Carlos Alberto Sacheri: vida y obras
A
raíz de nuestro post anterior acerca de Jordán Bruno Genta, muerto por
Dios y por la Patria, hemos creído oportuno publicar también aquí las
obras de otro gran laico, civil y católico militante argentino, Carlos Alberto Sacheri, asesinado por denunciar la infiltración marxista dentro de la Iglesia, en su inmortal obra La Iglesia clandestina.
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Ambos, Genta y Sacheri, dieron el buen
combate de la Fe, testimoniando con la palabra, la vida y la sangre,
que el único Señor que merece ser servido, es Cristo Rey. Dios quiera
que algún día lleguen al honor de los altares, para ejemplo y
edificación de muchos.
Agradecemos a nuestro amigo, el Dr.
Héctor Hernández, por habernos facilitado el material y el resumen de
su vida que abajo publicamos.
Obras de Carlos A. Sacheri
- La Iglesia clandestina (descargar AQUÍ)
- El orden natural (descargar AQUÍ)
- Orden social y esperanza cristiana (descargar AQUÍ)
- Esencia, evaluación y estrategia de la ciudad católica (descargar AQUÍ)
- Estado y economía social (descargar AQUÍ)
- Sobre Sacheri puede leerse el libro de Antonio Caponnetto, Carlos Alberto Sacheri. Un mártir de Cristo Rey (aquí)
P. Javier Olivera Ravasi, IVE
Semblanza de Sacheri
por Héctor H. Hernández
Carlos Alberto Sacheri nació el 22 de
octubre de 1933 en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa
María de los Buenos Aires, en una casona que hoy no existe, ubicada en
Avenida Las Heras, esquina Scalabrini Ortiz. El alias que siempre tuvo
en todas partes fue “Buby”.
Fue el cuarto hijo del abogado y general
de la Nación Oscar Antonio Sacheri, de origen familiar piamontés,
argentino nacido en Buenos Aires pero crecido en Corrientes, que supo
tener campos y actividades industriales allí; y de María Elena Kussrow,
argentina, de Buenos Aires, de familia por una parte oriunda de
Alemania, Hannover, y por otra de vieja ascendencia argentina
santafesina. El matrimonio se instaló inicialmente en Corrientes y
alcanzó a tener 7 hijos: Oscar Antonio y Ricardo Federico, nacidos en
aquella ciudad; después que se trasladaron a Buenos Aires nacieron
Magdalena, nuestro Carlos, Jorge Alfredo, María Teresa y Raúl.
Carlos tomó su primera comunión el 3 de
octubre de 1942, en la Iglesia del Carmen. Cursó primario y secundario
en la Escuela Argentina Modelo, de Riobamba 1059 (Buenos Aires),
egresando a fines de 1950. Tenía muchas condiciones artísticas, tocaba
muy bien el piano y la guitarra, actuaba en teatro vocacional y manejaba
desde chico los idiomas inglés, francés y alemán; después conocerá el
latín, el griego, el portugués y el italiano.
Pertenecía a la parroquia del Pilar,
donde fue Presidente de los Jóvenes de Acción Católica, tarea en que lo
sucedió su hermano Jorge. Allí regresó, ya doctorado, y dedicó gran
parte de su tiempo a charlas y conferencias para jóvenes y adultos, que
pronunciaba aunque hubiese muy pocos oyentes.
Cursó estudios jurídicos sin
completarlos, pues aunque la doctrina del derecho en general le
interesaba (a lo que se unía la indisimulable insinuación paterna), le
atraía más la filosofía. Tampoco obtuvo título de grado en esta
disciplina, siendo sus estudios más formales en la materia los que
practicó desde los 15 años con el Padre Julio Meinvielle, principalmente
siguiendo los cursos sobre la Suma Teológica de Santo Tomás en la Casa de Ejercicios de la Calle Independencia, que abarcaron desde el principio de la Suma (clases a las que concurría muchísima gente) hasta el final (donde sólo quedaron Sacheri y unos pocos más). La condición de discípulo, sea respecto de aquel sacerdote, sea de Santo Tomás, se dio en él de un modo fuerte y paradigmático.
