Obras de Jordán Bruno Genta (2)
Hacemos
aquí la segunda entrega con las notas biográficas del Dr. Mario
Caponnetto acerca de su maestro, el profesor Jordán Bruno Genta.
Las obras que hemos podido subir al blog
con autorización de sus deudos, se encuentran en los links que verán
más abajo, en la sección “libros recomendados” de este blog. Agradecemos a quienes puedan colaborar para ir subiendo el resto.
P. Javier Olivera Ravasi, IVE
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- El filósofo y los sofistas (descargar AQUÍ)
- El nacionalismo argentino (descargar AQUÍ)
- Asalto terrorista al poder (descargar AQUÍ)
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La masonería y el comunismo en la revolución del 16 de septiembre (descargar AQUÍ)
- Guerra contra-revolucionaria (descargar AQUÍ)
- Sociología política (descargar AQUÍ)
- Doctrina política de San Martín a través de su correspondencia (descargar AQUÍ)
Jordán Bruno Genta, filósofo y mártir[1]
Mario Caponnetto
Queridos amigos:
Confieso que estoy bastante nervioso
porque hablar sentado al lado del maestro Caturelli me resulta
tremendamente difícil. Pero en fin, cuento con la benevolencia del
maestro y la de ustedes.
Virginia, que siempre consigue todo lo
que se propone, me ha pedido que en el marco de estas jornadas haga
alguna referencia a la figura de Jordán Bruno Genta. Y me ha pedido que
esa referencia, en lo posible, sea desde la perspectiva de la propia
experiencia personal.
He de decir que estas perspectivas no me
agradan mucho porque ponen en estado de conmoción mi “racionalismo”.
Pero de todas maneras, el mismo Dr. Caturelli me inspira; él es, en
efecto, autor de un hermoso libro, que acaba de publicar, que se llama La historia interior.
Creo que ya no es el último de sus libros (con el Dr. Caturelli nunca
se sabe pues su producción es incesante). Digamos que es uno de sus
últimos libros.
En ese libro, La historia interior,
aprendí cómo desde la propia interioridad, instalándose en la propia
alma, pueden verse los acontecimientos; y de qué modo, en esa rica
economía entre la historia que transcurre afuera y la historia interior,
los acontecimientos van adquiriendo -digamos así- una especial
configuración, una dimensión y una densidad nuevas. Quisiera, pues,
situarme ante la magna figura de Genta desde la perspectiva de esta
“historia interior”.
Tengo que comenzar con una referencia,
siquiera somera, a los finales del año 1954 y principios de 1955. Años
turbulentos, años difíciles en la historia de nuestro país. Yo en esa
época era un adolescente y había dos cosas que me preocupaban.
Una era la fe, recientemente adquirida o
tal vez re-adquirida; y esa fe se me presentaba como un desafío
intelectual. Había en mí ya desde aquella época un ansia por razonar la
fe, un ansia por compatibilizar la razón con la fe, un ansia de vivir
una fe ilustrada. Habían contribuido a generar esta inquietud algunos
maestros que tuve en la escuela secundaria, entre ellos recuerdo al
querido Padre Ciucarelli, que era profesor de religión, el que siempre,
en todo momento, se esforzaba por señalarnos la coincidencia de la fe y
la razón. Aun cuando ahora, con el paso del tiempo, advierto que había
algunas limitaciones en sus enseñanzas, no obstante le debo el haberme
insuflado este espíritu de fe ilustrada, ese intelecto que busca la fe, intellectus quarens fidem, del que es modelo insuperable Tomás de Aquino.
La otra cosa, la segunda gran inquietud, era la Patria; la Patria Argentina, en ese momento convulsionada, incendiada
literalmente. En el año 1954 se suprime la enseñanza religiosa en las
escuelas; yo cursaba en ese momento el tercer año del secundario y, al
influjo de esa situación tensa que se vivía, comencé a dar los primeros
pasos en lo que podemos llamar una activa militancia, una militancia desde las filas de la Acción Católica, de aquella benemérita institución que fue la Acción Católica Argentina.
Y así, movido por estas dos grandes
inquietudes, la fe ilustrada, la fe que busca el intelecto, y la Patria
crucificada, convulsa, fui dando esos primeros pasos de mi vida, esos
acordes iniciales de mi vida.
