LA CONTRAIGLESIA Y EL ANTICRISTO (I)
Ofrecemos, en dos entregas sucesivas, este extraordinario texto publicado originariamente en tres partes (accesibles aquí, aquí y aquí) durante los días de la celebración del Sínodo.
El demonio es Simia Dei, mono de Dios. Y aquello que en las
perfecciones de Dios es la manifestación más perfecta de la Verdad y del
Bien, en las perversiones satánicas es prueba de la Falsedad y el Mal.
Mientras que por un lado la Revelación es camino seguro para conocer la
única Religión, por otro la herejía y el error son la marca de las
idolatrías y las supersticiones inspiradas por el Enemigo. Simia Dei.
Un espíritu de inteligencia perfecta, rebelde a su Creador por toda la
eternidad, endurecido por siempre en el odio desesperado hacia la
Santísima Trinidad, y hacia aquellos seres indignísimos, imperfectos y
limitados que en Adán, la Serpiente había empujado a la caída y que en
Cristo, encarnado en el seno de la Santísima Virgen, habían sido
redimidos en el madero de la Cruz.
Este maldito mono, cegado por el orgullo, desde la noche de los tiempos
supo crearse una pseudo-revelación, parodia impía del mensaje salvífico
de Dios; reunió en torno a sí un pueblo elegido para ser conducido
través de los siglos a la condenación eterna; enredó a Israel
induciéndolo a la idolatría y alejándolo de la fidelidad al Señor; trató
de matar al Redentor desde que éste vistiera pañales, encontrando un
cómplice en Herodes; intentó varias veces hacer lapidar a Nuestro Señor
contando con la envidia de los fariseos; inspiró la conspiración de los
sumos sacerdotes contra Él, llegando a hacerLo condenar injustamente y a
hacerLo crucifícar: justamente con este supremo acto de violencia
sacrílega, qui in ligno vincebat, in ligno quoque vincebatur: creyendo aplastar a Cristo en la cruz, con esa cruz Lucifer pronunció su propia e irrevocable y definitiva derrota.
Jamás saciado de violencia y sangre, Satanás intensificó sus propios
ataques contra la Iglesia, el nuevo Israel fundado por el Salvador para
extender la salvación a todas las naciones. Sembró el odio, haciendo
matar a los Apóstoles y a los Mártires. Instó a la división entre ellos,
esparciendo la herejía y el error. Debilitó la santidad de los santos,
asaltándolos con mil tentaciones e induciéndolos al pecado para
alejarlos de la Gracia reconquistada. Instruyó a sus seguidores para que
demoliesen el templo de Dios erigido en nuestras almas, del mismo modo
que armó la mano impía de Sus enemigos para abatir las iglesias y
revesar los altares. Entrenó a los herejes y sectarios de todos los
siglos para debilitar a la nueva Jerusalén, y sedujo a los individuos
para anular el Sacrificio de Cristo en sus frutos.
Tal como la Providencia había rescatado de las tinieblas a enteras
naciones a través de la obra de misioneros celosos y de la sangre de
miles de mártires, así Satanás trató de sumergir nuevamente en la
oscuridad a los pueblos alejándolos de Dios, gracias a la complicidad de
los heresiarcas, al escándalo de los corruptos y a la violencia de los
tiranos.
En el otro frente, la Santa Iglesia libraba desde siempre el bonum certamen contra los emisarios del Enemigo, protegiendo en lo interior de sus propios bastiones espirituales a los fieles, adversus principes et potestates, adversus mundi rectores tenebrarum harum, contra spiritualia nequitiae.
Ni las guerras, ni las persecuciones, ni las miserias de sus propios
miembros han permitido jamás a la Iglesia ceder a los ejércitos de
Lucifer: hecha fuerte por el estandarte de la Cruz y por las armas
poderosísimas de la Gracia que se derrama a través de los sacramentos,
ella ha sobrevivido y se ha regenerado hasta el momento de la gran
tribulación: Satanás ha sido capaz de lanzar el ataque final.
Un ataque que el Todopoderoso, en sus inescrutables designios, había
detenido hasta aquel momento. En la visión de León XIII, el Maligno le
pide a Dios poder desencadenarse contra la Iglesia (nuevo Job), y sus
cadenas han sido momentáneamente sueltas, como las mismas cadenas que
sujetaban a los poderes infernales en la víspera de la Pasión. Pero la
ceguera satánica que ayudó a sancionar su propia derrota en el momento
en que, ebrio de odio eterno, lograba clavar al Verbo de Dios en el
instrumento de ignominia reservado a los esclavos, será la misma que
hundirá al Enemigo en el infierno cuando éste crea haber completado su
obra, crucificando también al Cuerpo Místico del Salvador. Este orgullo
ciega incluso a la inteligencia más perfecta, haciéndola cooperadora
inconsciente de la victoria final de Dios sobre el Demonio.
He aquí, pues, a Satanás sentándose a través de sus seguidores en el
Lugar Santo. Helo recibiendo las Órdenes y ascendiendo en la jerarquía
católica. Helo revistiendo las vestiduras de los Prelados y la púrpura
de los Cardenales. Simia Dei. Helo ocupado en instruir a sus
ministros acerca de las maniobras a adoptar en las comisiones del
Concilio. Helo chantajeando a los corruptos para obtenerles beneficios y
obligarlos a convertirse en cómplices de sus maniobras. Helo seduciendo
a los ignorantes, inspirando a los orgullosos, moviendo a los
perversos. Y como la Gracia divina sabe cómo hacer que la naturaleza
humana le sea dócil, llevándola hacia Dios, así la influencia maligna de
Satanás obra en sus adeptos para hacerlos cooperar con el plan
infernal.
