"EL ORDEN NATURAL"
Carlos Alberto Sacheri
"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"
PARTE 3
3. ¿POR QUÉ UNA “DOCTRINA SOCIAL”?
PARTE 3
3. ¿POR QUÉ UNA “DOCTRINA SOCIAL”?
Muchas
personas se sorprenden al constatar que la Iglesia Católica interviene
con frecuencia en el campo de los problemas económicos, sociales,
políticos y culturales, mediante una serie de documentos del
Magisterio, alocuciones, encíclicas, etc. El Concilio Vaticano II ha
reiterado de esta actitud permanente de la Iglesia. Tales hechos
preocupan, pues no siempre se perciben claramente las razones de tal
intervención en terrenos ajenos a lo propiamente religioso.
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Por otra
parte, se observa que esta actitud de la Iglesia al formular una
“doctrina social” constituye una verdadera excepción respecto de las
demás confesiones religiosas, las cuales rara vez se pronuncian sobre
estos temas. ¿No habrá, pues, una extralimitación por parte de la
Iglesia? Y si no la hay, ¿a qué se debe tal intervención y qué
alcances tiene?PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO
Razones de una Intervención
Buena parte de estas inquietudes son las resultantes del espíritu laicista que imperó durante todo el siglo XIX y, entre nosotros, durante buena parte del presente siglo. El laicismo, característico de liberales y de socialistas, relegaba la Iglesia “a la sacristía”; no admitía la menor vinculación entre religión y orden social. Cuando no han sido abiertamente hostiles a lo religioso, sostenían como postura más benigna la total independencia entre la fe y la vida cotidiana.
La posición de la Iglesia Católica en esta materia es completamente diferente a la del laicismo. El Vaticano II la formula con precisión: “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso.” Pero es precisamente de esta misma misión religiosa que derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina... Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el pleno dominio exterior ejercido con medios puramente humanos” (Gaudium et Spes, n. 42).
Pío XII había ya formulado la misma distinción respecto del fin propio de la Iglesia: “Jesucristo, su divino fundador, no le dio ningún mandato ni le fijó ningún fin de orden cultural. El fin que Cristo le asignó es estrictamente religioso [...] La Iglesia no puede perder jamás de vista ese fin estrictamente religioso, sobrenatural. El sentido de todas sus actividades, hasta el último canon de su Código, no puede ser otro que el de procurarlo directa o indirectamente” (9-3-56).
En otras palabras: la Iglesia tiene por misión el conducir los hombres a Dios. Pero los hombres alcanzan su destino eterno según que respeten o no el designio providencial de Dios durante su vida en la tierra. De ahí que la doctrina cristiana haya afirmado siempre la vinculación íntima que existe entre el orden natural y el orden sobrenatural, entre la naturaleza y la Gracia, entre la vida terrena y la beatitud eterna.
Un principio teológico fundamental afirma: “La Gracia supone la naturaleza; no la destruye, sino que la sobreeleva.” En el orden moral, por ejemplo, no hay perfección cristiana real que no implique la rectitud moral natural. Las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad suponen la práctica de la templanza, la fortaleza, la justicia y la prudencia, que son virtudes humanas. Lo sobrenatural añade, por cierto, mayores exigencias a lo simplemente humano, en razón de la mayor perfección del fin a alcanzar; pero supone siempre el respeto absoluto de todos los valores humanos.
Del mismo modo, existe una profunda correspondencia entre las verdades naturales, al alcance de la razón, y las verdades sobre naturales contenidas en la Revelación divina. Así como la caridad presupone la justicia, así también la Fe presupone la razón. Chesterton lo expresaba gráficamente al decir: “Lo que la Iglesia le pide al hombre para entrar en ella, no es que se quite la cabeza, sino tan sólo que se quite el sombrero.
En razón de su misión sobrenatural, la Iglesia debe velar sobre todos aquellos valores y actividades que puedan afectar directa o indirectamente al progreso religioso de los hombres. Su campo específico de acción es lo que hace directamente a la Fe y la moral. Cabe preguntar si esas normas morales pueden regir sensatamente para lo meramente, individual o si, por el contrario, deben abarcar también las actividades sociales de la persona. Evidentemente, la moral incluye ambas dimensiones: lo personal y lo social. “De la forma dada a la sociedad, en armonía o no con las leyes divinas, depende el bien o el mal para las almas” (Pío XII, 1-6-41).
Una “doctrina”
La enseñanza pontificia en materia social constituye una doctrina. Esta presenta tres características principales: 1) síntesis especulativa; 2) de alcance práctico y 3) moralmente obligatoria.
Implica una síntesis teórica puesto que contiene y ordena, en un todo armonioso, un conjunto de principios que cubren todos los aspectos fundamentales del orden temporal, tanto en lo nacional como en lo internacional. 1). Pero esa teoría del recto orden humano de convivencia está destinada a iluminar la acción; tiene un alcance práctico. “Todo principio relativo a la cuestión social no debe ser solamente expuesto, sino que debe ser realmente puesto en práctica” (Mater et Magistra, n. 226).
