REYNALDO-UNA DESCONFIANZA DEMASIADO COSTOSA….
Continuamos
analizando la vida del Patriarca Abraham, el padre de la fe, el amigo
de Dios, el que hizo de Yahvé el centro de su devoción y el objeto de su
amor…, y, sin embargo, nunca dejó de ser un hombre –en toda la
extensión de ese término– con sus virtudes y sus defectos, con los
altibajos que tenemos todos…
Ésa es la grandeza de las Escrituras. En
ellas no encontramos la biografía de los Ángeles, seres incorpóreos,
confirmados en gracia, que no son capaces de pecar. Ante esas
biografías, lo único que cabría sería asombrarnos, pero no podríamos
identificarnos jamás con ellos, porque nosotros todavía tenemos un
cuerpo de carne que tiende hacia el mal, que codicia el pecado, proclive
siempre a caer…
Abraham es un “hombre” –un ser humano al
que vemos extasiado ante la Presencia de Yahvé, ofreciéndole su vida y
lo más querido de él, y luego, cayendo en faltas que nos hacen pensar…
Pero así somos los seres humanos –unas veces estamos en el paroxismo de la devoción y al momento siguiente damos un resbalón que nos hace estremecernos a nosotros y a los que están en derredor nuestro. Vamos a leer el capítulo 16 del Libro del Génesis, que a la letra dice lo siguiente: “Sarai, mujer de Abram, no le daba hijos; pero tenía una sierva egipcia, que se llamaba Agar, y dijo Sarai a Abram: ‘Mira que Yahvé me ha hecho estéril; llégate, pues, te ruego, a mi esclava. Quizás podré tener hijos de ella’. Escuchó Abram la voz de Sarai. Y así al cabo de diez años de habitar Abram en el país de Canaán, tomó Sarai, la mujer de Abram, a Agar la egipcia, su esclava, y diósela por mujer a Abram, su marido. Se llegó, pues, él a Agar, la cual concibió; mas luego que vio que había concebido, miraba a su señora con desprecio. Dijo entonces Sarai a Abram: ‘El agravio hecho a mí cae sobre ti. Yo puse mi esclava en tu seno, mas viéndose ella encinta me mira con desprecio. Juzgue Yahvé entre mí y ti’. Respondió Abram a Sarai: ‘Ahí tienes a tu sierva a tu disposición. Haz con ella como bien te parezca’. Luego la maltrató Sarai; y ella huyó de su presencia. La encontró el Ángel de Yahvé en el desierto, junto a una fuente de agua, que está en el camino de Sur; y dijo: ‘Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y adónde vas?’ Contestó ella: ‘Voy huyendo de la presencia de Sarai, mi señora’. ‘Vuelve a tu señora’, le replió el Ángel de Yahvé, y humíllate bajo su mano’. Y agregó el Ángel de Yahvé: ‘Multiplicaré de tal manera tu descendencia, que por su gran multitud no podrá contarse’. Díjole además el Ángel de Yahvé: ‘Mira, has concebido, y darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael; porque Yahvé ha oído tu aflicción. Será hombre (fiero) como el asno montés. Su mano será contra todos, y la mano de todos contra él; y frente a todos sus hermanos pondrá su morada’. Entonces ella llamó a Yahvé, que con ella hablaba, con el nombre de ‘Attá El Roí’ (que traducido es: Tú eres el Dios que me ve), pues dijo: ‘¿No he visto aquí mismo al que me ve?’ Por tanto llamó a aquel pozo ‘Pozo del viviente que me ve’. Es el que está entre Cades y Barad. Y Agar le dio un hijo a Abram, el cual al hijo que Agar había dado a luz, le puso por nombre Ismael. Tenía Abram ochenta y seis años cuando Ismael le nació de Agar”.
Un capítulo
largo, pero vale la pena leerlo porque tiene un alcance que ha
atravesado la historia de la humanidad y llega hasta nuestros días.
Además, en la encíclica “Mit brennender
Sorge”, Pío XI condena la opinión de algunos que sostenían que el
Antiguo Testamento no era más que un libro judío ajeno al Cristianismo y
escribió lo siguiente: “¿Se atrevería alguien a negar que el
Cristianismo tiene mucho más que ver con el Antiguo Testamento que con
la filosofía griega y el derecho romano? Nadie, sin duda. Pero, ¿somos
consecuentes con esta verdad”.
Por otra parte, un célebre predicador decía: “Muchos
son los que se indignarían si les dijesen que la Biblia no es un Libro
divino y defenderían apasionadamente su autenticidad. Y entonces, ¿por
qué no la estudian?”.
Y por último, quiero volver a mencionar que
para San Jerónimo la Escritura era un “verdadero sagrario” por cuanto
contenía la Esencia Divina del Dios que la había inspirado.