Allí donde rige el desprecio por el poder, prevalece el celo por la
causa de Dios; donde rige el amor a los cargos, prevalece
infaltablemente la inclinación a la corrupción y al orgullo. Allí donde
rige el amor por la Verdad y la fidelidad a la Doctrina, crece el
conocimiento de la Verdad y la práctica del Bien; donde en cambio reina
la ignorancia o el espíritu de rebelión intelectual, prolifera la
herejía y la insubordinación al Magisterio. Allí donde la penitencia, la
mortificación y la oración constituyen una firme defensa contra el
pecado, florecen la virtud y la santidad; donde los placeres y el
espíritu mundano relajan las costumbres y alejan del recogimiento, el
vicio acostumbra al alma a la lejanía de Dios y abre las puertas a todo
tipo de pecados. Donde la celebración devota de la Misa y el rezo del
Breviario alimentan el alma del sacerdote con el Manjar eterno y la
proveen contra los asaltos del Maligno, se multiplican las bendiciones
celestes y los frutos de apostolado; donde las obligaciones canónicas
ceden a los compromisos y a las reuniones, he aquí la descuidada
celebración de eucaristías concelebradas sin decoro y la omisión
del Oficio Divino. Donde el hábito clerical constituye una santa
armadura contra las lisonjas del siglo, se alimenta la humildad, el
hombre desaparece y se hace visible como Ministro de Dios; donde el clergyman
o el hábito secular disimulan la Unción recibida y complacen a los
espíritus mundanos que no soportan ningún rastro de lo sagrado en la
sociedad, he aquí elevarse orgulloso el ego tristísimo del hombre con
todas sus miserias y desaparecer el sacerdote. Y por último, para ser
claros hasta el fin: allí donde el amor por el Señor lleva naturalmente
al deseo de conocerLo más para amarLo mejor, fluye del corazón también
el celo apostólico por la conversión de los equivocados y los pecadores;
pero donde habita el apego al vicio y la pérdida habitual del estado de
Gracia, la Verdad suena como un reproche intolerable que no puede tener
como consecuencia inmediata sino la tolerancia para con el mal, con el
error, con la herejía, con el pecado. Tolerancia que se manifiesta en la
negación de la Doctrina o incluso sólo en callarla, prefiriendo el diálogo ecuménico
a la apologética, los encuentros interreligiosos a la oración ante el
Tabernáculo, la complicidad con el error a la defensa de la Verdad, bajo
las apariencias de una mal entendida misericordia.
No se necesita una inteligencia angélica para entender estas cosas: la
Santa Madre Iglesia las ha recordado siempre a sus hijos, advirtiéndoles
de los peligros a los que se podían exponer si bajaban a la arena para
pelear la batalla espiritual sin armas, sin escudo y sin casco. Pero
justamente también por esto sabe Satanás que, para ganar una guerra sin
tregua, debe desarmar al enemigo, desgastar sus fuerzas, corromper su
integridad. Y tal vez llevarlo a la traición, a la deserción, y
adquirirlo para su causa alistándolo en sus propias filas.
Es entonces increíble que tantos Ministros sagrados, aun aleccionados
por el cuidado amoroso de la Esposa de Cristo, hayan podido hacerse
responsables de una tal rendición incondicional al enemigo. Esta derrota
del estado mayor de la Iglesia, que ha tenido también como consecuencia
la deserción de los soldados en sotana o sayo, sólo se comprende si se
identifican las causas remotas y próximas que la determinaron.
Es inútil negar la evidencia: Satanás se está apoderando de la Iglesia
para hacer de ella una parodia blasfema, para crear una contra-iglesia
infernal encarada a la condenación eterna de sus fieles, así como la
verdadera Iglesia de Cristo ha sido querida por Él para la salvación
eterna de Sus hijos. Aquello que en los siglos el Enemigo obtuvo
pervirtiendo a los individuos, quiere ahora conseguirlo pervirtiendo a
la sociedad espiritual que los reúne bajo la dirección del único Pastor.
Pero para lograr el propósito no basta con enredar a los fieles o al
bajo Clero: es indispensable llegar a alistar también a los Prelados e
incluso al Papa. Cosa inconcebible hasta los años cincuenta, y que
incluso en la siguiente década fue agudamente temida por algunos
Prelados no ofuscados por el espíritu del mundo y por el afán de
complacer a la mentalidad profana.
Que el Anticristo deba venir, es doctrina de fe. Que él seducirá a la
mayoría de las personas, está descrito en las Sagradas Escrituras. Pero a
qué lugar va él a aspirar, a qué cargo universal pueda querer ascender
para dominar el mundo, es fácil intuirlo: no a los tronos de las
naciones, abatidos por las revoluciones; no a la presidencia de las
confederaciones mundiales, demasiado democráticas para asegurar
un poder directo e inmediato sobre la humanidad. El Anticristo,
instruido por su padre Satanás, ambiciona el Trono de Pedro, el Solio
del Vicario de Cristo, desde donde imponerse al mundo como nuevo Mesías,
como liberador de los hombres del yugo intolerable de la Ley divina,
llegados a un nivel de corruptela sin igual en la historia. Un
anti-Papa, en una contra-iglesia, con toda una jerarquía sometida a él y
dedicada a la perdición de los hombres. Simia Dei, de hecho. Y las palabras de Nuestra Señora en La Salette suenan claras sobremanera: Roma se convertirá en la sede del Anticristo.

