LAS CINCO COSAS QUE HAY QUE CREER PARA SALVARSE
Cinco cosas están obligados a saber y a creer, con necesidad de medio, todos los católicos si quieren salvarse:
1. Que hay un solo Dios: no hay muchos dioses.
2.
Que ese Dios es Justo y Remunerador: premia al bueno y castiga al malo.
Por tanto, existe el cielo, el purgatorio y el infierno. En
consecuencia, existe el pecado y la gracia.
3. Que este Dios es Trino y Uno: el dogma del Misterio de la Santísima Trinidad: Unidad de Esencia y Trinidad de Personas;
4.
Que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de
Dios, se hizo carne: el dogma de la Encarnación. Por tanto, el dogma de
la Maternidad Divina;
5. Que Cristo murió para redimirnos de nuestros pecados con su muerte en la Cruz: el dogma de la Redención.
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Sin
la fe actual de estos misterios, nadie se puede justificar ni salvar. Y
no excusa la ignorancia invencible. No se puede confesar a una persona
que no sabe ni cree en estos misterios. No se puede dar la comunión a
nadie que no conozca y crea en estos misterios.
Estas
cinco cosas son un medio preciso y necesario para justificarse y
salvarse. Se quita uno de ellos, sólo queda la condenación clara.
Y
la persona tiene que creer actualmente en estas cinco cosas: no vale
haber creído una vez en la vida. Es necesario que actualmente los siga
sabiendo y creyendo.
Son
muy pocos los católicos que saben y creen en estas cinco cosas.
Verdaderos católicos hay muy pocos. Hoy todo el mundo niega alguna cosa:
ya sea el pecado, el infierno, el demonio, la penitencia, la Divinidad
de Jesucristo, la Maternidad Divina, la Redención del hombre, la
Resurrección, etc…
Estas
cinco cosas forman la fe divina, que se llama así por ser de Dios. Es
lo que Dios ha revelado, es Su verdad Revelada. No es cualquier verdad
que el hombre tiene o adquiere con su mente humana. Es la Verdad que
está en la Mente de Dios y que la Revela al hombre. Y a todo hombre, a
cada alma en particular.
Estas
cinco cosas son la fe católica, que es lo que define la Iglesia, en Su
Magisterio, para ser creído, aceptado por todos sus miembros. Es lo que
Dios habla a Su Iglesia por medio de la Jerarquía válida, verdadera.
Hay
que creer que Dios existe; hay que creer a Su Palabra, lo que Dios ha
hablado a través de todos los Profetas y de Su Hijo, Jesucristo; hay que
aspirar a Dios, tender hacia Él como fin último; es decir, hay que
obrar lo que Dios dice en Su Palabra, hay que hacer la Voluntad de Dios
en Su Iglesia.
¿Estas cinco cosas las enseña Bergoglio? Claramente, no las enseña.

1. Si Dios es único, entonces hay una sola fe, un solo Bautismo: «Sólo un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4, 5).
La
fe, para el católico, es asentir a la Verdad que Dios Revela,
someterse, obedecer, sin poner nada del juicio humano. Y se asiente, no
por la verdad que se revela, sino por la autoridad de Dios, que revela
la verdad y que, por tanto, no puede engañar ni engañarse.
¿Cuál es la fe de Bergoglio?
Un
acto de la mente, no una obediencia de la mente, no un sometimiento de
la mente, no es la obediencia de la fe lo que justifica y salva, sino la
memoria del sujeto, lo que la persona piensa y medita: «la fe (…) es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús» (LF, n.4). «La fe de Abrahán será siempre un acto de memoria» (n.9). «Para Israel, la luz de Dios brilla a través de la memoria de las obras realizadas por el Señor» (n.12). «la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda» (n.25). «El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande» (n. 38). «La Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria» (n. 40). «Este medio son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se comunica una memoria encarnada» (n. 40). «la eucaristía es un acto de memoria» (n. 44). «En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria» (n. 45). «El
mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su
corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto
en su vida» (n. 58).
