SIN LA FE DOGMATICA NADIE SE SALVA EN LA IGLESIA
Los Protestantes hablan de una triple FE:
a) La fe de los milagros, esto es la fe por la que se consiguen los milagros: «Y si teniendo (…) tanta fe que trasladase los montes» (1 Cor 13,2).
b) La fe histórica, esto es el conocimiento de la historia del Evangelio.
c) La fe de las promesas, por la cual se creen las promesas hechas por Dios acerca del perdón de los pecados. Ellos distinguen, en esta fe, una fe general y una fe especial. General es aquella por la que se cree que ha sido prometida la salvación a todos los fieles; en cambio especial es aquella por la que cada uno confía que no se le imputan los pecados. Esta fe especial es, en realidad, la fe fiducial.
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Bergoglio,
al hablar de la Inmaculada, tiene esta fe fiducial: fe de las promesas,
en que la salvación es para todos los hombres y a nadie se le imputan
sus pecados. Por eso, en toda su homilía no habla nunca del pecado ni de
la santidad. Sólo trata de convencer que la salvación es gratuita y que
todos los hombres la tienen en su interior:
«Nadie
de nosotros puede comprar la Salvación, la Salvación es un don gratuito
del Señor que viene del Señor, y habita dentro de nosotros» (ver texto). Bergoglio nada habla sobre el pecado que habita en el hombre: «Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí» (Rom 7, 20).
Este Misterio del pecado, en cada hombre, queda anulado por este hombre: «Y no se olviden la salvación es gratuita, nosotros hemos recibido esta gratuidad, esta gracia, y tenemos que darla». (ver texto)
¿Cómo se puede dar la gracia a los demás, cómo se pueden dar los dones y carismas divinos si en todo hombre existe una ley: «que,
queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me
deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley
en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley
del pecado, que está en mis miembros» (Rom 7, 21-3)?
Esto,
Bergoglio, ni se le pasa por la cabeza porque, para él, el hombre
confía que Dios no le impute sus pecados. Tiene esa confianza maldita:
su fe fiducial. Y, por eso, predica esa falsa misericordia, en la que
hay que confiar en Dios, pero haciendo las obras buenas humanas para los
hombres.
No
es la confianza en Dios para esperar de Dios la obra divina que hay que
realizar. Es la confianza en el mismo pensamiento del hombre, que él
mismo se cree justo ante Dios porque Él lo ha justificado gratuitamente;
y con esa confianza, se cree ya justificado ante Dios porque Dios no le
imputa el pecado. Aunque el hombre peque mucho, Dios no se lo imputa,
sino que lo salva a pesar de su pecado. Bergoglio se ha olvidado de ver
su pecado, de luchar contra él, porque ya se cree santo ante Dios, se
cree salvado, se cree justo. Y eso es lo que enseña a los demás en todas
sus homilías, charlas, entrevistas, etc…: si la salvación es gratuita,
entonces haz el bien a todo el mundo –cualquier bien vale para salvarse-
y no importa el pecado. Confía en que Dios no te lo imputa. Ni hace
falta arrepentirse de él ni hacer penitencia por el pecado.
Muchos
católicos no saben leer a este hombre. Y quedan confundidos. Y el
problema de tantos católicos es por tenerlo como Papa: lo buscan como
Papa, lo leen como Papa, esperan algo de él como Papa. Y Bergoglio sólo
está haciendo su obra de teatro en la Iglesia. Sólo eso. Y qué pocos hay
que ven esa obra de teatro como tal. Muchos ven las obras de Bergoglio
como Papa, como Pastor, como sacerdote. Y caen en el gran engaño.
Bergoglio es un falsario: un falso Papa. Y así hay que verlo. Así hay que tratarlo. Así hay que cuestionarlo.
Por
eso, a este hombre se le hace una propaganda que es pecaminosa en todos
los sentidos. Se le encumbra, se le exalta, se le justifican sus
pecados, sus herejías, su forma de hablar, porque es tenido como lo que
no es: Papa.
¡Cuántos dudan de Bergoglio y siguen diciendo: es nuestro Papa!
