LA CRISIS DE LA FE Y LA RUINA DE LA IGLESIA ROMANA

[Este interesante artículo escrito en 1986- Introducción al Informe sobre la Fe- lo transcribo aquí porque sin duda nos ayudará a comprender el momento actual y de paso entender la figura del Cardenal Ratzinger y su posterior desempeño como “pontífice” y la precipitada sucesión de acontecimientos desde febrero de 2013, fecha en que anunció su renuncia. Me voy a permitir hacer algún resaltado en negrita, de ideas que propongo a la reflexión del lector. El artículo es algo denso y de una lectura nada fácil, pero creo que su lectura merecerá un pequeño esfuerzo]
(Respuesta al Cardenal Joseph Ratzinger)
Dr. Carlos A. Disandro – La Plata, 1986
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Un racconto,
o como dice el original italiano con sentido periodístico un rapporto
sulla fede, verdaderamente impresionante, en diálogo vivo entre el
cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la congregación vaticana para la
defensa de la Fe (ex-Santo Oficio), y el periodista católico Vittorio
Messori, se desarrolla ante nuestros ojos, ya cansados de contemplar
ruinas sobre ruinas, y ante nuestros oídos, cansados de oír las
herejías más demoledoras, los sofismas más nefastos o más refinados, las
elucubraciones más delirantes sobre la Iglesia, el Evangelio y la Fe,
en el marco de la Iglesia Romana, otrora imagen de una imponente congruencia doctrinal y litúrgica. Para nosotros que durante muchos años (vivía todavía Pío XII) combatimos ásperamente la herejía modernista;
que denunciamos los excesos del concilio y del post-concilio en
numerosas clases, cursos, conferencias, durante veinticinco años; que
afrontamos con modestia, pero con decisión, la explicación de la Sacra
doctrina de la Fe, recurriendo siempre a las Fuentes inconcusas e
imbatibles; para nosotros que culminamos esa larga y penosa vía crucis
con la edición del texto latino de la Bula de Paulo IV Cum ex apostolatus officio (1559), con su traducción castellana y sucinta interpretación; con la refutación de la así llamada “teología de la liberación” y de la antroposophía de Karol Wojtyla,
todo lo cual corresponde al umbral cronológico 1982, habiendo comenzado
este combate escrito, en 1956, contra la teología historicista de J.
Daniélou, para nosotros pues no deja de ser sombrío y dramático este
racconto doloroso, que confirma de cualquier manera nuestras inferencias
pasadas, en el preconcilio (1956-1961), en el concilio (1962-1965), en
el post-concilio (1965-1985). Difieren sin embargo las concepciones
implícitas o explícitas sobre las causas del desastre, sobre la
identificación de sus raíces próximas o lejanas, sobre el carácter de
sus consecuencias espirituales, culturales, teológicas, pedagógicas,
etc. Difieren sobre todo los fundamentos teológicos, que
enraizados en la más antigua proferición griega de los primeros
concilios de la Iglesia -y del Nuevo Testamento por supuesto-siguen
siendo norma absoluta de toda inteligencia de la Fe.
Quiero
aclarar también, en esta breve introducción, que no cuenta en este caso
la dignidad que se exhibe fungente en Joseph Ratzinger, cardenal
arzobispo de Munich, ni la autoridad que presupone investir por
concesión de Juan Pablo II, es decir, prefecto de la congregación
vaticana ya aludida. Tales consideraciones nos llevarían sin duda al
problema de la autoridad canónica legítima del cardenal Joseph Ratzinger,
lo que nos apartaría de las cuestiones fundamentales. De hecho, vacante
o no la sede de Munich, vacante o no la prefectura apostólica del Santo
Oficio, por vacancia precisamente de la Sede Apostólica; abolida o no la institución del cónclave
por imperio de la nulidad canónica del cuerpo cardenalicio, el
documento Ratzinger se exhibe con rasgos inconfundibles, dirime aunque
mitigadamente confrontaciones doctrinales, reasume una constancia
semántica de la Fe en la palabra explícita de quien la profiere. Es esto
lo que interesa y por ende la determinación congruente de sus contextos
conceptuales. Respeto la persona del cardenal Ratzinger, no se presenta
como un heresiarca, al menos en el diálogo con el periodista; por el
contrario parece esgrimir con hábil contundencia la secular norma de Fe,
propia de la Iglesia y enfrentar sin ambages, en pocos casos, es
verdad, la herejía, aunque callando el nombre o los nombres de los responsables, fautores o partícipes de la misma. En este sentido, es contradictoria
la secuencia dialéctica del documento Ratzinger-Messori, por cuanto por
lo que podemos establecer es el nombre de Monseñor Lefébvre el que
concita las recriminaciones más duras, desde el mote de “integrista”, a
la débil argumentación sobre la continuidad de la autoridad conciliar del Vaticano II.
