DECADENCIA O HEROÍSMO: METAFÍSICA DE LA GUERRA- 1º PARTE
Por: Julius Evola
El principio general al cual apelar para justificar la
guerra en el plano de lo humano es el "heroismo". La guerra, según
esto, ofrece al hombre la ocasión de redescubrir al héroe que anida en él.
Rompe la rutina de la vida cómoda y, a través de las más duras pruebas,
favorece un conocimiento transfigurante de la vida en función de la muerte. El instante
final en el cual un individuo debe comportarse como un héroe es el último de su
vida terrestre y pesa infinitamente más en la balanza que toda su existencia
vivida monótonamente en la agitación incesante de las ciudades.
Esto es lo que
compensa, en términos espirituales, los aspectos negativos y destructivos de la
guerra que el paternalismo pacifista pone unilateral y tendenciosamente de
relieve. La guerra, estableciendo y realizando la relatividad de la vida
humana, estableciendo y realizando también el derecho de un "más allá de
la vida", tiene siempre un valor anti-materialista y espiritual.
Estas consideraciones tienen un peso indiscutible y dejan
cortas todas las demagogias del humanitarismo, los lloriqueos sentimentales y
las protestas de los paladines de los "inmortales principios" y de la
internacional de los "héroes de la pluma". Mientras tanto, es preciso
reconocer que para definir bien las condiciones por las cuales la guerra se
presenta realmente como un fenómeno espiritual, se debe proceder a un examen ulterior,
esbozar una especie de "fenomenología de la experiencia guerrera",
distinguir las diferentes formas y jerarquizarlas para dar todo su relieve al
punto absoluto que servirá de referencia a la experiencia heroica.
Para ello es preciso referirse a una doctrina que no tiene la
estructura de construcción filosófica particular y personal, sino que es, a su
manera, una referencia de hecho positiva y objetiva. Se trata de la doctrina de
la cuatripartición en todas las civilizaciones tradicionales que da origen a
cuatro castas diferentes: siervos, burgueses, aristocracia guerrera y
detentadores de la autoridad espiritual. No debe entenderse por casta, como
hace la mayoría, una división artificial y arbitraria, sino el lazo que une a los
individuos de una misma naturaleza, un tipo de interés y de vocación idéntica,
una cualificación original. Normalmente, una verdad y una función determinada
definen cada casta y no lo contrario. No se trata pues de privilegios y de
formas de vida erigidas en monopolio y basadas en una constitución social
conocida, más o menos, artificialmente. El verdadero principio del que proceden
estas instituciones, bajo formas históricas más o menos perfectas, es que no
existe un modo único y genérico de vivir su propia vida, sino un modo
espiritual, es decir, como guerrero, burgués, siervo y, cuando las funciones y
reparticiones sociales corresponden ciertamente a esta articulación, según la
expresión clásica, estamos ante una organización "procedente de la verdad
y de la justicia".
Esta organización se convierte en jerárquica cuando implica
una dependencia natural –y con la dependencia la participación- de modos
inferiores de vida de aquellos que son superiores, siendo considerado como
superior toda personalización de un punto de vista puramente espiritual.
Solamente en este caso, existen relaciones claras y normales de participación y
subordinación, como lo ilustra la análoga ofrecida por el cuerpo humano: allí
donde no hay condiciones sanas y normales, cuando el elemento físico (siervos)
o la vida vegetativa (el burgués), o la voluntad impulsiva y no controlada (guerreros),
asumen la dirección o la decisión en la vida del hombre, aparece el caos; pero
cuando el espíritu constituye el punto central y último de referencia para las facultades
restantes, a las cuales no les es negada por tanto una autonomía parcial, una vida
propia y un derecho diferenciado en el conjunto de la unidad, allí aparece el Orden.
Si bien no debemos hablar genéricamente de jerarquía, aunque
se trate de la verdadera jerarquía en la que quien está en lo alto y dirige es
verdaderamente superior, es preciso hablar y hacer una referencia a los sistemas
de civilización basados en una élite espiritual y en donde el modo de vivir del
siervo, del burgués y del guerrero terminan por inspirarse en este principio
para la justificación de las actividades en que se manifiestan materialmente.
Por el contrario, se encuentra en un estado anormal cuando el centro se
desplaza y el punto de referencia no es el principio espiritual sino el de la clase
servil, burguesa o simplemente guerrera. En cada uno de estos casos, si existe igualmente
jerarquía y participación no se trata de algo natural. Se convierte en deformante
y subversiva y termina por exceder los límites transformándose en un sistema en
donde la visión de la vida, propia de un siervo, orienta y compenetra todos los
elementos del conjunto social.
En el plano político, este proceso involutivo es
particularmente sensible en la historia de Occidente hasta nuestros días. Los
Estados de tipo aristocrático-sacral han sido reemplazados por Estados
monárquico-guerreros, ampliamente secularizados y luego ellos mismos a su vez,
han sido reemplazados y suplantados por Estados apoyados sobre oligarquías
capitalistas (casta de los burgueses y de los mercaderes) y finalmente por
tendencias socialistas, colectivistas y proletarias que han encontrado su
eclosión en el bolchevismo (casta de los siervos).
Este proceso es paralelo al cambio de un tipo de
civilización por otro, de un significado fundamental de la existencia a otra,
si bien en cada fase particular de estos conceptos, cada principio, cada
institución forma e imprime un sentido diferente, conforme a la nota
preponderante.
