Bienes del alma en la vida popular
El
Museo Nacional de Arte Antiguo, de Portugal, guarda entre otras
preciosidades el Pesebre de san Vicente de Fora, del escultor Joaquín
Machado de Castro, del Siglo XVII. Presentamos en nuestra fotografía un
pormenor de ese Pesebre: los pastores que vienen a adorar al Niño Dios.
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Si bien la intención del autor haya sido la de representar a gente de
campo de Judea, en el tiempo del nacimiento de Nuestro Señor,
andrajosa, como muchas veces lo eran los pastores en Oriente, no
obstante los tipos humanos, las fisonomías, los gestos, los modos de ser
que plasmó en su obra corresponden a personas del ambiente que rodeaba
al artista, esto es, el del buen pueblo campesino y sencillo de
Portugal, en el siglo XVII.
* * *
Al considerar a primera vista esta escena, uno u otro observador
experimentará una sensación de desorden. Estamos habituados a las masas
disciplinadas y sin alma de las grandes ciudades modernas, que vemos
llenar silenciosamente los cines, o atravesar sombría y apresuradamente
los cruces de las calles, cuando el silbato de un guardia o una señal
luminosa detiene el tránsito de los vehículos para dejarlas pasar. Esas
multitudes sin alma y patronizadas, incluso cuando aplauden unánimes en
grandes manifestaciones colectivas, parecen un solo ente inmenso, en que
se habrían disuelto las personas, como gotas de agua en el mar.
En esa perspectiva, ese montón de gente causa extrañeza. Todos,
habiendo escuchado el mensaje angélico, corren al encuentro del Pesebre.
Hasta el perro del primer plano, está apresurado. Pero en cada figura
la nota personal es tan peculiar, que el grupo en su conjunto tiene algo
de efervescente y caótico.
Y en efecto cada rostro, cada modo de andar o de correr, expresa una
reacción enteramente personal en relación a la Buena Nueva. Los dos
muchachos que aparecen al frente, parecen simplemente movidos por la
curiosidad. Es la despreocupación real y muchas veces excesiva de su
edad. Un campesino, ya más maduro, con ojos dilatados y brillantes por
la alegría y fisonomía inteligente parece intuir con mucho
discernimiento el alcance del gran acontecimiento. Más atrás, un viejo
con un sombrero de ala grande levantada, grita y llora de emoción. Al
fondo un personaje con un capuchón y barba blanca, a un tiempo veloz y
meditativo, se muestra profundamente impresionado.
* * *
Cada alma, en este grupo de lúcidos analfabetos, da muestras de un
mundo interior del cual surge la expresión de una personalidad pujante.
Ignorantes, iletrados, ellos no fueron sometidos a los terribles
procesos de patronización de la civilización mecánica del siglo XX. no
tienen el pensamiento impuesto por los mismos periódicos, la
sensibilidad modelada por el mismo cine, la atención subyugada todo el
día, por al atracción magnética de la radio y de la televisión.
Y esto nos hace recordar el trecho admirable “ y nunca suficientemente citado “ de Pío XII, sobre “pueblo y masa”.
“Pueblo y multitud amorfa, o como se suele decir, masa, son dos
conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa
es de suyo inerte, y no puede moverse sino por la acción de un agente
externo. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo
componen, cada uno de los cuales “ en su propio lugar y a su propio modo
“ es una persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus
propias convicciones. La masa, por el contrario, espera una influencia
externa, juguete fácil en las manos de quien quiera que juegue con sus
instintos o impresiones, presta a seguir, según el turno, hoy esta y
mañana aquella bandera. De la exuberancia de la vida de un verdadero
pueblo, la vida se difunde abundante y rica, en el Estado y en todos sus
órganos, infundiendo en ellos con vigor incesantemente renovado, la
conciencia de la propia responsabilidad y el verdadero sentido del bien
común”. (Radiomensaje de Navidad de 1944)