Por último, la doctrina reviste un carácter de obligatoriedad moral, ya que obliga en conciencia a los cristianos a vivir y obrar en conformidad a sus enunciados: “Esta doctrina es clara en todas sus partes. Es obligatoria; nadie puede apartarse de ella sin peligro para la fe y el orden moral” (Pío XII, 29-4, 1945).
Una doctrina “social”
El punto de partida o la fuente de esta doctrina es doble: la Revelación y la ley natural. Sobre este doble fundamento la Iglesia formula los principios arquitectónicos de todo recto orden social. Es decir, de todo ordenamiento humano.
La necesidad de tal formación, sobre todo en el último siglo y medio, resulta manifiesta si se considera lo dicho respecto de la naturaleza y evolución de la cuestión social. La crisis de la humanidad se ha ido agravando más y más, abarcando todas las actividades e instituciones humanas. Crisis de los derechos humanos; crisis de las familias; crisis de las relaciones laborales, de las empresas y de las profesiones; crisis de las comunidades nacionales; crisis del orden internacional. “Tales son los males que padece el mundo en la actualidad”, señalaba Pío XI en 1922 (Ubi Arcano Dei).
Une doctrina social “cristiana”
El carácter “católico” de esta doctrina social tiene dos aspectos básicos. Es católica, primeramente, porque es formulada a la luz de los principios eternos del Evangelio y vincula constantemente el orden social con las exigencias de la moral cristiana. Pero lo es también por una razón circunstancial: sólo la Iglesia Católica ha emprendido la ardua tarea de criticar todos los desórdenes actuales y formular los principios de su solución.
4. NATURALEZA DEL MAGISTERIO
Necesidad del Magisterio: su origen histórico
En ia concepción cristiana, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una. Así lo profesa el Credo o símbolo de la fe: Creo en la Iglesia, una... Esta unidad es la Iglesia, que como sociedad de todos los fieles consiste esencialmente en una unidad de fe, porque la virtud sobrenatural de fe es el primero de los vínculos que unen al hombre con el Creador: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (San Pablo, Ef. 4, 5).
El Papa León XIII, en la encíclica Satis Cognitum, sobre la unidad de la Iglesia, expone ampliamente la necesidad de un Magisterio que mantenga vigente el mensaje que Cristo trajo a la humanidad. El mandato evangélico acuerda, precisamente, la prioridad a la difusión de la doctrina: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las naciones... Enseñadlas a observar todo lo que os he mandado” (Mt. 28, 18-20). Si la base del catolicismo es la comunión de los fieles en una misma doctrina, resulta absolutamente indispensable asegurar en el seno de la Iglesia la unidad y pureza en la^ transmisión y profundización de la verdad revelada.
¿A qué se extiende el Magisterio?
León XIII enseña qué Jesucristo instituyó en la Iglesia un magis terio viuo, auténtico y, además, perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso que las enseñanzas de dicho magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. San Agustín subrayó la importancia del magis terio y su enorme provecho para las almas: “Si toda ciencia, aún la más humilde y fácil, exige para ser adquirida el auxilio de un doctor o de un maestro, ¿piuede imaginarse un orgullo más temerario, tra tándose de libros de los divinos misterios, que negarse a recibirlos de boca de sus intérpretes y sin conocerlos querer condenarlos?” (De Utilitate Fidei, 17,25). ,
El Magisterio eclesiástico se extiende al conjunto de las verdades de salvación, esto es, a todas las enseñanzas contenidas en la Revelación divina y que son necesarias para que los hombres puedan al canzar su fin sobrenatural. Pero la Palabra de Dios es infinitamente rica en contenido y no se limita a lo expresamente enunciado en la Sagrada Escritura. Lo explícitamente revelado contiene a su vez ver dades implícitas (revelación virtual) de gran utilidad; la razón humana, iluminada por la fe, puede ir desentrañando progresivamente tales verdades. Esta es la labor de la Teología. Así, por ejemplo, la Biblia no dice expresamente que la Virgen María haya nacido sin pecado original o que se encuentre en el cielo en cuerpo y alma; la tradición teológica ha ido elaborando estos dogmas a través de los siglos, y los Papas Pío IX y Pío XII solamente enunciaron la Inma culada Concepción y la Asunción de María, respectivamente.
Pero las verdades de fe o dogmas no bastan para asegurar la santificación de los fieles. El Catolicismo afirma que los hombres han de cooperar activamente con Dios en su propia salvación. Por eso dice San Pablo que la fe sin obras es cosa muerta-, la fe debe ser completada por las virtudes de esperanza y caridad. El mensaje cristiano incluye, pues, un conjunto de principios morales que orien tan la conducta cotidiana de los creyentes. Estas normas murales forman parte de la Revelación divina; por ejemplo, los diez mandamientos que Dios comunica a Moisés o el “Sermón de la montaña,.”
