"
Copia
de este artículo hemos publicado ya estimativamente en diez ocaciones.
Desde que comenzamos hacerlo, no menos de 200 prisioneros de la NUEVA KGB, han dejado sus
"huesos" en las cárceles, por ser militares que defendieron al pueblo y su patria, cumpliendo con su deber y obedeciendo normas
vigentes.
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO
Lamentables y tristes muertes ocacionadas por normas instituídas con posterioridad a la contienda y alejados de sus propios fueros judiciales . Mas aún, cuando se sucedian sin sentencias formales. Por otra parte, de manera injusta y destestable, otro centenar como mínimo, (por citar un número), causantes de esa contienda, mejor llamarla guerra contra el comunismo. derrotados en combate, disponen de honoríficos cargos oficiales, percibiendo haberes con que sustentan sus vidas algunos, negocian muchos de ellos o robando y "coimeando" la mayoria restante. ¡Decían querer liberar la nación!. . Murieron miles de compatriotas, sobrevivieron algunos y desaparecieron otros tantos. Reaparecieron a la vez no pocos de esa "miserable calaña", incluyendo lastimósamente casos que desempeñarían "ALTOS CARGOS JUDICIALES". Dejaron la patria invadida de odios, rencores y venganzas y a la generalidad en imperturbable estado anímico, que fue no otra cosa, lo pretendido por la "patraña" que nos invadió. Compuesta por agentes de espionajes de algún "PERVERSO IMPERIO" que los disfrazó de idealistas. La misma "runfla pestosa", cualquiera haya sido el campo en que pudiera ser funcional, luego de prestarse a saquear al pueblo de U$S 250 mil "per capita", no sesaron por entregar la nación, orientando a los valientes vencedores hacia mazmorras donde hoy padecen. RELIGION, ORDEN, JUSTICIA, EDUCACION, ECONOMIA, ETC. pasaron a formar parte del tan mentado "TODO" al que dicen diigirse. . Quién no entienda que todo fue previamente planeado por "EL PODER EN LAS SOMBRAS" como llamara el General Camps, dejan de ser inocentes para convertirse en cómplices de la "caterva" que conduce la MAFIA. No han sido en resúmen "JOVENES IDEOLOGOS", sino estúpidos "EJECUTORES AL SERVICIO DE LA CORONAª. Si no se entiende así, nada facilitará se restaure lo nuestro y quienes recurrieron a la afiliación de la carroña asesina, no cesarán en su tan perversa cacería . La conducción de psicópatas, con miles en idénticas condiciones mentales en sus manos, dan respaldo y rienda suelta a los peores pérfidos instintos. Siempre listos a "rebuscarse" a costilla de la nación, se apoderan de los excelentes beneficios sin siquiera tener en cuenta el aparejado empobrecimiento del hermano". Fastidia también el comportamiento de quienes se desempeñaron o desempeñan en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que mucho y bien conocían a quienes atacaban y defendían, pero no escatimaron esfuerzo en prestarse al "circo montado" realizando "un supuesto y legal juicio", ni en fallar irregularmente en beneficio del crimen organizado que desrosó nuestro pueblo, elaborando su proceder con normas dictadas con posterioridad a los hechos. Finalizando por rescatar un olvido cobarde e imperdonable, al "ACORDARSE DE LO QUE HABIAN OLVIDADO", olvido de nada menos de la mitad que contenía la cosa que juzgaban, pretendieron justificar el veredicto y solucionarlo con alguien que escribiera un libro. Pensamos de inmediato, "NOSOTROS LOS CONSPIRACIONISTAS", "imaginamos y creemos" que ha sido cuestión de logias que ambulan trás lo ajeno, y son conocedores a la perfección del "botín" que persiguen: llegar a la nueva "TIERRA PROMETIDA, CAMINO INICIADO HACEN MAS DE 100 AÑOS, y HOY CONCRETAN SU APROPIACION, ANTE EL DESCONOCIMIENTO Y ABULIA GENERAL DE CUARENTA MILLONES" de "TEMIBLES ANTISEMITAS". Con seguridad no es inocencia, la de los señores "justicieros", podrán no tener conocimiento de lo "CONSPIRATIVO" que nosotros suponemos y de sentirse molestos por ello, quien de casualidad podrá