Esto es igualmente válido para la guerra. Y he aquí como
vamos a poder abordar positivamente la tarea que nos propusimos al principio de
este ensayo: especificar los diversos significados que pueden asumir el combate
y la muerte heroicas. Según se decante bajo el signo de una u otra casta, la
guerra se justificaba por motivos espirituales, considerándose como una vía de
realización sobrenatural y de inmortalización para el héroe (tema de la Guerra
Santa), en el de las aristocracias guerreras se luchaba por el honor y por un
principio de lealtad que no se asociaba al placer de la guerra por la guerra.
Con el paso del poder a manos de la burguesía se produce una profunda
transformación. El concepto mismo de nación se materializa; se crea una
concepción anti-aristocrática y natural de la patria y el guerrero da paso al soldado
y al "ciudadano" que lucha simplemente por defender o conquistar una
tierra, estando los guerreros en general, fraudulentamente guiados por razones
o primacías de orden económico o industrial. En fín, allí donde el último
estadio ha podido ser alcanzado abiertamente, es en una organización en manos
de siervos, tal como expresó perfectamente Lenin: "La guerra entre
naciones es un juego pueril, una supervivencia burguesa que no nos atañe. La
verdadera guerra, nuestra guerra, es la revolución mundial para la destrucción
de la burguesía, y el triunfo de la clase proletaria".
Establecido esto, es evidente que el "héroe" puede
ser denominador común que abrace los tipos y significados más diversos. Morir,
sacrificar su vida, puede ser válido solamente en el plano técnico-colectivo,
incluso en el plano de aquello que se llama hoy brutalmente "material
humano". Es evidente que no es en tal plano donde la guerra puede
reivindicar un auténtico valor espiritual para el individuo, cuando éste se presenta
no como "material", sino -a la manera romana- como personalidad. Esto
no se producen a no ser que exista una doble relación entre medio y fin, cuando
el individuo es solo un medio en relación con la guerra y con sus fines
materiales, sino simultáneamente, cuando la guerra y su entorno deriva como
medio en relación con el individuo, ocasión o vía cuyo fin es la realización
espiritual, favorecida por la experiencia heroica. Entonces existe síntesis,
energía y máxima eficacia. En este orden de ideas y en función de eso que hemos
dicho anteriormente, es evidente que todas las guerras no ofrecen las mismas
posibilidades. Y ello en razón de analogías en absoluto abstractas, sino
positivamente activas, según las vías, invisibles para la mayoría, que existen
entre el carácter colectivo preponderante en los diferentes ciclos de
civilización y el elemento que corresponde a este carácter en el todo de la
entidad humana. Si la era de los mercaderes y siervos es aquella en la que
predominan las fuerzas correspondientes a las energías que definen en el hombre
el elemento pre-personal, físico, instintivo, telúrico o simplemente
orgánico-vital, en la era de los guerreros y en la de los jefes espirituales se
expresan fuerzas que corresponden respectivamente, en el hombre al carácter y a
la personalidad espiritualizada, realizada según su destino sobrenatural. Según
todo lo que desarrolla de trascendente en el individuo es evidente que en una
guerra, la mayoría no puede más que sentir colectivamente el despertar correspondiente,
más o menos, con la influencia preponderante de esa guerra. En función de cada
caso, la experiencia heroica conduce a puntos diversos y, sobre todo, de tres
formas.
En el fondo, corresponden a las tres posibilidades de
relación que pueden verificarse por la casta guerrera y su principio respecto a
las otras articulaciones ya examinadas.
Puede verificarse el estado normal de una subordinación al
principio espiritual, en donde el heroismo como desencadenamiento conduce a la
supra-vida y a la suprapersonalidad.
Pero el principio guerrero puede ser un fin en sí rechazando
reconocer aquello que hay de superior en él, entonces la experiencia heroica
dará lugar a un tipo "trágico", arrogante y templado como el acero,
pero sin luz. La personalidad permanece -está incluso reforzada- como le ordena
el límite de su lado naturalista y humano.
Siempre este tipo de héroe ofrece una cierta garantía de
grandeza y naturalmente, para los tipos jerárquicamente inferiores,
"burgueses" o "siervos", este heroismo y esta guerra
significan superación, elevación, y realización.
El tercer caso se refiere al principio guerrero degradado,
al servicio de elementos jerárquicamente inferiores (última casta). Aquí la
experiencia heroica se alínea casi fatalmente con una evocación, un
desencadenamiento de fuerzas instintivas, personales, colectivistas,
irracionales, provocando finalmente una lesión y una regresión en la personalidad
del individuo, el cual, rebajado a tal nivel, está condicionado a vivir el acontecimiento
de manera pasiva o bajo la sugestión de impulsos pasionales. Por ejemplo, las
célebres novelas de Eric María Remarque no reflejan más que una posibilidad de
este género: gentes llevadas a la guerra por falsos idealismos constatan que la
realidad es otra cosa. No desertan o abandonan, pero en medio de terribles pruebas,
son sostenidos por fuerzas elementales, impulsos instintivos, reacciones apenas
humanas, sin conocer un solo instante de luz.
Para preparar una guerra, tanto en el plano material como en
el espiritual, es preciso ver clara y firmemente todo esto, afín de poder
orientar almas y energías hacia la solución más elevada, la única que conviene
a las ideas tradicionales. Luego sería preciso espiritualizar el principio
guerrero. El punto de partida podría ser el desarrollo virtual de una
experiencia heroica en el sentido de la más elevada de las tres posibilidades
que hemos analizado.
Mostrar como esta posibilidad, más alta, más espiritual, ha
sido plenamente vivida en las grandes civilizaciones que nos han precedido
ilustrando así su aspecto constante y universal es algo que no depende de la
simple erudición. Es precisamente lo que nos proponemos hacer a partir de las
tradiciones propias a la romanidad antigua y medieval.