Y en cambio ninguna autoridad, ningún nombre, ni siquiera de
teólogo-clérigo, responsable de tanto disparate, insipiencia, desvarío y
malversación de la Fe, en una palabra ningún nombre progresista hace
equilibrio en la balanza, como correspondería, por venir de quien vienen
estas argumentaciones histórico-críticas, teológicas y canónicas.
En
efecto, para citar el pasaje congruente del volumen y dejar despejada
esta cuestión que aunque marginal importa precisamente .para centrar sin
resonancias espúreas las cuestiones que realmente interesan, en páginas
37-39 (.que conviene leer con atención) Ratzinger enfrenta la tesitura
canónica de Mons. Lefébvre, lo nombra varias veces; lo responsabiliza de
la posibilidad de un cisma. “Es evidente que debe hacerse todo lo
posible para que este movimiento no degenere en un verdadero cisma, en
el que incurriría si el arzobispo se decidiera a consagrar obispos”.
Palabra de Ratzinger. Vuelve en otras ocasiones sobre el integrismo
lefebvrista, sobre todo en el capítulo IX (La Liturgia entre antigüedad y
novedad), pág. 131/sgs., aunque desglosando de la pregunta del
periodista lo que pudiera ser o no ser integrista en los reclamos contra
la subversión litúrgica. Frente a esta presencia, cuestionada con
encono, hay muchas, pero muchas extrañas ausencias, como por
ejemplo las de San Pío X, de Pío XII (nombrado de paso dos o tres
veces), la de los grandes liturgistas, gregorianistas de los siglos XIX y
XX, el silencio maligno contra el canto gregoriano, por un lado. Pero
también la ausencia de Juan Pablo II, que puede corroborar o no la
tesitura del cardenal y que en realidad lo minimiza, si no lo condena en otros documentos de sus propios labios.
En este sentido una extraña impresión deja el Rapporto sulla Fede.
Centrado aparentemente en el clima de la urgencia temporal concreta, en
la crisis insoslayable de la Fe, afrontando perfiles igualmente
concretos de ruina y desatino, de impiedad e insipiencia, afirmando una
continuidad inabolible de la Tradición, todo parece explicable sin embargo desde la letra del Vaticano II, Juan XXIII, Paulo VI.
Un relevamiento de nombres y citas confirmaría esta extraña mentalidad
que Ratzinger comparte con Karol Wojtyla: lo que éste llama la Iglesia
del nuevo adviento.
Quiero
apartar todo este contorno enigmático y esta atmósfera inquietante por
lo menos, cargada de incongruencia y fácil reflexión envolvente. Quiero
apartar también la manifiesta ubicación progresista de Messori, cuyas
preguntas suelen reiniciar o animar las constancias conceptuales del
diálogo. Pero sobre todo quiero atenerme a la sustancia que estimo
subyace con veracidad en cuanto afirma o niega el entrevistado
arzobispo. Sin seguir pues los vericuetos de una conversación, a veces
amena y viva, y otras exsangüe y evanescente, prefiero recolocar la
temática compleja, deshilvanada, flotante del cardenal, en una
estructura nítida de pensamiento que me permita afrontar toda cuestión
fácil ó difícil según un estatuto cognitivo riguroso y claro. Tomo como
base una aserción del mismo cardenal en uno de los momentos más
importantes-del diálogo (Cap. 111, pág. 53/sgs.). No hay lugar a dudas
-dice Messori- para el cardenal Ratzinger: lo que ante todo resulta
alarmante es la crisis del concepto de Iglesia, la eclesiología.
