Los “pueblos originarios” de América: ¿son realmente “originarios”? (1-4)
Con permiso de su autor, publicamos aquí el primer capítulo del muy recomendable libro “1492. Fin de la barbarie, comienzo de la civilización en América“,
donde se narra, entre otras cosas, una clara y documentada
desmitificación de los autodenominados “pueblos originarios” americanos. La lectura del reciente post fue lo que me motivó definitivamente. Que les sea útil para… que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi
¿Pueblos Originarios? Y otras yerbas
Por Cristián Rodrigo Iturralde
(…) porque la difusión de la leyenda negra que ha pulverizado la
crítica seria y desapasionada interesaba doblemente a los aprovechadores
detractores. Por una parte les servía para echar un baldón a la cultura
heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos
Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una
inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas…Si la América
española olvidara la tradición que, enriquece su alma, rompiera sus
vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le
demarca el catolicismo y negara a España se quedaría instantáneamente
baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez.
Juan Domingo Perón[1]
I- Pueblos originarios y algo más
La denominación pueblos originarios es frecuentemente
utilizada por los sectores ideológicos del progresismo, generalmente de
cuño liberal o marxista, para referir a los aborígenes americanos.
Cuando el adjetivo ¨originarios¨ es precedido por el plural del
sustantivo ¨pueblo¨, se logra una fórmula mágica (¡deus ex machina!)
que tiene, las más de las veces, la firme intención de aludir a los
aborígenes como los dueños absolutos del continente, implicando,
necesariamente, que quienes hoy lo habitamos lo hacemos en calidad de
usurpadores. Esta ideología guarda y conlleva a muchos errores, furcios,
incontables contradicciones y no pocas incoherencias; varias de ellas
verdaderamente de escuela.
A modo de introito a la presente obra, fijemos en este capítulo, si
bien muy sintéticamente y con la promesa de ahondar luego, algunos puntos sobre las íes:
a) Originarios ¿de dónde?- Digamos, primero y ante
todo, que los sedicentes pueblos originarios no son nativos de América,
sino, como prueban incontrovertibles investigaciones aceptadas
universalmente (cuestión sobre la cual no existe divergencia), oriundos
del Asia, llegados al continente a través del Estrecho de Bering[2].
Por tanto, si alguna restitución de tierra cupiera, esta debería ser en
beneficio de la nación de procedencia de sus antepasados; hoy naciones
independientes y soberanas del continente asiático (Mongolia, Rusia,
etc.).
Pero no debería concluir aquí el acto restitutivo. Acto
seguido, nobleza obligaría a éstos a cederlas a las comunidades
aborígenes de mongoles y esquimales o a los malayos-polinésicos que por
allí anduvieran pululando; y estos, a su vez, tendrán la difícil y
fatigosa tarea de rastrear, localizar y revivir al primer homo sapiens
que habitó el mundo y devolverle la tierra en cuestión (aunque, según
la antropología, éste les lleva algo más de 200.000 años de ventaja).
Luego, que decida y haga la repartija terruña el hombre darwiniano. Este es el intrincado camino propuesto a seguir, siguiendo la lógica indigenista.
b) ¿Y entonces?- Por lo pronto -adelantándonos a las objeciones que no pocos plantearán a posteriori–
debemos decir que el hecho que los primeros peregrinos asiáticos
hubieran arribado al continente 15.000 años a.C. (milenios más,
milenios menos) no los habilita, ni a ellos ni ciertamente a sus
descendientes, a considerase autóctonos de estas tierras y menos
proclamarse sus propietarios absolutos. Pues ¿cuál es el parámetro,
criterio, que se sigue para declarar quien es dueño de la tierra? (en el
caso que esto fuera lícito, pues todo pertenece a Dios) ¿El lugar de
nacimiento de los primeros peregrinos americanos, el de sus
descendientes o el haber llegado primero que otros? Alguien dirá, no sin
cierta razón, que 15.000 años son muchos, y ciertamente lo son, pero
hay que comprender que no existe una ley universal, moral, natural o
jurídica, ni de ningún orden, que establezca que sólo son legítimos
dueños de determinado territorio aquellos que lo ocupan hace 100, 1000,
10.000 o 30.000 años. Si se trata de ¨quién ocupó la tierra antes¨,
entonces España estaría en todo su derecho de reclamar actualmente toda
Hispanoamérica, y los descendientes de romanos y griegos casi toda
Europa y gran parte de Asia, y así podríamos seguir ad eternum.
