PRESOS REVOLUCIONARIOS
Presos revolucionarios
por Carlos Salvador La Rosa
Hay momentos en que las ideologías, cuando se trasladan al mundo real
con amplias dosis de soberbia, ignorancia y fundamentalismo, sólo sirven
para oscurecer cosas que deberían ser muy claras.
Esto viene a cuento por los debates que cada dos por tres aparecen en la
Argentina acerca de cómo debe establecerse la relación con los presos.
Tiempo atrás se generó un inmenso lío con la aparición de "Vatayón
militante", un grupo partidario que liberaba presos para llevarlos a
espectáculos públicos, o que unía al director de la cárcel con los
internos en una misma murga.
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Ahora algo similar apareció con el fallo por el cual se establece que
los presos deben trabajar y percibir un salario con vacaciones,
aguinaldo y tutti frutti.
Ni la Constitución ni en general la sociedad piensan que los presos
deben ser torturados. La gran mayoría cree, además, que trabajar o
estudiar es mucho mejor que permanecer ocioso durante el tiempo de
reclusión. Tampoco nadie se opondría a que tuvieran algún tipo de
entretención.
Pero sin embargo, la forma en que se lo presenta en la Argentina divide
aguas. Por ejemplo, ya están los que no quieren llamar más presos a los
presos porque lo suponen un estigma y entonces los llaman "trabajadores
privados de la libertad".
Todas estas tonterías surgen de personas con lecturas apresuradas del
gran filósofo francés Michel Foucault, del cual no podemos en una
columna explicar sus teorías pero que, en términos muy sintéticos,
suponía que el poder no nace arriba (en los emperadores, reyes o
presidentes) sino abajo.
Que es en lo más bajo de las instituciones sociales donde los poderosos
van dominando al resto de los ciudadanos acumulando su poder: en los
confesionarios aprendiendo los secretos íntimos de la gente, en los
hospitales haciendo experimentos con los enfermos. En las cárceles
ejerciendo sobre el cuerpo de los presos las formas de dominación.
Los ideólogos argentinos han leído eso como que tanto los enfermos
mentales como los presidiarios son, entre muchos otros, víctimas de un
sistema que los usa de conejitos de India para ejercer su poder.
Si a Foucault se le suma un poquito de Marx también mal leído, se llega a
la conclusión de que los presos, al ser explotados por el poder, al ser
sus víctimas, tienen un potencial liberador, revolucionario, dentro
suyo, porque son los que ponen en evidencia los vicios del sistema de
dominación.
Es así que quienes piensan de ese modo ven en los reclusos o en los
enfermos o en los minorías sexuales o incluso en los alumnos de las
escuelas, a víctimas que si se las defiende son capaces de cuestionar al
sistema como antes lo hacía la clase obrera o los intelectuales
revolucionarios.
Esos pensamientos llevados a la realidad son los que generan los
desencuentros. No se trata de devolverles la dignidad a los que se la
han quitado sino de verlos como agentes de cambio. De allí que al preso
haya que convertirlo en un "trabajador", a las minorías sexuales en las
líderes de los nuevos movimientos sociales, a los enfermos en dirigentes
de los hospitales.
Y con los alumnos, más que educarlos, de lo que se trata es que los
profesores aprendan de ellos buscando en el interior de los chicos el
potencial cuestionador que supuestamente poseen.
En síntesis, no se trata de producir reformas en las instituciones con
alta dosis de autoritarismo, lo que es compartido por casi todos, sino
de poner a los reprimidos a hacer política, a convocarlos como los
sujetos de una revolución más imaginaria que real. Un disparate
imposible, además, de ser entendido por la mayoría de los comunes
mortales.