“Aquí está el origen de buena parte de los equívocos o de los auténticos
errores que amenazan tanto a la teología como a la opinión común
católica”.
Tres
imágenes del cardenal se sobreponen como las manipulaciones de una
propaganda gráfica en la cubierta de un libro moderno: 1) la que se
deduce de su polémica intervención, acerca de la “teología de la
liberación”, propuesta en un encuentro reservado en el Vaticano, y
publicada en el número de marzo de 1984, de la revista italiana “30 Giorni”. Conozco la versión portuguesa, adelantada por el Jornal do Brasil,
el domingo 22 de abril de 1984. Este texto se encuentra republicado por
Messori en el Informe sobre la Fe, B.A.C. Madrid 1985. Pág. 192-206.
Esta
primera imagen está reforzada por documentos oficiales, suscritos por
el cardenal, en su carácter de prefecto de la comisión vaticana
pertinente, entre ellos desde luego, con fecha 6 de agosto de 1984 (o
sea, con anterioridad a la entrevista del Rapporto), la “Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación” (Revista
Criterio, Bs. As., octubre de 1984, pág. 517-527). A ello se refiere
también de paso el periodista V. Messori. La primera imagen aparecería
nimbada por un fulgor antimasónico, en la línea de León XIII, si nos
atenemos a la “declaración sobre la masonería”,
del 26 de noviembre de 1983, suscrita por Ratzinger y exhibida en la
Argentina al menos como un lábaro tradicionalista, en un modernista
convertido.
La
segunda imagen se configura en el contexto del diálogo con Messori,
según dos perfiles y momentos diferentes, con matices indudablemente
estudiados, si confrontamos el texto del adelanto publicitario, en la
revista Jesu (noviembre de 1984) con el texto completo o presuntamente completo del Rapporto según
el diálogo mismo, publicado no en enero como se esperaba, sino en
julio. Manejo la edición española, ya mencionada, que dice en su
colofón: acabóse de imprimir este volumen el día 4 de julio de 1985.
Esta es una imagen de bonhomía, sencillez, piedad germano-bávara y discreta-profundidad, que produjo en un hombre tan inteligente, informado y severo como el Abbé de Nantes un entusiasmo, pronto disminuido, si confrontamos los dos números de Contra-Reforma, de enero/85, nº 207 y de mayo/85, nº 211.
La tercera imagen está proyectada por el fulgor modernista de sus trabajos teológicos, escritos o publicados entre 1972 y 1982, Les Príncipes de la Theologie Catholique,
febrero de 1985, que según observa el mismo Abbé de Nantes, sale de las
prensas en lugar del Rapporto completo y con la fecha prevista para
éste, o sea inicio de 1985. Asimismo debe incluirse aquí su Introducción
al Cristianismo “una especie de clásico incesantemente reeditado -dice
Messori, op.cit., pág. 22- con
el que se ha formado toda una generación de clérigos y seglares”. Sobre
esta obra y sobre la que cito más arriba, conviene confrontar las
extensas citas y comentarios pertinentes del Abbé G. de Nantes, CRC
nº211, mayo/85, no 212, junio/85, y su referencia en Ratzinger y los anabaptistas, CRC nº 213, julioagosto/85. Esta tercera imagen que absorbe en su fuliginoso resplandor, las otras dos, es la de un
pensador ecuménico, que en la línea de Juan Pablo II da por cancelado
un período de veinte siglos de reflexión teológica y de formulación
dogmática y propone reiniciar la marcha desde Vaticano II en adelante.
Es decir la iglesia del nuevo adviento.
¿Cómo
compaginamos estas tres imágenes y las reducimos a una unidad de
perfil? No se puede ni interesa promoverlo, pues por debajo de ellas
corre una sola energía condicionante: relegamiento y sustitución de la semántica helénica de la Fe, propuesta en Nicea, Efeso y Calcedonia. Eso es todo. Se trata de una teología historicista, aunque no de fundamentos filológicos, como la del cardenal Daniélou, sino de orígenes especulativos, radicados en la fenomenología y en el inmanentismo germánico de origen postkantiano. Es además una teología anti- metafísica, que abomina de la filosofía del ser, y por ende de todo lo que trasiegue-la grandeza parmenídea-y platónica.