En 1955 sucede el hecho de la Revolución
Libertadora, en septiembre. Gran fervor católico, fervor que ya se
había expresado en aquellas inolvidables manifestaciones públicas de fe,
cuando salíamos por las calles de Buenos Aires a cantar Cristo Jesús, en Ti la Patria espera y hacíamos la señal de Cristo Vence. Todo ese fervor, todo ese clima, nos fue como formando, nos fue como gestando a muchos jóvenes de mi generación.
Es así que llegan los finales del año
1955 y ante los acontecimientos políticos, es decir, el giro totalmente
opuesto a su origen que fue tomando la Revolución Libertadora, más
ciertas cosas que ya se veían dentro de la Iglesia -la aparición del
fenómeno de la Democracia Cristiana, por ejemplo- se fue como generando
en mí una suerte de perplejidad, como que no encontraba mi lugar, no
encontraba dónde poder desarrollar esas dos grandes inquietudes. Esa fe
que busca el intelecto y esa patria que dolía.
Y como por milagro, por una gracia especial -yo la llamo, siguiendo en esto a Raissa Maritain, una de esas aventuras de la gracia-
fui a dar a fines del año 1955, diciembre, a la casa de Genta. No diré
cuales fueron las circunstancias, pero sí que fueron circunstancias
perfectamente providenciales.
Ese día Genta daba la última clase de un
curso, de los varios cursos que dictaba en su casa. Y ahí me encontré
con él: diciembre de 1955. Y fue ahí como, de pronto, dije: llegué; aquí encontré lo que estaba buscando; porque ahí encontré esa síntesis admirable, que ofrecía la cátedra de Genta,
entre aquellos dos amores, aquellas dos inquietudes que me solicitaban:
una fe que busca el intelecto, una fe ilustrada, y la Patria; la patria
doliente, la patria que era y sigue siendo un gran dolor, sobre todas
las cosas.
De mi primer encuentro con Genta, en ese
diciembre de 1955, tengo recuerdos muy vívidos. Genta era una
personalidad cautivante, fascinante; en él todo armonizaba: la figura,
la voz, el pathos con que hablaba.
No recuerdo exactamente de qué hablo en
aquella clase, pero sí recuerdo que la impresión que me hizo fue muy
grande, me conmocionó. Me dije: aquí está realmente, aquí está el
camino para encontrar esa fe razonada, ese intelecto iluminado por la
fe; y ese compromiso vital, ese amor por la Patria, por la Patria hecha dolor; porque la patria es un dolor, como dice bellamente Marechal.
Alguna vez escribí sobre este primer
encuentro con Genta un pequeño artículo que, gracias a Dios, se ha
perdido porque era de la época previa a la computación. Terminaba con
una frase de Rilke que el poeta refería a uno de los personajes de una
de sus obras. No la tengo a la vista, pero decía, más o menos, así: “El
era inmóvil, estaba allí sentado, como en el centro del mundo y nosotros
girábamos alrededor de él”.
Así lo evoco al Genta de aquel primer
encuentro: él estaba sentado, irradiando esa Verdad de la que era
testigo; y nosotros, de algún modo, girando en torno de él, abrevando en
las aguas limpias y puras, remontadas, elevadas que nos daba a beber el
maestro, esas aguas que él solía nombrar con su amado Valery: En esta agua nunca bebieron los rebaños. Esa agua apagaba nuestra sed juvenil.
A partir de entonces comienza una larga
relación con Genta, intensa, que duró hasta el último día de su vida. Es
a partir de ese encuentro que se inicia una etapa, crucial en mi vida,
que llamaré de discipulado y que me marcó para siempre.
Este discipulado significa cuatro cosas
para mí. La primera, una verdadera paternidad; Genta me engendró, me
engendró en la sabiduría. Yo siempre digo que tengo dos padres, mi padre
carnal y Genta. Genta me engendró en el espíritu porque todo verdadero
maestro es padre; y él me engendró. Es el Genta padre.
La segunda es la sabiduría, el ejercicio cotidiano de la sabiduría. Es el Genta maestro.