Se vinculó al grupo universitario del
entonces jesuita Juan Rodríguez Leonardi, y llegó por esa vía al
profesor Emilio Komar, por lo que sus primeras clases universitarias las
dio en los cursos de éste, en la Universidad del Salvador, a mérito de
lo cual (“profesor en una universidad católica”, la primera de
Argentina) sería luego admitido a la Licenciatura en Canadá sin tener
estudios de grado. Aprendió de Komar el seguimiento de la senda
intelectual que en la Argentina trazaron los Cursos de Cultura Católica,
dirigidos por Tomás D. Casares –abogado y filósofo que alcanzó la
presidencia de la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina–, y
el estilo de “seminario europeo” al que se ceñía el profesor esloveno,
esto es, el de un verdadero diálogo universitario.
En 1956, a los 23 años, inició su único
noviazgo. Se casó con María Marta Cigorraga el 19 de diciembre de 1959,
en la Iglesia Catedral de San Isidro. Exactamente un año después nació
el hijo mayor. Tuvieron ocho: José María, María Marta (nacida en
Canadá), Cecilia María, Pablo María, otra niña que murió poco antes de
nacer (en Quebec, Canadá, hacia fines de 1966), Inés María, María del
Rosario y Clara María Sacheri. Hay 17 nietos de Carlos.
En 1961 ganó la beca del Conseil des Arts du Canada
en concurso internacional para estudiar en la Universidad Laval, de
Quebec, por el período 1961-1963. Pidió licencia en su puesto de trabajo
–era jefe de investigaciones de la Fundación PASS, Programa Argentino
de Seguridad social– y el joven matrimonio partió hacia el norte con su
hijo José, de un año. Su principal profesor allí fue Charles de Koninck,
que quizá haya sido, junto con el P. Meinvielle, uno de los mejores
tematizadores del bien común y su primacía sobre la persona humana,
contra el personalismo maritaineano. No se quedó corto en maestros
nuestro héroe.
Jacques Maritain y el personalismo, con la distinción entre individuo –que sería la parte material del hombre– y persona –que sería lo espiritual–, sostenían que el hombre se subordina al Estado en tanto individuo.
Con lo que el Estado, como el maestro Meinvielle lo puntualizó muy
bien, se convierte en un Estado materialista, que abarca o subordina a
los individuos en su materialidad, en su animalidad. Por donde la lógica
es el Estado absolutista en que el hombre carece de derecho alguno…
Pero hete aquí que el Estado, por su parte, se subordinaría –siempre
según los “personalistas”– a la persona, es decir, a la
dimensión espiritual del hombre… Así se llega no ya a un estado de
derecho, sino a la anarquía. La distinción entre individuo y persona,
así entendida, y las relaciones que Maritain establece, llevan a una
verdadera contradicción: o el Estado es absolutista y materialista, o el
Estado es liberal en un sentido algo espiritualista pero, de suyo,
anárquico.
Estas cosas fueron criticadas con toda
lucidez por De Koninck y Meinvielle. ¿Qué sostienen estos dos contra
aquella doctrina? Pues que no se puede hacer esa distinción entre
individuo y persona. La subordinación al bien común hay que entenderla
no como la subordinación del bien particular al bien común, que en
realidad es algo tan obvio como la que hay de la parte al todo, y la
persona es parte, sino la de la persona al bien común. Todos nos debemos
subordinar al bien común. Que no es el bien de un conjunto de plantas,
ni del Führer, ni del jefe, ni del partido, ni de los otros. Es un bien
que no es ajeno. Es propio y personal, pero no individual mío. Es de
nosotros. Es de la persona pero, en rigor, de las personas, en comunidad. Es el mejor bien de las personas. Es la felicidad de las personas.
Sacheri se licenció en filosofía con mención “magna cum laude”
(título otorgado el 1º de junio de 1963). Además de realizar sus
estudios de licenciatura, dio en Canadá clases, destacándose por su
solvencia y por su claridad expositiva. Llamó la atención de sus
alumnos, y los cautivó, al suprimir los manuales y ponerlos en contacto
directo con los maestros.
