“Yo
soy la Vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí como Yo en
él, ése da mucho fruto; porque sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 15).
La primera obligación de todo católico es la ‘obediencia de la fe’ (cf. Rm 1, 5), obedecer a Dios que revela su verdad al alma.
Sin
esta obediencia de la fe el alma no puede comprender el mal que hay a
su alrededor, porque todo pecado es por la incredulidad, por la
desobediencia de la fe, por poner la mente del hombre por encima de
Dios.
Eva desobedeció a Dios y puso su mente por encima de la ley de Dios. Fue ley para ella misma, se obedeció a ella misma. Y su desobediencia trajo el pecado para Adán. Adán sólo siguió la desobediencia de Eva a Dios, su falta de fe. Y al seguir esa incredulidad, Adán se convirtió en padre de todos los que no creen.
En
Adán se dio el desconocimiento de Dios, que es el principio y la
explicación de todas las desviaciones morales de los hombres.
Cuando se desconoce la Palabra de Dios, que es la Verdad, el hombre equivoca su camino en la vida.
Todo
en la vida de los hombres debe ponerse en el sometimiento al
Pensamiento Divino. Cualquier cosa. Y eso es lo que no hacen los
hombres, ni en la Iglesia ni fuera de la Iglesia.
Dios da Su Ley al hombre en el corazón. Y todo hombre nace con esta Ley Divina. Aun el más demonio de todos.
En
la conciencia de cada hombre está la ley que le impulsa a “hacer el
bien y evitar el mal”. Esta palabra no es algo subjetivo en el hombre,
no es un sentimiento, ni una idea, ni algo que se le ocurre al hombre.
Es la misma voz de Dios al corazón del hombre.
Es
algo real en el hombre. No viene del hombre, no está en el hombre. Dios
lo pone en el hombre para que éste siempre pueda elegir el bien.
Esta voz de la conciencia, voz de Dios,
es la que escuchó Eva, pero no la siguió. La escuchó Adán, pero no la
siguió. La escuchan todos los hombres y muchos no la siguen.
Esta voz de la conciencia es la obediencia de la fe.
Aquí
comienza la moralidad del hombre. Si el hombre no sigue esta voz, el
hombre se convierte en un inmoral, en un ser falto de ética, de sentido
sobrenatural.
Como
el hombre nace en pecado, es necesario algo más que la voz de la
conciencia, porque la conciencia en el pecado no se escucha, no se
recuerda, no es algo que el hombre tenga presente en su diario vivir.
Y, por eso, Dios da sus mandamientos, la ley moral para el hombre. Y los da en forma de palabras, de revelación divina.
Y
los mandamientos pertenecen a la obediencia de la fe. Si el hombre los
desobedece, entonces se vuelve un inmoral, se aparta de Dios, se aleja
de la Voluntad.
Pero
no es suficiente cumplir los mandamientos de la ley de Dios, porque los
hombres también se olvidan de estas leyes y fabrican las suyas, sus
propios mandamientos.
Y, entonces, Dios pone Su Iglesia para que el hombre se salve en Ella.
La
Iglesia es un Sacramento de Salvación, es decir, aporta al hombre un
camino para salvarse. Y lo da de muchas maneras, porque en la Iglesia
entran muchas cosas que pertenecen a Dios y que sólo los hombres que
siguen al Espíritu lo dan en la Iglesia.
Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores, Vírgenes, hacen de la Iglesia el Cuerpo donde se manifiesta la salvación.
Y, por eso, es necesaria la obediencia a la Iglesia para que el hombre viva su moralidad.
La
vida moral no es suficiente con la conciencia o con los mandamientos.
Es necesaria la Iglesia para vivir de acuerdo la fe en Dios.
Cuando la Iglesia da la Verdad sobre todas las cosas de la vida de los hombres, entonces todo es moralmente bueno.
Pero cuando la Iglesia calla o expresa otras cosas distintas a la Verdad, entonces todo comienza a torcerse.
Y cuando la Iglesia predica la mentira, es entonces cuando la Iglesia va hacia la ruina en la vida moral.
Una
Iglesia mentirosa es una iglesia amoral, sin moral, que niega la moral,
que va en contra de la moral. Y eso supone que todos los hombres hacen
lo mismo en sus vidas humanas: viven sin moral.
La Iglesia es el sello de la moralidad de todos los hombres porque en Ella está toda la Verdad para el hombre.