Son personas sin discernimiento espiritual. Están en la Iglesia para
luchar por sus ideas, por sus tradiciones, por sus obras apostólicas,
por sus devociones, por sus grupos. Pero son incapaces de ver la verdad
como es, porque eso supondría quitar sus ideas, su manera de ver la
Iglesia, su juicio propio. Y eso es lo que no quieren hacer. Y, por eso,
leen a Bergoglio y quedan más confundidos. Y ante una homilía sobre la
Inmaculada, sólo saben decir: hoy el Papa habló bien. No saben discernir
la herejía en esa homilía, porque siguen teniendo a Bergoglio como su
Papa, como su hombre, como su salvador, como el camino en la Iglesia,
como el que dice una verdad. Y todavía no han caído en la cuenta que
este hombre no puede decir ni una sola verdad entera, como es, sin
ponerle ni quitarle nada. Siempre que dice una verdad no es la verdad,
sino su mentira disfrazada de verdad.
Bergoglio
no es el Papa de la Iglesia Católica, no es el Vicario de Cristo, no es
la Voz de la Verdad en el mundo. No es camino para la verdad, sino
senda en que se descubren tantas oscuridades como pensamientos que este
hombre tiene en su cabeza humana.
Bergoglio
es sólo un hombre que muestra el valor de su inteligencia humana y, por
tanto, es sólo un hombre que da al hombre lo que él quiere escuchar,
pero que es incapaz de revelar la Verdad al corazón del hombre. Él mismo
vive sin Verdad: vive para su idea de la vida, pero no para el plan de
Dios sobre su vida; un plan divino que este hombre nunca ha conocido,
porque se ha pasado toda su vida dando vueltas a lo que hay en su mente
humana.
Bergoglio
revela lo que muchos católicos obran en sus vidas: viven sólo para sí
mismos, para luchar por sus ideas, que llaman católicas, pero que son
sólo las ideas de un fariseo, de un hipócrita, que se ha creído salvo
porque tiene un Bautismo o practica, a su manera, una serie de
devociones y ritos litúrgicos que sólo le sirven para crecer más en su
soberbia y orgullo de la vida.
A
muchos el conocimiento que tienen de la teología o de la Tradición sólo
les sirve para condenarse en vida: lo usan para su negocio en la
Iglesia, para su interés personal, para creerse que están haciendo
Iglesia porque siguen unos dogmas o unos consejos evangélicos.
¿De qué sirve que sepas la teología si después no sabes ver a un hereje que enseña su herejía sentado en la Silla de Pedro?
¿Para
qué comulgas la Verdad, en cada comunión que realizas, si en la
práctica de la vida espiritual y eclesial, sigues teniendo a Bergoglio
como Papa, como una verdad a seguir? ¿Cuándo recibes a Cristo, que es la
misma Verdad, te enseña a obedecer la mentira de la mente de Bergoglio o
te enseña a dejar de obedecer a Bergoglio?
Cristo
no puede ir en contra de Sí Mismo, de Su Misma Enseñanza, que es Su
Misma Vida, no puede engañar a los hombres, no puede poner como Papa a
uno que no tiene en su corazón la Verdad de Su Mente Divina. Un hombre
que sólo vive para las conquistas de su mente humana, que son contrarias
a la Mente de Dios.
¡Cuántos
católicos están tan confundidos por este hombre, pero por culpa de
ellos mismos! Se dejan confundir porque ellos no viven la fe dogmática,
sino que viven lo que predica Bergoglio: la fe fiducial, que es
un instrumento con el cual el hombre hace suya la justicia de Dios y,
por tanto, es el mismo hombre -no Dios en el hombre-, el que lleno de
confianza en Dios -que es amor-, el que obra esa justicia que recibe: «Mostrad que la fraternidad universal no es una utopía, sino el sueño mismo de Jesús para toda la humanidad». (Mensaje para la apertura del Año de la vida consagrada – 30 de noviembre del 2014).
La
fe fiducial es el camino para obtener la justificación de Dios: es
tender la mano para recibir la limosna de otro. Por tanto, aquel que
vive esta fe fiducial no necesita disponer su alma para ser justificado
por la gracia de Cristo, sino sólo confiar en que Cristo le ha
justificado.
