HABLÓ PEDRO POR BOCA DE LEÓN
[Pido disculpas a los lectores por publicar un comentario mío al post “¿Vicario de Pedro o de Cristo?” La razón es porque en él se tocan varios temas muy debatidos en el blog, cuales son: El
alcance del cargo de Vicario de Cristo y Sucesor de Pedro, la
infalibilidad, y la naturaleza del Milenio y su posible existencia.
De una manera fortuita he escrito sobre ello en el comentario que se
prolongó quizás en demasía. Por lo tanto lo subo, por si pueda ser de
interés de los lectores, por lo menos de algunos de ellos. Al fin toco
las ideas sobre el “Milenio” de Don Benjamín Martín Sánchez que expone
en algunos de sus opúsculos, particularmente en “Israel y las profecías“.
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO
Expone en él, su concepción de un futuro “maravilloso de paz y prosperidad”
para el mundo y sobre todo para la iglesia, que sin atreverse a hacerlo
en sentido estricto, asimila a la idea de “Milenio”. Quizás algún día
abundemos en ello. Tampoco quiere decir que haga mías sus ideas sobre
tan difícil cuestión. Pero, por lo menos, creo que serán interesantes
para algunos lectores. No hace falta decir que lo que expongo en el post
no le day un valor definitivo como imponoiéndolo como verdad cierta.
Sin embargo creo que es una opinión que a lo que creo goza de
probabilidad]
Por EL ARCA
Estimado Sandro A. Aureliano:
Muchas gracias por su comentario que es una gran aportación al debate que se está manteniendo en el blog sobre la conveniencia o no de utilizar para el papa el término de “Vicario de Pedro”.
Ud. se decanta por uno de los extremos aportados por G, que declara que el Papa es en realidad Vicario de Cristo y no de Pedro, para lo que ha aportado algunos textos de teólogos.
Yo disiento con Ud. en que los dos términos de la alternativa sean excluyentes, cosa que parece deducirse de su intervención.
Estimado Sandro A. Aureliano:
Muchas gracias por su comentario que es una gran aportación al debate que se está manteniendo en el blog sobre la conveniencia o no de utilizar para el papa el término de “Vicario de Pedro”.
Ud. se decanta por uno de los extremos aportados por G, que declara que el Papa es en realidad Vicario de Cristo y no de Pedro, para lo que ha aportado algunos textos de teólogos.
Yo disiento con Ud. en que los dos términos de la alternativa sean excluyentes, cosa que parece deducirse de su intervención.
Ud. mismo aporta en su escrito una breve relación que dice:
Sabemos que en la Alta Edad Media hubo varias variantes de los títulos Papales, como “Vicario de Pedro” (Vicarivs Petri), “Vicario del Príncipe de los Apóstoles” (Vicarivs Principis Apostolorum) o “Vicario de Sede Apostólica “(Vicarivs Soles Apostolica), entre otras variantes utilizadas para indicar que fueron ellos sucesores de San Pedro.
Y añade:
Tanto el título “Vicario de Pedro” (referente a la sucesión solo) y “Vicario de Cristo” se utilizó, se puede ver por el hecho de que a finales del siglo VIII, el juramento de fidelidad de San Bonifacio al Papa Gregorio II utiliza la primera, mientras que unas pocas décadas más tarde, el Papa Juan VIII (872-82) utiliza el segundo. El nombramiento del “Vicario de Cristo” por los papas fue de uso regular a partir del siglo XIII, debido a las reformas empleadas por el Papa Inocencio III.
