Si el papa Francisco encubrió los abusos de McCarrick, ni es santo ni es padre
03/09/18 4:03 pm
¿Nos vamos a sorprender del detallado testimonio del arzobispo Carlo
Maria Viganò sobre el encubrimiento del ex cardenal McCarrick por parte
del papa Francisco? Hacía años que se veía venir que nos las verías con
una falsedad y una epravación de este calibre. Desde el primer momento
de su pontificado, Francisco ha manifestado desprecio por las
tradiciones papales, demostrando con ello su falta de respeto por los
deberes y limitaciones de cargo. Sus celebraciones minimalistas y
deslucidas de la Misa daban a entender que, para él, la liturgia no
era «fuente y culmen de la vida cristiana».
Sus insufribles homilías, en muchos casos sospechosas de herejía,
revelaban una mentalidad nada católica. Sus torpes respuestas en las
entrevistas a la prensa y en los aviones sembraban confusión sobre
doctrinas cristianas fundamentales. Lo de «¿quién soy yo para juzgar?»
apareció en todos los diarios y terminó en millares de mensajes
internéticos que ofrecían un mensaje de liberación de los mandamientos
de Dios.
El dulce nombre de la misericordia fue usurpado con vistas a un
plan de secularización. Fariseo se convirtió en la palabra
predilecta para burlarse de todo el que aún creyera en la Biblia o en
una versión identificable del cristianismo.
Los sínodos sobre la familia con su consecuencia —Amoris laetitia–,
amañados por el Papa –autoritariamente aclarados por las pautas de la
arquidiócesis bonaerense– otorgaron honores pontificios a la
normalización de las relaciones adúlteras. Se introdujeron
modificaciones en los procesos de anulación para acelerar la concesión
del divorcio católico. Reorganizaciones internas e iniciativas vaticanas aguaron el mensaje provida y enturbiaron las aguas de la Humanae vitae en
el año preciso de su cincuentenario. Conocidos anticatólicos fueron
invitados al Vaticano, donde se les concedió tribuna y se les aplaudió.
En cuanto alguien se acercó más de la cuenta a la miserable verdad
sobre la corrupción financiera en el Vaticano, el papa supuestamente
reformista aseguró que se había eliminado el peligro, ya fuera el
miembro del Consejo de Cardenales falsamente incriminado o los auditores
profesionales externos sumariamente despedidos.
Las condenas del Papa a la homosexualidad nunca pasaron de ambiguas;
la doctrina tradicional parecía ir camino del basurero, como la pena de
muerte (si no te gusta lo que enseña la Tradición de la Iglesia, no
tienes más que cambiar el Catecismo, diciendo las palabras
mágicas «abracadabra, que se desarrolle la doctrina»). Como se ha viso
en el caso de Chile, el manejo de la crisis internacional de los abusos
sexuales reveló en el mejor de los casos lo poco empeñadosdos que
estaban en que se hiciera justicia, y en el peor, una tendencia hacia la
complicidad.
Y ahora nos llega esta noticia,
que con toda lógica ha repercutido en todo el mundo como una sacudida
sísmica, el estupor colectivo ante el alcance de la impiedad en las
altas esferas.
No es sólo que no haya justicia en la Casa Santa Marta; allí reside
lo que parece ser una resolución calculada y premeditada de apoyar,
promover y exaltar la injusticia. Es algo más que tendencia a la
complicidad; en los más altos niveles vaticanos el mal se fabrica en
serie, con una eficiencia que maravillaría a Henry Ford. El curso
inexorable de los acontecimientos desenmascara cada vez más a Francisco
como cómplice de la mafia rosa, las garras de cuya afeminada burocracia
están estrangulando a la Iglesia militante. Con Bergoglio el Vaticano se
ha convertido en una cloaca en la que se han mezclado y concentrado la
actitud acomodaticia al mundo instaurada por el Concilio Vaticano II y
las peores ideas y conductas de la rebelión postconciliar.
El pasado 15 de agosto publiqué un artículo en OnePeterFive en
el que afirmaba lo siguiente: «Que personas bien intencionadas afirmen
que Bergoglio debe nombrar una comisión investigadora que corrija la
situación [en EE.UU.] es de locos. Sería como elegir a Himmler para que
presidiese los juicios de Nuremberg». A algunos les pareció una
afirmación muy atrevida. ¿Cómo podía decir algo así del Santo Padre?
Hoy, a la luz de las revelaciones de Viganò y de muchas otras
pruebas, corroboro lo dicho, y lo que dicen miles de afirmaciones
similares. Ni da la menor señal de ser santo, ni se comporta como padre.
Un santo padre no trataría a los católicos como los trata Francisco. Un
santo padre no descarría a sus hijos hacia el pecado en lo relativo a
los misterios de la sexualidad, el matrimonio y el Santísimo Sacramento.
Un santo padre no tiraniza a hijos suyos que han encontrado inspiración
espiritual en la recuperación de las tradiciones de la familia mientras
promueve a hijos que se rebelan contra ella, o incluso a extraños que a
los que ésta tiene sin cuidado. Un santo padre no consiente por un
momento que el hijo mayor maltrate al menor, sino que lo despoja de
todas sus dignidades y lo expulsa.
Sólo Dios sabe que pasará en las circunvoluciones de su cerebro. Lo
que sí sabemos es que el Señor ha permitido esta época de tribulación
para poner a prueba y fortalecer la fe de sus siervos, a fin de ver si
pase lo que pase seremos fieles a su revelación, sus mandamientos, la
Tradición que nos ha confiado y su justicia.
La Divina Providencia ha probado la fidelidad cristiana en numerosas
ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia, ya fuera mediante
terribles torturas y dolorosos exilios en persecuciones romanas y
paganas, con graves inmoralidades y corrupción en el clero, caos
doctrinal y transigencias, o simplemente por medio de grandes
adversidades en guerras, hambres, epidemias y catástrofes que nunca
faltarán en nuestro mundo caído. «Bienaventurado el varón que soporta la
tentación, porque, una vez probado, recibirá la corona de vida que el
Señor tiene prometida a los que le aman» (Stg 1,12)
(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Artículo original)