Que
los religiosos, los sacerdotes tiendan la mano a todo hombre, porque ya
están salvados. Que no se les hable del pecado, sino de la búsqueda de
un amor fraternal universal, que es por lo que murió Jesucristo. Jesús
no murió para quitar nuestros pecados, sino para que todos los hombres
se unan en un amor fraternal. Fue su sueño. Haz realidad el sueño de
Jesús en tu vida humana: muestra con tu vida humana que unirte a un
pecador en su pecado es el camino para salvar al hombre, a la humanidad.
Ama a todos los hombres aunque sean unos demonios, aunque no comulguen
con un dogma, con la verdad revelada. Es antes el amor fraternal que el
amor divino. Es mayor el amor al hombre que el amor a Dios. no busque el
amor divino sino el suelo de Jesús: la mística de la fraternidad
universal.
Por eso, Bergoglio habla de su falso misticismo: «Vivid
la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las
demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método»,
dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas
Divinas (cf. 1 Jn 4, 8) como modelo de toda relación interpersonal» (ib.).
Esto es una gran blasfemia porque supone anular la mística de la Cruz,
de la muerte de Cristo en el Calvario. Cristo muere para que los hombres
hablan unos con otros (mística del encuentro) y busquen el camino para solucionar los problemas. Se quita a Cristo como Camino y se anula la Obra de la Redención humana.
Y,
además, se dice que en las Tres Personas de la Santísima Trinidad hay
una relación de amor. En Dios no recorre una relación de amor en las
Tres Personas. No existe eso en Dios, porque en Dios la relación divina
es Dios Mismo, no algo añadido a Dios. Otra gran blasfemia en la que
nadie ha caído en cuenta porque los católicos sólo siguen la figura
vacía de este hombre; siguen lo exterior de ese hombre y tapan sus
claras herejías, porque lo tienen como lo que no es: Papa. Y así se
cumple el Evangelio: «Vi otra bestia…que tenía dos cuernos
semejantes a los de un cordero, pero que hablaba como un
dragón….diciendo a los moradores de la tierra que hiciesen una imagen en
honor de la Bestia» (Ap 13, 11.14b).
Es
la obra de teatro de Bergoglio en la Iglesia: construir la imagen, el
falso ídolo, en honor a la bestia. Él tiene dos cuernos semejantes a un
cordero: tiene el sacerdocio. Y él habla como un dragón: blasfema cada
día. Y no hay un día que no diga su blasfemia ante todo el mundo. Y no
pasa un día que los católicos y la gente del mundo aplauda sus
blasfemias en la Iglesia y en el mundo. Está construyendo el falso
papado para su falsa iglesia.
Se
está levantando la nueva iglesia, con el falso cristo, con la falsa
doctrina, que sólo condena almas; y lo hace con una sonrisa, con un
palabra bella, con un gesto hermoso de un bien humano, son un
sentimentalismo que mata almas.
En
la fe fiducial no interesa la razón, el acto de conocimiento, el dogma,
la Verdad Revelada ni enseñada por la Iglesia, sino sólo la voluntad
del hombre ciega: «la Iglesia que surge en Pentecostés recibe en
custodia el fuego del Espíritu Santo, que no llena tanto la mente de
ideas, sino que hace arder el corazón; es investida por el viento del
Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de
amor, un lenguaje que todos pueden entender» (Estambul, 29 de
noviembre del 2014): el Espíritu Santo no da una idea, una verdad, sino
un sentimiento fraterno, un lenguaje que todos pueden comprender: el del
amor fraternal, universal. Un amor sin verdad, porque todo es verdad.
El hombre es movido por algo en su corazón que le mueve a un servicio de
amor con los demás hombres, en un lenguaje que todos los hombres puedan
comprender: se anula el dogma, la verdad absoluta y se pone el
lenguaje, un lenguaje ciego porque es dado por un viento que no
transmite un poder, sino una esclavitud: la esclavitud de la palabra
humana, de la lengua humana, de la mente humana. El hombre, buscando
este lenguaje que todos entiendan, se hace esclavo de su propia mente
humana, de su propia idea de la vida, de su propio plan en la vida.