Ello demuestro que el uso del término “Vicario de Pedro” fue
utilizado incluso contemporáneamente con el de Vicario de Cristo. No
creo que Ud. califique de “tremendo error” el cometido por los papas que
utilizaron el término. Aunque se refiriera solamente a la “sucesión” yo
no creo que lo hubieran utilizado “impropiamente”. El “sucesor” de un
gobernante deja absolutamente sin atribuciones a su predecesor, que pasa
a ocupar el cargo meramente honorífico de “emérito”. ¿Pero éste es el
caso de San Pedro con respecto a los papas en ejercicio? Veamos:
San Pedro Crisólogo, doctor de la Iglesia, que había sido elegido obispo de Ravenna, siendo un simple diácono de la comitiva de los ravennenses que querían ver confirmada la elección del candidato, gracias a una intervención en sueños de San Pedro, dada al papa Sixto III, declaró más tarde “el juicio definitivo, tanto en materia doctrinal como disciplinaria, le corresponde al Romano Pontífice, porque “en su persona es siempre el Apóstol Pedro quien sobrevive y preside para ofrecer la Verdad de la Fe a cuantos la busquen”. Como se sabe fue dicho a propósito de su disputa con el heresiarca Eutiques, afecto a la herejía monofisita.
La cita está totalmente en línea con la mentalidad sobre la “infalibilidad pontificia” de la que hizo gala San León I. En efecto de éste se escribiría:
San Pedro Crisólogo, doctor de la Iglesia, que había sido elegido obispo de Ravenna, siendo un simple diácono de la comitiva de los ravennenses que querían ver confirmada la elección del candidato, gracias a una intervención en sueños de San Pedro, dada al papa Sixto III, declaró más tarde “el juicio definitivo, tanto en materia doctrinal como disciplinaria, le corresponde al Romano Pontífice, porque “en su persona es siempre el Apóstol Pedro quien sobrevive y preside para ofrecer la Verdad de la Fe a cuantos la busquen”. Como se sabe fue dicho a propósito de su disputa con el heresiarca Eutiques, afecto a la herejía monofisita.
La cita está totalmente en línea con la mentalidad sobre la “infalibilidad pontificia” de la que hizo gala San León I. En efecto de éste se escribiría:
San León I el Grande (440 – 461) dejaba entender que San Pedro vivía y enseñaba por la boca de sus sucesores: “El bienaventurado Pedro, conservando siempre esta consistencia de piedra que el recibió, no ha abandonado el gobierno de la Iglesia (…) Si nosotros hacemos alguna cosa buena, si nosotros penetramos con precisión en las cuestiones, (…) es la obra, es el mérito de aquél cuyo poder vive y cuya autoridad manda en su Sede” (In anniversario assumptionis suae, sermón 3). Pedro y sus sucesores estaban asegurados de una rectitud doctrinal inquebrantable: “El Mesías es anunciado como debiendo ser la piedra elegida, angular, fundamental (Isaías XXVIII,16). Es en efecto este propio nombre que Jesús da a Simón, como si le dijera: “Yo soy la piedra inviolable, la piedra angular, que reúne en uno dos cosas; yo soy el fundamento al cual nadie puede substituir; mas tú también, tú eres piedra, pues mi fuerza deviene el principio de tu solidez, de suerte que lo que me era propio y personal de mi poder, te deviene común conmigo por participación. (In anniversario Assunptionis suae, sermón (4).Este papa dice todavía: “En el curso de tantos siglos, ninguna herejía podía manchar a aquéllos que estaban sentados en la cátedra de Pedro, pues es el Espíritu Santo quién les enseña” (Sermón 98). Los Padres del concilio de Calcedonia declararon formalmente sobre San León: “Dios, en su providencia, ha elegido, en la persona del pontífice romano un atleta invencible, impenetrable a cualquier error, el que viene de exponer la verdad con la última evidencia”.
¿Alguien se atreverá a insinuar del formidable atleta de Cristo y
doctor de la infalibilidad pontificia, el haber enunciado el error al
decir que San Pedro vivía y enseñaba por la boca de sus sucesores? ¿Y que es esto sino tenerlos como vicarios por quienes habla por su boca?
Si el doctor de la iglesia, nombrado así por el papa Benedicto XIII (¿desconocía este papa su “error” cuando habló de San Pedro “viviendo y presidiendo en la persona de los papas? “Absit a me” el pensar así. San Pedro Crisólogo se refería a Pedro al decir que “el juicio definitivo, tanto en materia doctrinal como disciplinaria, le corresponde al Romano Pontífice, porque “en su persona es siempre el Apóstol Pedro quien sebrevive y preside para ofrecer la Verdad de la Fe a cuantos la busquen</strong>”. ¿Acaso éste es el cometido de un “papa emérito” y despojado ya de su poder y cargo por su sucesor?
