Editorial del Nº 107
VAMOS LOS PIBES
Enero y Buenos Aires nunca ha sido la mejor combinación de
cronos y topos; y allí estuvieron, para no desmentir el fatal aserto, unos
miles y miles de usuarios sin luz, sacudiendo las calles con sus quejas. Burgueses
todos ellos, claro, que no terminan de comprender las culpas que les caben en
estos desajustes eléctricos, por ese prurito oligárquico de tener encendidas
las heladeras, y hasta el mismo ventilador algún reaccionario.
Cansada del ingrato espectáculo que le ofrecía el demos
gorilón, con su reclamo destituyente de amperios —y de tener que movilizar a
las fuerzas represoras de la Gendarmería y de la Prefectura para que los
operarios pudieran enchufar los cableríos reventados—, fue en esa coordinación
ominosa de circunstancias estivales que Cristina decidió viajar a Cuba, entre
otras cosas, para compartir una velada familiar con Fidel Castro. La noticia
oficial agregaba que su hija Florencia era de la partida; no sabemos si porque
se quedó sin viaje de egresada al Jurassic Park, o para terminar de graduarse
de piba de la liberación. Con Máximo, por supuesto, esto ya no es necesario. El
pibe se ha liberado de todo cuanto esclaviza en la vida y en la política,
empezando del yugo laboral y concluyendo con el habla, propia de ciertos
primates superiores, según le han informado.
Lo cierto es que, a imitación de los hijos de nuestra prima
donna, una nueva generación liberacionista ha irrumpido en la vida nacional. Puesta
bajo los auspicios patronímicos del afamado tío de Giles, ya tiene su primer
caído en combate: el joven Iván Heyn, se recordará, intrépido ex Secretario de
Comercio Exterior, muerto en el Combate de Onán, en 2012, sobre las costas
orientales.
No importa que uno de ellos, hebreamente llamado Axel
Kicillof, viaje al Club de París para acordar un pago millonario de la nación
vasalla, prosternándose así al terrible centro mundial del poder plutocrático.
No importa que otros pacten con la multinacional Repsol la
entrega de una montaña de dólares.
No importa que en Aerolíneas Argentinas, en Fútbol para
Todos o en cuanto sitio metan baza, antes la odiosa dependencia que la libertad
sea el fruto de sus gestiones. Sobre todo de la dependencia a pantagruélicos
estipendios.
No importa que el fantasma de Juan Cabandié siga
apareciéndose en las autopistas reclamando correctivos para las agentes
policiales que tienen el tupé de tratarlo como a un ciudadano corriente.
Tampoco inquieta mucho, por supuesto, que se rindan ante la
norteamericana Chevrón o produzcan la descomunal devaluación de nuestra moneda,
mientras los usureros acumulan verdes canturreando cromáticamente en las
cuevas: nel blu dipinto di blu. Al fin
parece que se supo que a los bolsos con dólares y a los muchachos de La Cámpora
iba dirigido el críptico poema “Chau número tres” de Mario Benedetti, cuando
dice: “Estaré repartido / en cuatro o cinco pibes / de esos que vos mirás / y enseguida
te siguen”.
Goces literarios al margen, la famosísima “sangre derramada”
setentista, que jamás sería negociada, al final tenía su precio. Un poco caro,
según sabemos por los negociados turbios de la tripuda Hebe, del pius
Schoklender y la alcancía calafatense de Néstor. ¡Tanta juventud idealista,
divino tesoro, y al paso de los años, sólo quedó el tesoro! Y sí, maestro
Juvenal, tenía usted razón cuando se preguntó en su Sátira XIV: “¿Qué importa
la deshonra, cuando se salve el dinero?” Créanos que aquí, al menos, los pibes
de la liberación lo han leído en su idioma original.
Toda esta pesadilla pasará algún día. El gobierno ya está “Maduro” como para que el
común le vuelva la espalda y lo repudie y lo rechace con la misma furia que han
sabido cosechar.
Los pibes de la liberación envejecerán, adquirirán la cara
de Kunkel o de Verbitsky y sentirán asco de mirarse al espejo. Asco, desprecio
y repugnancia, no por la vejez, que a todos llega y es bueno que así sea. Sino
por la felonía, el latrocinio, la rapacidad y la codicia con la que han traicionado
supuestos ideales épicos. Que no eran tales, vaya, sino homicidio serial.
Entonces comprenderemos lo que enseñaba Pieper de la mano de
San Agustín: El hombre que espera en Dios es joven como es Dios. Dios no se
cansa de mantener las cosas en el ser; el que espera no se cansa de esperar. Porque
como dice el de Hipona “Dios es más joven que todos” (San Agustín, De Genesi,
VIII, 26, 48).
Antonio Caponnetto