Tras una estadía argentina, que fue
desde el invierno de 1963 a 1965, emprendió un nuevo viaje al Canadá
para hacer el doctorado, ya no como becario sino como profesor
contratado. Se doctoró, nuevamente “summa cum laude” (título expedido el 8 de junio de 1968), con la tesis aún inédita, escrita en francés, Existence et nature de la délibération.
Al retornar a la Argentina fue
contratado para seguir dando clases en Canadá, adonde volvía durante los
veranos para aliviar el magro presupuesto familiar.
Es en Canadá donde conoció a Jean Ousset
y al movimiento “La Ciudad Católica”. Se diría que allí, donde le
ofrecieron quedarse, estaba en su ambiente de filósofo: daba clases y
conferencias, dialogaba, enseñaba, estudiaba y aprendía, viajaba en
representación de la Universidad Laval, era conocido y empezaba a ser
admirado por todas partes. En ello coinciden todos los testimonios
recogidos. Sin embargo, le faltaba algo. Le faltaba la Patria.
Él quería enseñar en la Argentina, y
volvió para hacerlo. Se instaló en la casa de San Isidro, que se pobló
con más hijos. Padre y esposo ejemplar, compañero, severo cuando había
que serlo, catequista, buscaba darse tiempo para “estar” en la casa, o
para llevarlo a José, aun desde muy chiquito, a escuchar sus
conferencias.
Retomó su vinculación con la Acción
Católica del Pilar; se unió a la Agrupación “Misión” y al Colegio San
Pablo; participó de “La Ciudad Católica” y colaboró en la revista Verbo, convirtiéndose en el principal referente de todos esos emprendimientos.
Fundó el IPSA (Instituto de Promoción
Social Argentina) y organizó cuatro de sus congresos anuales (1969,
1970, 1971 y 1972). Estos congresos, generalmente eran de tres días, y
aprovechaban las fiestas de la Asunción y de San Martín, cuyos
simbolismos religiosos y patrióticos se utilizaban didáctica y
apostólicamente. Quizá en el plano de la organización social fueron la
obra máxima de Carlos, los que imprimieron su marca, y el indicador del
estilo que, quizás, hubiera tenido cualquier obra suya futura en el
orden político. Se caracterizaban tanto por la ortodoxia como por la
excelencia y el diálogo amistoso, la exclusión de todo sectarismo o
acepción de personas y la exquisita mezcla de ejercicio religioso,
actividad académica, encuentro de planificación política y reunión de
amigos. Continuaron realizándose después de su muerte y llegaron a
totalizar alrededor de 20 de alcance nacional, además de los
regionales.
Dictó cursos de filosofía en el
Instituto Terán y, asimismo, dio clases en el Centro de Estudios
Superiores “San Alberto Magno”, dirigido por Gerónimo Garrido y con Fray
Alberto García Vieyra como Asesor. Pronunció, simultáneamente, cada vez
más conferencias en Buenos Aires y en todo el país, principalmente en
Corrientes, y ante los más variados auditorios, militares, civiles,
académicos, sindicales, religiosos… iba a todas partes. En todas partes
se sabía hacer entender.
Ingresó como profesor en la Universidad
Católica Argentina, donde lo llenaron de clases y cursos en distintas
facultades. Habiendo sido designado para dar filosofía del derecho en la
Universidad Católica de Mar del Plata, no pudo hacerse cargo en virtud
de su segundo viaje a Canadá.
Ganó por concurso el cargo de profesor
de Filosofía e Historia de las Ideas Filosóficas en el ingreso a la
Facultad de Derecho de la UBA, donde fue, además, designado director del
Instituto de Filosofía del Derecho. Son unánimes los testimonios en el
sentido de que cautivaba al alumnado. (Un testimonio que no se ha podido
confirmar asegura que el viernes 20 de diciembre de 1974 había sido
designado director de todo el curso de ingreso de la UBA, lo que
auguraba una acción político-cultural y apostólica mediante la cual se
hubiera ocasionado un grandísimo bien a la Patria.)