El resultado de seguir consecuentemente este razonamiento y/o criterio
sería que deberíamos irnos todos a vivir a otro planeta (aunque
tendríamos el mismo problema de ¨Justos Títulos¨ con sus nativos,
los ¨extraterrestres¨). Al adherir o tolerar estas teorías foráneas (no
es otra cosa el indigenismo, con casa matriz en Londres), se pone en
jaque nuestra misma existencia, nuestro derecho a existir, a ser, a
desarrollarnos; contrariando la ley natural de nacer, socializar, vivir y
poblar[3].
Mejor entiende la problemática el filósofo Alberto Buela, señalando lo siguiente:
c) Opciones: ¿Nos vamos del continente, del planeta o volvemos a la selva?-
Decíamos recién, que con el mismo criterio podrían los españoles
reclamarnos a los hispanoamericanos el continente, pues no solo lo
ocuparon por más de 300 años antes de la gestación de las
independencias, sino que incluso a ellos debemos el desarrollo,
conocimientos, construcciones, lengua, costumbres, religión e
instituciones con las que contábamos al momento de las emancipaciones
continentales. ¿O resulta que 300 años no son suficientes para
proclamarse dueño de las tierras? ¿Deberían haber sido 30.000 para poder
hacerlo? ¿Quién dispone el número? ¿Deberemos restituir a España solo
el continente o también el idioma y nuestro modus vivendi
occidental? Siendo consecuentes deberíamos todos, entonces, volver a los
taparrabos y proceder a sacar filo a los cuchillos de obsidiana y a las
puntas de las saetas; si es que pretendemos procurarnos el almuerzo y a
la vez evitar ser linchados por tribus vecinas, pasando a ser su minuta
proteica. Más doloroso para algunos, tal vez, sean las consecuencias
seguidas en el rubro alimenticio: a despedirse de las suntuosas pizzas
de muzzarela, los suculentos bifes a caballo, de la leche y de todos sus
derivados. Habrá que comenzar a desayunar, almorzar, merendar y cenar
maíz y, con suerte,… más maíz. (Y si la casualidad lo permite, algún
crustáceo). Como sabemos, las vacas, entre otras cientos de cosas,
fueron traídas por los españoles. Si ellos se van, las vacas deberían
volar con ellos. Es esto o mudarnos de continente; al menos para quien
pretenda seguir con coherencia sus convicciones[5].
d) ¿Pueblo conquistado por las armas no vale?- De seguro no faltará quien nos achaque cierta hipocresía e ingenuidad, arguyendo que nuestro razonamiento no es válido, ya que los españoles conquistaron esas tierras a los naturales por las armas.
En aseveraciones como estas es donde mejor se pone de manifiesto su
conocimiento sesgado, selectivo, de la historia y sus criterios
subjetivos. Pues no toman en cuenta, u omiten convenientemente, o
desconocen (lo que sería más grave aun) que los mismos pueblos que los
españoles conquistaron, debían a su vez su existencia a conquistas y
exterminios de otras tribus, pueblos aborígenes; rivales o no. Los
Aztecas como imperio de la región mexicana y alrededores, sabemos, no
existía hace 30.000 años, sino desde poco menos de dos siglos antes que
arribaran los españoles. Otro tanto podemos afirmar de los Incas como
imperio, por tomar otro ejemplo paradigmático: su comienzo data del
siglo XIV. La historia de los pueblos precolombinos esta signada por la
marca indeleble de la conquista por las armas, de la sumisión, del
extermino, de la persecución, de las alianzas, de las traiciones, de
venganza, de sadismo, de intrigas internas y un largo etc.
Si lo que aquí se condena o acusa es la conquista por las armas y la
consecutiva imposición de ciertas costumbres a los vencidos (que en el
caso español fueron, primeramente, en beneficio de los mismos indígenas,
pues, entre otras cosas, se brindó protección al 90% de la población
americana que no quería ser exterminada y sometida por el otro 10%),
entonces, hablemos claro: no se salva nadie. Habría que juzgar a todos
los pueblos de la historia por crímenes de lesa humanidad
(empleando la dialéctica oficial imperante), empezando por los mismos
indígenas, seguidos por ingleses, holandeses, estadounidenses e
israelíes.