Me
mantendré sin embargo en la tesitura del Rapporto, que es evidentemente
el que pretende enlazar todas las constancias para uso de la opinión
cristiana masificada, en Occidente, según una acción propagandística de
otra naturaleza que no me interesa estudiar ahora.
Eran
necesarias todas estas precisiones cronológicas y críticas. Primero
para precisar las fuentes de mi información y los recursos de una
manipulación que por ahora no se entiende muy bien. Segundo para
subrayar una vez más que si no esgrimimos la brújula semántica de San
Atanasio, corremos el riesgo de confundir las cuestiones fundamentales
y minimizar el horizonte de las controversias semánticas implícitas en
ellas. Y tercero, para conceder que todo puede ser releído, repensado,
reactualizado, porque el hombre es un ser histórico, pero también para
destacar que la Sacra Tradición de la Vida Divina, vigente en la Ecclesia, no depende de eso, ni se funda en eso.
Y
bien, según tales trasfondos, atendibles en otros momentos del diálogo,
y según las referencias implícitas que subyacen en la argumentación del
entrevistado, creo necesario proponer un marco sistemático
eclesiológico para dirimir la tesitura, propuesta por el cardenal sin
mayor rigor por cierto. Ese marco parte de un nivel ontológico, el
Mysterio de la Iglesia, se orienta a entrever su patencia en la Semántica de la Fe y en el Mysterio del Culto. Desde aquí podemos bajar luego a todos los temas, a todos los concretos temporales, donde se halla extraviada
la mente católica hoy -y en esto desde luego coincidimos con el
cardenal Ratzinger -en esa selva oscura, lejos de sus orígenes
principiales y de sus fuentes ónticas, hundida en una ciénaga de modernismo profético y utópico, donde opera simultáneamente la deléterea atmósfera de un grosero empirismo y la no menos obsesiva niebla de la gnosis judeo oriental. Seré recapitulatorio y sucinto.
En
un momento de sus reflexiones y precisiones doctrinales el cardenal, a
propósito de la catequesis y de la omisión, relegamiento o simplemente destrucción del catecismo clásico tridentino,
puntualiza los cuatro capítulos fundamentales de esa catequesis: Credo,
Pater, Decálogo, Sacramentos. De acuerdo, para iniciar a los niños,
adolescentes, o al adulto que debe bautizarse es preciso tener una carta
de ruta. Pero confundir la catequesis con el ente sería una
confusión imperdonable, sería como confundir el método con el objeto, o
el sujeto con el discurso cognitivo. Por cierto, un hombre tan trabajado
y trajinado por la filosofía moderna, que debe parte de su forma mentis a una escolástica sui generis,
y parte de su teología fundamental al tridentinismo jesuita, en el que
probablemente se ha formado, no podría sin embargo cometer semejantes
confusiones. De acuerdo. Pero tratándose del panorama que traza el
cardenal, la crisis o quiebra de la catequesis es un resultado
gravísimo, sí, pero de segundo o tercer orden. A causa de su teología modernista, estructuralista, progresista y profética, el cardenal aunque no confunda los planos elige la fenomenología
del ente, y no el ente, elige la recomposición de la ecumene y no la
Iglesia, su entidad teándrica, elige la experiencia histórica de la
Fuente y no la Fuente. Nadie va a atribuir las falencias teológicas de
Rahner, Daniélou, Küng, Boff, etc, y tantos otros a una cuestión de
catequesis. No. Lo que se ha desfondado es la estructura teológica
del Mysterio Cristiano, como vigencia Fiel (o sea de la Fe) y cognitiva
(o sea conceptual, histórica), de la divino-humanidad de Cristo, a
saber, Mysterio Trinitario, Mysterio de Cristo y Mysterio de la Iglesia.
