"EL ORDEN NATURAL"
Carlos Alberto Sacheri
"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"
PARTE 2
PARTE 2
1. LA IGLESIA Y LO SOCIAL: SU OBRA HISTÓRICA
Desde
el origen mismo del Cristianismo, la Iglesia ha venido desarrollando
una labor constante por el reconocimiento de los derechos humanos
fundamentales y por asegurar la vigencia práctica de los mismos en los
países a través de los cuales ha ido extendiendo su influencia
benéfica.. La dimensión social de su apostolado se ha traducido
progresivamente en tantas iniciativas e instituciones, que ninguna otra
institución humana podría jactarse de haber realizado obra semejante.
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La
magnitud de lo emprendido impide toda enumeración exhaustiva. Pero
bastará una breve consideración de ciertos hechos significativos para
comprobar hasta qué punto el mensaje de salvación que el Cristianismo
aporta a los hombres se ha reflejado en una obra admirable de promoción
humana y social.El Cristianismo primitivo
El mensaje de caridad evangélica muestra ya en las epístolas de San Pablo su dimensión social. Cuando el Apóstol se dirige al esclavo le recuerda sus derechos a la par que sus obligaciones para con su señor, y de este modo, tan simple y silencioso, la difusión de la fe cristiana fue transformando radicalmente la antigua institución de la esclavitud. El testimonio imparcial de los historiadores de la antigüedad, pone de relieve la eficacia de la labor desarrollada en tal sentido por las primeras comunidades cristianas que se constituyeron a lo largo de todo el Imperio Romano.
El signo característico de la vida evangélica es aquel “¡Mirad cómo se aman!” de los Hechos de los Apóstoles, con el cual los paganos reconocían las consecuencias prácticas de la nueva religión. Millares de mártires, víctimas de crueles persecuciones, testimoniaron con su vida la vocación de paz que los inspiraba.
Durante los siglos II a 5º, los Santos Padres de la Iglesia, tanto latina como griega, desarrollaron en sus escritos un pensamiento profundo en materias sociales y hasta económicas, sentando así las bases de la elaboración teológico moral de los siglos siguientes.
La cristiandad medieval
La crisis del Imperio pagano transformó rápidamente a Europa en un mosaico de pueblos y naciones que se invadían y dominaban entre sí. La fuerza de las comunidades cristianas existentes, y el espíriu abnegado de los misioneros, fueron sentando las bases de la pacificación social. Una nueva Europa surgió paulatinamente, unificada por la común adhesión a los mismos valores religiosos y morales.
Las congregaciones religiosas recientemente surgidas crearon las primeras escuelas, para la instrucción elemental del pueblo. El rico tesoro de las literaturas griegas y latina fueron conservadas por los monjes, mediante el penoso procedimiento de la copia de los manuscritos rescatados de la destrucción y del saqueo vandálico. Gracias a su esfuerzo, la cultura occidental logró subsistir en lo esencial; obra tanto más meritoria si se considera el lastre de inmoralidad que empañaba los valores de tantas creaciones de la Antigüedad.
En el plano social, las realizaciones del cristianismo medieval fueron múltiples. No solo la primacía de los valores religiosos inspiró numerosas iniciativas de tipo asistencial, como ser la creación de hospitales (“casas de Dios”) y dispensarios, asilos de ancianos y orfelinatos, etc. También presidió en materia económica la organización de talleres y de los primeros gremios profesionales, instituciones que organizaban las actividades económicas de cada oficio o artesanía, a la vez que asumían eficazmente la defensa de los intereses comunes frente a la nobleza y al monarca. Lo mismo cabría señalar en cuanto a la marcada descentralización de las comunas y municipios en el orden político, con el reconocimiento de sus autonomías a través de la legislación foral y los privilegios de que gozaban muchas ciudades. En cuanto a la política “internacional”, la autoridad religiosa desempeñó durante siglos la función de árbitro supremo al dirimir los conflictos de los monarcas en litigio, asegurando así la paz entre los pueblos. Por otra parte, no debe olvidarse que la moral cristiana creó una serie de instituciones y usos, como la “tregua de Dios”, la “paz de Dios” , la prohibición del uso de ciertas armas, la inviolabilidad de ciertos recintos, etc., cuyo respeto aseguraba la disminución de la crueldad y de la destrucción, propias de toda contienda. El reciente caso de Biafra muestra el nivel de degradación colectiva alcanzado por las naciones modernas...'