En
la fe fiducial el hombre no hace un acto humano, en el cual se somete a
Dios que revela una verdad, sino que el hombre pone su confianza sólo
en Dios, confía sólo en que Dios lo ama, tiene misericordia de él,
aunque haya pecado mucho. Y, por eso, Dios mueve a todos los hombres
para conseguir este servicio de amor, este lenguaje universal en que
todos comprenden lo que tienen que hacer: el hombre le dice a su
semejante lo que éste quiere escuchar. De esta manera, se inventa un
lenguaje humano lleno de mentiras, de frases bonitas, de palabras
baratas, pero que son una blasfemia contra la obra del Espíritu en la
Iglesia. El hombre no recibe un poder para levantarse de su pecado, sino
un lenguaje universal para un amor universal. Recibe algo ciego, sin
verdad, sólo para un bien común, no para salvar su alma del pecado, no
para su bien particular y privado.
Por eso, este hombre abre su homilía de la Inmaculada así:
«Queridos
hermanas y hermanos, el mensaje de la fiesta fiesta de hoy, de la
Inmaculada Concepción de la Virgen María se puede resumir con estas
palabras: ‘todo es gracia, todo es don gratuito de Dios y de su amor por
nosotros’». (ver texto)
Ante la Inmaculada, lo único que tiene este hombre en su mente es que todo es gracia. Todo es gratuidad.
Un
verdadero católico, ante la Inmaculada tiene que decir: La Virgen María
es toda Pura, pero su vida no es para el placer, sino para el
sufrimiento, para la Cruz. Fue Virgen para crucificarse con Su Hijo. No
pecó para abandonarse al plan de Dios en Su Hijo.
Es
una Pureza Virginal que lleva a esa Mujer a la Cruz, con Su Hijo. Si la
Virgen María, no teniendo pecado, tuvo que sufrir un martirio místico y
espiritual toda su vida, ¿qué no tendrán que sufrir los demás hombres
en sus vidas? ¿A qué no tendrán que morir? Por tanto, ante la
Inmaculada, el creyente tiene que aclamar: enséñame Madre a quitar todo
mi pecado y a sufrir todo por tu Hijo.
Esto
es lo que nunca va a enseñar Bergoglio. Él lanza su idea, que es la
idea que todos quieren escuchar: todo es gracia. ¡Qué bonito! Y lleva al
alma hacia esa idea:
«El
ángel Gabriel llama a María ‘llena de gracia’, en ella no hay lugar
para el pecado, porque Dios la ha elegido desde siempre madre de Jesús y
la preservó de la culpa original»: Bergoglio nunca llama a la
Virgen María como Madre de Dios. Nunca. Siempre la llama madre de Jesús,
que es la madre de un hombre, madre de carne y hueso, madre de sangre.
Para Bergoglio, Jesús es un hombre, una persona humana, no es la Persona
Divina: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíriitu!
Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la
gloria» (Santa Marta – 28 de octubre del 2013)
Y, por eso, dice:
«Así
como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después
dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella, así en el
plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe» (ver texto): Bergoglio se ha cargado la Maternidad Divina. ¡Y qué pocos lo ven en esta frase! Se quedan con lo bonito: «en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe». Pero no atienden a la herejía: «Así
como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después
dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella».
¿Qué es la Maternidad Divina? ¿Es algo físico que se recibe en la carne para que la mujer done su carne y su sangre? No. Nunca.
La
Maternidad Divina es algo espiritual y divino, por el cual la Virgen es
elevada al plano sobrenatural: su cuerpo y su alma. Todo su ser es
llevado al cielo. No sólo está en un estado de Gracia, sino que se
realiza la Encarnación en el lugar del Cielo.
Decir
que a nivel físico la Virgen recibe la potencia del Espíritu es anular
la virginidad de María en la obra de la Encarnación.
La Virgen María es Madre de Dios porque es Virgen: es decir, su cuerpo actuó pasivamente
en esa obra divina. El cuerpo de la Virgen no hizo ningún acto sexual,
ninguna relación sexual para ser Madre, para engendrar la Persona del
Verbo. Actuó de manera pasiva. Y, por tanto, la Virgen no recibe a nivel
físico la potencia del Espíritu. La Virgen concibe por obra y gracia
del Espíritu. No es el Espíritu el que se mete en su cuerpo para
engendrar un hombre en Ella. Es el Espíritu el que eleva todo el ser de
la Virgen, lo lleva a un lugar inexplicable, y allí la Virgen concibe,
allí el Espíritu obra en la Virgen: produce en Ella la unión
hipostática, sin que su cuerpo haga algo, sin que el Espíritu obre
físicamente en el cuerpo.