Ingresó al CONICET, donde llegó a ser
secretario académico. A pesar de que el Premio Nóbel Houssay se oponía a
su designación, discriminándolo por su catolicismo, éste reconoció su
valía y cultivaron una estrecha relación. Se preocupó por esa altísima
expresión cultural argentina, sobre todo por su buena orientación y por
la necesidad de que, en la Argentina, los investigadores pudieran vivir
de su tarea. Fomentó la creación de distintas asociaciones civiles en
contratación con el Estado para promover aquellos fines. De allí
surgieron el Instituto de Filosofía Práctica, FECIC y muchos otros. Poco
antes de morir, con el objetivo de volver a la investigación, renunció a
ese cargo para incorporarse a la carrera de Investigador Científico.
Sacheri ejercitó y desarrolló un
“patriotismo esencial”, y se incorporó al MUNA (Movimiento Unificado
Nacionalista Argentino), formando parte de su Mesa ejecutiva en
representación del Movimiento de la Nueva República, del que fue
cofundador. El 14 de diciembre de 1974 asistió a la última reunión de
aquella Mesa.
Fue el promotor decisivo de la vuelta a
la actividad de la Sociedad Tomista Argentina, en 1974. Hacía años que
dicha sociedad estaba inactiva, afectada por la conmoción que invadía al
ambiente católico del postconcilio. Fue su secretario durante tres
meses y hasta su muerte. Gracias a este empuje suyo se realizó la Cuarta
Semana Tomista. Después del “envión sacheriano”, la Sociedad Tomista
continuó su actividad prestigiosa sin interrupciones.
En todas las instituciones en las que
participó, dejó la fama de hombre bueno, culto, caritativo, cordial,
inteligente, alegre, completo… santo.
Predicaba sin descanso. Fue a hablar
adonde le pidieran: “Aunque sean tres, yo hablo”. Predicó en aulas
universitarias y dio conferencias, intervino en paneles, organizó cursos
y jornadas, viajó a Lausana, a Suiza, a Venezuela, a Canadá, a Estados
Unidos, a Chile y (mucho) a Uruguay (sus últimos siete años seguidos). Y
escribió. Mucho.
Las primeras etapas de su labor de escritor registran, entre otras, el aliento científico de sus recensiones en Sapientia, desde 1958 al 1960. Desde 1964 empezó a escribir en Verbo, con firma, con seudónimo o en forma anónima.
La amistad con la familia Massot, de La Nueva Provincia,
le abrió las puertas a una serie preciosa de artículos sobre doctrina
social de la Iglesia, que se transformarán luego en su clásico El orden natural, que ahora se reedita.
Su prédica sobre la situación de la
Iglesia y, en especial, su denuncia de la acción de infiltración del
ateísmo marxista, promotor de la lucha de clases a través del
neomodernismo o progresismo, lo exhiben como el hombre adecuado en el
lugar adecuado para hacer la denuncia teológica y puntual y esclarecer
lo que todos estaban esperando. Esa prédica se transformó en los
artículos que, luego, conformaron La Iglesia clandestina, único libro que publicó en vida, si se exceptúa La Iglesia y lo social, en la primera y elemental edición de aquellos artículos del gran diario del sur. “La Iglesia Clandestina”
es, aparte la denuncia teológica y personal de la subversión en la
Iglesia, un llamado a los laicos a construir la Cristiandad. Esto es la
política del Padrenuestro: “sea santificado tu nombre”, en los
individuos y en los grupos; “hágase tu voluntad”, en el cielo, en la
tierra, en la política. En todas partes. Cristo es Rey.
Además de todo esto –¿cómo hacía?… sólo
una capacidad intelectual excepcional, una salud de hierro y un corazón
caritativo pueden explicarlo–, se enfrascó en la preocupación por la
política nacional. Fue el principal referente y fundador de la revista Premisa,
a partir del 11 de enero de 1974, fuertemente opositora del gobierno de
Isabel Perón, cuyo protagonista principal era el poderoso López Rega.