leernos, de inmediato les será facil hacer real lo anunciado por JOSE HERNANDEZ en versos del MARTIN FIERRO, que por su cautiverio decía a sus vigilantes, porque también son así. . "son blandos con los duros y duros con los blandos".., Nos manifestamos así por el bien, de la justicia y nuestro querido suelo, sin necesidad después de recurrir a la búsqueda de quien escriba por nosotros "UN LIBRO" relatando "la otra parte de la verdad, permitiéndonos recordar asímismo, expresiones del Coronel Losito pronunciadas en su alegato final ante el TOF en Resistencia por el caso Margarita Belén. "LA VERDAD A MEDIAS...ES UNA MENTIRA"...Kovadloff es un filósofo y debió conocer eso, tanto como que hasta hoy no "aparece" esa otra parte de verdad y los prisioneros de guerra, Argentinos todos, con nombres y apellidos heredados de la católica España continúan muriendo día a día. Lo que es seguro, pasaron tres años del comienzo de las "historietas", han muerto y continúan ese muchos soldados, buenos y malos, pero defendiendo la Patria, mientras que a la par nos vemos obligados a soportar la maliciosa invasión SIONISTA. Creemos propicio recomendar acudan a otro escritor, o al menos se tomen como partícipes y sumarse a la parte final del artículo, cuyas copias agregamos a continuación a modo de prueba de lo dicho, existiendo dudas que ni tan valiente ni muy justos han sido y buena cantidad de materia fecal también habrán desparramado. El libro, o el artículo de la Nación, no sabemos si los ayuda o evidencian cargos que ante Dios, que alguna vez podrá jugarles en contra.
LUIS MARIA RUDAZ
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Lunes 10 de octubre de 2011
Publicado en edición impresa Diario "La Nación
Un libro rescata el juicio a las Juntas y devela un relato que se fue silenciando con los años.
La media verdad que nos falta
Un día, no hace de esto
aún dos años, Ricardo Gil Lavedra citó en su casa a Pepe Eliaschev. Lo
hizo en nombre de los integrantes de la Cámara Federal y del fiscal que
juzgaron y sentenciaron a prisión perpetua a los ex comandantes del
Proceso. Gil Lavedra le manifestó al periodista que hacía mucho tiempo
que él y sus compañeros aspiraban a contar "la verdadera historia del
juicio". Esa historia, le aseguró, nunca hasta entonces había sido
relatada: "Siempre pensamos que algún día la escribiríamos. Pero el
tiempo ha pasado y ya es evidente que no es algo que haremos nosotros.
Además, no la leería nadie. Somos administradores de justicia, juristas
tal vez, pero no escritores. Pensamos por unanimidad que la única
persona que puede hacerlo sos vos".
Eliaschev aceptó el desafío. Puso, para ello, una sola
condición: compaginar a su modo todo lo oído, hilvanarlo con su propio
relato, articular la palabra de los jueces con la suya. El libro, en
suma, sería su libro; la historia, sin duda, sería de ellos. Por lo
demás, y para justificar la tarea, Eliaschev sólo tenía fuertes
convicciones. La primera de ellas, nacida de la indignación: "Desde
2004, cuando el presidente Néstor Kirchner enunció desde el predio de la
Escuela de Mecánica de la Armada que durante veinte años la democracia
argentina había hecho «silencio» en materia de derechos humanos y que él
venía a pedir perdón por tal supuesta omisión, convivo con una
insoportable sensación de injusticia y atropello".
Una segunda razón fue la esperanza de contrarrestar con
Los hombres del juicio -así decidió titular su obra- el desconocimiento
de lo sucedido entre quienes, por ser muy jóvenes en aquellos años o
haber nacido después de lo ocurrido, nunca supieron bien qué fue lo que
pasó.
A estos dos se sumó un tercer motivo, no menos
esencial. Hace largo tiempo que Eliaschev está persuadido de que circula
sólo una media verdad sobre los días en que el espanto ejerció su
intendencia en la Argentina. Esa media verdad habla de las atrocidades
consumadas desde el Estado, a partir del golpe del 24 de marzo de 1976.
