PEQUEÑO APUNTE DEL DÍA (de pluma ajena)
EL DISCURSO PAN-MASÓNICO DEL PAPA FRANCISCO EN EL PARLAMENTO EUROPEO
“El papa Francisco fue el 25 noviembre a Estrasburgo, invitado por el
Parlamento Europeo. El pensamiento ultra progresista del papa jesuíta
no alentaba muchas esperanzas como para que pronunciarse un discurso
propio del Vicario de Cristo, delante de una institución que ha
rechazado la identidad cristiana de su continente. La ovación
general y el concierto de alabanzas proveniente de los afiliados a las
logias masónicas no dejaron dudas sobre el contenido del discurso
pontifical.
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La palabra “dignidad” fue pronunciada 17 veces, la de “derecho” 13
veces, la de trascendencia seis veces y la de Dios 5 veces. Más allá de
las cifras que muestran una cierta orientación, es una visión
muy antropocéntrica de la sociedad que el Papa ha presentado, teñida de
un deísmo que no parece muy alejado de los pensadores del “siglo de las
luces”.
No es que todo el discurso del Papa no estuviese totalmente
desprovisto de sentido, porque contiene observaciones justas sobre el
mal funcionamiento de las instituciones, pero los derechos del hombre
están omnipresentes, y el discurso no va más allá de los trillados
caminos de la democracia, de la dignidad, de la ecología etc., sin
olvidar la inmigración.
Sobre este último punto, el discurso fue izquierdizante a pedir de
boca: antes de recordar a los dirigentes de los países ricos sus deberes
de desarrollar los países más pobres para que sus poblaciones se
establezcan, el Papa pide que Europa reciba a los inmigrantes, a pesar
de que la inmigración en masa pone en peligro en el corto plazo su
identidad misma. Seguramente que estos inmigrantes son víctimas, pero no
son las víctimas de los países que rechazan acogerlos, sino más bien de
esta mundialización política, económica y financiera, de la cual la
Unión Europea es uno de sus elementos.
El papa Pío XII, no obstante ser europeísta convencido y hasta
obsesionado,y que alentó fuertemente la construcción de la unión
europea, pronunció un discurso muy distinto -por muy católico- a los
asistentes al segundo Congreso internacional para el establecimiento de
la Unión Federal Europea el 11 noviembre de 1948:
“Nadie, a nuestro parecer, podrá rehusar suscribir esta afirmación:
que una Europa unida, para mantenerse en equilibrio y para allanar las
diferencias que surjan en su propio continente-sin hablar ahora de su
influencia en la seguridad de la paz mundial-tiene necesidad de apoyarse
en una base moral inquebrantable. ¿Dónde encontrar esa base? Dejemos
que responda la historia: hubo un tiempo en que Europa formaba, en su
unidad, un todo compacto, y, en medio de todas las debilidades, a pesar
de todos los desalientos humanos, esta unidad constituía para ella una
fuerza; merced a este unión, Europa realizaba grandes cosas. Ahora bien,
el alma de esta unidad era la religión, que impregnaba a fondo toda la
sociedad de fe cristiana.
Desde el momento en que la cultura se separó de la religión, la
unidad quedó disgregada. A lo largo de la historia, prosiguiendo como
una mancha de aceite su avance lento, pero continuo, la irreligión ha
penetrado más y más en la vida pública, y es a ella a la que ante todo
debe este continente sus desgarraduras, su malestar y su inquietud.
Si, pues, Europa quiere salir de esta situación, ¿no es necesario que
restablezca en sí misma el vínculo entre la religión y la civilización?
Por esta causa, Nos hemos sentido gran placer al leer, al frente de
las resoluciones de la Comisión cultural, redactadas a continuación del
Congreso de La Haya en el pasado mayo, la mención de “la común herencia
de la civilización cristiana”. Sin embargo, esto no será bastante si no
se llega hasta el reconocimiento expreso de los derechos de Dios y de su
ley, fondo sólido sobre el cual están anclados los derechos del hombre.
¿Cómo podrían estos derechos, aislados de la religión, asegurar la
unidad, el orden y la paz?”
En síntesis, el papa Pío XII, recordaba, ni más ni menos, la doctrina de la Iglesia: la
laicidad es un veneno mortal, mortal para las almas de las personas a
las que se aleja de Dios, pero mortal también para los países y las
instituciones despojadas de toda base moral y de toda posibilidad de
resistir a una religión peligrosa como el Islam.
Frente a la realidad de falsas religiones peligrosas, las
palabras ” derechos del hombre”, “dignidad” y “trascendencia” no
constituyen a lo sumo más que eslóganes inútiles, cuando no un caballo
de Troya mortal para la civilización cristiana, o lo que queda de ella.
El discurso con un vocabulario masónico del Papa Francisco podría haber
sido “catolicizado” por esta exigencia recordada por Pío XII y que Pío
IX, en la carta encíclica Quanta cura, expresaba en estos términos:
“Allí donde la religión está excluida de la sociedad civil, y
la doctrina y la autoridad de la revelación divina rechazadas, la
verdadera noción de la justicia y del derecho humano se oscurece y se
pierde, y la fuerza material ocupa el lugar de la justicia y del verdadero derecho”
Pero he aquí que el papa Francisco habló de los derechos del Hombre, pero jamás de los derechos de Dios, cayendo en la ilusión perfectamente descripta por Jean Ousset en Para que Él reine:
“ Es demasiado grande el número de aquellos que hoy olvidan que la
Iglesia está ordenada en primer lugar a la más grande gloria de nuestro
señor Jesucristo. Así se originan los desengaños de aquellos que
pretenden convertirla, antes que nada, en una oficina internacional de
defensa de los dichos del hombre o de lucha contra la injusticia social”
Xavier Celtillos
Nota catapúltica
El texto completo del discurso de Francisco en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2014/november/documents/papa-francesco_20141125_strasburgo-parlamento-europeo.html