Si
todo consiste en hacer memoria del pasado para construir un futuro,
entonces no puede darse, para este hombre, la Revelación de Dios. Dios
no habla, sino que deja al hombre que piense y medite. La Sagrada
Escritura es sólo el ejercicio de la mente del hombre, no lo que Dios ha
ido revelando. Desde Abraham, que comenzó a pensar, a hacer un acto de
la memoria, hasta nuestros días: todo consiste en pensar, en hacer
memoria. Y, por eso, Bergoglio tiene que caer en su herejía principal:
«Cada
uno tiene su idea del bien y del mal, y tiene que escoger seguir el
bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para
mejorar el mundo»: en esta frase se ve que no cree en un solo
Dios. Sólo cree en su idea del bien y del mal. Anula a Dios. Dios no es
capaz de revelarle a Bergoglio cuál es la idea del bien y del mal. Él,
en su mente, en su memoria, tiene su idea, la concibe. Y, por tanto,
Bergoglio, en su mente, se forma el concepto de Dios. Y, de esa manera,
se inventa el culto a su idea de Dios. Es decir, que el mismo Bergoglio
se da culto a sí mismo. Busca en él la idea de dios y hace su oración a
esa idea que tiene en su cabeza. Bergoglio se hace un dios para sí
mismo: se fabrica su dios en su cabeza. No puede creer que Dios exista,
que hay un solo Dios fuera de su cabeza. Existe el concepto de Dios en
su cabeza. Existe Dios dentro de su cabeza, pero no fuera de ella. Por
tanto, no es un Dios real, que está fuera de su mente. Es un dios que
vive dentro de su mente.
No
sólo Bergoglio es ateo, sino agnóstico: no conoce a Dios fuera de su
mente. Lo tiene que conocer dentro de su mente, con sus conocimientos,
con sus memorias, con su subconsciencia. Y ahí se queda, dentro de su
mente, adorándose a sí mismo: adorando su idea de Dios, su concepto de
Dios.

Por eso, él exclama: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF,
n.39). Bergoglio no puede creer en Dios, no puede hacer un acto de fe,
un acto de sometimiento a lo que Dios revela. Tiene que coger la Sagrada
Escritura y transformarla, interpretarla según la concepción que él
tiene del bien y del mal. No puede interpretarla en la fe, en la
obediencia a la fe, porque no puede creer por su cuenta. Tiene que
recurrir siempre a su idea del bien y del mal. Es un hombre que ha
rechazado el don de la fe. Y eso supone rechazar la Misericordia que es
lo único que le puede salvar. Y por eso, se fabrica su falsa
misericordia, en la que no puede haber la Justicia, en la que no puede
juzgar al otro, sino que es necesario salvarlo siempre. Y esto es lo
enseña en su nueva iglesia: hace una iglesia de comunidad, de
estructuras, de gente, de pueblo, en las que hay que creer. Hay que
creer en las ideas de los hombres. Ya no es posible creer en un dogma,
en una Tradición. Va a cambiar la tradición por las culturas de los
hombres, por sus políticas, por sus filosofías. No vale en lo que uno
cree por su cuenta. Sólo es válido la fe en una comunidad, en una mente
humana, en un lenguaje apropiado al hombre.
De
anular a Dios como ser real y sólo creer que Dios existe, pero en su
mente, en su concepto, le viene su falso ecumenismo: da culto a su dios
en cualquier iglesia, en cualquier religión, sea musulmana, judía,
budista, etc… Busca la unidad en la diversidad, la unidad en el hombre,
no en Dios. Pone al hombre como el centro del universo. Quita a Dios
como el centro, porque Dios es sólo un concepto de su mente: Dios es
sólo una perfección de su mente. Por eso, él se aplica la ley de la
gradualidad, que es la propia del masón: va perfeccionando, en su mente,
la idea de Dios y, por tanto, se va formando una falsa moralidad, una
falsa ética, una falsa espiritualidad, un falso misticismo, que es lo
que enseña constantemente. Tiene que anular toda ley divina porque anula
que Dios sea uno en la realidad de la vida. Es uno, pero en su mente,
como él lo concibe. Es la unidad que él concibe, no lo que existe en la
realidad.
2. Por eso, para Bergoglio no existe ni el pecado como ofensa a Dios ni la gracia como vida divina.
«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón».
(1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). La gracia no es un ser divino que
da una vida divina al corazón del hombre, sino una luz en su alma: es la
herejía platónica. Esa luz es algo encarnado en el alma, en donde se
encuentra a Jesús:

«para
mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar…el pecado asumido
rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo
Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para
mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado»
(El Jesuita – pag. 100). Esta es su fe fiducial, por la cual Dios no le
imputa el pecado, sino que lo salva a pesar de su pecado. Es la
confianza que da el saber que Jesús ya me ha salvado. Es la sola fe lo
que salva; no es obrar en contra del pecado lo que salva. El pecado es
un lugar donde se encuentra a Jesús. Es su blasfemia, porque está
diciendo que Jesús es el demonio. Donde está el pecado allí el alma
encuentra al demonio, no a Jesús.