La Alta Edad Media testimonió elocuentemente el valor que la Iglesia asignó siempre al cultivo de las ciencias y de las artes. Surgieron las primeras Universidades (París, Oxford, Bologna) con el es plendor de la elaboración filosófica y teológica (Santo Tomás, San Bueaventura) y el cultivo de las ciencias experimentales (San Alberto Magno, R. Bacon). Las letras y las artes alcanzaron una perfección incomparable con las catedrales góticas, las obras del Dante y los frescos y cuadros de Giotto y Fray Angélico.
Los tiempos modernos
Durante el Renacimiento, la Iglesia presidió el desarrollo de las letras y las artes, cón Papas como Julio 11. Pero al mismo tiempo inspiró sentido misional a los descubrimientos y colonizaciones de nuevas regiones. Los teólogos españoles del siglo XVI sentaron las bases de los derechos humanos, con una precisión que nada tiene que envidiar a la Declaración de la ONU de 1948. Al mismo tiempo elaboraron los principios del moderno derecho internacional y asumieron la defensa de los derechos de los aborígenes. En nuestro país aún existen vestigios de la admirable obra de promoción cultural y social de las misiones jesuíticas, franciscanas, etc.
Frente al capitalismo en formación, la Iglesia reiteró incansable mente la prohibición de la usura, con documentos como la Bula Detestabilis de Sixto V (21-10-1586) y la Bula Vix peruenit, de Benedicto XIV (1-11-1745). Denunció enérgicamente la supresión de los derechos de reunión y de asociación y la disolución de las organizaciones gremiales existentes, por imposición de la ley Le Chapelier dictada por los revolucionarios franceses.
La “cuestión social” acababa de nacer. Las nefastas consecuencias del liberalismo económico y político ensombrecerían el surgimiento del romántico siglo XIX-, con la miseria de cientos de miles de hogares obreros y el empobrecimiento de las clases medias, en beneficio de una burguesía próspera que logró adueñarse del poder político, destronando reyes en nombre del “pueblo soberano” .
Por su parte, la Iglesia, defensora del orden natural y de los derechos humanos, se aprestó a combatir con nuevas armas a los enemigos de la Fe y de la civilización.
2. LA IGLESIA Y LA CUESTIÓN SOCIAL (EL SIGLO XIX)
El proceso revolucionario
Como lo han reiterado incansablemente los Pontífices, sobre todo a partir de Pío IX, los grandes males de la civilización moderna provienen de las erróneas ideologías que se difundieron en las naciones occidentales. La crisis intelectual dio paso a la corrupción de las costumbres, y esta última originó una serie -aún hoy inacabada- de crisis políticas y sociales, de guerras civiles e internacionales, cuya etapa más reciente estaría configurada por la guerra subversiva. El diagnóstico de los Papas es unánime al respecto; para comprobarlo basta con releer documentos tan significativos como el Syllabus de Pío IX e Inmortale Del de León XIII y confrontarlos con la encíclica Ad Petri Cathedram de Juan XXIII e innumerables alocuciones de Pablo VI. Las falsas ideologías llevan a la corrupción moral y ésta desemboca en la subversión social. El surgimiento y la evolución de la llamada “cuestión social” en los siglos XIX y 20 constituyen una prueba elocuente.
Las crisis sociales
La caída del anden régimen de las monarquías europeas, como consecuencia de la Revolución Francesa, perturbó profundamente el orden social, sumando a las consecuencias desastrosas del liberalismo capitalista, la inestabilidad de los regímenes políticos. El pro fundo cambio tecnológico que ocurriera principalmente a lo largo del siglo XVIII y que se conoce con el nombre de “revolución industrial” , contribuyó singularmente a aumentar los desequilibrios sociales existentes bajo el absolutismo monárquico.
La aplicación sistemática de maquinaria de reciente invención al proceso de la producción industrial, coincidió históricamente con el auge del Enciclopedismo o Iluminismo y la formulación del liberalismo económico y político. Lo que estaba llamado a acelerar el progreso económico de la humanidad se vio, pues, desvirtuado por el influjo de las ideologías. El avance tecnológico permitió que la nueva burguesía industrial aumentara constantemente su poder económico, en detrimento de la clase obrera y de la clase media, y hasta de la propia nobleza. Surge así un fenómeno social otrora desconocido: el proletariado. El auge industrial fomentó la deserción rural a la par que favoreció la concentración urbana de la población.