Y este desfonde se ha producido en la Iglesia Jerárquica, es
decir, Obispos y Clero, en los teólogos obispos o no, en la ciencia
teológica post-tridentina y moderna, y en fin no en los niños o
adolescentes, sino en los adultos del pueblo cristiano. La crisis de la
Fe, descripta por el cardenal en términos tan severos, resulta un
verdadero del cuerpo episcopal: por un lado la Iglesia Jerárquica, su
res mystérica, objeto, contenido, principio y fuente de la Fe; por otro
lado, los sedicentes cristianos (en primer lugar desde luego los
obispos), en cuya experiencia religiosa, en cuya plegaria, en cuya
mente, en cuya alabanza, en cuyo acontecer cognitivo, no inhabita esa res mystérica, aunque hayan recibido el bautismo.
La
causa de este desfonde pues no radica en el abandonó de una catequesis y
en su sustitución por otra, asunto en realidad inscripto en las causas
segundas, sin quitarle gravedad ni significación al hecho por supuesto.
La
eclesiología se ha apartado cada vez más de la organicidad mystérica,
aducida., vigente, proclamada, enseñada todavía en un teólogo como
Scheeben (no de tiempos tan pretéritos, hace un siglo efectivamente), y
esa escisión nefasta ha arrastrado consigo todo el edificio de la
Fe Proferida, ha afectado la vigencia de la Fe Proclamada en el mundo y
en oposición al mundo, ha desdibujado el contorno del ser-cristiano, en
el sentido de ser-fiel, de ser de la pistis o de la fides, y no de la
fenomenología, de la historicidad idolatrada, del cambio planificaste,
de las mutaciones proféticas, ni de las integraciones ecuménicas.
Muchas
veces lo hemos descripto en nuestros cursos y lecciones. Los Padres,
los Concilios, los teólogos; las controversias, las herejías, las
sistematizaciones, etc. han partido del Mysterio Triadológico, para
recapitularse en el Mysterio de Cristo, y sugerir su proyección a la
naturaleza y misión de la Iglesia. No hubo un concilio específicamente
eclesiológico. El concilio de Trento no avanzó justamente en esta
dirección y no coronó el edificio teológico con una formulación sobre el
Mysterio de la Iglesia. El Vaticano I estuvo urgido por otra atmósfera y
se interrumpió como sabemos por cuestiones temporales.
Esa es precisamente la gran responsabilidad del Vaticano II, que no sólo no profundizó una eclesiología congruente, sino que abrió el camino a una reversión inesperada y funesta para la Fe.
Las herejías eclesiológicas
hoy, pan cotidiano en toda la Iglesia, reavivan y adensan con otro tono
las herejías trinitaristas y cristológicas, que parecían
definitivamente relegadas. Y es una verdad a medias la que sostiene el
cardenal, cuando afirma que hoy ningún teólogo cuestionaría dentro de la
Iglesia romana la afirmación de las dos naturalezas y la unicidad de la
persona divina en Cristo. Aunque de otro modo, lo dice en efecto así:
“Es difícil, naturalmente, encontrar un teólogo católico que afirme
negar la antigua fórmula que confiesa a Jesús como Hijo de Dios. Todos
dirán que la aceptan, añadiendo sin embargo en qué sentido debería ser
entendida a su juicio aquella fórmula. Y es aquí donde se introducen a
menudo distinciones que conducen a reducciones de la fe en Cristo como
Dios” (pág. 85-86).
En fin, lo que ha caído no es la catequesis, es la Fe en el Mysterio de la Iglesia, en
cuya vida podemos acceder al Mysterio Trinitario y al Mysterio de
Cristo. Y es justamente este alarmante silencio del cardenal, en un
sentido sistemático, lo .que quita fundamento sólido al rapporto, aunque
sea verídica la descripción catastrófica, con que Ratzinger intenta
convocarnos a una reflexión. Pues en dos o tres oportunidades desliza el
cardenal expresiones que perfilan, es verdad, el Mysterio de la
Iglesia, casi como de paso, pero nunca afronta el expositor la cuestión
radical; en la Iglesia romana parece haberse extinguido el saber, la experiencia, la mystica, la
exultación, la especulación, la teología de este Mysterio. ¿No será que
en estas recónditas causas coalíganse las energías que dinamitan la
quiebra de la catequesis? ¿No será que la apostasía frente a ese
Mysterio propone la apostasía del cuerpo episcopal y de lacommunio sanctorum en el sentido con que la explica Ratzinger (cf. pág. 56-57)?
Visto en Católicos Alerta