Por
tanto, Bergoglio no puede enseñar a un Dios que premia y que castiga,
porque no existe la conversión individual, sino comunitaria. Si el
hombre no puede creer por su cuenta, tampoco puede convertirse por su
cuenta. Luego, todos están justificados y salvados, no se puede juzgar
al otro, hay que meterlo en todas las cosas, hay que hacerlo partícipe
de la vida de la Iglesia, no existe la santidad, la perfección, las
obras conformes a los mandamientos de Dios, sólo existe su falsa
misericordia, la falsa confianza de estar salvados:
«el
verdadero signo de Jonás es aquél que nos da la confianza de estar
salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que
están salvados sólo por lo que hacen, por sus obras. Las obras son
necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta a ese amor
misericordioso que nos salva (…) El síndrome de Jonás nos lleva a la
hipocresía, a esa suficiencia que creemos alcanzar porque somos
cristianos limpios, perfectos, porque realizamos estas obras, observamos
los mandamientos, todo. Una grave enfermedad, el síndrome de Jonás».
Mientras que «el signo de Jonás» es «la misericordia de Dios en
Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación»
(Santa Marta, lunes 14 de octubre – OR, n.42, pag. 12). De nuevo, su fe
fiducial: salva el confiar que Cristo no ha salvado; no salva el
cumplir los mandamientos de Dios. Anula la fe dogmática. No hay pecado,
no hay ley que cumplir, no hay justicia de Dios, no hay premio. Todos al
cielo:
«Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos». (26 de nov. 2014 – OR, n.48, pag 20).
Para
Bergoglio, la conversión es la confianza en Dios (fruto de su fe
fiducial), no es la lucha por quitar un pecado, no es el desapego a las
inclinaciones malvadas del hombre, no es luchar contras las tentaciones
del demonio: «tenemos miedo a la conversión, porque convertirse significa dejar que el Señor nos conduzca» (20 nov. 2014, OR, n. 48, pag. 15).
No te conviertes porque no confías en Jesús, tienes miedo: fe fiducial.
Es una fe ciega: es creer en Jesús, pero no en su doctrina.
La
salvación es gratuita, no es un esfuerzo del hombre: el hombre no tiene
que hacer nada, no tiene que someterse a un dogma, tiene que creer
ciegamente en una memoria encarnada, en una luz que el hombre tiene
dentro de su alma y que descubre con su mente, que va formando con sus
conceptos del bien y del mal:
«convertirse
no es un acto de voluntad»; no se piensa: «ahora me convierto, me
conviene…», o bien: «debo hacerlo…». No, la conversión «es una gracia»,
es «una visita de Dios», es Jesús «que llama a nuestra puerta, al
corazón, y dice: “Ven”». (18 de nov. 2014 – OR, n. 47, pag.
13). Si no hay un acto de la voluntad, no hay un premio ni un castigo.
Hay sólo una guía ciega en Jesús: cree que Jesús te ha salvado. No
tengas miedo a ese pensamiento. Por eso, Bergoglio tiene que hablar de
Dios como un Dios de sorpresas. Si Dios no premia ni castiga, cada día
se encuentra algo nuevo para la vida. Y ése es el camino de la
conversión: la novedad de la mente humana.