Hacemos, pues, bien en tratar de descubrir
el mensaje que Dios tiene para nosotros en estos escritos antiguos, pero
que jamás pierden su vigencia y poseen enseñanzas prácticas que podemos
aplicar actualmente.
Aquí tenemos entonces a nuestro amado
Abraham, padre de la fe, amigo de Dios, devotísimo de Yahvé, constructor
de altares, invocador de El Elyon, El Shadday y El Olam…. cometiendo un
nuevo error.
Hacía diez años –cuando él tenía 75 años de
edad– que Dios se le había revelado y le había prometido que tendría un
hijo. En Génesis 15: 4-5, Yahvé le dijo: –“… te heredará uno
que saldrá de tus entrañas, ése te ha de heredar. Y le sacó fuera, y
dijo: Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas, y le
agregó: Así será tu descendencia”.
Y rematando este pasaje, en el versículo 6 leemos que “Abram creyó a Yahvé, el cual se lo reputó por justicia”.
En nuestra columna anterior, estudiamos
este pasaje y analizamos la naturaleza maravillosa de la fe de Abraham.
Creyó a Dios a pesar de que era un hombre mayor y de tener una mujer que
toda la vida había sido estéril. Para Abraham, si Dios decía que el
cielo era verde con pespuntes rojos, él afirmaba que ése era su color
por más azul que le pareciera… No discutía la Palabra de Dios, no dudaba
por incredulidad de ninguna de Sus promesas.
Sarai, no obstante, aunque era una mujer creyente y santa, no participaba del mismo grado de fe de su esposo.
Vamos a hacer un poco de novela: Pienso que
después del encuentro de Abraham con Yahvé en Génesis 15, el patriarca
regresó a su casa y le contó a Sarai todo lo que había sucedido y cómo
había tenido una visión y lo que Dios le había prometido. Ambos ancianos
estaban asombrados y creían –sí, ambos creían– lo que Yahvé había dicho
y ambos se propusieron esperar con entera confianza.
Pasó el primer año… y todo fue bien; pasó
el segundo…. y la fe de ambos seguía intacta; y así transcurrió el
tercer año, el cuarto, el quinto (ya Abraham tenía 80 años y Sarai 70);
entraron en el sexto año… todo igual; vino el séptimo, ambos ancianitos
seguían esperando el cumplimiento de la promesa de Dios y haciendo
planes para cuando naciera aquel vástago anunciado…. Llegó el octavo
año, terminó el octavo año, le sucedió el noveno… terminó el noveno…. ¡¡¡¡PERO LLEGÓ EL DÉCIMO Y SARAI FALLÓ!!!!
La pobre mujer, tenía ya 75 años de edad y “quiso darle una ayudita a Dios”… Tal vez pensó: –“Yo puedo hacerle a Dios más fácil la tarea de cumplir la promesa, si le doy un empujoncito”.
A propósito, hay muchos versículos en la Biblia que unen la “fe” con la “paciencia”, ¿no lo sabían?
Por ejemplo, en Hebreos 6: 12 dice: “no seáis indolentes, sino imitadores de aquellos que por la FE y la PACIENCIA son herederos de las promesas”. En Hebreos 10: 36 leemos: “tenéis necesidad de PACIENCIA, a fin de que después de cumplir la voluntad de Dios obtengáis lo prometido”. En Santiago 1: 4-6 se nos enseña: “Es
necesario que la PACIENCIA produzca obra perfecta para que seáis
perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna… y (entonces) pida con
FE, sin vacilar en nada”. Y el final del versículo 10 de Apocalipsis 13 dice: “En esto está la FE y la PACIENCIA de los santos”.
Traté durante muchos años a una señora de
mi parroquia en Cuba –mujer piadosa y buena– cuyo testimonio era digno
de imitación. Sin embargo, era de naturaleza impaciente y deseaba que
las cosas sucedieran “ya”. En una oportunidad me
manifestó: –“Estoy pidiendo algo que sé que es voluntad de Dios y yo
tengo fe… no sé por qué el Señor no me responde”. Recuerdo que le
contesté: –“Me consta que usted tiene FE, pero le falta PACIENCIA. Deje que Dios obre en Su tiempo”.
A veces somos como aquel seminarista,
impetuoso e inquieto, a quien el rector del Seminario llamó aparte y le
habló así: –“Hijo mío, necesitas pedirle al Señor que te dé paciencia”.
Desesperado se fue a la capilla, rompió en llanto ante el Sagrario, y le
dijo a Nuestro Señor: – “Jesús mío, Tú me conoces y sabes que no soy
paciente. Por favor, Señor, dame paciencia… PERO DÁMELA AHORA MISMO”.