Mejor lo dice el Profesor Oscar Sulé:
No obstante, cabe aclarar a este respecto que pocas veces se vieron
los españoles obligados a emplear las armas, pues muchas tribus
–especialmente las sometidas en aquel momento a los imperios indígenas-
aceptaron y hasta buscaron aquel nuevo orden propuesto por los
españoles y misioneros. Ya no querían saber más nada de aquellos dioses
sanguinarios que se tragaban a sus familiares y allegados; se bautizaron
de buena gana en la religión de aquel Dios bueno, como
llamaban a Cristo. Señala el historiador Bancroft: ¨muchos –indígenas-
fueron profundamente impresionados por la nueva fe, y miraban a los
frailes con gran veneración, y se complacían aun con darse cuenta que su
sombra cayera sobre ellos, y que se les permitiera entregar una
confesión de sus pecados escrita en figuras¨, haciendo notar a
continuación el fervor y adhesión manifestado por los indígenas a esta
nueva fe, señalando, entre otros casos, las masivas conversiones y
bautismos logradas por el Padre Gante (8000 indígenas por día) y de un
sacerdote de Toluca que llegaba a bautizar, en mismo tiempo, a 3000[7].
Un reputado historiador sajón, señala, además, la importancia de la diplomacia en la gesta española:
e) ¿Fue legal y legítima la incursión de España en América?
España actuó conforme al Derecho internacional y las normas vigentes de
aquellos tiempos relativas a la política de descubrimiento. Durante la
Edad Media, dice el francés Pierre Chaunu, ¨imperan las normas
establecidas por el uso y la costumbre para la propiedad territorial¨[9].
Los derechos de España fueron legítimos; el mismo Derecho Romano
establecía que la pertenencia de una tierra correspondía a quien la
descubriese y poblase (principio vigente en la Edad Media). En cuanto a
la donación papal de aquellos territorios, señalemos que el derecho
público de la Europa medieval reconocía al vicario de Cristo en la
tierra el poder de conceder tierras no poseídas aún por ningún príncipe
cristiano. Recordemos que con anterioridad, ya había el Papa confirmado a
los portugueses sus derechos sobre las costas de África y a Enrique II
de Inglaterra la isla de Irlanda, entre otros casos[10].
No obstante, no se conformó España con el amparo del Derecho
Positivo, como bien quedó demostrado en las famosas disputas referentes a
los Justos Títulos; alentadas por el mismo rey, el pontifice, los
misioneros y un selecto grupo de destacadísimos teólogos y juristas;
suspendiéndose temporalmente nuevas exploraciones y conquistas hasta
discutir y analizar profundamente el asunto. Había que cerciorarse
completamente de estar actuando lícitamente, cristianamente, es decir,
probar que la acción de España y la Iglesia en el continente implicaba
una mejora sustancial a la calidad de vida de los naturales americanos.
Sólo luego de reunida una abrumadora cantidad de evidencia probatoria
-recolectada y proveída, en muchos casos, por los mismos indígenas- del
estado de opresión e injusticia en el que vivían los habitantes del
continente, se resolvió España a continuar su acción evangelizadora,
pacificadora y conquistadora en América[11].
Cabe aclarar asimismo que a la llegada de los europeos sólo una
pequeña parte del continente americano estaba habitada, y la mayor parte
de las tierras no estaban cultivadas. Recordemos que en 1492 no
existían más de 13 millones de habitantes en América –hoy son más de
1000 millones-. Por tanto cabría preguntarse ¿cuáles son las tierras que
reclaman? ¿Las que ocupaban y/o las que no ocuparon ni cultivaron ni
jamás conocieron?
Sergio de Sanctis, afamado historiador -poco simpático a España-,
reconoce lo siguiente: ¨Cuando los españoles llegaron, la mayor parte de
las tierras estaban sin cultivar… por esto los españoles no despojaron a
los indios de sus tierras sino que se limitaron a acaparar superficies
incultas que fueron repartidas en concesiones reales… Es necesario
subrayar que en términos absolutamente legales, la comunidad indígena
fue protegida durante la colonización, aun más, durante los siglos XVI y
XVII tomó fuerza poco a poco una significativa orientación jurídica
tendiente a sancionar la ilanielabilidad de la propiedad indígena, y a
favorecer la restitución de las tierras comunitarias que había sido
objeto de expoliaciones por parte de los encomenderos¨[12].