Para
Bergoglio, la conversión es una cuestión de estructura, de comunidad,
de misión, de salir de sí: es la conversión estructural, el cambio de
estructuras, de planes comunitarios, de elaborar un plan pastoral en la
que todos participen:
«si
no nos abrimos a la misión no es posible la conversión, y la fe se hace
estéril (…) la conversión debe ser misionera: la fuerza de superar
tentaciones y carencias viene de la alegría profunda del anuncio del
Evangelio,» (22 de nov. 2014 – OR, n. 48, pag. 19). La fe no es
particular, sino comunitaria, del pueblo. Nadie puede creer si no obra
algo pastoral, un servicio al prójimo. Nadie se convierte si no misiona,
si no hace apostolado, si no se pone a servir. Si no se cambian las
estructuras que impiden esta fe del pueblo, no se vive la fe, queda
muerta en los dogmas, en las Tradiciones, en un libro llamado Evangelio,
que se ha quedado obsoleto para el hombre moderno. El que vive su fe
tiene una conciencia aislada, vive en referencia a sí mismo, no a los
demás. El que vive su fe no tiene fe, para Bergoglio:
«Sólo
gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se
convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia
aislada y de la autorreferencialidad» (EG, n. 8). Dios no
rescata al hombre de su pecado, sino de su conciencia aislada, de su
memoria, de su mente, de su vida para sí. Por eso, la fe es un acto de
la memoria. Una vez que Dios rescata, pone la memoria en orden y el
hombre, pensando, concibiendo el bien y el mal, puede obrar para el
otro, abriéndose a la mente de todos, sean santos o pecadores, estén en
gracia o no. Dios no da el don de la fe, ésta se obtiene porque se obra
algo para los demás, se obra para el hombre, porque se sale de ese
autorreferencialismo, hay que abrirse al mundo y a todos:
«La
Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…) Todos
pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden
integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían
cerrarse por una razón cualquiera» (n. 45). Los pecadores
pueden participar de los sacramentos sin distinción, sin problemas,
porque eso es la conversión: inventarse una estructura eclesial para
todos, ya que no existe ni el pecado ni la gracia. Son sólo conceptos,
términos que se emplean para un lenguaje ordenado, gradual entre los
hombres.
«La
otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en
el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a
otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente
fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta
seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo
narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace
es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a
la gracia se gastan las energías en controlar» (n. 94).
Tres
reglas son infalibles en la fe: la Sagrada Escritura, la Tradición y el
Magisterio de la Iglesia. Estas tres reglas han quedado anuladas en
este último párrafo en donde este personaje ataca toda la fe divina y
católica. Él abre las puertas de su iglesia a todos, menos a esas
personas que son fieles a su fe católica, fieles a estas tres reglas de
oro. Ellas son las principales fuentes adonde todos debemos recurrir
para encontrar, sin mezcla de pestilentes humos, las claras luces de la
verdad, las máximas y los principios divinos y humanos, para saber
actuar en la vida eclesial. Bergoglio las anula totalmente.
En
la fe que enseña Bergoglio no hay un Dios que premie o castigue, porque
todos deben confiar en que Dios los ha salvado y, por tanto, todos
pueden entrar en la Iglesia, compartir los Sacramentos, hacer obras
pastorales, y así se salvan por su cara bonita. Cada uno se premia y se
castiga a sí mismo.
Por eso, este hombre cae en su blasfemia contra el Espíritu Santo, que es doble:

3. Negar al dogma de la Santísima Trinidad:
«Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico,
existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y
mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es
mi Ser. ¿Le parece que estamos muy distantes?» (1 de octubre –
OR, n. 40, pag. 13). Creemos que Dios es uno y trino porque Dios lo ha
revelado en la Sagrada Escritura y en el Magisterio auténtico de la
Iglesia. Y es enseñado por toda la Tradición católica.

4. Negar el dogma de la Divinidad de Jesús:
«¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una
persona, es un hombre con carne como la nuestra, pero en la gloria. (Santa Marta , 28 de octubre 2014 – OR, n.44, pag.13). Creemos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad «se hizo carne y habitó entre nosotros». El Verbo es un Espíritu porque es Dios, y «Dios es Espíritu».
Jesús sólo tiene la Persona Divina del Verbo, no tiene persona humana.
Es hombre y Dios, pero sin ser persona humana. Jesús no tenía la carne
como la nuestra porque no tenía pecado en Ella. La Virgen le dio una
carne gloriosa, no sólo humana. Una carne sin pecado, como la de la
Inmaculada, Su Madre.
Con esta blasfemia este hombre pone en Jesús una obra masónica, la fraternidad. No pone la obra de la Redención:
«El
Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el
sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios.
Abba, como Él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y
encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y Él se complacerá en
vosotros». (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). En esta obra,
todos los hombres son hermanos e hijos de Dios. No hay demonios, no hay
pecadores, no hay infierno. Todos han sido salvados porque Jesús lo ha
hecho, ha dado ese don, ese sentimiento de lo fraterno, que sólo existe
en la cabeza de Bergoglio.

5.
En consecuencia, Bergoglio anula el dogma de la Redención humana. Jesús
muere no para salvar al hombre de su pecado, sino para darle el Paraíso
en la tierra:
«Los
más graves entre los males que afligen al mundo en estos años son el
paro de los jóvenes y la soledad en que son dejados los viejos. Los
viejos tienen necesidad de cuidados y de compañía; los jóvenes, de
trabajo y de esperanzas, pero no tienen ni lo uno ni lo otro y lo malo
es que ya no lo buscan. Están aplastados en el presente. Dígame Usted:
¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin
deseo de proyectarse hacia el futuro construyendo un proyecto, un
porvenir, una familia? Este es, a mi manera de ver, el problema más
urgente que la Iglesia tiene que enfrentar» (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12).