Pero viniendo a la figura de la inmortal figura de San León I, -muy conocido por el relato de que en el año 451 tuvo el enfrentamiento con los hunos de Atila, (Batalla de los Campos Cataláunicos) y su famosa intervención evitando que el Huno marchara sobre Roma- hay que recordarlo también por ser el autor de la “Epístola Dogmática a Flaviano”. Como se sabe es uno de los grandes monumentos del Magisterio papal. Ella dirimió la dura batalla que estuvo a punto de perderse sobre la “doble naturaleza de Cristo”. De hecho se perdió en el llamado “sínodo de Éfeso” (al que el papa llamó el “latrocinio de Éfeso”. El emperador Teodosio II con la ayuda del Patriarca de Alejandría, el herético Eutiques, consiguió reunir el Sínodo y logró su aprobación. Provindecialmente gracias a la emperatriz Pulqueria que con su marido el emperador Marciano, sucedieron a Teodosio, promovieron el Concilio de Calcedonia, que fue presidido por el Patriarca de Constantinopla, Anatolio -que sucedió a del patriarca mártir de la “doble naturaleza de Cristo” Flaviano- de consuno con los legados pontificios de San León, al que acudieron 600 obispos, de los cuales solamente dos, del Imperio de Occidente. Fue uno de los momentos estelares de la Iglesia Católica. Sin ese concilio la Iglesia Católica estaría alineada con la Iglesia Copta y otras orientales, profesando la herejía de Eutiques: Cristo sólo Dios, sin naturaleza humana, sin ser “verdadero Dios y verdaderamente hombre“, y María por consiguiente no sería ya invocada como la “Theotocos” la Madre de Dios. Esa es la herejía monofisita.
Lo anterior viene como introducción al hecho de que fue en ese concilio, cuando se leyera “la Epístola a Flaviano“, lo que motivó que los seiscientos obispos ante el Patriarca Anatolio y los legados de San León I, puestos en pie de consuno profirieron aquella aclamación que ha pasado a estar inmortalizada en la Iglesia Católica: PEDRO HA HABLADO POR BOCA DE LEÓN.
Si el doctor de la iglesia, nombrado así por el papa Benedicto XIII (¿desconocía este papa su “error” cuando habló de San Pedro “viviendo y presidiendo en la persona de los papas? “Absit a me” el pensar así. San Pedro Crisólogo se refería a Pedro al decir que “el juicio definitivo, tanto en materia doctrinal como disciplinaria, le corresponde al Romano Pontífice, porque “en su persona es siempre el Apóstol Pedro quien sebrevive y preside para ofrecer la Verdad de la Fe a cuantos la busquen</strong>”. ¿Acaso éste es el cometido de un “papa emérito” y despojado ya de su poder y cargo por su sucesor?
Pero viniendo a la figura de la inmortal figura de San León I, -muy conocido por el relato de que en el año 451 tuvo el enfrentamiento con los hunos de Atila, (Batalla de los Campos Cataláunicos) y su famosa intervención evitando que el Huno marchara sobre Roma- hay que recordarlo también por ser el autor de la “Epístola Dogmática a Flaviano”. Como se sabe es uno de los grandes monumentos del Magisterio papal. Ella dirimió la dura batalla que estuvo a punto de perderse sobre la “doble naturaleza de Cristo”. De hecho se perdió en el llamado “sínodo de Éfeso” (al que el papa llamó el “latrocinio de Éfeso”. El emperador Teodosio II con la ayuda del Patriarca de Alejandría, el herético Eutiques, consiguió reunir el Sínodo y logró su aprobación. Provindecialmente gracias a la emperatriz Pulqueria que con su marido el emperador Marciano, sucedieron a Teodosio, promovieron el Concilio de Calcedonia, que fue presidido por el Patriarca de Constantinopla, Anatolio -que sucedió a del patriarca mártir de la “doble naturaleza de Cristo” Flaviano- de consuno con los legados pontificios de San León, al que acudieron 600 obispos, de los cuales solamente dos, del Imperio de Occidente. Fue uno de los momentos estelares de la Iglesia Católica. Sin ese concilio la Iglesia Católica estaría alineada con la Iglesia Copta y otras orientales, profesando la herejía de Eutiques: Cristo sólo Dios, sin naturaleza humana, sin ser “verdadero Dios y verdaderamente hombre“, y María por consiguiente no sería ya invocada como la “Theotocos” la Madre de Dios. Esa es la herejía monofisita.
