La lección de la inocencia
Un lector de El Mercurio escribió hace un tiempo la siguiente carta:
“Le debo informar al señor Ministro que millones de niños sí
esperan al Viejo Pascuero cada Navidad. No le quitamos la capacidad de
soñar a nuestros hijos tan sólo porque otros ya no la tienen“.
Al leer estas líneas, recordé un artículo que había leído hace
algunos años, y que constituye un saludable refrigerio para los días tan
materializados en que vivimos
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO
* * *
En una mañana de Septiembre del año 1897, el Redactor Jefe del
periódico neoyorquino “The Sun” encontró sobre su mesa de trabajo la
siguiente carta de una niña de 8 años:
Tengo ocho años de edad, algunas de mis amigas siempre me dicen
que no existe el Viejito Pascuero. Sin embargo mi Padre afirma que si
esa existencia “The Sun” la confirma, entonces es que existe el Viejito
Pascuero. Por favor dígame la verdad: ¿existe realmente el Viejito
Pascuero?
Virginia O’Hanlon
Francis Church , Redactor de “The Sun”, con reluctancia e indecisión
tomo para sí la tarea de responder a la carta de Virginia. Entretanto
habiendo comenzado a escribir, las palabras saltaron rápidas sobre el
papel, y así surgió la siguiente carta:
“Virginia:
Tus amigas no tienen razón. Ellas sufren una enfermedad pésima y
que más tarde les traerá muchos dolores. Ten cuidado para que esa
enfermedad no te coja. Se trata de una enfermedad del alma. Nosotros los
adultos la llamamos incredulidad, espíritu de crítica, falta de
inocencia. Tus amigas y otras personas que intentaron convencerte
piensan que son sabias y experimentadas, porque sólo admiten como real
aquello que pueden ver con los ojos y tocar con las manos. ¡Sin embargo
ellas no saben cuan poco es eso!
Ahora pequeña Virginia, imagina todo ese inmenso Globo terrestre
con sus lagos y montañas, con sus ríos y mares, y flotando sobre
nuestras cabezas el cielo infinito con sus miríadas y miríadas de
estrellas. Imagina cuantas especies de seres existen en el mar, en los
aires y sobre la tierra. El hombre es apenas uno entre millares de seres
y además ¡cuán pequeño! Delante de las inmensidades del universo, él es
poco más que un abejorro o una hormiga. ¿Cómo entonces puede el hombre
ver todo lo que existe y con su pequeño entendimiento querer explicar
todas las cosas?
Sí, Virginia, ¡existe el Viejito Pascuero! Con tanta certeza como
existen el cariño y la alegría, el amor y la bondad, los cuales sin
embargo no podemos ver con los ojos, ni palpar con nuestras manos. Pero
todo eso existe. Tú misma ya los experimentaste. ¿Y no traen ellos
belleza y alegría en tu vida?
¡Ah, como sería triste el mundo sin el Viejito Pascuero! Tan
triste como si no hubiese más Virginias, como si no existiesen más los
cuentos de hadas, los ángeles, las canciones, las historias infantiles
escritas por los poetas. O si, por el contrario, sólo hubiese gente que
jamás se encanta con nada, que jamás sonríe. Entonces estaríamos todos
perdidos. Y aquella luz eterna que jamás se apaga, con la cual los niños
iluminan el mundo y que acompaña a todo niño que nace, esta se apagaría
para siempre.
¡¿No creer en el Viejito Pascuero?! Entonces nadie más
necesitaría creer en hadas y ángeles. Tú podrías convencer a tu padre
que colocase vigías delante de cada chimenea en la Noche de Navidad,
para que ellos pudiesen coger al Viejito Pascuero. ¿Qué quedaría
entonces probado si ellos no lo viesen descender por la chimenea? Nadie
ve al viejito Pascuero. Eso, sin embargo, no prueba que no exista. Las
cosas que en este mundo son verdaderamente reales no las pueden ver ni
los niños ni los adultos. ¿Ya viste alguna vez danzar un hada sobre los
prados floridos? El hecho de que no la hayas visto no prueba que el hada
no dance en los prados. Nadie puede comprender las maravillas
invisibles del universo.
Tú puedes desmontar un cascabel de un niño para ver cómo se
produce propiamente el ruido de las piedrecitas que se entrechocan. Sin
embargo, sobre el mundo invisible hay un velo extendido, el cual no
puede ser rasgado ni aun por el hombre más fuerte de la tierra y ni
siquiera por la fuerza conjunta de todos los hombres fuertes de todas
las épocas. Solamente la Fe y la Caridad pueden levantar un poquito la
punta de este velo y así contemplar la belleza y esplendor sobrenatural
que se esconden detrás de él.
¿Será todo eso realidad? ¡Oh, Virginia sobre la tierra nada hay
más real ni más verdadero que eso! ¡Gracias a Dios que el Viejito
Pascuero vive y vivirá eternamente! En los próximos mil años “ ¡Oh, qué
digo, pequeña Virginia “, en los próximos diez mil año,s multiplicados
por otros tantos mil años, el Viejito Pascuero continuará haciendo que
los corazones puros de los niños se alegren y batan con más fuerza en la
bendecida noche de Navidad.
Publicado en Catolicismo n° 576 Diciembre de 1998 -
Nota: Desde el punto de vista de la Doctrina
Católica, cabrían algunas ponderaciones e incluso restricciones que
hacer al texto reproducido. Por ejemplo, él parece equiparar la
existencia de los ángeles, cuya existencia es cierta por la Fe, con las
hadas y otros seres imaginarios. Sin embargo tales ponderaciones son más
o menos intuitivas, y lo que se quiere resaltar es sólo la necesidad de
la creencia en un mundo sobrenatural y maravilloso que encontraremos
plenamente en el Cielo, en oposición a una cierta mentalidad
materialista moderna, para la cual sólo tiene existencia real lo que es
palpable.