Dentro del orden moral, el Magisterio de la Iglesia se extiende también a aquellas normas fundamentales que la sola razón humana puede alcanzar por sí misma. En este caso, la Revelación y el Magisterio no hacen sino ratificar con su autoridad las certezas naturales. “No matar” , “no robar”, etc., son verdades naturalmente accesibles a todos los hombres, creyentes o no. Pero la Iglesia las ratifica para facilitar su conocimiento y aplicación, dado que el pecado original ha debilitado el poder de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad. Esto es particularmente aplicable a la doctrina social de la Iglesia, la cual no hace sino expresar las exigencias de ¡a justicia y de la caridad en el plano de lo económico, de lo social, de lo político y de lo cultural. En consecuencia,;el Magisterio de la Iglesia se extiende a todas las verdades de fe y a los principios morales, tanto revelados como naturales, que son indispensables para la salvación de los hombres.
El Magisterio del Papa: su carisma de infalibilidad
El primado de la Iglesia es ejercido, por voluntad de Jesucristo, por el Romano Pontífice, sucesor de Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 23). El magisterio es ejercido, dentro de la Iglesia, por el Papa y por los obispos: “Fuera de los legítimos sucesores de los apóstoles, no hay otros maestros por derecho divino en la Iglesia de Cristo” (Pío XII, 31-5-54).
El Vaticano II, en estricta continuidad con el Vaticano I, ha reiterado las enseñanzas de éste respecto de la infalibilidad del Papa. Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad (Lumen Gentium, n. 25). En el mismo documento, expresa: “Esta doctrina [del Concilio Vaticano I] sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles” (id., n. 18).
El Papa ejerce su magisterio en dos formas fundamentales: el magisterio extraordinario y el magisterio ordinario. En el primero define solemne e infaliblemente la doctrina de fe y de moral, siendo su enseñanza absolutamente irreformable; es lo que el Vaticano I expresó con la fórmula ex cathedra. El magisterio ordinario, en cambio, no presenta necesariamente esta nota de infalibilidad, pues no define solemnemente verdades dogmáticas o morales, y tiene gene ralmente un carácteri pastoral, como el Vaticano II lo ha declarado expresamente de sus propios documentos: “Dado el carácter pastoral, el Concilio ha evitado pronunciar de forma extraordinaria dogmas dotados con la nota de infalibilidad; pero sin embargo, ha fortalecido sus enseñanzas con la autoridad del supremo magisterio ordinario; magisterio ordinario y plenamente auténtico que debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles” (Pablo VI, 5-8-64). Debe aclararse que el carácter propio del magisterio ordi nario no ha sido precisado hasta ahora en forma oficial, en lo que a su posible infalibilidad se refiere (ver Humani Generis de Pío XII).
Debe distinguirse el magisterio pontificio del magisterio episcopal o magisterio de los obispos. Este último puede asumir la nota de infalibilidad sólo en la medida de su unión con el Papa. El Vaticano II declara: “La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro” (Lumen Gentium, n. 25). Cada obispo no goza por sí de la prerrogativa de infalibilidad, pero puede proponer infaliblemente la doctrina de Cristo, manteniendo el víncu lo de comunión entre sí y con el Romano Pontífice.
5. EL VALOR DE LAS ENCÍCLICAS SOCIALES
Qué es una encíclica
A partir del pontificado de Gregorio XVI, el Magisterio romano ha empleado cada yez más frecuentemente ciertos documentos denominados “encíclicas” . Con este término se designan las Cartas Apostólicas (Litterae Encyclicae) del Magisterio Oficial de la Iglesia, que el Papa dirige a los obispos de una región o país, o bien más generalmente a todos los obispos del mundo, para exponer o rea firmar la doctrina cristiana sobre temas determinados.
Etimológicamente, encíclica deriva del griego y significa: algo circular, redondo y, por extensión, algo completo, acabado. Así, por ejemplo, el término' “enciclopedia” significa un compendio sobre todos los temas. En este sentido, una Carta Encíclica contiene habi- tualmente una exposición doctrinal completa o, al menos, suficien temente extensa sobre ciertos temas cuyo esclarecimiento... o reafirmación aparece como exigido por las circunstancias.
Naturaleza de las encíclicas sociales
Toda encíclica es un acto del Magisterio ordinario del Papa. En nota anterior se señaló la diferencia entre los actos del Magisterio extraordinario y los; actos del Magisterio ordinario. En estos últimos el Pontífice expone habitualmente, y a través de documentos de diversa naturaleza, ,su enseñanza y sus decisiones concretas de orden pastoral. En este sentido, las Encíclicas constituyen los documen tos más formales y ‘extensos del Magisterio ordinario.
