A LAS PUERTAS DE LA CUARESMA
La sola mención de la Cuaresma, cuya celebración nos convoca una vez más
este año, evoca con frecuencia la conocida tríada
oración-limosna-ayuno, que constituye el eje alrededor del cual gira la
práctica de la vida cristiana en este tiempo fuerte. Tiempo de
conversión por excelencia, además, significa esta cuarentena, tal como
lo indica su carácter penitencial y se encargan de subrayar los textos
que la liturgia nos ofrece cada día.
Sin embargo, el mensaje que tradicionalmente dedica el Santo Padre con
ocasión de la Cuaresma, nos habla este año de algo diferente: la pobreza
de Cristo. Al respecto, el motivo que lleva al Sumo Pontífice a abordar
este tema, que podría parecer más a propósito para el tiempo de
Adviento y Navidad, en su habitual exhortación para esta etapa del año
litúrgico, está señalado hacia al final del mensaje, cuando invita a los
cristianos de todo el mundo con las siguientes palabras: “Queridos
hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la
Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en
la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se
resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para
abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que
nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su
pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará
bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a
otros con nuestra pobreza”.
La alusión del Papa a las del Apóstol a los corintios es clara. De
hecho, la cita constituye el leit-motiv de su mensaje cuaresmal: «Pues
conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se
hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (cfr. 2 Cor
8, 9). “O, admirabile commercium!” (¡Oh, maravilloso intercambio!), es
la expresión que ante este misterio se halla con frecuencia en la
liturgia navideña: el Hijo de Dios, consustancial al Padre, asume la
naturaleza humana, para elevar al hombre a la participación de la
naturaleza divina. El texto paulino, en este sentido, no hace sino poner
de relieve la forma en que ello se realizó, conforme, empero, a la
misma lógica de “intercambio”: “No se trata de un juego de palabras ni
de una expresión para causar sensación”, dice Francisco; “al contrario,
es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de
la Encarnación y la Cruz”. “Dios no se revela mediante el poder y la
riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza (…) La razón
de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad,
deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las
criaturas a las que ama”.
Ahora bien, como explicaba el Santo Padre en las líneas citadas más
arriba, el ejemplo de Cristo está destinado a la imitación de los
fieles, tal como se desprende incluso del mismo contexto del que está
tomada la exhortación del Apóstol, que se dirigía precisamente a
suscitar en los corintios el impulso caritativo en favor de los fieles
de la iglesia de Jerusalén. Dice, en efecto, el Papa: “Podríamos pensar
que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros,
que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios
humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue
salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo
(…) La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino
siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y
comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro
Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los
hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras
concretas a fin de aliviarlas”. Desde este punto de vista, pues, es la
caridad lo que se halla en el centro del mensaje papal, como es lo que
se halla en el centro del Evangelio.
En este tiempo de gracia, por lo tanto, estamos llamados nuevamente a
unir al incienso de la oración, no solo la mirra del ayuno y la
penitencia, sino también el oro de la caridad, recordando la vocación
que hemos recibido como consecuencia de la filiación divina en Cristo.