Por otro lado, pero en el mismo sentido, sorprende constatar tan
groseras incoherencias en los reclamos territoriales que hasta la fecha
realizan varios grupos indígenas, cuando estos –salvo casos
excepcionales- jamás permitieron –ni conocieron, en muchos casos- la
propiedad privada. No menos curiosa y paradójica resulta la animada
defensa que de estas demandas hacen los sectores marxistoides; enemigos
acérrimos y declarados de la existencia de la Propiedad Privada. Omiten
deliberadamente -además y como si fuera poco- que entre los indígenas
solo las clases privilegiadas pudieron en algún momento tener derecho a
la posesión de tierras y otros bienes.
Cristián Rodrigo Iturralde
continuará
[1]
Perón, Juan Domingo. Discurso en la Universidad de Buenos Aires en
homenaje a Cervantes en 1947. Si bien no suscribimos al movimiento
peronista y su doctrina -menos aun a su líder-, consideramos conveniente
la cita de marras por dos motivos principales: por provenir justamente
de alguien que tuvo muy poco de hispanista, y para recordarle al neoperonismo abiertamente progresista y/o marxista la posición de su líder –al menos teórica- con respecto a este punto.
[2] En adición a esto, también se afirma que hubo emigraciones oceánicas por el Pacífico norte y por el Atlántico norte.
[3]
No deja de ser curioso corroborar que quienes financian y sostienen
estas tesis son los mismos que, en forma directa o indirecta, usurparon
Palestina en el siglo XX, persiguiendo, desterrando y hasta exterminando
gran parte de su población originaria, en beneficio de la ¨república¨
teocrática hebrea.
[4]
Alberto Buela, El Camino al Infierno empedrado porlas buenas
intenciones II, Breve sobre indios e indigenistas, 12 de mayo de 2010.
Cfr. http://www.defenderlapatria.com/el%20camino%20al%20infierno%20empedrado%20por%20las%20buenas%20intenciones%20II.pdf
[5] Curiosos indígenas e indigenistas del siglo XXI: devoradores de milanesas a la napolitana, fumadores compulsivos de marlboros, redactando documentos y elevando quejas en el perfecto castellano de Nebrija.
[6] Jorge Oscar Sulé, Iberoamérica y el Indigenismo, I. Artículo completo disponible para consulta en: http://unidosxperon.blogspot.com.ar/2010/12/la-falacia-del-indigenismo.html
[7]
Bancroft Works, Historia de México, bajo Trabajos Apostólicos, pp.
174-175. Cita tomada de José Escamilla, Inglaterra protestante y España
Católica, EEUU, WestBow Press, 2012 (edición digital).
[8]
Philip Powell, p. 27. Otro erudito, Constantino Bayle, dice al
respecto: ¨los conquistadores españoles podrían haber dado una lección a
muchas de las cancillerías europeas¨ (citado por Powell, p. 27).
[9] Pierre Chaunu, Historia de América Latina, Eudeba, Buenos Aires, 1972, p. 15.
[10]
Clemente VI, en 1344, concedió a Luis de Cerda el principado de las
Canarias. A comienzos del siglo XV. Otros casos mencionados en la obra
de Vicente Sierra, El Sentido Misional de la Conquista de América,
Dictio, Buenos Aires, 1980, pp. 59-60. Consultar al respecto de los
Justos Títulos, muy especialmente, la obra del Dr. Enrique Díaz Araujo,
Los Protagonistas del Descubrimiento de América, Buenos Aires, Editorial Ciudad Argentina, 2001.
[11]
Por mencionar un solo caso conocido, en el Perú, el Virrey Toledo
ordenó investigar a fondo la situación social en la que vivían las
tribus incaicas –estudio conocido comúnmente con el nombre de informaciones-,
disponiendo luego la preparación y publicación de estas a cargo de
Pedro Sarmiento de Gamboa. Si bien no pocos acusaron a esta Historia de
¨parcial¨ y en favor de los intereses españoles, la cuestión quedó
definitivamente zanjada con los testimonios de los mismos indígenas
(estudios a los que aludiremos más adelante), que, en muchos casos,
fueron más duros que el de los mismos españoles.
[12] Las comunidades de aldea entre los Incas, los Aztecas y los Mayas. Citado por Antonio Caponnetto en su libro Hispanidad y Leyendas Negras, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001, pp. 205-206.


