La Tercera Guerra Mundial
Al regreso de su viaje a Corea el 8 de agosto del año pasado, el papa Francisco declaró que «ya hemos entrado en la Tercera Guerra Mundial, sólo que ahora se combate fragmentariamente, por capítulos».
Una guerra mundial quiere decir una guerra extendida al mundo entero, una contienda a la que no puede escapar nación ni pueblo alguno.
Pero en esta ocasión se trata de una guerra fragmentada, porque los
actores que intervienen no son sólo los estados, las superpotencias,
como en tiempos de la guerra fría.
En aquella época, guerra mundial
significaba el peligro de una guerra nuclear entre Estados Unidos y
Rusia: un conflicto entre dos colosos que inevitablemente habrían
arrastrado consigo a naciones menores dentro de sus respectivas esferas
de influencia. Hoy en día ninguna de ambas superpotencias tiene el poder
que tuvo en otros tiempos.
El imperio soviético se ha resquebrajado, pero también el
estadounidense atraviesa una fase de crisis. Simbólicamente, comenzó a
declinar en 2001, cuando se desmoronaron las Torres Gemelas dejando al
descubierto la vulnerabilidad de dicho imperio. Ahora bien, la crisis
estalló después de las guerras de Afganistán e Iraq. Estas guerras
constituyeron un error, ante todo porque no se ganaron y, para una
potencia de pretensiones imperiales, una guerra que no se gana debe
considerarse una guerra perdida.
También Europa ha perdido una guerra: la de Libia en 2011. Gadafi fue
derrocado, Libia se precipitó en el caos y Estado Islámico ha
conseguido instalar una avanzadilla en el golfo de Sirte. Un inmenso
cráter volcánico se extiende actualmente entre las costas líbicas, la
periferia de Alepo en Siria y la de Bagdad en Iraq; un volcán cuyas
erupciones no tienen su origen en fuerzas ciegas de la naturaleza, sino
en los terribles errores cometidos por Estados Unidos y la Unión
Europea.
Se trata de una guerra civil de alcance mundial, porque es una guerra ideológica y religiosa que se combate en todo el planeta
y de la que sólo ahora empezamos a comprender su alcance. La primera,
aunque no sea la única, expresión de dicha contienda es el islam. No
debemos considerar al islam un enemigo que sólo amenaza a Europa desde
el exterior. El islam tiene a Europa rodeada, pero ya está dentro de
nuestro continente. Ha penetrado en Europa gracias al terrorismo, que
todavía no ha estallado con toda su potencia, y también gracias a las
masas de inmigrantes que la invaden según un plan claramente programado.
Los inmigrantes clandestinos no huyen de la guerra; nos la traen a
Europa.
Desde los años noventa está claro que el islam, en su avance hacia la conquista del continente europeo, sigue dos líneas estratégicas. Una es la línea dura, o sea, la yihad del islamismo radical,
que quiere alcanzar la hegemonía mundial valiéndose de la guerra y el
terrorismo; durante muchos años, su expresión más avanzada ha sido Al
Quaeda, el movimiento de Bin Laden.
El
verdadero enemigo no son los Estados Unidos ni el estado de Israel, que
no existían cuando el islam llegó a las puertas de Viena en 1683, sino
la Iglesia Católica y la civilización cristiana
La línea «suave», el llamado «islam moderado», se
manifiesta ante todo mediante la inmigración y la demografía. Los
Hermanos Musulmanes y, en Italia, la Unión de Comunidades y
Organizaciones Islámicas (UCOII) son ejemplos de esta estrategia de
expansión que actúa dirigiendo las mezquitas, las escuelas coránicas y
los centros de enseñanza islámica. Este ataque a Occidente por medio de dos estrategias complementarias ha experimentado de un año a esta parte una repentina aceleración.
La línea yihadista ha conocido un salto cuántico pasando de Al Quaeda al Estado Islámico
(ISIS o, en árabe, Daesh). En un año hemos asistido al nacimiento y
desarrollo de un estado islámico que tiene como fines declarados la
reconstitución del califato universal que, como ha explicado la mayor
especialista en temas islámicos, Bat Ye’Or, no es el sueño de los
fundamentalistas, sino el objetivo de todo verdadero musulmán.
