miércoles, 12 de noviembre de 2014

De la aristocracia de la inteligencia a la caquistocracia del periodismo

De la aristocracia de la inteligencia a la caquistocracia del periodismo

   Decíamos en nuestra entrada precedente que el artículo de Roberto Bosca contiene una «mezcla de verdades, medias verdades, falsedades, estupideces, lugares comunes y mucho de papolatría obsecuente». Vamos a ver hoy un ejemplo paradigmático.
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En efecto, dice Bosca en el artículo ya citado:
«Si bien el Concilio Vaticano II (1962-1965) se esmeró en abandonar una concepción juridicista de la Iglesia, como también superar los límites de la figura organicista del cuerpo místico, reemplazándola en cierto modo por el viejo y nuevo concepto de "Pueblo de Dios", los católicos no han terminado de salir del todo de ese pasado preconciliar, pese al más de medio siglo transcurrido desde la reforma.»
En primer lugar, si el Vaticano II pretende superar los límites de la figura organicista del cuerpo místico, reemplazándola en cierto modo por el concepto de «Pueblo de Dios», habría que explicar por qué razón el sintagma “Cuerpo Místico” aparece 20 veces en los documentos completos del último Concilio. Y en segundo lugar, Bosca debería dar alguna explicación sobre por qué razón un documento como Lumen gentium, la «constitución dogmática sobre la Iglesia», es decir, el documento eclesiológico por excelencia del Vaticano II, dedica un apartado especial a la Iglesia como «Cuerpo Místico». Por razones de tiempo, y brevedad, omitimos ahora dar cuenta de la persistencia de la fórmula en todo el magisterio eclesial posterior al último Concilio, que incluye el Catecismo de Juan Pablo II.
Pero no es sólo cuestión de cantidad y de contenidos textuales. Vamos a las interpretaciones del último Concilio. Un ejemplo lo tenemos en el dominico Sauras, OP, autor de un comentario a la constitución conciliar publicado por la BAC:
«Entre las muchas figuras bíblicas de la Iglesia destaca por muchos capítulos la figura paulina del cuerpo. Y, en razón de su importancia, la constitución dogmática le dedica un número muy extenso, el 7, con una riqueza de doctrina que más adelante tendremos oportunidad de exponer (…) Pero, como hemos dicho, destaca sobre todas la figura paulina del cuerpo. Es exclusivamente neotestamentaria. No la encontramos utilizada en el Testamento Antiguo. Más aún, es exclusivamente paulina, porque tampoco la encontramos en los evangelios (…) La tradición patrística se dio cuenta de la importancia que tiene esta figura del cuerpo y la utilizó con profusión. Los Padres vieron la riqueza de su contenido y lo desentrañaron minuciosamente, utilizando con frecuencia expresiones vivas y atrevidas que igualan incluso a las de San Pablo. (…) La figura del Cuerpo místico ha sido asimismo sujeto de las ocupaciones del magisterio, no ya sólo del ordinario, sino también del solemne. Conocidas son las dificultades con que tropezaba el Concilio Vaticano I cuando intentaba estructurar el esquema De Ecclesia a base de la idea del Cuerpo místico, y más tarde las desorientaciones a que tuvo que salir al paso la encíclica Mystici Corporis. Y lo que en definitiva el magisterio ha enseñado tanto en el indicado Concilio como en la encíclica de Pío XII, en la que se nos presenta una visión total y acabada de la Iglesia y un tratado teológico sobre ella basado en la concepción paulina del Cuerpo.
Por todo lo dicho no es extraño que el Vaticano II dedicara apartado especial en la constitución dogmática sobre la Iglesia a una figura que reviste en sí tanto interés y que ha sido tan apreciada por el magisterio, por los Padres y por la teología. En el capítulo primero, que habla del «misterio de la Iglesia», en el que se recogen las principales figuras bíblicas de la misma salvo la del «pueblo de Dios», a la que se reserva lugar especial en el capítulo segundo, se le dedica todo el n.7. Hay, además, indicaciones abundantes a la figura que nos ocupa en otros muchos números de la constitución.
El n.7, que empezamos a comentar, no es un tratado completo de eclesiología, como el que nos ofrece, por ejemplo, la aludida encíclica de Pío XII. Faltan muchas cosas que ya se conocen por hallarse explícitas en el propio San Pablo y expuestas en las tradiciones patrística y teológica y en el magisterio ejercido en la Iglesia hasta ahora. El acto magisterial del Vaticano II no intenta ser exhaustivo en esta materia, pero tiene, desde luego, mucho contenido, como veremos más adelante cuando expongamos la doctrina contenida en el n.7.
Este número, además, es el resultado de un proceso lleno de interés. Su contenido y su formulación han logrado superar una disputa no siempre bien llevada por los teólogos. Se trata de las figuras de cuerpo y de pueblo, las dos con un contenido en parte coincidente, en parte complementario y nunca excluyente el uno del otro, como veremos a lo largo del comentario. El Vaticano II da a la figura del cuerpo la amplitud de un capítulo y la encuadra en el capítulo dedicado a lo que vamos a llamar dimensión vital e interna de la Iglesia. Y a la del pueblo le dedica el capítulo segundo, que se ocupa de lo que llamaremos su dimensión externa y social.»
Otro dato llamativo sobre la crítica de Bosca a la «figura organicista del cuerpo místico» es que ignora que el mismísimo Josemaría Escrivá la empleó 13 veces en sus obras publicadas. ¿Habrá que decir que Escrivá no quiso, no supo o no pudo «superar los límites de la figura organicista del Cuerpo Místico» y que su obra –con excepción de Bosca- no ha «terminado de salir del todo de ese pasado preconciliar»?
Del Vaticano II se ha hablado muchísimo en nuestra bitácora, citando a defensores y detractores. Entre los primeros, hay autores sólidos, con los que se puede disentir, pero es justo reconocer que muchas veces argumentan con rigor. No es el caso de Bosca, que en su «defensa» del Vaticano II exhibe una grosera ignorancia de los textos conciliares y no logra siquiera una mínima «hermenéutica de la continuidad».
Para Escrivá, los miembros de su obra estaban llamados a ser una «aristocracia de la inteligencia», dentro de las posibilidades de cada uno. La lectura del artículo de Bosca nos deja la impresión que a impulsos del entusiasmo francisquista el ideal se ha rebajado a una «caquistocracia del periodismo».