Lo anterior viene como introducción al hecho de que fue en ese concilio, cuando se leyera “la Epístola a Flaviano“, lo que motivó que los seiscientos obispos ante el Patriarca Anatolio y los legados de San León I, puestos en pie de consuno profirieron aquella aclamación que ha pasado a estar inmortalizada en la Iglesia Católica: PEDRO HA HABLADO POR BOCA DE LEÓN.
Yo creo que además de la declaración dogmática de la doble naturaleza
de Cristo, fue una proclamación de la idea del Doctor de la Iglesia San
Pedro Crisólogo “Pedro sobrevive y preside la Iglesia en la persona del Romano Pontífice”
Parafreseando a otro papa homónimo, San León II, ¿Alguien será tan loco como para afirmar que la oración del Omnipotente ‘Yo he rogado por ti’ etc…sea ineficaz para que proclames la Verdad indefectiblemente, bien por ti en tu corta existencia, bien por tus sucesores por ‘cuya boca hables y en cuyas personas presidas y sobrevivas’?”.
¿A qué sucesor de un gobernante se le ha prometido tal cosa? ¿Es ser un ‘emérito? arrumbado, como lo vemos en nuestros días, lo que conviene al glorioso San Pedro?
Parafreseando a otro papa homónimo, San León II, ¿Alguien será tan loco como para afirmar que la oración del Omnipotente ‘Yo he rogado por ti’ etc…sea ineficaz para que proclames la Verdad indefectiblemente, bien por ti en tu corta existencia, bien por tus sucesores por ‘cuya boca hables y en cuyas personas presidas y sobrevivas’?”.
¿A qué sucesor de un gobernante se le ha prometido tal cosa? ¿Es ser un ‘emérito? arrumbado, como lo vemos en nuestros días, lo que conviene al glorioso San Pedro?
Afirmamos que los papas legítimos son verdaderos Vicarios de Cristo a quienes conviene la promesa hecha a San Pedro acerca de su indefectibilidad e infalibilidad, pero esto lo tienen a título de ‘sucesores’ sentados en la Sede del bienaventurado Pedro,
que por ser ya bienaventurado no se interrelaciona con nosotros en el
mundo visible, pero que sin embargo sigue gozando primariamente de las
promesas de Cristo como Cabeza y Roca, bien que subordinado y como reflejo de la Piedra (‘y la Piedra era Cristo’ verdadera piedra angular sobre
la que se sobeedifica el ministerio apostólico) y Cabeza (de su Cuerpo
Místico), que transfiere sin perderlas, las promesas hechas a los papas
legítimos reinantes. Son estos Vicarios de Cristo, bien que no iguales a Él, como tampoco lo fue San Pedro, pero también lo son de San Pedro,
pero tampoco gozando de la igualdad con él, sino en todo beneficiándose
de haber sido puestos por la Providencia en el lugar de su Sede, y
sobre el sepulcro de su martirio. (No se ha de entender esto como si no
pudieran accidentalmente desempeñar su cargo en otro lugar aunque
elegidos por la jurisdicción del clero romano, los cardenales)
Asi pues ¿VICARIOS DE CRISTO O DE PEDRO? Las dos cosas y la primera- Vicario de Cristo- a causa de la segunda, ya que a título de sucesores desempeñan su cargo por estar sentados en la Sede
del bienaventurado Pedro, y siempre bajo su amorosa protección, que
deriva del hecho de las promesas nunca caducadas ni relegadas, sobre su
infalible palabra, su presidencia, su influjo, sus ruegos y oraciones.
