EL FALSO PAPA REINANTE
[Sorprende la actualidad de este
artículo, escrito hace más de cuarenta años por el conocido y brillante
intelectual argentino, que puede trtasponerse fácilmente a nuestros días
de 2014, incluso aplicado con mayor plenitud. Se deduce claramente la
congruencia de la canonización del personaje a quien va destinado el
artículo por el actual “pontifice”. Me permito resaltar con negritas
algunos conceptos para facilitar al lector la reflexión que se presenta
ante esta magnífica lectura]
Dr. Carlos Disandro
La Hostería Volante n° 27 – julio de 1971
Será
ésta tal vez la última nota de La Hostería Votante sobre tan delicado y
dramático tema. Por eso conviene recapitular, en sucinto resumen, el
horizonte entenebrecido en los difíciles días que transcurren,
obsesionados por una falsa paz que es una siniestra guerra, estimulados
por una falsa guerra que impide el fundamento de la concordia verdadera
y lleva por tanto a una siniestra paz.
Hemos explicado en múltiples notas, artículos, ensayos, conferencias, el carácter de una autoridad írrita, la vacancia de un poder religioso otrora consentido con odio por las potencias intramundanas, hoy erosionado y apoyado con delectación por esas mismas tendencias apocalípticas, esotéricas, judeocabalistas, judeocristianas, criptojudías, etc. Ese carácter y esa vacancia
se resumen en el vínculo entre Iglesia y Pontificado (trascendente y
celeste), y en la referencia de Pontificado y Pontífice (entitativa e
histórica). De esta manera hemos transitado, con intrepidez, un
territorio conceptual, abrumado por oscuridades inevitables; y con
modestia, una lumbre, coronada de resplandores inalcanzables. No tenemos
ya más que decir, pues todo será efecto de este siniestro pseudo-pontffice, que todo lo esgrime para derrumbarlo todo:
sólo le falta el último acto, a saber, la pretensión de anular la
sacramentaíidad trinitario-teàndrica de la Iglesia, para convertirla en
una empresa sociomórfìca e intramundana, que participe y aglutine el gobierno mundial
en ejecución. Ya se ve ese rumbo en su increíble alocución de Pascua de
1971. La falsa misa preludia esta tenebrosa requisitoria de las
potencias esotéricas, que hoy esclavizan a la Iglesia.
Hemos dicho en los últimos cinco o seis años, lo fundamental de una temática siniestramente callada por los sedicentes teólogos tradicionalistas, que empuñan la vara del tambor para ulular a la obediencia, mientras la arquitectura de la Fe cae bajo la piqueta de Lenin-Montini; o que dicen en reserva,
secreto y recato las más tremendas acusaciones contra el falso papa,
pero que en público aconsejan a los jóvenes el siniestro designio de aceptarlo todo, incluso la destrucción de la patria.
No hay más que analizar ya: falso
papa, falsa misa, falso ecumenismo, falsa música, falso evangelio,
falsos clérigos, falsa renovación, falsa lectio, falsa teología, falsa
mística, falsa misericordia y falsa justicia. Lo que viene es pues o derrumbe de la falsedad, o imperio de sus terribles consecuencias
esclavistas. Si es el derrumbe, estamos preparados para prolongar la Fe
en la caótica anarquía que lo arrollará todo; si es el imperio de las
tinieblas, estamos preparados para afirmar y subrayar, unidos a la más
entrañable tradición, lo que consideramos sustancia de la Fe. Eso sí: no
sabemos si se nos otorgará la corona de los fuertes. Pero esto es un
don que se recibe; aquí hablamos de lo que entrevén nuestras débiles
fuerzas.
Entretanto,
confirmamos desde estas páginas peregrinas, como las de una “hostería”
que afinca su blasón en cualquier rumbo de la patria y del mundo, la
conclusión que surge de este decenio sombrío y que culmina en este
ridículo y siniestro espectáculo de un pseudo pontífice
que converge con las más crueles e inhumanas potencias de esclavitud
(en nombre de la Resurrección de Cristo) y que transformado en profeta
de una esperanza que no tiene nada que ver con el Espíritu, proclama con
increíble y satánico orgullo la mutación ultramundana de la humanidad.