Respecto de las “Encíclicas sociales” debe señalarse que la expresión alude a la temática de dichos documentos, sin implicar por ello una forma o especie particular de los mismos. En esas encíclicas, los Papas de los últimos tiempos, especialmente a partir de León XIII, elaboraron un cuerpo doctrinal sin parangón alguno en la historia humana. En él se contienen los principios rectores de todo orden social auténticamente humano, tanto en lo económico como en lo social, lo político y lo cultural. Principios esenciales que, a manera de estructura arquitectónica, deben configurar todo el orden de las relaciones humanas en sociedad.
Tal formulación doctrinal en el campo social no obedece a una suerte de intromisión de la Iglesia en una esfera ajena a su misión, como sostuvo el laicismo. Ella no establece “normas de carácter puramente práctico, casi diríamos técnico”, pues ello no le compete (Pío XII, Mensaje de Pentecostés, 1941). Le compete, en cambio, juzgar sí las bases de un orden social existente están de acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor ha promulga do por medio del derecho natural y la revelación (op. cit.). “La ley natural. He ahí el fundamento sobre el cual reposa la doctrina social de la Iglesia. Es precisamente su concepción cristiana del mundo la que ha inspirado y sostenido a la Iglesia en la edificación dé esta doctrina sobre dicho fundamento. Cuando combate por conquistar o defender su propia libertad, lo hace por la verdadera libertad, por los derechos primordiales del hombre. A sus ojos esos derechos esenciales son tan inviolables, que contra ellos ninguna razón de Estado, ningún pretexto de bien común podrían prevalecer” (Pío XII, 25-9-49).
En consecuencia, la Iglesia interviene en el campo social en la medida misma en que éste se vincula al orden moral. En la medida en que una sociedad se edifica en el respeto de la persona y sus derechos, favorece el cumplimiento del sentido cristiano de la vida. En caso contrario, al desconocer en los hechos al hombre y su dignidad propia, dificultará la vigencia de los valores religiosos y, en consecuencia, comprometerá la salvación de las almas.
Valor de las encíclicas
La cuestión del valor propio de las Encíclicas del Magisterio ordinario permanece abierta entre los especialistas. El Vaticano 1 no se pronunció sino sobre el Magisterio extraordinario, y el Vaticano II no hace referencia al tema sino en un aspecto particular, aunque muy importante.
El problema se reduce, en última instancia, a saber si el privilegio de la infalibilidad papal se extiende o no al Magisterio ordinario. Una actitud muy simplista y difundida consiste en negar la imperancia a todo acto que no sea ex cathedra. La cuestión dista de ser tan simple y así lo señala Pió XII, en Humani Generis, cuando dice: “Tam poco debe estimarse que lo que es propuesto en las Encíclicas no exige de suyo el asentimiento, por no ejercer en ellas los Papas el poder supremo de su Magisterio. A lo que se enseña por el ministerio ordinario también se aplica la palabra: «Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha»; y casi siempre, lo que está expuesto en las Encíclicas ya pertenece, por otra parte, a la doctrina católica. Si los Papas formulan expresamente en sus actos un juicio sobre una materia hasta entonces controvertida, todo el mundo comprende que esa materia, en el pensamiento y voluntad de los Sumos Pontífices, ya no puede ser en adelante considerada como una cuestión libre entre teólogos.”
Siguiendo a Paul Ñau 0. S. B., el mejor expositor de este difícil tema, cabe señalar que ninguna Encíclica aislada puede aspirar a la infalibilidad de una definición rigurosa de la fe. Pero esa infalibilidad se halla implicada estrictamente cuando se da la total convergencia sobre una doctrina en una serie de documentos, pues tal continuidad excluye por sí toda posible duda respecto del conteni do auténtico de la enseñanza romana. (Une source doctrinales: les Encycliques, ed. du Cédre, París, 1952, p. 75). Es la coherencia, la constancia, la insistencia de una misma doctrina la que asegura, al menos, la equivalencia práctica de la inerrancia.
Así lo reafirma el Vaticano II, al insistir en que los documentos del Magisterio ordinario obligan en conciencia a todos los fieles: “Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de mo do particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano
Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo” (Lumen Gentium, n. 25).
6. CÓMO INTERPRETAR LOS DOCUMENTOS PONTIFICIOS
Una dificultad muy corriente en materia de doctrina social de la Iglesia consiste en creer que tales documentos son de “uso exclusivo” de los Obispos y teólogos o, al menos, restringidos a una élite limitada. Tal confusión suele basarse en la creencia gratuita en la dificultad de interpretar correctamente los documentos pontificios; otras veces se alega que los mismos documentos dan pie a interpretaciones divergentes, peligrosas, etc., razón por la cual se concluye que “mejor es no meterse”.
