y a interrumpir así el proceso de evangelización [pues] evangelizar es contrario a la realidad histórica multirreligiosa y multicultural, y también priva de su libertad al prójimo y lesiona peligrosamente la cultura de otros pueblos. [...] Habiéndose decidido, al parecer, dejar acelerar el proceso de inmigración y declararlo necesario, [...] a la Iglesia se la alienta a ocuparse de consolar, y menos de educar. Pero lo más grave es que todo el mundo debe acoger el programa "ambientalista" como religión universal que reunirá a todos los pueblos de la tierra».
No hace falta decir que el programa coincide estrechamente con el de Francisco, que pronto sesionará ante la ONU para refrendarlo. Por eso sus regalos, como los de los dánaos, no son para saltar de alegría: su benevolencia debiera ser más temible que sus garras.

