LA CONTRAIGLESIA Y EL ANTICRISTO (II y III)
II
La santa aversión de la Iglesia Católica al plan satánico encuentra su
antítesis en la aversión impía de la contraiglesia a la obra de la
Redención. Y la Simia Dei sabe muy bien que debe utilizar
-pervirtiendo su fin- los mismos medios que la Iglesia para lograr su
propósito, si no de derrotar a Dios -algo impensable de lo cual ella es,
con todo, consciente- al menos de condenación para el mayor número de
aquellos que Él ha redimido con Su Sangre. Y de profanación de Cristo en
sus Especies Eucarísticas, en las cuales Él se halla prisionero,
expuesto a los escupitajos y a los ultrajes como cuando fue atado a la
columna y azotado por los verdugos.
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Sólo puede ser comprendido desde esta óptica aquello que León XIII escribió en su exorcismo: enemigos
llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia,
esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han
puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue
establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar
al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el
designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.
Hoy asistimos a esta serie de amarguras, a esta embriaguez de ajenjo,
mientras en Roma se asientan inexplicablemente dos Papas, para escándalo
de los justos y aplauso de los impíos. Un Papa renunciatario que sigue
residiendo en la Alma Urbe vestido como Papa, y otro Papa reacio a ser
llamado tal, que depuso muchas de las insignias de su dignidad
específica, pero que utiliza el poder papal y el ascendente mediático
del que goza para formular afirmaciones en marcado contraste con aquel Depositum Fidei que
él debiera, por el contrario, defender y custodiar. Uno calla
tímidamente, apareciendo en circunstancias oficiales, casi haciéndose
garante de su propio homólogo: ambos reducidos a su mitad, el
primero, por haber abdicado al gobierno pero no al nombre, y el otro,
que teoriza desviaciones doctrinales inconcebibles, hablando sin freno y
sin coherencia para el deleite de los enemigos de Cristo. Un
desdoblamiento irreverente contra la praxis milenaria de la Iglesia y
contra el mandato divino: diarcas de una potestad que, por esa misma
razón, resulta desacreditada, empobrecida y humillada ante el mundo.
Asistimos -desconcertados los unos, desaforadamente entusiastas los
otros- a la paradoja de una casi sedevacancia justo en el momento en el
que, Papas, hay dos. Las palabras de la beata Catalina Emmerich a
propósito de los dos Papas y de las dos Iglesias hubiesen resultado increíbles hasta hace apenas dos años, y nos involucran en esta universal confusión a nuestro pesar.
Y en estos días nos enteramos, gracias a la denuncia de Antonio Socci y
por el silencio cómplice de la Curia y de los Cardenales, que en lo
secreto del Cónclave se habrían cumplido abusos y gestiones tales como
para afectar la validez de la elección de Bergoglio, después de las
anomalías no menores en la abdicación de su predecesor. Sin embargo,
estas revelaciones no hieren en lo más mínimo el descaro del jerarca
argentino, tan ansioso por complacer al mundo cuanto hábil para
deshacerse de cualquier voz disidente: desde los fastidiosos
Franciscanos de la Inmaculada a los varios Prelados más o menos
refractarios al nuevo curso, como Piacenza, Burke, Cañizares y muchos
otros menos conocidos.
Reina la confusión: prerrogativa de todo lo que viene del Demonio. Y la
señal inequívoca de que en toda esta sucesión de novedades inauditas y
de desorientación doctrinal, moral, disciplinaria y espiritual no hay
nada de bueno, nada de santo, nada de católico. Dios ama el orden, la
armonía del silencio, el recogimiento, la claridad inconfundible de Su
Palabra, palabra del Padre que ama a Sus hijos y los quiere salvos sin
engaños, sin trampas, sin equívocos.