Saliendo al cruce de tales objeciones, Pío XII señaló que dicha doctrina “es clara en todas sus partes” y afirmó su carácter obliga torio para todo católico (29-4-45). Cierto es que la claridad de las encíclicas no implica necesariamente que cada uno de sus párrafos, sin excepción, sean de una total claridad y no den pie a ninguna divergencia interpretativa. Pero el que tales cosas ocurran no prueba la ambigüedad ni la dificultad de la doctrina, sino que traduce nuestras imperfecciones, nuestroslapriorismos, o nuestras precipitaciones personales.
Por otra parte la doctrina social se dirige primeramente a los Obispos, en cuanto que ellos participan en la obligación de enseñar la verdad cristiana a los fieles, sin retáceos ni falsos compromisos. Pero son los laicos los directamente llamados a aplicar ese cuerpo de principios a la sociedad de la cual forman parte. El mayor error consistiría en hacer caso de tales objeciones y abandonar el estudio metódico de una doctrina tan elevada, profunda y armoniosa, pues ello implicaría renunciar al deber de dar testimonio cotidiano de Cristo. ,
Resulta conveniente recordar algunos principios básicos y de buen sentido en la interpretación de aquellos textos pontificios o conciliares de interpretación controvertida. Podemos resumirlas en las siguientes reglas:
1) Establecer o restablecer el texto auténtico del pensamiento pontificio
Resulta manifiesto que la mejor garantía de una buena interpretación es partir del texto oficial del Magisterio papal y no de versiones poco seguras. Al respecto conviene recordar que el texto oficial de un documento papal es aquel que se publica en las Acta Apostolicae Seáis, editada en el Vaticano. El texto oficial es casi siempre el redactado en latín-, ninguna traducción puede reemplazar la referencia al texto latino. Pero, en general, uno puede remitirse a las traducciones publicadas en il Osservatore Romano, aunque con la salvedad antes expresada. Las traducciones o ediciones hechas por particulares valen según su fidelidad al original. Un ejemplo conocido es el del término “socialización” ; que algunos han pretendido utilizar como sinónimo de socialismo, cuando el texto latino de Mater et Magistra habla de “aumento o incremento de las relaciones sociales” , lo cual nada tiene que ver con el socialismo.
2) Analizar cuidadosamente las expresiones del Papa
Los documentos papales son objeto de una redacción muy pulcra y meditada, luego de numerosas consultas con teólogos y especialistas, según la importancia del tema. Por lo tanto, no resulta serio hacer afirmaciones a la ligera, sin tener en cuenta los matices con que cada principio es formulado. Esto requiere cierto estudio y no el contentarse con una somera lectura.
3) Aclarar el texto verificando los textos paralelos en los que el mismo tema haya sido abordado.
Las reglas de interpretación
Esta es una regla fundamental, pues la experiencia muestra que las mayores dificultades desaparecen al aplicarla. Los textos paralelos son aquellos otros pasajes, de otras encíclicas o alocuciones, en los cuales un Papa ha tocado el mismo problema u otro similar. Al constatar la admirable continuidad de pensamiento que caracteriza a las encíclicas, uno:puede aclarar un pasaje difícil mediante los demás documentos. Este recurso elimina casi todas las dificultades de interpretación. Para! ello se requiere un conocimiento adecuado do los documentos más importantes, lo cual pone a prueba nuestra constancia y seriedad.'
4) La interpretación debe ir del todo a la parte y de la parte al todo
Cada pasaje debe ser ubicado en su contexto inmediato, de modo tal que a partir de cada principio fundamental uno pueda armonizar el contenido del resto y, recíprocamente, el conjunto del texto debe iluminar cada uno de los párrafos.
5) Considerar las circunstancias que han originado el documento
Cada documento emana de una preocupación del Papa frente a situaciones o problemas concretos, más o menos generales. Así, por ejemplo, los discursos de Pablo VI a las Naciones Unidas o a la OIT se dirigen a cierto auditorio, en determinadas circunstancias. Mediante el análisis de tales elementos, uno puede comprender mejor la intención pontificia y medir el grado de universalidad o generalidad de la doctrina expuesta, según que se refiera a un contexto muy particular o a problemas humanos esenciales.
6) Distinguir claramente lo doctrinal de lo prudencial
Todo acto del Magisterio encierra una enseñanza determinada, esto es, un conjunto de principios doctrinales referidos a un problema dado. El enunciado de los principios reviste de suyo un carácter universal, o sea, válido para la totalidad o la mayoría de los casos. Pero además de enunciar principios, las encíclicas y alocuciones incluyen referencias de tipo prudencial, es decir, aplicaciones a si tuaciones o ejemplos particulares. Estos últimos no tienen el mismo alcance universal de los principios doctrinales, púes implican juicios o aplicaciones a casos particulares, en función de las circunstancias propias de cada caso. En estos aspectos prudenciales, resultaría posible cierta inadecuación o confusión por parte del Pontífice, pues en materia tan compleja no compromete al Magisterio como tal. Pero el buen sentido indica que, antes de discrepar con una apreciación prudencial del Papa, debemos inclinarnos en principio a seguir su juicio y aguzar la razón para captar cuáles son los motivos que puedan fundamentarlo. Lo mismo cabe decir respecto de las consignas prácticas o las exhortaciones que casi siempre incluyen los documentos pontificios; su valor se limita a lo prudencial, pero no por eso deben ser desoídos ni descuidados.