Fueron años de plomo, literalmente. La
guerrilla argentina estaba en su esplendor: constituía un verdadero
ejército, ya sea inspirado de modo textual, original y coherente en las
ideas del ateísmo marxista (ERP) o recalando sustancialmente en ellas
(Montoneros), sin descontar otras organizaciones menores. Se proponían
tomar el poder en la Argentina por la violencia, que incluía secuestros,
asesinatos, colocación de bombas de mortalidad indiscriminada, tomas de
cuarteles, de sedes policiales, empresas, aviones e incluso de
territorio y población, con miras a la “independencia” y el
“reconocimiento internacional”, cosa inaudita en el siglo pasado salvo,
quizá, Colombia. Contaban, como regla de acción, con el maquiavelismo
propio de la “moral” marxista. La guerrilla argentina desplegó un poder
que ninguna guerrilla de la época pudo igualar.
Pero a partir de 1973 se inició, por
iniciativa del propio Juan Domingo Perón, que antes la había alentado,
todo un vasto movimiento contra ella, altamente mayoritario y popular en
el país, del que el jefe justicialista se convirtió en eje, pero que
incluyó –sea en vida suya o, ciertamente, y sin ninguna duda, después–
una sigla que respondía no a una organización propiamente dicha, sino a
grupos enquistados en el poder comandados por José López Rega: la
llamada “Triple A”. Que se guiaba por una “moral” parecida al terrorismo
guerrillero. Durante el período “democrático” el terrorismo fue más
importante y causó más muertes que durante el anterior gobierno militar,
que terminó en 1973.
Sacheri denunció la herejía progresista;
la doctrina y la guerrilla marxista; atacó siempre al liberalismo que
originó la reacción comunista; no incurrió en doctrina ni en sesgos
fascistas; se insertó en las fuerzas políticas nacionales y católicas, y
fue fiero opositor del gobierno de turno encabezado por aquel personaje
tenebroso al que apodaron “el Brujo”, sobre todo mediante su
intervención en el periódico Premisa. De ahí la duda sobre
quién lo mató: ¿fue la guerrilla marxista o el terrorismo de las AAA? –
Lo cierto es que, fuere lo que fuere, en el comunicado firmado por el
“Ejército de Liberación 22 de agosto” , las alusiones burlescas y
sacrílegas a la religión y a Cristo Rey son lo más importante, que
denota una pluma clerical y la revancha por La Iglesia Clandestina.
Monseñor Tortolo, Arzobispo de Paraná y Presidente de la Conferencia
Episcopal Argentina, su obispo Monseñor Aguirre, Monseñor Bolatti,
Arzobispo de Rosario, y Monseñor Derisi, fundador y Rector de la UCA,
públicamente lo consideraron mártir, juicio que repiten innúmeros
testimonios (alrededor de 160), escritos y orales, recogidos en mi libro
Sacheri, predicar y morir por la Argentina.
Pensaba arquitectónicamente: todo el
país, toda su realidad, todas sus facetas. Esto se ve hasta en los
artículos más concretos y circunstanciales. Pero –universitario ante
todo– destacó principalmente la cultura y la educación.
Fue en la Argentina del mes de diciembre
de 1974, la Patria a la que había decidido volver en 1967 para predicar
en ella las verdades del orden natural cristiano y la doctrina social
de la Iglesia, que entendió, cultivó, construyó y aplicó como nadie en
estas tierras. Estaba amenazado. Después de la muerte de Genta se le oyó
decir “el próximo soy yo”. En una de sus últimas conferencias lo
consideró a aquél un mártir de Cristo Rey. Siguió predicando … Fue
asesinado cuando venía de Misa, enfrente de su casa, mientras iba en su
auto con su mujer, sus siete hijos y tres amigos de ellos, alrededor de
las diez y media de la mañana del 22 de diciembre de 1974. Todos
quedaron cubiertos, literalmente, con su sangre.
Fue una catástrofe para la Argentina
doliente, que nos sigue interpelando por la sangre del hermano muerto.
Era el mejor de nosotros. No hemos estado a su altura. Su sangre mártir
es la prenda de un renacer de la Argentina cristiana.
Héctor H. Hernández
* Sacheri, Carlos A., “Naturaleza humana y relativismo cultural”, en “Universitas”, nro. 17, Pontificia Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 1970, p. 63.