Ahora está claro que en la confusión reina Satanás, tan adverso al
silencio cuanto acostumbrado se halla a los gritos de desesperación de
los condenados, a quienes inflige, por cuenta de la Justicia divina, el
suplicio eterno. Es comprensible que aquel estrépito infernal sea la
figura que señala también su momentáneo triunfo sobre esta tierra, y su
ascenso al poder universal. Análoga confusión se ha introducido también
en el Santo de los Santos, donde a la contemplación adorante de la
Liturgia Romana le sustituyó el alboroto indecoroso del Novus Horror: la
Iglesia de Cristo celebra el culto divino entre las volutas de
incienso, mientras la Sinagoga de Satanás adora al hombre deificado con
alborotos tribales. Miserable simia Dei; y más miserable que él,
miserables aquellos que se arrojan a sus pies para servirlo, no sólo en
las instituciones civiles, en los tribunales, en las escuelas, en los
bancos, en los hospitales, en los medios de comunicación y en todo
ámbito del consorcio civil, sino también desde los púlpitos, desde las
cátedras episcopales, desde la Curia romana y, quod Deus avertat, desde el Solio.
Sabemos que estas afirmaciones pueden sonar piis auribus muy
fuertes. Pero, ¿cuándo hemos oído jamás a un Papa estigmatizar, como
también recuerda con admirable lucidez Alessandro Gnocchi, a los jefes del pueblo, a los malos pastores que cargan sobre los hombros de la gente pesos insoportables que ellos no mueven siquiera con el dedo, no
para denunciar la hipocresía de la Sinagoga (con la que él mantiene
indecorosas relaciones), sino para condenar a aquellos Obispos que se
niegan a malvender la Doctrina y deshojar la Moral para secundar el
espíritu mundano y anticristiano del momento presente?
¿Cuándo hemos oído alguna vez a un Papa teorizar la necesidad de cambiar
la Ley divina, concediendo a los divorciados acercarse a la Comunión y
haciéndolos así añadir, al sacrilegio del vínculo sagrado del
Matrimonio, aquel otro horrible del profanar la Santísima Eucaristía y
la Confesión? Y a más, ¿podemos apenas concebir a un Papa que se haga
responsable de llenar el infierno, después de que sus inmediatos
predecesores vaciaron iglesias, seminarios y conventos? El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede cerrarse en las supuestas interpretaciones del dogma, delira
el Obispo de Roma. Pero hubo un tiempo en el que el mundo fue capaz de
cambiar gracias a la Iglesia, en el que Reyes y naciones hincaron la
rodilla ante la Cruz de Cristo, en el que las leyes reconocían la
Realeza universal de Nuestro Señor. El mundo no cambia sin que haya
quien pilotee y dirija los cambios: la contraiglesia conciliar ha
cambiado también al mundo, descristianizándolo en pocos años, y ahora
Bergoglio finge no saber que la situación actual es el fruto de un goteo
continuo de discursos papales, de documentos conciliares, de ejemplos
escandalosos, de encuentros ecuménicos, de abrazos impuros con los
enemigos de Dios.
Se objetará que Bergoglio no ha cambiado todavía la disciplina católica, o que al final lo único que quiere es aggiornar la
pastoral sin cambiar el dogma. Pero, ¿qué pastoral -cuyo objetivo
debiera ser el traducir en actos morales la adhesión del intelecto a la
doctrina- puede contradecir los presupuestos teóricos de los que debe
estar informada y las finalidades para las que existe? Son cosas que
desalientan, y que preanuncian desastres mucho más atroces, que van más
allá de las más oscuras perspectivas de los profetas de desventuras de la época de Roncalli.
Y más: aun admitiendo que no se llegara a la concesión de la Comunión
para los pecadores públicos, ¿no es acaso éste un hecho hoy ya
practicado sin ninguna reserva con el consentimiento del bajo Clero y de
una buena parte de los Obispos? La Iglesia niega los sacramentos a
quien, con sus propios actos, libre y conscientemente, se pone fuera de
la misma, rechazando a Cristo y a Su Ley: divorciados y concubinarios,
suicidas, abortistas, comunistas y ateos practicantes, masones, herejes y
cismáticos. Ahora bien, ¿no es acaso cierto que a todos ellos -¡a todos!- se
los admite a los Sacramentos, les son concedidos funerales religiosos,
pueden ser padrinos de Bautismo o testigos de bodas, participan en Misas
y celebraciones, y, finalmente, se los invita a intervenir en
conferencias católicas o a escribir en revistas y diarios católicos?