El
Espíritu obra divinamente en el ser de la Virgen: obra lo divino en
todo el ser de la Virgen: no sólo en su alma ni en su espíritu, sino
también en su cuerpo.
El
óvulo de una mujer es engendrado físicamente por el semen del hombre.
En la Virgen no hay semen, luego no hay engendramiento físico. La obra
del Espíritu en el óvulo de la Virgen no es algo físico, como lo hace el
semen: el semen penetra físicamente el óvulo. El Espíritu no penetra
físicamente el óvulo de la Virgen. Es el Verbo el que asume todo el ser
de la Virgen y, por tanto, el óvulo queda asumido por el Verbo; y de esa
manera, se produce la Encarnación, sin ningún poder físico en el cuerpo
de la Virgen.
Muchos se equivocan al poner algo físico en la Encarnación.
Jesús
nació de Virgen: de una Mujer que no usó su vida sexual para engendrar.
Y permaneció virgen en el parto, durante el parto y después del parto.
Si fue Virgen siempre es que Dios obró en Ella sin el concurso físico de
su cuerpo. Por eso, la Virgen dio a luz al Salvador en un éxtasis de
amor divino. Su cuerpo no hizo nada: sólo actúo pasivamente en esa obra
divina.
María
es siempre Virgen: no recibe en Ella, a nivel físico, la potencia del
Espíritu. Decir esto supone romper la virginidad de María.
En la maternidad virginal todo se hace sobrenaturalmente por el Espíritu. Nada hay que Ella haga: «¿Cómo será esto porque no conozco varón?»
(Lc 1, 35). Este impedimento puesto por la Virgen al ángel es señal de
que su maternidad es del todo milagrosa, inexplicable para todo hombre:
si no se penetra físicamente un óvulo no se engendra un hombre. Dios, en
su obra en la Virgen, no necesita un poder físico para engendrar el
óvulo: no tiene que imitar lo que hace el semen. Hacer esto supone
romper la virginidad de María.
Una
mujer es virgen, no sólo porque su sexo no ha conocido el sexo del
varón, sino porque su óvulo no ha sido penetrado por el semen de ningún
varón. Esta es la virginidad auténtica, que es la de la Virgen. Y, por
eso, Dios obra en Ella sólo de manera sobrenatural, divina. No necesita
el poder físico. No necesita imitar las fuerzas de la naturaleza humana
del semen para engendrar el óvulo de la Virgen. Dios eleva a la Virgen a
un estado divino y obra en Ella sólo lo divino, con un poder divino,
nunca físico, nunca humano.
La
Virgen María concibe divinamente por el Espíritu Santo, no físicamente.
Por eso, la Virgen es Divina. No es humana. No hay nada de humano en
Ella. Todo en la Virgen es divino. Toda la obra de Dios en Ella es de
carácter divino.
Pero Bergoglio se centra en su idea:
«Así
como María es saludada por santa Elisabeth como ‘Bendita entre las
mujeres’, así también nosotros hemos sido ‘bendecidos’, o sea amados, y
por lo tanto ‘elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e
inmaculados» (ver texto).
Todos hemos sido bendecidos, justificados, santificados, hechos buenos
como María. Es su fe fiducial: todos amados por Dios y, por tanto, todos
somos santos. Dios no te imputa el pecado. Bergoglio equipara a todos
los hombres con la Virgen María. Si Ella bendita, todos benditos. Esta
es su blasfemia constante.
Y, por eso, sigue:
«María
ha sido preservada, en cambio nosotros hemos sido salvados gracias al
bautismo y a la fe. A todos entretanto, sea ella que nosotros, por medio
de Cristo, “a alabanza del esplendor de su gracia’, esa gracia de la
cual la Inmaculada ha sido colma en plenitud’». Gracias a tu fe
fiducial, te has salvado, como la Virgen fue preservada del pecado.
Todo es gracia. Nadie pone su voluntad libre para aceptar o negar esa
gracia. Todo está en la fe fiducial.