Al parecer, nuestra amada Sarai no era muy
paciente que digamos, se puso a pensar de qué manera podría hacer que la
promesa de Dios se cumpliera e inventó algo muy novedoso y se lo
propuso al patriarca más o menos en estos términos: –Abram, Dios se está tardando demasiado y debemos tomar cartas en el asunto. Estuve pensando que tú podrías llegarte a mi esclava, y puesto que ella es propiedad mía, el hijo que naciera de su seno, sería hijo mío’.
¡Brillante, Sarita querida, eres
una genia!… La conclusión disparatada a la que has llegado va a tener
proporciones tan colosalmente espantosas que habrán de alcanzar hasta
los días postreros de la humanidad.
Lo más triste de todo esto es lo que leímos en el versículo 2 de Génesis 16 que a la letra dice: “ESCUCHÓ ABRAM LA VOZ DE SARAI”.
Era el momento en que Abraham debería haberle dicho: ¡No es así!. Dios
es Dios y Sus promesas son fieles… Ya esperamos diez años, sigamos
esperando hasta que se cumpla. Pero no ocurrió de esa manera, Abram oyó
el disparate que le propuso Sarai y accedió a prestarse a semejante
juego, que no era más que un fruto de la desconfianza, la impaciencia y
la falta de fe de Sarai.
Cada vez que leo este pasaje (que me ha
servido muchas veces para armarme de paciencia y esperar que las cosas
sucedan “en el tiempo de mi Padre Celestial”) viene a mi mente un
versículo de Proverbios 19: 27 que en una versión de la Escritura dice: “Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las razones de sabiduría”.
Voy a contarles una experiencia de mi vida
personal. En una oportunidad esperaba ansiosamente algo que no sucedía y
de lo cual dependía mucho para mí. Había rezado incesantemente por
aquello que estaba persuadido de que era la Voluntad de Dios (como se
demostró más tarde), pero nada ocurría. Lo había encomendado a la
Santísima Virgen y en cada una de las coronas que rezo durante el día se
lo repetía una y otra vez.
Una noche, acudí a San José y le pedí que
intercediera por mí con Nuestra Señora y el santo me dijo: –“Reynaldo,
cuando salimos huyendo a Egipto para salvar la vida de Jesús, María no
podía andar a mi paso. Por consiguiente, yo me adapté al Suyo y así
llegamos a Egipto. Haz tú lo mismo, adáptate al paso de Ella y verás
cómo llegas bien”.
En aquel tiempo le conté a mi confesor lo
que me había dicho San José y él lo aprobó y me alentó a seguir su
consejo. Dos meses después, llegó la ansiada respuesta.
Pues bien, volviendo a nuestro amigo
Abraham, escuchó la propuesta de Sarai y la aceptó. Dicha propuesta
consistía en lo siguiente: “Abraham, no sigas esperando el
cumplimiento de la promesa de Dios, ayúdate que Él te ayudará (por citar
la frase comiquísima que los paganos erradamente Le atribuyen a Dios),
ten relaciones adúlteras con mi sierva Agar aunque no es del linaje
escogido y ese hijo bastardo será considerado mi propio hijo”.
En otras palabras, “desconfía de la promesa, adultera con una mujer
pagana y ten con ella un hijo espurio”. ¡Menudo consejito el de Sarai!
Pero, repito, lo más triste es que Abraham lo escuchó, lo acepto y lo obedeció.
¿CUÁL FUE LA CONCLUSIÓN DE AQUELLA ATROCIDAD?
En las propias palabras de Yahvé a Agar, leemos en Génesis 16: “‘Mira, has concebido, y darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael; porque Yahvé ha oído tu aflicción. Será
hombre (fiero) como el asno montés. Su mano será contra todos, y la
mano de todos contra él; y frente a todos sus hermanos pondrá su
morada’.
Ese “Ismael” es el progenitor de los
pueblos árabes. Los propios musulmanes se autoproclaman descendientes de
él. En el Primer Libro de los Paralipómenos, capítulo 1º, versículos 29
al 31, aparece la descendencia de Ismael: “He aquí sus
descendientes: El primogénito de Ismael: Nebayot; después Kedar, Adbeel,
Mibsam, Mismá, Dumá, Masá, Hadad, Temás; Jetur, Nafís y Kedmá. Estos
son los hijos de Ismael”. Es decir, todos los cabezas de familias de las tribus árabes.
Si Abraham no hubiera escuchado el consejo
errado de Sarai, Israel no se habría visto asediado desde aquel tiempo
hasta la actualidad por un pueblo salvaje y fiero con una religión
despiadada y costumbres tan anticristianas. Esta guerra que se remonta a
los tiempos abrahámicos y que perdurará hasta el fin tuvo su origen en
una desconfianza en la promesa de Dios.
CONCLUSIÓN: Cuando
decidamos esperar en una promesa de Dios, confiemos en ella y aguardemos
a que se cumpla en el “tiempo de Dios”, no en el nuestro.
¡Que Él nos ayude!


