CON LAS BESTIAS, AL CIELO -
Flavio Infante
Y entonces Francisco se decidió a dilatar los
lindes de su delirante apocatástasis incluyendo a los animales. Pues si no era
suficiente con aquella reciente
y entusiasta lección relativa a la gloria irrestricta («todos nosotros nos encontraremos allí. Todos, todos, allí, todos. Es
bello»), ahora -y abusando por enésima vez de la petrina potestad de atar y
desatar- resulta que metió a las mascotas en el empíreo, a empujones. Según
lo reportan los azorados cronistas, «un día veremos a nuestros animales de
nuevo en la eternidad de Cristo. El Paraíso está abierto a todas las criaturas
de Dios».
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Alguien tendría que advertirle al Santo Padre
que sus sorprendentes máximas, si es que las inspira su declamado "Dios de
las sorpresas" (que no, sin dudas, el Dios «admirable en sus obras y en
sus santos»), corren el riesgo de causar un tedio insoluble a fuerza de atraer
la atención por vías tan poco fecundas. Que acaba volviéndose repetitivo y
machacón con sus sorpresas, que sus recursos resultan previsibles hasta el sopor.
Y sobre todo: que si bien el foris canes
del Apocalipsis no versa precisamente acerca de los perros sino de otra porción
entre los protegidos de Su Santidad, lo cierto es que sirve a señalar con
eficacia los límites de la Ciudad Celeste.
Uno de los más visibles frutos de la demencia
de la vida moderna, después de la fortísima caída de la natalidad experimentada
en los últimos 50-60 años, es la adopción de mascotas a las que se les concede
el trato de hijos. Esto, en el fondo, supone menos la ilusión de creer dotados
a los perros de condición personal que lo contrario: sentirse el hombre
degradado al nivel de las animalias. Se cumple irónicamente, en pago a la
presunción antropocéntrica, aquello de Daniel 5, 21: «su corazón fue hecho
semejante al de la bestias y marchó a convivir con los onagros». O lo que en
una de las vibrantes invectivas de León Bloy contra sus contemporáneos, a
quienes fustigó por no temer el «alcanzar un destino de perros, hijos de perra,
parientes del cerdo».
Hay un poema de un autor francés poco
traducido en nuestra lengua, Francis Jammes, contemporáneo y amigo de Paul
Claudel, que se titula Oración para ir al
cielo con los burritos. Allí se lee, a guisa de súplica final:
Dios
mío,
haz que
me acerque a Ti
con los
burritos [...]
haz
que,
en ese
recreo de las almas,
inclinado
sobre tus aguas divinas,
yo me
parezca a los burritos
que
contemplarán su pobreza humilde
y suave
en la limpidez
del
amor eterno.
Pero esto no deja de ser atribuible a la
fantasía y a la emotividad del poeta, que quisiera rescatar para el Cielo todo
cuanto cae bajo su simpatía cordial. La invención teológica de Bergoglio supone
otra cosa, y el cielo que éste parece indicar -a juzgar por la ancha y
espaciosa senda que señala como conducente a él- no debería ser otro que aquel
cuyo ingreso custodia el can Cerbero.
Flavio Infante
Visto
en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/
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