La tercera, es la ejemplaridad del
testimonio. Porque en Genta no sólo había testimonio de palabra, había
también testimonio de vida, y Dios lo glorificó y lo colmó con el
testimonio supremo, el testimonio de la sangre. Es el Genta testigo.
De manera que Genta fue para mí el padre, el maestro, y el testigo.
Pero hay una cuarta cosa: el amor,
porque en la casa de Genta no sólo encontré esa fe que busca el
intelecto, no solo encontré ese amor a la Patria y ese testimonio
viviente, sino que encontré el amor. El amor conyugal, ese amor que hace
que un varón y una mujer sean una sola carne.
De manera que fíjense cuánta
interioridad, cuanta entrañabilidad -si me permiten la palabra- hay en
esta relación vital con Genta que como una verdadera gracia Dios me
concedió en esta vida.
De estas cuatro cosas que acabo de
nombrar hay dos en los que quisiera detenerme, brevemente, antes de
dejar la palabra al maestro; es, precisamente, la figura del maestro:
Genta como maestro y Genta como testigo.
Santo Tomás, en unas de sus obras, Contra retrahentes,
define lo que es un maestro. Un maestro obviamente es alguien que
enseña. Pero Santo Tomás, en esta obra, sostiene que la enseñanza más
que un honor, es una carga. Es una cruz.
¿Por qué dice Santo Tomas que la
enseñanza es una carga? Porque toda verdadera enseñanza tiene su fuente
en la contemplación y vierte, hacia los otros, el fruto de la
contemplación. Esto se sintetiza en aquel aforismo escolástico: contemplata aliis tradere. Es
decir, transmitir, entregar, donar a los otros lo que se contempla.
Entonces en la verdadera enseñanza hay una admirable economía pues hay
un acto de contemplación al que se une un acto de la caridad porque es
por la fuerza de la caridad que eso que se contempla se transmita a
otros, a modo de don. Tradere es transmitir, también es entregar y de alguna manera, tal vez estirando un poco, si me perdonan los latinistas, es donar.
Entonces, la enseñanza es contemplación y
es don. Ella sintetiza admirablemente el modo de vida más perfecto, al
cual también hace referencia Santo Tomás: la vida mixta, esa vida
contemplativa y al mismo tiempo activa., y, a su vez, la enseñanza es la
obra más eminente de la vida activa porque es precisamente la
transmisión de la vida contemplativa.
Ahora bien; este descender de la
contemplación a la donación, implica siempre una carga. Porque implica,
siempre, de alguna manera, desasirse del gozo de la contemplación para
donar. Por eso dice Santo Tomás que la verdadera enseñanza tiene más de
carga, más de cruz que de honor.
Esto en Genta se daba de una manera
paradigmática. Genta era un contemplativo. Él nos daba por la tarde el
fruto de la contemplación de la mañana. Esas mañanas que él pasaba solo,
en su casa, en medio de sus libros, con su amado San Agustín, con Fray
Tomás, con los modernos, con los grandes poetas, con los santos.
Él contemplaba; en la mañana
contemplaba; y en la tarde transmitía. Y cuando transmitía, donaba,
había en sus clases, en sus lecciones, un ritmo que iba de la ascensión
al descenso. Porque en Genta había un ritmo que no se transmite
en el texto escrito y que ha quedado en la memoria de quienes tuvimos
la gracia de escucharlo. Comenzaba siempre con el acontecimiento del
día, y en seguida, se elevaba; nos llevaba al verdadero rapto de la
contemplación, pero siempre a partir del acontecimiento del día. Nos iba
llevando, repito, al rapto de la contemplación; y una vez que alcanzaba
esa cima de la contemplación volvía a descender a “la epilepsia del
valle”, alumbrada ahora con la luz de la contemplación; volvía a
descender al mismo acontecimiento que había iniciado ese ciclo. Este
ascenso y descenso imprimía a las clases del maestro, como dije, un ritmo que nos cautivaba. Era una experiencia única, inolvidable, cada encuentro, cada clase con Genta.