Y en la Iglesia Católica seguimos la fe dogmática:
«creemos
que es verdad lo que ha sido revelado por Dios, no a causa de la verdad
intrínseca de las cosas penetrada en virtud de la luz natural de la
razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo que es el que realiza
la revelación» (D 1789; cf. 1811): el hombre cree en Dios
porque asiente a lo que Dios le revela, da su voluntad libre, se somete
con el entendimiento al dogma que Dios le revela, a la Verdad Absoluta,
que está por encima de toda mente humana, de todo lenguaje humano, de
toda obra humana.
Esta
fe dogmática se opone a la fe fiducial. En la fe fiducial, el hombre no
se somete a una verdad, sino que obra su mentira, diciéndose a sí mismo
que ya Dios le perdonó su pecado, que no lo mira más porque Cristo nos
ha salvado con su Sangre, ya hay un ecumenismo de sangre, de
sufrimientos, ya sólo existe un misticismo del diálogo.
¡Cuántos católicos perdidos por este hombre, al que continúan llamándole Papa!
Y un hombre que no señale el camino del cielo en la Iglesia, que es un camino de cruz, no es Papa nunca.
Un hombre que sólo le interese el campo humano, no es Papa nunca.
Un hombre que sólo viva para las conquistas de su mente humana, no es Papa nunca.
El
Papado es otra cosa a lo que Bergoglio da a conocer. Ser Pedro en la
Iglesia es una obra divina en el alma de Pedro. Y todo Papa legítimo
hace caminar a la Iglesia en la unidad de la verdad.
Pero todo Papa ilegítimo hace caminar a la Iglesia en la mentira de la diversidad del pensamiento humano.
Jesús
vino para salvar almas no para alimentar las mentes de los hombres, que
es lo que hace Bergoglio: da sus ideas para que los hombres las acojan y
las veán como camino en la Iglesia. Y así las almas se pierden en la
idea humana. Se hacen esclavas de lo humano.
Pocas
cosas hay que decir de Bergoglio. Todo está dicho. Pero los hombres lo
siguen porque quieren el pecado en sus vidas, como se lo da ese hombre.
Si
el hombre acepta la mente de este charlatán se hace como él: un inútil
para Dios y un esclavo de los pensamientos de los hombres. Muchos están
en la Iglesia por el qué dirán. Hacen un común con todos los hombres que
quiere vivir su relativismo en la Iglesia. Se unen a los hombres que
piensan como ellos.
Y
son pocos los católicos verdaderos, que, en verdad, hacen la Iglesia,
son Iglesia. Son un resto fiel al que nadie atiende porque para ser de
ese Resto no hay que ser del mundo, ni de la masa de los católicos, ni
de la gente que se dice que sigue la Tradición, pero que después critica
a todo el mundo en la Iglesia.
Si quieren ser Iglesia huyan de todas las cosas. Vayan al desierto. Allí encontrarán la verdad de sus vidas.
Si
quieren hacer la Voluntad de Dios comprendan que se quedan solos,
enfrentados a todos los hombres, aun los de su misma familia.
Si
quieren vivir la Vida Divina, combatan toda vida humana por más buena y
perfecta que parezca. Luchen contra todo pensamiento humano aunque les
parezca lo más valioso para sus vidas.
Dios
no obra la Santidad sin la voluntad libre de los hombres. Dios no hace
puros a los hombres porque los hombres lo piensen bien. Dios no salva al
hombre si el hombre no se humilla hasta el polvo, no deja en su nada
sus grandiosos pensamientos sobre su vida.
Dios
quiere Santos en su Iglesia, no quiere bastardos, como son muchos
católicos, que se creen algo en la Iglesia porque saben pensar y obrar
algo. Dios quiere humildes, que son aquellas almas que obedecen, sin
rechistar la verdad revelada, absoluta, sin cambiarla en nada ni por
nada en el mundo.
Bergoglio
enseña su fe protestante a toda la Iglesia. Y no es capaz de enseñar la
fe católica porque no cree en el dogma, en la Verdad Revelada. Es un
Lutero más que con bonitas palabras destruye toda Verdad y hace caminar a
las almas hacia la perdición eterna.