Se ha esfumado para este judío carbonario la mística
del anacoreta, del monje y del contemplativo: sólo piensa que el hombre
es “príncipe de los cielos”, porque vuela en ridiculas cápsulas
interplanetarias, de las que se ríen incluso sinarcas como Toynbee. Se
ha esfumado la meditación y posesión de la vida intratrinitaría: sólo
piensa en la vida del progreso, las máquinas y el socialismo. Se ha esfumado la posesión y meditación de la humanidad de Cristo: sólo piensa en convertir las piedras en pan, para que se erija en las masas hambrientas
(creadas por las mismas potestades que protegen a Montini), como un
nuevo dios, un dios intramundano, o por lo menos como su electo profeta ecuménico, sin Dios y sin Tierra. En fin, se ha esfumado todo acto de elevación en la vida de la Iglesia: sólo piensa en que puede rodar, monte Vaticano abajo, sin sufrir detrimento alguno, cobijado
como está en las instancias de los poderes sinárquicos. Hemos entrado
pues en el último acto, la satanolatría, que conduce al derrumbe o a la
esclavitud.
No
es fácil escribir estas líneas: pero debemos escribirlas, para coronar
un ciclo del que somos conscientes y que reafirmamos sin ambages. Sus
errores serán paliados por los años densos que vienen; sus verdades,
aunque fuesen pocas o débiles, resplandecerán en la fuliginosa densidad
que nos agobia. Y desde este pasaje tenebroso -en la esclavitud o en el
derrumbe- unos y otras advertirán en su modestia y en su nitidez que en
América hemos sabido soportar el cruel y duro peso de la claridad
penumbrosa.
Tales
reflexiones deben aplicarse en primer lugar a nuestra sufrida tierra,
por cuya continuidad, perduración y exaltación comprometemos y hemos
comprometido nuestras horas más lúcidas y más fervientes. Pues aquí,
quizá como en ningún otro rumbo del mundo, las confrontaciones parecen
más desoladas y terribles. No oímos una sola voz de entre las sacras
testas corrompidas que anhele -no digo que reclame- la autenticidad de
la Iglesia, en este vómito sofístico de las altas cátedras.
Estos “obispos” siguen siendo obispos, porque han dejado de ser epíscopos.
Las
consecuencias de su inserción político-temporal seguirán siendo
terribles; contra ellas debemos fortalecernos para instaurar un estado
argentino libre de la tutela de una iglesia ecuménica, subversiva, judeocristiana, tercermundista, empresaria, pseudotradicionalista, que exalta el pobrerío, porque ha corrompido a los pobres.
Nuestro programa político se limita en este caso a reconocerlo, y a
hacerla a un lado, para instaurar un “Estado bárbaro”. Según esta
premisa, se ordenan fundamentales y sucesivas instancias
político-temporales, que pueden ser realidades en la hora del derrumbe, o
que podrán meditarse tal vez en las sombras de la esclavitud. Aquí se
nos escapan ya las coyunturas definitivas.
Finalmente
hemos subrayado en incontables ocasiones, desde La Hostería Volante, el
rumbo previsible, la maniobra oscura y farisaica, el desapego de las jerarquías vaticanistas a la lumbre doctrinal y mística,
el falseamiento de un lenguaje, que se ha tornado, satánicamente, campo
de concentración lingüística, donde los esclavos judeocristianos sirven
a los amos mundialistas contra la Iglesia de Cristo. Hemos adoptado una
tesitura de diáfano corte conceptual, y hemos derivado de allí
numerosas conclusiones de un orden empírico. Ya nadie acusa a La
Hostería Volante de exageraciones (como en los años 58- 64), o de muchas
otras cosas concurrentes (como en los años 64-70): simplemente se la
odia, o se la ama y protege; se la quema, o se la pide; se la exalta, o
se la hunde en el lodo. No nos extrañamos de ello ni nos incomoda. Pagamos el tributo de contradicción de toda obra humana.
A
los que nos odian, particularmente los clérigos, o los que bajo su
conducción se rigen por la banderola del infierno, les puntualizamos que
en el ancho mundo hay sitio también para nosotros, y
que siendo como somos “arcaicos, obsoletos, obsesionados y tercos”, no
les dañamos en absoluto sus siniestros planes socialistas, ecumenistas, o
los que fueren. Que no odien pues, y dejen ruta libre a nuestra
requisitoria dramática. O que nos odien, pero cumplan su deber en la
verdad, proclamando eso mismo: que nos odian.
A
los que nos aman, particularmente a los que viviendo en la esclavitud
desean nuestra libertad espiritual, les aseguramos que es ése el
fundamento de nuestra existencia, y que en el ancho mundo siendo tan
limitados como somos, la dimensión de ese amor cubre todas las
precariedades, contradicciones, incongruencias y debilidades, y nos
fuerza a ser lo que somos: HOSTERIA VOLANTE, NUNC ET SEMPER, QUE EN
CUALQUIER CASO EXISTIMOS POR ESO, PARA AMAR EN LA VERDAD.
El Bodeguero – 1971
Visto en Católicos Alerta



