Bergoglio descabezará a todos
los que lo desenmascaran en su plan de cambiar la doctrina
católica
De Mattei: La destitución de un gran Cardenal
Publicado
por: Roberto de
Mattei 12
noviembre, 2014 Deja un
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El Papa, en cuanto pastor supremo de
la Iglesia universal, tiene pleno derecho de remover de su cargo a un obispo o
a un cardenal, incluso insigne. Célebre fue el caso del Cardenal Louis Billot
(1846-1931), uno de los mayores teólogos del siglo XX, que depuso la birreta
cardenalicia en las manos de Pío XI, con el que había entrado en conflicto por
el caso de laAction
Française, y acabó su vida como un simple jesuita, en la casa de
su orden en Galloro.
Otro
caso clamoroso fue el del Cardenal Josef Mindszenty que fue destituido del
cargo de Arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría, por su oposición a
laostpolitk vaticana. Además, en los últimos años, muchos obispos han sido
depuestos por estar involucrados en escándalos financieros o morales. Pero, si
nadie puede negar al Soberano Pontífice el derecho de destituir a cualquier
prelado, por las razones que considere más oportunas, nadie tampoco puede
quitar a los fieles el derecho que tienen, como seres racionales, antes
incluso de como bautizados, de interrogarse sobre las razones de estas
destituciones, sobre todo si tales razones no se declaran
explícitamente.
Esto
explica la consternación de muchos católicos ante la noticia, comunicada
formalmente por la Oficina de Prensa vaticana el pasado 8 de noviembre, del
traslado del Cardenal Raymond Leo Burke de su cargo de Prefecto del Tribunal
Supremo de la Signatura Apostólica a Patrono del Orden de
Malta. En efecto, cuando, como
en este caso, el traslado concierne a un cardenal aún relativamente joven (66
años) y además se produce desde una plaza de máxima importancia a otra
meramente honorífica, sin ni siquiera respetar el incluso discutible
principio promoveatur
ut amoveatur, entonces nos encontramos ante un castigo público.
Pero, en este caso, es lícito preguntarse cuáles son las acusaciones contra el
prelado en cuestión.
De
hecho, el Cardenal Burke, ha desarrollado de manera impecable el rol de
Prefecto de la Suprema Signatura Apostólica y es estimado por todos como un
eminente canonista y un hombre de profunda vida interior. Recientemente, Benedicto XVI lo definió
como «un
gran cardenal». ¿De qué es culpable?
Los observadores vaticanos de las más dispares
tendencias han respondido a esta pregunta con claridad. El
Cardenal Burke sería reo de ser «demasiado
conservador» y en desacuerdo con Papa Francisco. Tras la
desgraciada relación del Cardenal Kasper del 20 de febrero de 2014, en el
Consistorio sobre la familia, el cardenal americano promovió la publicación de
un libro en el que cinco acreditados purpurados y otros estudiosos expresan
sus respetuosas reservas hacia la nueva línea vaticana y el reconocimiento de
las uniones de hecho.
Las
preocupaciones de los cardenales fueron efectivamente confirmadas por el
Sínodo de octubre, en el que las tesis más arriesgadas, en el plano de la
ortodoxia, fueron incluso recogidas en la síntesis de los trabajos que
precedió la relación final.La
única razón plausible es que el Papa haya ofrecido en una bandeja la cabeza
del Cardenal Burke al Cardenal Kasper y, por él, al Cardenal Karl Lehmann, ex
presidente de la Conferencia Episcopal alemana. En efecto, es conocido por
todos, al menos en Alemania, que quién aún organiza el disentimiento contra
Roma es precisamente Lehmann, antiguo discípulo de Karl Rahner. El padre Ralph
Wiltgen, en su libro El
Rin desemboca en el Tíber, esclareció el papel de Rahner en el
Concilio Vaticano II, a partir del momento en el que las conferencias
episcopales empezaron a desarrollar un rol determinante.
El
Papa Francisco se ha expresado en contra de las dos tendencias del progresismo
y del tradicionalismo, sin aclarar por otra parte qué cosa comprendan estas
dos etiquetas. Pero si con
las palabras él se distancia de los dos polos que hoy se enfrentan en la
Iglesia, en los hechos toda comprensión va al “progresismo”, mientras el hacha
se abate sobre lo que él define “tradicionalismo”. La destitución del Cardenal
Burke tiene un significado ejemplar, análogo a la destrucción aún en curso de
los Franciscanos de la Inmaculada.
Muchos
observadores han atribuido al Cardenal Braz de Aviz el proyecto de disolución
del Instituto, pero hoy es del todo evidente que el Papa Francisco comparte
plenamente esa decisión. No
se trata de la cuestión de la Misa tradicional, que ni el Cardenal Burke ni
los Franciscanos de la Inmaculada celebran regularmente, sino de su actitud de
disconformidad con respecto a la política eclesiástica dominante hoy
día.
Por
otro lado, el Papa se ha largamente entretenido con los representantes de los
llamados “Movimientos populares”, de orientación ultramarxista, que se
reunieron en Roma, del 27 al 29 de octubre, y ha nombrado el pasado julio
consultor del Consejo Pontificio de la Cultura a un sacerdote abiertamente
heterodoxo como el padre Pablo d’Ors. Hay que preguntarse cuáles serán las consecuencias de
esta política, teniendo presente dos principios: el filosófico de la
heterogénesis de los fines, según el cual ciertas acciones producen efectos
contrarios a los esperados, y el teológico de la acción de la Providencia en
la historia por la que, según las palabras de San Pablo, «omnia
cooperantur in bonum» (Rom. 8,28). En los diseños de Dios,
todo coopera para el bien.
El
caso Burke y el caso de los Franciscanos de la Inmaculada al igual que, en
otro plano, el caso de la Fraternidad San Pío X, son sólo unos indicios de un
malestar difuso que efectivamente hace aparecer a la Iglesia como un barco a
la deriva. Pero si la
Fraternidad San Pío X no existiera, los Franciscanos de la Inmaculada fuesen
disueltos o “reeducados” y el cardenal Burke reducido al silencio, la crisis
de la Iglesia no cesaría de ser grave. El Señor ha prometido que la Barca de
Pedro nunca se hundiría, no tanto por la habilidad del timonel, sino por la
Divina asistencia a la Iglesia que, podemos decir, vive entre las tempestades,
sin dejarse nunca sumergir por las olas (Mt 8, 23-27; Mc 4, 35-41; Lc 8,
22-25).
Los
católicos fieles no están desanimados: cierran filas, vuelven su mirada hacia
el Magisterio continuo e inmutable de la Iglesia, que coincide con la
Tradición, buscan fuerza en los Sacramentos, siguen rezando y
actuando, con la convicción de
que en la historia de la Iglesia, como en la vida de los hombres, el Señor
interviene sólo cuando todo parece perdido. Lo que se nos pide no es una
resignada inacción, sino una lucha confiada en la certeza de la
victoria.
Y
por lo que concierne al Cardenal Burke, con vistas también a las nuevas
pruebas que ciertamente le esperan, podemos repetir las palabras que el Prof.
Plinio Corrêa de Oliveira dirigió el 10 de febrero de 1974 al Cardenal
Mindszenty, cuando: «las
manos más sagradas de la tierra sacudieron la columna y la tiraron al suelo,
quebrada. Si el arzobispo ha caído perdiendo su diócesis, la figura moral del
buen pastor que da la vida por su rebaño ha crecido hasta las
estrellas».
Roberto
de Mattei
[Traducido con permiso del autor por María Teresa
Moretti para Adelante la Fe, puede reproducirse enlazando el
origen.]