Así lo han reconocido muchos sucesores que han llevado con santo orgullo
el título de “Vicarios de Pedro” y así lo ha reconocido la
Iglesia, que reunida en uno de los más gloriosos concilios clamó,
orgullosa de la progenie de su Jefe y Cabeza visible: HA HABLADO PEDRO POR BOCA DE LEÓN.
Una aplicación práctica de lo anterior es que con más razón en
tiempos de una vacancia prolongada, es de Pedro de quien debemos esperar
una intervención suya, milagrosa o no, para resolver esa situación
angustiosa. Y yo también digo, que si no hubiera varias profecías de
santos canonizados que así lo sugieren, en particular de las Beatas Isabel Canori Mora, y Ana María Taigi,
que reciben culto público en sendas iglesias de Roma, en donde se
guardan sus cuerpos incorruptos-la segunda mereció el título en su bula
de canonización de “caso único en la historia de loos fastos de la santidad”
por sus pasmosas profecías y videncias de sucesos lejanos, muchas de
las cuales ya se han visto cumplidas; digo que si no hubiera estas
profecías, esperaría igualmente la intervención de San Pedro, y no
dejaría de suplicársela, a título de Jefe, Cabeza y Roca a quien
literalmente se prometió la indefectibilidad de la Iglesia ante la
acometida de las puertas del Hades- καὶ πύλαι ᾅδου οὐ κατισχύσουσιν
αὐτῆς- Que la Vulgata traduce “et portæ inferí non prævalebunt adversus eam”. En mi opinión es acertada, querido Sr. Mottet, la versión de la Biblia de Jersusalén que traduce “los poderes de la muerte”
no prevalecerán contra ella. El Hades es el reino de los muertos o de
la muerte. Aquí se significa que la muerte, o sea la desaparición
precisamente de la Roca- como lee Fillion- no sucederá nunca, bien sea
por una persecución de los hijos de la oscuridad- masones etc..- bien
sea por los ataques de la herejía (modernistas, “papas” usurpadores,
etc..) Si la Roca- el papado- fuera definitivamente ocupada por “papas”
usurpadores, ilegítimos, impostores, heréticos; entonces el poder de la
muerte o desaparición en la historia, o si se quiere el poder de la
herejía, habría prevalecido sobre la Roca- sobre la que se levanta la
Iglesia- y cuya desaparición significaría la desaparición de la Iglesia.
Entonces sí que se podría decir que las puertas del Hades, habrían
prevalecido sobre la Roca y consiguientemente sobre la Iglesia.
De esta última digresión se deriva el pensamiento siguiente:
Están muy equivocados los que creen que esta época de virtual desaparición de la Iglesia y de clara desaparición de los papas, en una “Sedes vacantes” prolongada (más de 50 años) cerrará la historia de la Iglesia, dando paso a la “Parusía”, y quizás a un verdadero Milenio (todo lo mitigado que se quiera), en el que no creo, porque esto significaría ni más ni menos que la derrota en el kairós histórico, de la Roca y de la Iglesia. Por mucho que siga la “Parusía” que es un tiempo metahistórico, la derrota hubiera sido flagrante. La Palabra del Omnipotente hubiera fallado, lo cual es locura como dijo San León II.