Las familias emigradas no lograban trabajar sino en condiciones misérrimas, carentes de toda protección y estabilidad.
Los abusos de todo tipo y el pauperismo creciente de enormes masas de población, terminaron por hacer tomar conciencia de la necesidad de unirse para defenderse. Así surgen, por un lado, las corrientes socialistas y, por otro, los primeros esbozos de organización sindical.
La cuestión social: sus etapas
Podernos caracterizar a la “cuestión social” como la cuestión de las deficiencias del orden social de una sociedad para la realización del bien común. Su solución supone el análisis de las causas y de los medios para superarlas.
Como toda realidad histórica, la cuestión social ha evolucionado sensiblemente hasta nuestros días. En su transformación podemos distinguir tres etapas principales. En su fase inicial, el problema social se concentró en el pauperismo del proletariado industrial; es la “cuestión obrera”. En una segunda etapa, los efectos perniciosos del capitalismo liberal se extendieron a todos los sectores de la población, agregándose a la cuestión obrera, el problema del artesano, el de la población rural, el de las clases medias y la crisis familiar. Todas las estructuras comunitarias fueron desapareciendo, atomizando a la sociedad en un conglomerado de individuos, inermes ante la opresión de los poderosos y la indiferencia del Estado.
Hacia 1930, la cuestión social toma un nuevo cariz al internacionalizarse. La crisis financiera se extiende a casi todo el mundo y la segunda guerra sume a los pueblos en la inquietud y la inestabilidad. Numerosas naciones cobran conciencia del desequilibrio creciente entre las naciones industrializadas y aquellas que aún no han salido de una economía rudimentaria de tipo agropecuario. El crecimiento demográfico agrava el panorama ya sombrío. Es la “cuestión del subdesarrollo”, abordada por Juan XXIII en Mater et Magistra y por Pablo VI en Populorum Progressio.
La obra de la Iglesia
A medida que las naciones occidentales se iban apartando progresivamente de las convicciones religiosas y de las prácticas morales del catolicismo, la Iglesia fue diagnosticando en forma certera la raíz de los males y puntualizó los principios permanentes de toda auténtica organización social.
Su obra se desarrolló a través de dos medios principales. El uno teórico, el otro práctico. El instrumento teórico lo constituyó la llamada “Doctrina social de la Iglesia” el instrumento práctico es tuvo dado por la multiplicidad de iniciativas de todo tipo, mediante las cuales aquella doctrina fue aplicada concretamente a las diferentes situaciones y problemas.
La doctrina social de la Iglesia existió desde siempre. Podemos decir que comienza con el evangélico “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” La Patrística, la teología medieval, la escolástica del siglo XVI, jalonan su elaboración histórica. Pero es a partir del Papa Benedicto XV que la doctrina es formulada en forma sistemática, metódica, a través de las encíclicas papales. Una pléyade de grandes Papas dio una síntesis coherente y completa sobre todos los problemas de orden social contemporáneo a la luz de los eternos principios del derecho natural y del Evangelio.
En el plano de las realizaciones concretas, surgieron por doquier las primeras medidas prácticas para superar la cuestión social. En todos los países católicos se organizaron centros de estudios sociales, que llevaron a cabo las primeras acciones concretas. El círculo vienés de Vogelsang, el ceritro de estudios sociales de Malinas, fundado por el Cardenal Mercier, los centros alemanes animados por Monseñor Ketteler, los grupos franceses inspirados por Ozanam y por F. Le Play, Albert de Mühn y La Tour du Pin, son otros tantos ejemplos de militancia concreta en lo social.
A estos grupos se debieron la creación del salario familiar, la organización de los sindicatos católicos, la constitución de las primeras mutuales y asociaciones de seguros sociales (accidentes del trabajo, pensiones, etc.) para los mineros austríacos, talleres de capacitación obrera y tantas otras iniciativas admirables realizadas por hombres como León Harmel, modelo del empresario católico.
Nuestro país recibió el influjo de esas iniciativas a través de los grupos del Padre Grote, la J. O. C., los círculos católicos de obreros, las mutuales, etc., cuya admirable historia está aún por escribirse.