En
el acto de su memoria, Cristo no está en la Cruz, sino en los pobres,
Dios no salva mediante la Cruz, sino mediante la pobreza de Jesús, la
salvación no viene de lo alto, sino de la tierra, se ama a Jesús porque
se ama al hombre, a los pobres, se encuentra a Jesús porque se encuentra
a los hombres, a los pobres. El Rostro de Cristo no está en la
Eucaristía, en el Calvario, no es un Rostro ensangrentado por los
pecados, las blasfemias de los hombres, no es un Rostro divino puesto en
la Cruz, sino que es el rostro de los pobres, de los sufrimientos de
los hombres, de los problemas sociales, económicos, políticos, humanos
que tiene todo hombre en su vida:
«Dios
no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto (…) En toda
época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el
mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los
Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres
(…) A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a
mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de
ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. (…) En los
pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a
los pobres amamos y servimos a Cristo (…) Unidos a Él, podemos abrir con
valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana». (Mensaje para la Cuaresma, 26 de diciembre del 2013 – OR, n. 6, pag 3)
Su
comunismo, su teología de la liberación, su obsesión por el dinero, que
está en todas sus predicaciones, discursos, entrevistas, anula la obra
de la Redención humana. Bergoglio no cree en el Altar, en el Calvario,
en el sufrimiento Redentor de Cristo, sino sólo en los hombres. Si ve a
Jesús sólo como un hombre, como una persona humana, la obra de Jesús es
sólo humana, no divina. Y, por eso, la salvación no viene de lo alto,
sino de los hombres, no es una obra divina, que el Padre ha querido en
Jesús, es la obra de los hombres, es como lo quieren los hombres, como
los hombres lo conciben en sus mentes. Y, claro, lo que da popularidad a
Bergoglio es hablar de los pobres, de la pobreza, es combatir a los
ricos, el capitalismo, es hacer su negocio en el Vaticano poniendo lo
que gusta a todo el mundo como ideal a conquistar: la pobreza. Pero, ¿de
qué manera se consigue? Perdiendo la verdad de lo revelado para seguir
las mentiras de todos los hombres.
Muchas
citas más se pueden añadir para ver que Bergoglio no es Papa. Es muy
fácil discernir esto. Hay muchos caminos para ver la maldad de
Bergoglio. Pero, ¿los católicos llaman hereje a Bergoglio? Muchos no son
capaces de hacerlo porque esperan el veredicto oficial de la Iglesia. Y
esperan en vano. No siguen a los Santos, que son los que han vivido la
fe dogmática:
«
… a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror
hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo
de un nombre de salud… Haya buenos predicadores y curas y confesores en
detestar abiertamente y sacar a luz los errores de los herejes, con tal
que los pueblos crean las cosas necesarias para salvarse, y profesen la
fe católica» (San Ignacio de Loyola).
Esto es lo que hacemos aquí: después, que cada uno elija a quién seguir.
La
Iglesia tiene que irse al desierto. Y esto es lo que muchos católicos
no entienden: ¡cómo les cuesta salir de esa estructura del Vaticano y de
las parroquias! Los últimos en salir será la Jerarquía verdadera. Pero
no esperen a ellos, porque ellos saldrán mal. A ellos habrá que
acogerles porque quedarán sin nada. Son los verdaderos católicos los que
tienen que preparar la Iglesia Remanente. Hay que ir al desierto. Allí
está la Virgen y Su Hijo Jesús. Allí está la Verdad de la Iglesia. No
está en los pastores de la Iglesia que obedecen a Bergoglio como Papa.
Ya nadie enseña la Verdad en la Iglesia; y nadie guía hacia esa Verdad.
Ninguna Jerarquía está gobernando su parroquia con la Verdad.
«No
deberían tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía, y a
los convencidos de ella habríase de despojar de todas las rentas
eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por
pastor a un lobo» (San Ignacio de Loyola).
¿Obediencia a Bergoglio? No; nunca.
¿Sometimiento a su mente humana? No; nunca.
¿Seguimiento a sus obras en la Iglesia? No; nunca.
Bergoglio no es Papa: ésta es la Verdad que nadie sigue.