7) Aclarar el texto a la luz de la teología y de la filosofía
El contenido de los documentos suele incluir referencias a los Papas anteriores y a las obras de los Padres de la Iglesia y los Doctores. Tales referencias no son recursos de falsa erudición, sino orientaciones concretas que el Papa da para garantizar la recta comprensión de la doctrina que enuncia. Por eso los fieles tienen que recurrir a las enseñanzas de la tradición teológica y filosófica del Cristianismo a lo largo de los siglos. Al respecto cabe señalar el lugar eminente que tiene en la iglesia la doctrina de Santo Tomás de Aquino, único Doctor Universal, pues en sus obras hallamos el más firme fundamento filosófico y teológico de toda buena formación religiosa. Así lo reitera el concilio Vaticano II en dos documentos: Optatam Totius y Gravissimum Educgtionis.
7. ¿EXISTE ACASO UN ORDEN NATURAL?
La cultura moderna ha ido perdiendo gradualmente el sentido del orden a medida que la filosofía se va alejando de la legalidad cotidiana para refugiarse en un juego mental, sin contacto con las cosas concretas. Como consecuencia de este proceso histórico, el hombre fue reemplazando los datos naturales de la experiencia con las construcciones de la razón y de la imaginación.
Las negaciones modernas del orden
Así han surgido en los últimos dos siglos diversas doctrinas, a veces opuestas entre sí, pero cuyo común denominador consiste en la negación de un orden natural.
El materialismo positivista, el relativismo, el existencialismo, coinciden en negar la regularidad, la constancia, la permanencia de la realidad y en particular, la existencia de una naturaleza humana y dejan orden, social natural, que sirvan de fundamento a las normas morales y a las relaciones sociales.
El materialismo positivista sostiene que todo el universo, tanto físico como humano, está constituido por un único principio que es la materia. Afirma que la materia está en movimiento y trata de justificar la variedad de seres de toda especie que existen en nuestro planeta diciendo que las diversas partículas materiales van cambiando de lugar y se asocian como consecuencia de fuerzas mecánicas, que se irían combinando por un azar gigantesco. El azar cósmico es erigido para poder ligar la existencia ele Dios y su inteligencia onienadora del mundo.
Por su parte, la corriente relativista niega la existencia de toda realidad permanente. Apoyándose en la experiencia del cambio, de las variaciones que se dan tanto en la realidad física como en la humana, el relativismo niega toda verdad trascendente y todo valor moral universal,. En semejante concepción todo conocimiento, toda norma ética, toda estructura social, son relativos a un tiempo dado y en un lugar determinado, pero pierden toda vigencia en otros casos. Todo cambia, todo se transforma incesantemente, sin que pueda hablarse de un orden esencial.
En forma semejante al relativismo, la corriente existencialista hace hincapié en la contingencia, en las incesantes variaciones que afec tan a ía condición humana. El hombre carece de naturaleza -proclama el existencialista ateo Jean-Paul Sartre- y al no tener una naturaleza, tampoco existe un Autor de la naturaleza, es decir, Dios (ver Eexistentialisme esi un humanisme, ed. Nagel, París, 1968, p. 22). En consecuencia,.el hombre se construye a sí mismo a través de su libertad; es el mero “proyecto de su libertad” , carece de esencia y sólo existe en un mundo absurdo, sin orden ni sentido alguno.. No hay, por lo tanto, otra moral que la que cada individuo se fabrica para, sí. El existencialismo es un subjetivismo radical, en el cual se esfuma toda referencia a la realidad objetiva.
La raiz del error
En todos estos,apóstoles, del cambio por, el cambio mismo, el rechazo de la Naturaleza y su orden procede de un mismo error fundamental Participan de la falsa creencia de que hablar de “escencia” de “naturaleza”, de “orden”, implica caer en un apostura rígida,, inmóvil, totalmente estática. Esto es totalmente gratuito, pues no hay conexión alguna entre ambas afirmaciones.
El problema real consiste en explicar el cambio, el movimiento. Para poder hacerlo reconocer que en toda transformación hay un elemento que varía y otro elemento que permanece. Si así no fuera, no podríamos decir que un niño ha crecido, que una semilla ha germinado en planta o que nosotros somos los mismos que nacimos alguna vez, hace 20, 30 ó 70 años... Si nada permaneciera, tendríamos que admitir que el niño, la planta o nosotros mismos, somos seres absolutamente diferentes de aquéllos. Para que haya cambio debe haber algo que cambió, es decir, un sujeto del cambio. De lo contrario, no habría cambio alguno.
