OPINIÓN

Por eso haciendo memoria de toda su trayectoria estuve tentado en hacer un homenaje al brillante historiador y respetable hombre público, que se desempeñara en su momento como Director de cultura en la Provincia. Por estar sus meritos y su obra a la vista de todos, resaltaré sólo dos de sus condiciones que lo hacen merecer este miramiento que expongo: ser un tucumano ilustre y un hombre culto.
Como historiador no se ha limitado a la fría tarea de rescatar del olvido hechos del pasado, sino que a lo ocurrido en tiempos pretéritos ha sabido apreciarlo e interpretarlo a través del amor a su terruño, de su adhesión a la gente, a las cosas, al paisaje en que nuestra historia se desarrolló.
Y como hombre culto ha dado relieve al valor que tiene la cultura, el cultivo de los valores morales y espirituales, la indagación del saber, el interés por los conocimientos clásicos y permanentes y no solo por los de aplicación práctica. En tiempos en que a la cultura suele rebajársela a la condición de simple compendio de usos y costumbres, vale la pena memorar que en nuestra patria la cultura tuvo un valor estimable y merece acato a la reverencia, por lo menos, de los que no alcanzamos los altos grados del saber.
Al historiador que ve la historia sintiendo el latido de un corazón tucumano, y al tucumano que ha alcanzado el reconocimiento de las academias por su obra y su cultura, rindo mi homenaje. Y lo hago ahora porque me parece el momento más apropiado ya que su excelsa madures intelectual debe parecer e interpretarse como que Tucumán , y quienes constituimos como ciudadanos a su pueblo, no damos la espalda a los permanentes valores que en Carlos Páez de la Torre se encarnan.
DR. JORGE B. LOBO ARAGÓN
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