¿Qué excomunión se aplica a ellos, si de facto ellos representan a
esta altura una parte integrante de la vida de la contraiglesia, desde
las parroquias más remotas a los Pontificios Consejos o a las Comisiones
Vaticanas, con la aprobación extática de Scalfari y Ravasi?
Hay que recordar que esta praxis no es reciente, y que encuentra su base
ideológica en desviaciones que tienen décadas de antigüedad, fruto del
Vaticano II: la simple afirmación de la bondad intrínseca de la
laicidad del Estado -condenada por el Magisterio Infalible pero aun así
afirmada y defendida por Juan Pablo II y Benedicto XVI- implica un
reconocimiento del matrimonio civil, que ante Dios no es más que una
arrogante réplica laica del Matrimonio Católico, y que contempla
asimismo el divorcio como legalmente sancionado por la ley civil. ¿Hemos
oído alguna vez aunque sea a un Obispo postconciliar pronunciarse en
contra del matrimonio civil, recordando que ello conlleva para los
católicos la excomunión latae sententiae, o no hemos más bien
escuchado a algunos Prelados afirmar impunemente, y sin ninguna censura
vaticana, que esto es preferible a la legalización de las uniones de
hecho? ¿No se ha podido leer por estos días la alucinación del Prepósito
General de los Jesuitas, que afirmaba haber más amor cristiano en
muchas parejas irregulares que en muchas parejas regularmente casadas
por iglesia?
No está fuera de lugar mencionar que sería no sólo conveniente, sino
incluso obligado poner como ejemplo y paradigma de referencia para los
esposos católicos la Sagrada Familia, y no las parejas divorciadas: el
hombre tiene necesidad de nobles ideales a los que aspirar, no de
escuálidos compromisos o de mezquinas mediocridades. Y aún otro rasgo
característico de la contraiglesia: el deseo de considerar siempre y de
todos modos a los fieles como indignos de la magnificencia de los ritos,
del esplendor del arte cristiano, de las excelsas cumbres de la
espiritualidad católica, de las profundidades de la teología, en nombre
de una simplicitas calvinista, de un pauperismo de limosna, de
una ignorancia que ellos quieren imponer desde lo alto, casi para evitar
que se pueda comprender el gran engaño perpetrado desde el Vaticano II
en adelante.
En vez de elevar al pobre de la miseria, se anulan por vía de autoridad
las riquezas de las que éste se halla privado; en vez de elevar al
simple al conocimiento de la Verdad, se banaliza la doctrina y se
empobrece la moral; en vez de indicar la santidad heroica, se la
disminuye. A la elección del camino real de la Cruz y de la
mortificación se prefiere el cómodo sendero de una falaz alegría
autorreferencial. No más Cuaresma: sólo pascuas privadas de sentido.
Desde esta óptica, ¿por qué dos esposos tendrían que pedir a Dios que
les conceda la Gracia a través de la cual afrontar y superar las
pruebas? Si de todos modos se es salvo, y si se salvan también los
mahometanos polígamos, ¿por qué vivir el matrimonio como una cruz
bendita gracias a la cual se merece el cielo?
Por supuesto, más allá de las decisiones reales del Sínodo que se
celebra en estas semanas, el daño ya está hecho: la opinión pública tuvo
su contramagisterio de parte de la prensa, siempre diligente en la
difusión del error y en el pilotear ideológicamente a las masas. El magisterio líquido en
el que sobresale Bergoglio, habilísimo en la formulación de juicios
ambiguos, pero de los cuales los medios ofrecen la interpretación
auténtica, que parece perfectamente coherente con la mens del inquilino de Santa Marta. Y no es casualidad que el Sínodo haya sido blindado, en desafío a la tan cacareada parresia, para
impedir a los Obispos hacer oír su propia voz católica contra las
directrices ultraprogresistas del lobby bergogliano encabezado por el
cardenal Kasper, patrocinado también en sus indigestos libelos ad usum delphini.