La filosofía cristiana opone a estos errores una concepción muy distinta y conforme a la experiencia. Más allá de todo cambio, hay realidades permanentes: la esencia o naturaleza de cada cosa o ser. La evidencia del cambio no sólo no suprime esa naturaleza sino que la presupone necesariamente. La experiencia cotidiana nos muestra que los perales dan siempre peras y no manzanas ni nueces, y que los olmos no producen nunca peras. Por no sé qué deplorable “estabilidad” las vacas siempre tienen terneros y no jirafas ni elefan tes, y, lo que es aún más escandaloso, los terneros tienen siempre una cabeza, una cola y cuatro patas... Y cuando en alguna ocasión aparece alguno con cinco patas o con dos cabezas, el buen sentido exclama espontáneamente. “iQué barbaridad, pobre animal, qué defectuoso!” Reacciones que no hacen sino probar que no sólo hay naturaleza sino que existe un orden natural. La evidencia de este orden universales lo que nos permite a distinguir lo normal de lo patológico,. al sano del enfermo, al loco del cuerdo, al motor que funciona bien del que funciona mal, al buen padre del mal padre, a la ley justa de la ley injusta.
La ciencia confirma la existencia de un orden
El simple contacto con las cosas nos demuestra, que lo natural existe en la intimidad de cada ser. Esa naturaleza es la explicación de las operaciones y actos de cada ser-. Porque la hormiga es lo que es, puede caminar y alimentarse y defenderse como lo hace; porque el hornero es como es, puede construir su nido tal como lo hace; porque el hombre es como es naturalmente, puede pensar, sentir, amar y trabajar humanamente ...
Pero la ciencia nos aporta una confirmación asombrosa a la constatación no sólo de que cada ser tiene una esencia o naturaleza, si no de que esa naturaleza es fruto de un Azar ciego, sino que posee un Orden, una jerarquía, una amonía que se manifiesta en todos los seres y en todos los fenómenos.
La simple observaciones nos demuestra. .en efecto, que hay Leyes naturales que presiden los fenómenos físicos y humanos. El hombre siempre se ha admirado de la regularidad de la marcha de los planetas, de las innumerables consteladones; siempre se asombró del ritmo de las estadones, de las mareas, de la generación de la vida. Pero el progreso científico actual, la física y la química contemporáneas, nos dicen que una simple molécula de proteína contiene 18 aminoácidos diferentes, dispuestos en un orden bien estructurado. Una sola molécula de albúmina incluye decenas de miles de millones de átomos, agrupados ordenadamente en una estructura disimétrica. Hoy sabemos que un ser vivo está constituido principal mente por moléculas de proteínas que contienen entre 300 y 1000 aminoácidos. Las transformaciones químicas de las células son catalizadas por enzimas, que a su vez poseen estructuras particulares. Un solo organismo unicelular posee una multitud de proteínas, además de lípidos, azúcares, vitaminas, ácidos nucleicos. ¿Cómo explicar entonces, a la luz de estas constataciones, que la estructura íntima de la materia en sus niveles más elementales exige un ordenamiento tan perfecto, tan delicado, tan constante, para poder producir el más simple de los seres vivos? Si a ello sumamos la existencia no de uno sino de millones de millones de organismos monocelulares y la complejidad pavorosa de los organismos más complejos, ¿cómo sostener que un azar ciego preside tanta maravilla? El moderno cálculo de probabilidades prueba la imposibilidad de una pura combinación fortuita.
En consecuencia, ni el azar ciego del materialismo, ni el relativismo, ni el subjetivismo existencialista pueden explicar, el orden asombroso del cosmos físico y de la vida humana.
Por otra parte, ¿como explicar la coherencia ..de los relativistas, para quienes -como ya lo puntualizó Aristóteles, hace 25 siglos. todo es relativo salvo el propio relativismo?..
8. ORDEN NATURAL Y DERECHO NATURAL (I)
En la nota anterior se puso de manifiesto la existencia de un orden natural, a través.de las asombrosas regularidades que rigen los fenómenos físicos, químicos, biológicos y humanos.
Corresponde ahora determinar si la naturaleza del hombre incluye necesariamente; ciertas leyes o normas que deban ser respetadas por cada persona en su obrar cotidiano. En otras palabras, ¿existe acaso una ley natural, un derecho natural?
Origen del concepto
Desde la más remota antigüedad, los hombres han reconocido que la validez de ciertas normas de conducta escapaban al arbitrio de los legisladores humanos y tenían un origen superior. La Antígona de Sófocles, heroína del derecho natural, enuncia claramente esta creencia común a la Antigüedad: hay leyes de origen divino, que deben ser respetadas por los gobernantes. Por su parte Cicerón lo expresó claramente en el De Legibus: “En consecuencia, la ley verdadera y primera, dictada tanto para la imposición como para la defensa, es la recta razón del Dios supremo” (II, c. V, 11).