Quien no obedezca esta Verdad, entonces siempre se va a equivocar en su vida humana.
Porque es necesario seguir a la Iglesia para estar en la Verdad.
Es necesario. No es algo accidental. No es algo del momento, de los tiempos que corren, de las circunstancias de la vida.
La vida moral se da en la Iglesia y sólo en la Iglesia.
Pero una Iglesia que no enseña la vida moral, entonces esa Iglesia es el camino para la condenación de los hombres.
El
hombre camina siempre en la Iglesia. Pero el hombre tiene la fe en
Dios. La Fe no está en la Iglesia. En la Iglesia lo que está son las
obras de los hombres que tienen fe.
Cada
hombre necesita creer en Dios por separado. Y una vez que da su
asentimiento a Dios, puede obrar esa fe. Y lo hace en la Iglesia que ha
fundado Jesús para esto.
El
hombre de fe es el que hace Iglesia. Pero el hombre que no cree no
puede hacer Iglesia. No sabe hacer Iglesia, porque la Iglesia es la Obra
de la Fe, no es la obra de lo que piensan los hombres.
Por eso, estamos viviendo un momento principal y clave en la Iglesia.
Principal porque es lo primero que hay que entender para seguir viviendo.
Y clave porque es la llave para todo lo demás.
Si
las almas no entienden lo que pasa ahora en la Iglesia, entonces las
almas dejan su vida moral y se dedican a otras cosas, perdiendo la fe.
Y las almas, en este momento que vive la Iglesia están en duda. Y eso conduce a la ceguera espiritual.
Hay
una duda, hay una vacilación en el creer, hay una dificultad en salir
de las objeciones que traen los mismos hombres de la Iglesia en
cuestiones de fe, hay ansiedad en las almas porque la fe está
oscurecida, no se comprende la verdad, no se atiende a la verdad.
Los
hombres no tienen fe en la Iglesia. Los hombres no tienen fe en Jesús.
Los hombres no tienen fe en la palabra de Dios. No hay fe. Porque hay
duda, hay incredulidad, apostasía, cisma.
Y
si los hombres no tienen fe, los hombres no tienen vida moral. Carecen
de moralidad. Y si falta esto, entonces se vive en toda clase de vicios y
de corrupción en la vida.
Y
se vive esto en la misma Iglesia. La Iglesia está llena de viciosos y
de corruptos, porque la Iglesia no enseña la verdad para salvarse, para
santificarse.
Este
principio no se ve hoy día. Hoy se discuten muchas cosas en la Iglesia,
pero no se va a la raíz del problema de la Iglesia: su falta de fe, es
decir, su inmoralidad en todos los campos.
Y si no se quita la inmoralidad en la Iglesia, entonces eso sella el destino de la Iglesia.
Los
hombres de la Iglesia viven su presunción, es decir presumen de sus
capacidades humanas para conseguir la salvación fuera de la Gracia,
fuera de la fe, fuera de la moral.
Es
lo que vemos en todas partes en la Iglesia: una Iglesia que ha olvidado
su pecado y se cree ya salvada porque es Iglesia, es la Iglesia que
fundó Jesús.
Esta presunción está en toda la Iglesia: desde la Jerarquía hasta el último fiel del Cuerpo de Cristo.
Nos
hemos creído que lo sabemos todo y que lo podemos todo porque
pertenecemos a la Iglesia. Eso es señal de falta de humildad por no
haber fe. Y es presunción cierra todos los caminos para salvarse en la
Iglesia. Porque “sin Mi nada podéis hacer”.
El hombre ve su poder fuera de Jesús. Y ese ver hace que las obras de los hombres sean sólo una pantalla en la Iglesia.
Todos
los hombres en la Iglesia están dedicados a hacer muchas cosas, mucha
actividad y, sin embargo, no hacen nada, porque no creen en el amor de
Dios. Han puesto la fe en su amor humano. Y, entonces, se niega la
fuerza del Espíritu para ser Iglesia, para formar la Iglesia.
Y al negar esta fuerza, los hombres se vuelven indiferentes, ingratos, tibios, perezosos y llegan, incluso, al odio a Dios.
Vemos una Iglesia sin fe. Y este es el problema del hombre actual.
Los problemas del mundo no son económicos, políticos, culturales, sino por falta de fe.
Porque
los hombres ya no creen en Dios, entonces caen en toda serie de vicios,
pecado, horrores de la vida. Han dejado de conocer a Dios para conocer
al demonio que da todo eso.
