BERGOGLIO, ESE HOMBRE QUE VIVE EN SANTA MARTA
«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).
Dios
no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su
Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para
los hombres.
El
hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que
obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le
revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer
(ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada,
porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta
obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura.
La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144)
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Para
Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un
asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la
palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un
hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:
«El
creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha
de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un
diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).
Por
tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano,
que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una
verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano
apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por
eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:
«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).
El
problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una
tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo
idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a
la fe, no es guía de la fe.
Todo
hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por
tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su
meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa,
no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la
realidad. Su idea le lleva al acto.
El
problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y,
por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo
hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.
Dios
da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva
de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por
tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida
racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela,
encuentra la libertad de su vida:
«(…)
la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica
redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por
conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).
Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:
«La
realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe
instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose
de la realidad» (EG, n. 231).
«La realidad es, la idea se elabora»:
el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies
en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es
la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad,
sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.
Este
es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su
mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa
verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a
Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre
racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios
piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.
No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»;
pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra
en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del
idealista.
La
realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad
son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo
entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla
con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual:
que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo;
no que la razón humana elabore la fe.
Si
la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida
pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a
lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios,
sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.
La
vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay
que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio.
Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a
lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el
demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una
familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es
lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder
comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este
discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa
comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo
que piensa, de lo que obra.
Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es
decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su
idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que
se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes.
Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté
separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad.
Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando
su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre
idea y realidad. Por eso, dice:
«Es
peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del
sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad
es superior a la idea» (Ib).
«La realidad es superior a la idea»:
Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a
un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre
quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su
inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a
ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no
sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad
racional, humana, natural, pero también espiritual.
Pero,
para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo
entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no
hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:
«Esto
supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos
angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos
declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los
fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los
intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que
predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo
gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es
buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia
universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos,
etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por
encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier
verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto
es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa
iglesia.
El
hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran
esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces,
Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la
realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga
mirar su realidad.
Esto
es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto
cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se
les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías,
dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea
que le lleve a lo real, que no tape lo real.
¿Y cómo es esa idea?
«Es
hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo
como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin
separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin
exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es
la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una
élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una
minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento
colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y
cultural» (EG, n. 239).
Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»:
es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un
lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso
hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca
de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión,
ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del
comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya
no sea llamado como, tal, sino una perfección en el obrar del hombre,
porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en
su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.
Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.
Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa,
que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la
vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones,
filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.
Por
tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el
Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural,
histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el
centro del universo.
«El
común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la
compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren»
(Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag.
7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es
sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas
humanitarias.
Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida»
(Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y
toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre
no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado
es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre,
el ángel.
El
hombre idealista abajo lo divino a lo humano: al no creer en Dios como
es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el
hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a
Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.
La
persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios
lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del
Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una
bendición de Dios.
Dios,
al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y
gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo
sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.
Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:
«Nosotros,
los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables
riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de
coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración
de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración,
la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden
transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad
de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos
dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias,
hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos
magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa
realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa
religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ua ha puesto
Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad
gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede
hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad
Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:
«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»:
no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad,
para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de
Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una
belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al
hombre:
«En
la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se
trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica
también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular
a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las
imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la
humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que
transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una
bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con
sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le
hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del
infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la
penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son
verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No
valen para la homilía, para hacer un diálogo.
Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.
Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:
«Necesitamos
contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con
la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La
samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en
misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la
mujer» (EG, n. 120).
«Apenas salió de su diálogo»:
la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le
hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para
hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para
enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no
le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con
ella para tenerla entretenida.
A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:
«El
diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa
multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y
multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se
trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que
no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el
corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el
Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).
Bergoglio
no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan
siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus
ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta
realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas
humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de
estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para
los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es
para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese
diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una
realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica
de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.
Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:
«En
esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un
diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus
alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y
tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es
posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o
de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio
fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó
por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).
Primero
es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores,
de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se
sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos,
consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un
santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que
importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de
todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las
mascotas.
Esto
es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un
Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la
Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su
diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje
barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y
llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.
Muchos
que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque
proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque
siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando,
algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.
Si
Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la
Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no
cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a
muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por
la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por
eso, no saben combatir a Bergoglio no a toda la Jerarquía que se somete a
su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No
saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.
No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.
La
iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de
Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un
mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero
poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.
Bergoglio
es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma
Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una
nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay
una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común,
universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es
la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.
Por
eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta
locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero
que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo
todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad
ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad
y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un
sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para
su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según
sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al
hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la
verdad.
La
verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo
que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.
Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.