Claro, es fácil proponer ofertas de fin temporada doctrinales en
nombre de una adecuación a las nuevas y complejas realidades del pueblo
cristiano, pero ¿quién es el responsable de estos malos hábitos
generalizados, si no el Clero? ¿Dónde estaban todos estos Pastores
cuando se desertaban las Misas dominicales, cuando los matrimonios
católicos mostraban signos de peligrosa disminución, cuando las
separaciones y los divorcios se multiplicaban? ¿Dónde estaban cuando las
vocaciones menguaban drásticamente, cuando las Órdenes religiosas
contaban más defecciones que nuevos profesos? Ah sí, estaban ocupados -absit injuria verbo- en putanear con los reyes, en recibir en audiencia a los masones, judios y perseguidores de los cristianos, en hacer eucaristía,
en decidir nombramientos y ascensos en sus camarillas. Y los párrocos
que lanzaban señales de alarma eran señalados como fanáticos; aquellos
que rechazaban la admisión de los indignos al matrimonio eran
amonestados en la Curia y repudiados en público por su Obispo. Marchaba
todo bien, tenía que marchar todo bien, incluso contra toda razón: era la formidable primavera conciliar, y
quien levantaba dudas era culpable de derrotismo. Era la época en la
cual, al igual que otras manifestaciones oceánicas no menos miserables
del pasado reciente, nos contentábamos con un Papa que sabía reunir a su
alrededor a miles de jóvenes, debiendo luego confiar a los barrenderos
la recolección de miles de preservativos dejados por esos jóvenes en los
campamentos después de las Jornadas Mundiales de la Juventud, prueba
tristísima de la inanidad de aquellos entusiasmantes consensos.
III
Hechas estas consideraciones, es evidente que la contraiglesia no puede hoy
negarse a sí misma después de haber extendido las premisas doctrinales
de la descomposición moral de la que ella es artífice y principal
responsable. Sólo gracias a la Dignitatis Humanae se plasmaron
generaciones de católicos vueltos ideológicamente eunucos en la
confutación de cualquier error, primero sobre la base de una presunta
tolerancia, luego en la plena aceptación de las sectas y, finalmente, en
el reconocimiento de un indebido respeto hacia las más absurdas
idolatrías: al punto de ver al Vicario de Cristo besar el Corán o
hacerse marcar en la frente con la señal de Shiva (Juan Pablo II), y a
su digno sucesor recibir la bendición de un exaltado carismático, de un
sedicente «obispo» anglicano o de un pastor valdense. Arrodillado o
inclinado, humillando ante un hereje la suprema dignidad apostólica que
él detenta. Dignidad ya postrada por Paulo VI cuando depuso la tiara, de
la que él era sin dudas indigno, pero de la que, sin embargo, Dios le
había ceñido la cabeza para que fuese el Vicario, y no el apóstata.