La otra media verdad, la que se enmascara y termina por distorsionar
incluso el alcance de la primera, atañe a las acciones criminales de
quienes, ya antes de ese golpe y en nombre de la "patria socialista",
embistieron contra el orden constitucional. En la denuncia de este
encubrimiento y de algunas de sus consecuencias dramáticas pone el autor
de este libro un acento inconfundible por su claridad y coraje.
Más que en una versión aséptica de los contenidos del
juicio, Eliaschev se interesó en las vivencias que su desarrollo
despertó en los hombres que lo llevaron a cabo. Es así como lo
testimonial gana el primer plano de una muy buena parte del libro. Le
importó a Eliaschev quiénes fueron esos hombres hasta el momento en que
se los convocó para cumplir con el papel histórico que les cupo. Qué
sintieron y qué pensaron de esa convocatoria. Cómo emprendieron su
tarea. Cómo convivieron cada uno de ellos con los demás en ese
desempeño. "Este libro -aclara Eliaschev- detalla los entresijos de unas
vidas comunes a las que una bisagra de la historia puso a decidir
cuestiones vitales para este país."Así, desfilan por estas páginas la
infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez de cada uno de los
jueces, siempre narradas en una sencilla primera persona del singular.
El país en que vivieron y se educaron, sus familias de origen, sus
sensibilidades ante los hechos cotidianos y los de mayor relieve
espiritual se van plasmando en el libro hasta el momento en que la
historia grande golpea a las puertas de cada uno de ellos. Este cruce
entre lo medianamente previsible y lo imprevisible y súbito desvela a
Eliaschev. Allí hace pie una de sus perplejidades más insistentes. Y su
intensidad puede advertirse cuando reconstruye el momento en que el
presidente Raúl Alfonsín, en casa del filósofo Carlos Nino, propuso a
esos siete hombres que integraran la Cámara Federal que tendría a su
cargo el juicio de los ex comandantes. Fue de hecho en esa casa donde se
reunieron, por primera vez, tanto entre ellos como con el recién electo
presidente de la República, Julio Strassera, Jorge Torlasco, Jorge
Valerga Aráoz, Andrés D'Alessio, León Carlos Arslanian, Ricardo Gil
Lavedra y Guillermo Ledesma. "Los artesanos individuales de esa
fantástica afirmación del principio de la justicia y la consecuente
derrota de la noción de impunidad fueron magistrados de la carrera
judicial, hombres comunes con vidas parecidas y diferentes, pero a los
que el azar impulsó a tener que proyectarse como seres extraordinarios.
Esta es la parte más estremecedora de esta historia, la de seis jueces
que, con el aporte decisivo de un fiscal excepcional y de una pequeña
patrulla de seres indispensables que buscaron y recogieron las pruebas,
sistematizaron los datos y averiguaron en los pliegues más tenebrosos
del horror para que se supiera la verdad, hicieron lo que tenían que
hacer."
Sobresale el momento en que cada uno de sus
entrevistados cuenta de qué forma encaró y desarrolló su labor en la
Cámara Federal. Cómo se ingresó y cómo se logró salir del laberinto
informativo conformado por el caudal agobiante de elementos que debió
tomarse en cuenta, las horas invertidas en la recaudación y el análisis
de datos y testimonios siempre insoportables sobre secuestros,
encarcelamientos y torturas, aportados por los sobrevivientes.