Los pueblos de la; antigüedad, situados históricamente antes de la Encarnación de Cristo, participaban, pues, de la convicción de que existe un orden, natural emanado de Dios y que es principio de regulación moral de los actos humanos.
Esta afirmación de ciertos derechos como naturales o esenciales al hombre, se mantuvo a través de los tiempos. Es curioso constatar que, aun cuando tal concepto haya sido negado por algunos autores positivistas (Bergbohm, Kelsen, etc.), la noción de derecho natural reaparece constantemente cada vez que se cuestionan los fundamentos de un orden jurídico o de una ley. Por eso Rommen habla del “eterno retorno” del derecho natural. El caso reciente más significativo ha sido el proceso de Nüremberg sobre los crímenes de guerra nazis, pues ninguna ley positiva había previsto el delito de “genocidio” . Hechos análogos han llevado a grandes juristas como Radbruch o Del Vecchio a reconocer la existencia de un orden supralegal, que sirva de fundamento a las leyes humanas.
¿Qué es el Derecho Natural?
Podemos decir que el derecho natural “es lo que se le debe al hombre en virtud de su esencia” , esto es, por el simple hecho de ser hombre. El derecho natural incluye un conjunto de principios o normas que todo hombre por ser tal puede considerar y exigir como suyo, como algo que le es debido.
El Papa León 13 lo ha expresado claramente al decir: “Tal es la ley natural, primera entre todas, la cual está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana mandando obrar bien y prohibiendo pecar. Pero estos mandatos de la razón humana no pueden tener fuerza de ley sino por ser voz o intérprete de otra razón más alta a la que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad” (Ene. Libertas).
El derecho natural está integrado por todos aquellos principios que los hombres conocen espontáneamente y con seguridad, aplicando su razón natural al conocimiento de su propio ser y de los bienes que le son connaturales y necesarios.
¿Por qué llamamos a estas normas derecho “natural”? Por un doble motivo: 1) porque son descubiertos naturalmente por nuestra razón, ya que la evidencia de su contenido se impone espontáneamente a todos los hombres; y 2) porque son derechos relativos a la esencia o naturaleza del hombre. Así, por ejemplo, el derecho a conservar la propia vida, a contraer matrimonio, a educar a sus hijos, a recibir una educación intelectual y moral, etc., son derechos esenciales a toda persona. Basta una simple consideración de lo que es . el ser humano y de los bienes que le son necesarios para “vivir humanamente”, para que surja la evidencia de que todo individuo posee los derechos antes mencionados.
Por otra parte, todo lo que no es esencial al hombre queda incluido en el llamado derecho positivo, que es aquel que dicta la autoridad competente. Mientras el derecho natural puede ser de ducido del propio ser del hombre, las normas del derecho positivo no pueden ser deducidas de la naturaleza humana y requieren una decisión de la autoridad política. Así, por ejemplo, el derecho a la vida es algo “natural”, como vimos, pero la norma que me impone que debo conducir mi automóvil por la derecha y no por la izquierda es algo meramente impuesto por el legislador.
Si bien ambos tipos de leyes son necesarios y se complementan mutuamente, resulta manifiesto que la ley natural debe ser el fundamento de la ley positiva. Si así no fuera se seguirían tremendas injusticias, como las que caracterizan a los regímenes totalitarios, como el comunismo o el nacional-socialismo (Pío XII, Alocución del 13-11-49).
Las características del derecho natural
Podemos resumir las propiedades del derecho natural en tres notas básicas: universalidad, inmutabilidad y cognoscibilidad.
La universalidad corresponde a la validez del derecho. Dado que deriva directamente de la humana naturaleza, el derecho natural obliga a todos los hombres sin excepción. Resultaría contradictorio, por otra parte, hablar de una ley natural que no rija para todos los individuos que poseen la misma naturaleza.
La inmutabilidad se refiere a la permanencia del derecho. Mientras las leyes positivas deben ser adaptadas, ajustadas después de cierto tiempo, por la diversidad de situaciones a que deben atender, las normas del derecho natural siempre perduran y no son modificables ni derogables. Las leyes humanas pueden ser hasta abolidas si las circunstancias lo exigen; la ley natural perdura siempre. La razón de la permanencia estriba en que la naturaleza humana no sufre cambios esenciales.¡Esto no implica desconocer el carácter “histórico” del hombre, ni, la importancia de los cambios culturales; sólo se afirma que tales cambios, por importantes que fueren, no afectan al hombre en su esencia.
Por último, la cognoscibilidad hace referencia al conocimiento del derecho. El derecho natural es captado espontáneamente por la conciencia moral del individuo; desde la infancia vamos viviendo el contenido concreto de las normas naturales, reconociendo la malicia del robo y de la mentira, por una parte, y por la otra, la bondad de la lealtad, del heroísmo, del afecto, de la vida, de la propiedad, etc.