Pero este magisterio tuvo, tal como dice
Santo Tomás, una carga de cruz. Y esa cruz tuvo un nombre, un nombre
concreto. Se llamó Argentina, ese hermoso nombre femenino que es la
cifra de todos nuestros desvelos humanos. La Argentina era el dolor, la
Argentina era la carga. Por eso cuando los acontecimientos en nuestro
país se precipitaron, cuando el fenómeno de la guerra revolucionaria
invadió el escenario de la historia nacional, esa carga se hizo pesada y
yo diría -en términos eminentemente cristianos- se hizo una cruz a la
cual Genta se abrazó hasta el final.
Sacrificó mucho Genta en esto, sacrificó
su Metafísica, que nunca terminó de escribir; hay por allí unas cosas
sueltas, algún día tal vez puedan ser coleccionadas, ordenadas. Hay un
estupendo comentario del De ente et essentia de Santo Tomás; donde ya se advierte la superación del esencialismo tomista y comienza Genta a descubrir el esse,
el ser, como noción capital de la metafísica tomista. Yo he hecho un
pequeño cotejo de este manuscrito con los textos de Gilson. No había
ninguna posibilidad de que Genta conociera estos textos de Gilson por la
época en que ambos escribieron (de hecho, contemporáneamente). Se da,
pues, una magnífica coincidencia entre ese comentario del De Ente et essentia, inédito todavía, y la obra de Gilson, El ser y los filósofos, que reúne los cursos del gran filósofo francés, dictados en Canadá, acerca de tan delicado tema.
Todo eso lo sacrificó, todo eso lo dejó
de lado, eso que era su verdadera vocación lo dejó de lado. Y se abocó a
una enseñanza que tenía por fin, que tenía como único objetivo preparar
a aquellos que él, pensaba, tenían que ser los defensores de la
República. Por que él, con Platón, con su amado Platón, sostenía que los
guerreros son la clase más estimable de la ciudad porque a ellos les
está confiada la defensa de la Ciudad.
De esta manera se dieron, pues, esas dos notas, el magisterio y el testimonio. Genta fue Maestro y al mismo tiempo fue Testigo. Y fue testigo como dije con la vida pues culminó su testimonio con la muerte.
Ambas cosas, el magisterio y el
testimonio, en él se dieron admirablemente unidas. Fue un verdadero
maestro que llevó la cruz de la enseñanza, y esa cruz de la enseñanza lo
llevó al testimonio, al testimonio supremo. Por eso, cada vez que evoco
estas características de la personalidad de Jordán, recuerdo también a
San Agustín cuando dice que Cristo ha hecho de la cruz la cátedra. La
Palabra Crucificada es cátedra. La cruz es cátedra, dice San Agustín.
En definitiva, porque Genta fue
auténtico maestro llevó hasta el final la misión del magisterio: enseñó
desde la Cruz y Dios lo hizo testigo. Enseñó al pie de la cruz y el
Señor lo colmó, le ciñó la corona del testimonio supremo que es el de la
vida, el de la sangre.
Veinte años después de aquel primer
encuentro que he evocado se cerró el ciclo. Una mañana de primavera, en
Buenos Aires, cuando me avisaron que había sido asesinado, corrí al
hospital. Llegué. Era el triunfo total de Cristo Rey. Ahí estaba Jordán,
yaciente, en la camilla del hospital. Por mi hábito de medico le tomé,
casi instintivamente, el pulso, y pude palpar sus últimos latidos.
Y ahí se cerró el ciclo, ahí se cerró el
encuentro. A partir de entonces es como que esta historia interior mía,
pobre historia interior mía, vive en un presente. Yo vivo, a partir de
esa mañana, en un permanente presente, no me puedo imaginar en otra
situación. Y es un presente donde ocupan lugar central precisamente
estos amores esenciales, el amor a la sabiduría, el amor a la Patria, el
amor a la familia, el amor a la esposa, hoy colmado por los hijos, por
los nietos.
Y vivo en este presente y no puedo salir de él. Y en este presente no puedo otra cosa que decir: Deo gratias, Deo gratias, Deo gratias.
Dr. Mario Caponnetto
[1]
Ponencia pronunciada en las Jornadas de Formación Católica organizadas
por el Centro San Bernardo de Claraval, en la Ciudad de Luján, en un
panle integrado, además, por el Dr. Alberto Caturelli.