Pero el fenómeno de aceleración es asimismo característico de la línea yihadista moderada. La inmigración se ha transformado en una invasión masiva y al parecer incontenible de Europa.
En conjunto, nada más en el mes de julio han llegado a suelo europeo
107.500 inmigrantes clandestinos, más del triple que en julio del año
pasado. Las solicitudes de asilo han alcanzado en un año, tan sólo en
Alemania, la cantidad de 800.000. La impotencia de los gobiernos
europeos no revela su incapacidad, sino su complicidad con el plan de
islamización del continente.
En el encuentro de Rimini del pasado agosto, el padre Douglas Al Bazi
declaró que Estado Islámico no es una degeneración, sino el islam
auténtico; islam auténtico y a la vez político que está obteniendo el
poder por medios democráticos. Se trata del anverso y el reverso de una
misma terrorífica medalla. Dos estrategias complementarias de la misma
máquina de guerra.
Eurabia es un proyecto que tiene por objeto dividir a Europa en dos.
La Europa latina y católica, formada por España, Francia e Italia,
caería bajo la influencia islámica. El caos económico y social podría
trastornar estas naciones, y en un clima de inestabilidad, el terrorismo
se asociará a la rebelión de las nuevas masas islámicas. Un nuevo telón
de acero dividiría la Europa protestante del norte, bajo influencia
alemana y angloamericana, de la del sur, arabizada e islamizada. sólo
desde esta perspectiva puede entenderse la cada vez más frecuenta
alusión a la conquista de Roma.
«Libia es la puerta para llegar a Roma». Así se llama la nueva
campaña de terror de Estado Islámico en Libia, que ha publicado en
Twitter una serie de imágenes que muestran a la Ciudad Eterna en llamas
superpuesta a un mapa de Libia con la bandera negra del Califato. En el
mensaje tuiteado por un combatiente de Estado Islámico, Abu Gandal el
Barkawi, se llama a los yihadistas a «ir a Roma, o Romia, pasando por
Libia, que es la puerta para acceder a Roma». En su mensaje, Barkawi
añade: «Los ejércitos otomanos se han lanzado y han sitiado a Roma tras
haber conquistado Libia al sur de Italia» (Ansa.it, 25 agosto de 2015 ).
No se trata de afirmaciones aisladas. Es el mismo
objetivo anunciado hace más de diez años por el imán Yusuf al Qaradawi,
principal representante de los Hermanos Musulmanes, el cual, tras haber
dirigido la «primavera árabe» en Egipto, ha sido condenado a muerte en
ausencia por el tribunal de lo penal de El Cairo el pasado 16 de junio.
Qaradawi es presidente del Consejo Europeo de Fatwa e Investigación,
con sede en Dublín, punto de referencia teológico de las organizaciones
islámicas vinculadas a los Hermanos Musulmanes. Sus ideas, difundidas a
través del canal satelital Al Yazira, influencian a un sector
considerable del islam contemporáneo. Para los Hermanos Musulmanes, al
igual que para Estado Islámico, el objetivo final no es París ni Nueva
York, sino la ciudad de Roma, centro de la única religión que el islam
ha tratado de destruir desde su nacimiento.
El objetivo es Roma, porque la guerra que se está librando,
antes que económica, política o demográfica es, como siempre, religiosa. Porque de Roma salió la fuerza moral que derrotó al islam en 1571 en Lepanto y en 1683 en Viena. El
verdadero enemigo no son los Estados Unidos ni el estado de Israel, que
no existían cuando el islam llegó a las puertas de Viena en 1683, sino
la Iglesia Católica y la civilización cristiana, de la cual la religión de Mahoma no es sino una diabólica parodia.
El papa Francisco no es San Pio V, pero Roma sigue siendo el corazón
del mundo, el centro del Cristianismo, cuya fuerza reside en Jesucristo,
que es quien ha fundado su Iglesia y la sigue guiando. Tenemos que
entender lo que significa Roma para el islam. Y sobre todo debemos
comprender qué debe significar Roma para nosotros. En esta guerra a
nivel planetario sólo se puede lograr la victoria a través de la fuerza
religiosa y moral de Roma.
Roberto de Mattei