El libro de Eliaschev se suma a lo más esencial de una
bibliografía tan diversificada y rica como polémica. Su valor documental
y analítico lo inscribe entre las obras insoslayables para alcanzar una
comprensión más honda de uno de los conflictos cruciales de nuestro
pasado inmediato. Eso se advierte tanto en el retrato implacable del
horror sembrado desde el Estado como en la condena enfática que también
hace la Cámara de la acción criminal desatada por el terrorismo antes
del golpe de 1976 y contra dos gobiernos constitucionales, el de Perón y
el de su esposa. Los jueces prueban que fue el terrorismo el primero en
recurrir a la violencia armada. Ello permite echar luz sobre la
criminalidad -impune todavía- de tantos delitos cometidos en nombre de
la revolución. Un párrafo medular de Eliaschev a este respecto: "El
surgimiento, desarrollo y esplendor de los grupos guerrilleros dominó la
escena política argentina desde por lo menos 1969 hasta 1977 (cuando ya
habían sido liquidados). Montoneros, en septiembre de 1974, divulgó con
orgullosa fruición, a través de la revista La Causa Peronista, dirigida
por Rodolfo Galimberti, los detalles más escabrosos de cómo
secuestraron y asesinaron en 1970 a Pedro Eugenio Aramburu. No había
dudas, pues, de que el objetivo fue la toma del poder político por parte
de las organizaciones terroristas. Groseramente descalificada como
«teoría de los dos demonios», la noción jurídica de no menoscabar
delitos por el sólo hecho de haber sido perpetrados en nombre de «la
patria socialista», es el marco de valores y criterios que le permiten a
la Cámara Federal proceder con un juicio y una sentencia sin
antecedentes internacionales. Impertérrito ante las argucias, implacable
con los autores y ejecutores del plan criminal, no miran para otro lado
en el momento de admitir que la Argentina era una herida sangrante
mucho antes de 1976". Así, y sin olvidar en ningún momento la condena
indispensable de quienes no vacilaron en quebrantar ese año el orden
constitucional, el autor subraya el aporte decisivo que realizó la
Cámara Federal al caracterizar y repudiar a quienes hoy son injustamente
homologados a tantas personas que fueron víctimas inocentes de la
represión militar.
Lúcidamente procede, pues, Eliaschev al recordar que
sigue impaga la deuda contraída con la verdad y la justicia mediante el
encubrimiento de las acciones terroristas. La mistificación y la
idealización de esos delitos de lesa humanidad están entre los
obstáculos que impiden comprender y superar un pasado tormentoso. Y aun
cuando en su momento la Cámara Federal no vaciló en denunciarlos, siguen
pendientes de condena los responsables de tantos secuestros y
asesinatos (la Cámara Federal contabilizó más de 700 muertes) cometidos
en nombre de "la patria socialista" y en desmedro de la democracia y la
Constitución.
Hay algo fundamental que no debe olvidarse en estos
tiempos en que abundan las voces que buscan negar la autoproclamación
que en su momento hizo la guerrilla de sí misma como un ejército
embarcado en una guerra de liberación. Me refiero a las palabras con las
que el autor rescata los enunciados que al respecto emitió la Cámara
Federal: "Desde su aparición formal (1970-71), los grupos guerrilleros,
como sus pares de toda América Latina, asumieron contornos, formas y
contenidos exasperantemente militares. La cifra de reclutas de la
guerrilla oscila entre 7.000 y 15.000 integrantes. Uniformes, grados,
escalafón, código disciplinario, obediencia jerárquica: no se privaron
de nada. No había dudas, pues, de que el objetivo fue «la toma del poder
político por parte de las organizaciones terroristas», como lo afirma
la Cámara. Lo que pretendían los insurrectos -sostiene Eliaschev en
consonancia con la conclusiones de la Cámara Federal- era subvertir el
orden establecido".
El periodista no deja de subrayar que "muchos años
después, todo eso se fue desfigurando, primero de manera leve, después a
marcha redoblada. Los desaparecidos en los años setenta fueron
equiparados a quienes combatieron armas en mano contra un gobierno
cuestionable, pero de plena legitimidad democrática". Reabierta la causa
contra los ex comandantes, tras la presidencia de Carlos Menem, quien
los indultó, y aplicada la figura de la imprescriptibilidad por la
calificación de lesa humanidad, los terroristas jamás fueron juzgados ni
tampoco sus víctimas fueron reconocidas como tales por ningún gobierno
constitucional. Las acciones emprendidas contra las Fuerzas Armadas en
particular son hechos que prueban la convicción de los terroristas de
que estaban embarcados en una guerra. Como fuerzas militarizadas, pues,
fueron combatidos ya en los años de Isabel Perón. Fue en su gobierno que
se dio la orden de aniquilarlos. Y, previamente, fue Perón quien
durante su último mandato y en respuesta a la agresión terrorista, "optó
por la represión ilegal a través de una fuerza parapolicial, la Triple
A".
Repudiando contundentemente el golpe de Estado de 1976,
contrasentido absoluto si con él se aspiraba a respaldar las
instituciones de la democracia y la República, "los jueces aseveran con
firmeza que el desafío terrorista era, hacia fines de 1975, de
descomunal gravedad y se encarnaba en las acciones del Ejército
Revolucionario del Pueblo y Montoneros".