La única alternativa es que la Roca de nuevo se levantará enhiesta, La Iglesia volverá a ser la Cátedra de la Verdad (León XIII), como faro de las naciones, desaparecerá el “Trono de la Impiedad“, por poco tiempo cual canto del cisne, o por mucho tiempo, antes de la Parusía previa al Milenio o concomitante con el “juicio final” que corone estos últimos tiempos en los que vivimos, pero que serán seguidos de una ´restauración” durante largo o breve tiempo. Será una restauración gloriosa, en que por fin habrá “un único rebaño bajo un solo Pastor”, en que la Iglesia Católica sea la única Religión del mundo. Esto que parece imposible no lo es al Omnipotente. Quizás suceda después de una terrible purificación que bien pudiera llamarse (como lo hace D. Benjamín Martín Sánchez, de quien sigo describiendo brevísimamente su pensamiento) el juicio de las naciones impías, el “juicio de los vivos” que profesamos en el Credo. Al cual no tiene por qué seguir el fin del mundo, como dice el mismo autor, o el “juicio de muertos” del Credo, sino que serán el pleno cumplimiento de las promesas de Cristo. Ésta maravillosa época de paz en la que tendrán cumplimiento muchísimas de las promesas bíblicas aún no cumplidas, no es estrictamente el “Milenio”. No habrá sucedido ninguna resurrección primera, ni tampoco reinará Cristo visiblemente, sí será el Reino del Sagrado Corazón y el “Reinado de María”. Los que vivan entonces serán viatores, y aunque gozando de la felicidad de aquellos tiempos, tendrán la dicha de no estar sometidos al poder de Satanás en lo público y en lo manifiesto, como sucede actualmente. Sólo al final, la serpiente será de nuevo soltada (apoca. 20, 7-8). Al final de esta época “milenaria” (de duración desconocida, breve o larga) habrá guerras crueles provocadas por fuerzas impías que al final serán vencidas y humilladas. Esta época terminará con la Parusía y el Juicio final.
Están muy equivocados los que creen que esta época de virtual desaparición de la Iglesia y de clara desaparición de los papas, en una “Sedes vacantes” prolongada (más de 50 años) cerrará la historia de la Iglesia, dando paso a la “Parusía”, y quizás a un verdadero Milenio (todo lo mitigado que se quiera), en el que no creo, porque esto significaría ni más ni menos que la derrota en el kairós histórico, de la Roca y de la Iglesia. Por mucho que siga la “Parusía” que es un tiempo metahistórico, la derrota hubiera sido flagrante. La Palabra del Omnipotente hubiera fallado, lo cual es locura como dijo San León II.
La única alternativa es que la Roca de nuevo se levantará enhiesta, La Iglesia volverá a ser la Cátedra de la Verdad (León XIII), como faro de las naciones, desaparecerá el “Trono de la Impiedad“, por poco tiempo cual canto del cisne, o por mucho tiempo, antes de la Parusía previa al Milenio o concomitante con el “juicio final” que corone estos últimos tiempos en los que vivimos, pero que serán seguidos de una ´restauración” durante largo o breve tiempo. Será una restauración gloriosa, en que por fin habrá “un único rebaño bajo un solo Pastor”, en que la Iglesia Católica sea la única Religión del mundo. Esto que parece imposible no lo es al Omnipotente. Quizás suceda después de una terrible purificación que bien pudiera llamarse (como lo hace D. Benjamín Martín Sánchez, de quien sigo describiendo brevísimamente su pensamiento) el juicio de las naciones impías, el “juicio de los vivos” que profesamos en el Credo. Al cual no tiene por qué seguir el fin del mundo, como dice el mismo autor, o el “juicio de muertos” del Credo, sino que serán el pleno cumplimiento de las promesas de Cristo. Ésta maravillosa época de paz en la que tendrán cumplimiento muchísimas de las promesas bíblicas aún no cumplidas, no es estrictamente el “Milenio”. No habrá sucedido ninguna resurrección primera, ni tampoco reinará Cristo visiblemente, sí será el Reino del Sagrado Corazón y el “Reinado de María”. Los que vivan entonces serán viatores, y aunque gozando de la felicidad de aquellos tiempos, tendrán la dicha de no estar sometidos al poder de Satanás en lo público y en lo manifiesto, como sucede actualmente. Sólo al final, la serpiente será de nuevo soltada (apoca. 20, 7-8). Al final de esta época “milenaria” (de duración desconocida, breve o larga) habrá guerras crueles provocadas por fuerzas impías que al final serán vencidas y humilladas. Esta época terminará con la Parusía y el Juicio final.
Palabra de Cristo a Santa Teresa (V. 40, I)
“Todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad: ‘No faltará una tilde de ella. ¡Ay hija qué pocos me aman de verdad, que si me amasen no les encubriría Yo mis secretos