En perfecta armonía con el indiferentismo religioso profesado por el
Sanedrín romano, los Estados han hecho propia la tolerancia hacia
cualquier culto. Alguien temió entonces que cundiera el riesgo de que,
llevado a las extremas consecuencias este principio, se llegara a
conferir el derecho de ciudadanía incluso a satanistas -y fue
inmediatamente tildado como exagerado. Sirvió para entender, justo por
estos días, que la celebración de una misa negra en el Centro Cívico de
la ciudad de Oklahoma es perfectamente legal y que la Iglesia no tiene
ninguna potestad para intervenir pidiendo la prohibición, dado que el
Estado es laico y no quiere meterse en disputas teológicas. Pero bien
vistas las cosas, ¿a quién le debemos la abolición de la Religión de
Estado en naciones católicas, desde Italia a España, si no a la obra
diplomática de Secretarios de Estado y de Nuncios Apostólicos, bajo
mandato de los Papas del postconcilio? ¿De qué se lamentan ciertos
Prelados? ¿No querían la libertad de religión? Ahora pueden invitar a
Asís, aparte de los adoradores de ídolos, a los servidores del Maligno y
los celebrantes de misas negras. Por otro lado, con sólo conocer los
rituales de Kiko Argüello o el modo en el que se administra en casi
todas las iglesias del orbe la Santa Comunión, no puede dejar de notarse
que el sacrilegio de las Especies Eucarísticas está tan presente en los
ritos conciliares como en los de los cultos satánicos, con la
diferencia de que mientras los satanistas creen en la Presencia Real y
la profanan deliberadamente, muchos sacerdotes no creen en la
transubstanciación, y no pocas veces consagran inválidamente.
Incluso los venerables ritos de la Iglesia han sido parodiados por la
secta conciliar: escuálidas liturgias copiadas casi literalmente de
aquellas de los peores herejes, con los altares extirpados, paramentos à la
mago Otelma, cánticos profanos, salvajes en danza, contaminaciones
paganas. Y como en el culto divino el Rey Sacramentado está en el centro
de la adoración, así en el culto conciliar es el hombre el ídolo
obsceno celebrado por sus falsos sacerdotes. La Santísima Virgen, los
Ángeles, los Santos Apóstoles, los Mártires, los Doctores y los
Confesores de la Fe, las Vírgenes y las Viudas de la Liturgia católica
han sido sustituidos por nuevos santos conciliares, en un nuevo
calendario, como antes lo hicieron otros herejes y luego los
revolucionarios de los últimos siglos, al punto de cambiar la
toponomástica de nuestras calles y plazas a golpes de calle Mazzini,
avenida Garibaldi, plaza Togliatti y paseo Mártires de la Libertad. Simia Dei.
En el fondo de todo esto, la constante es una y sólo una: la perversión
de la fe, la pérdida del sentido de lo sagrado, la sustitución de una
visión trascendente iluminada por la Gracia por una visión horizontal
miserablemente humana que frustra -es más: impide- cualquier impulso
espiritual y confina el anhelo de esperanza de la felicidad eterna a un
mezquino espejismo de solidaridad y de fraternidad de inspiración
revolucionaria, masónica, y de inequívoca matriz luciferina.
En la babel conciliar no se omite eliminar el santo temor de Dios, precisamente porque éste es initium sapientiae, principio
de la sabiduría. ¿Qué importa si los divorciados concubinarios profanan
la Santísima Eucaristía autorizándolos a comulgar? ¿Qué importa si los
delirios del Sínodo causan su condenación, con el placet papal? ¿Qué importa si admitiendo a las celebraciones a herejes y cismáticos se ofende a Dios? ¿Qué importa si llamar hermanos mayores a
los deicidas es una afrenta a la Pasión del Salvador? Todo se resuelve
horizontalmente, casi como si la divina Majestad no tuviese parte alguna
en las decisiones de Sus sedicentes ministros. Pero, ¿quién piensa en
la cólera de Dios, en la terrible venganza que están llamando sobre sus
cabezas y, ¡ay!, incluso sobre la nuestra? ¿En el castigo que les
espera, en tanto pastores infieles, mercenarios y traidores? Para esta
contraiglesia todo es bueno, todo es santo, todo es loable mientras no
lleve traza alguna de catolicidad. Por eso aman el hedor del rebaño, más que el perfume del divino Pastor, y no se avergüenzan de admitirlo. Es más: ¡los enorgullece!
No sabemos si el Anticristo se sienta ya en Roma, o si otros están
preparando aquel Solio para él, tal como el Precursor precedió y preparó
al pueblo judío para la venida del Salvador. Pero no podemos simular
que la revolución en acto que afecta a los vértices de la Iglesia
Católica no tenga nada que ver con lo que la Sagrada Escritura anunció
para los últimos tiempos.