Cuenta Gil Lavedra que, entre octubre y diciembre de
1984, él y sus compañeros se consagraron a diseñar el formato del
juicio. Fueron horas febriles, cargadas de tensión y aun de
enfrentamientos personales entre los jueces. La frágil democracia en que
por entonces se vivía y el temor de que pudiera caer persuadió a los
jueces de que el registro filmado del juicio a los ex comandantes debía
ser enviado a Noruega para no exponerlo al riesgo de su desaparición. La
democracia recién recuperada, escribe Eliaschev, "vivía amenazada por
huelgas generales de los sindicatos peronistas (ya habían hecho ocho
paros generales cuando los videos fueron depositados en Oslo) y por
violentos y airados reclamos militares carapintada".
El libro de Eliaschev hilvana con habilidad los
enunciados judiciales, su vehemente análisis de los hechos narrados y el
relato de cada uno de los jueces. Hay páginas de vigoroso aliento
expresivo. En ellas, lo trivial y lo trascendente se enhebran en forma
conmovedora. Por ejemplo, en este relato de Gil Lavedra: "No siempre los
seis estábamos de acuerdo. En las sentencias y antes de ellas hubo
discrepancias. Eramos todos muy individualistas. Nos peleábamos, a veces
casi hasta los golpes. La sentencia la firmábamos el lunes (9 de
diciembre) a la tarde. Hubo una discusión terrible el sábado por el
asunto de la degradación (de los ex comandantes). El domingo, desde las
8, discutimos muchas horas sobre las penas, sin llegar a un acuerdo. Fue
ahí cuando dijimos: «Bueno, cortemos. Vayamos a comer una pizza». Nos
fuimos a Banchero a almorzar. Nos quedaban un montón de cosas por hacer,
no podíamos seguir discutiendo estérilmente las penas. Cuando nos
sentamos los seis en Corrientes y Talcahuano, Carlos (Arslanian) sacó
una servilleta y se hizo la mediación. Ledesma y yo me parece que éramos
los más recalcitrantes, pero aflojamos, transamos. Carlos decidió
escribir (las conclusiones) en la servilleta. Cuando terminó, ordenó:
«Muchachos, me lo firman». Todo quedó acreditado en la servilleta de
Banchero".
Eliaschev ha compuesto una obra relevante y abrumadora.
Lo que en ella se aclara y recuerda es tan contundente como lo que se
evidencia acerca de lo que aún sigue sin aclaración y sin memoria. Los
hombres del juicio provoca los desvelos de un asunto que, por no haber
perdido su dramática vigencia, despierta las tensiones y las reflexiones
características de un problema que todavía sigue pendiente de solución.
Y deja la sensación amarga de que la media verdad ganada sobre aquel
oscuro país que fue el nuestro, debe y puede llegar a convertirse en una
verdad entera, si lo que ya se sabe se completa con la explicitación de
lo que, pese al esfuerzo cumplido por los hombres del juicio, se ha
vuelto a silenciar y negar.
Hay en el libro una revelación que dice a las claras
por qué Eliaschev llamó a su obra Los hombres del juicio. Una vez más es
Gil Lavedra quien la brinda: "Juzgamos a los comandantes asegurándoles
plenas garantías. La tarde de ese mismo lunes 9 de diciembre, tras la
sentencia, propuse que nos juntáramos a la noche en mi casa. Vinieron
todos los camaristas con sus mujeres y el fiscal Strassera también. Mi
mujer se encargó de la comida y Carlos (Arslanian) y yo compramos la
bebida, varias cajas de vino y champagne. Esa noche hicimos la catarsis.
Nadie más que nosotros sabe cómo hemos vivido tan intensamente nuestra
independencia como jueces. Nos emborrachamos. Terminamos a las seis de
la mañana con todos los hombres desparramados en el suelo. Era natural.
Era una catarsis. Tomamos la decisión de no dar una sola nota de prensa.
Nadie nos llamó esa noche del festejo, ni Alfonsín ni el ministro
Alconada Aramburú. Nadie. Los políticos tampoco fueron al juicio.
Estaban todos cagados". © La Nacion.

