El caso Galileo (I)
”Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas que superan mi capacidad”
Salmo 130
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En la universidad, en un profesorado cualquiera e incluso en un colegio católico es difícil no haber oído jamás el nombre de Galileo Galilei, sin asociarlo a las palabras “intolerancia”, “persecución” o “caza de brujas”.
Símbolo de la “lucha incansable contra
la intolerancia religiosa”, Galileo habría sido, en boca de muchos, un
hombre que no se doblegó contra la “cerrazón y el absolutismo de la
Iglesia, que dominaba las esferas del poder renacentista…”.
¿Es esto lo que ud. piensa? Vayamos por parte.
Para hablar de Galileo es necesario que
nos remontemos al siglo XVI, pleno renacimiento italiano donde la
ciencia y las artes se encontraban en ebullición; todo era nuevo y todo
era un “renacer” desde las “tinieblas del Medioevo”, dando paso a “lo
nuevo”; el mundo giraba y parecía avanzar en todos los ámbitos: el
descubrimiento de América, la imprenta y los nuevos grandes inventos,
sumados a una concepción “antropocéntrica” de la historia, hacían de
Europa (y especialmente de Italia) un hervidero intelectual y artístico;
el hombre había progresado y parecía haber llegado a la remota “edad
dorada” de los antiguos (baste para ello ver la pintura y esculturas
renacentistas para darse una idea).
Como si fuera poco, en el siglo II de nuestra era, el gran Ptolomeo de Alejandría había
establecido firmemente la teoría geocéntrica con toda su autoridad;
teoría que habría de permanecer casi sin variaciones hasta el siglo
XVII.
La revolución copernicana
Pero la ciencia no parecía estar
conforme y seguía buscando una explicación, fue así que, más de mil años
después de Ptolomeo, Nicolás Copérnico, sacerdote y científico polaco
(1473-1543) fue requerido en 1514 por el concilio de Letrán para que
aconsejara sobre la posibilidad de una reforma en el calendario. A raíz
de sus investigaciones, el científico polaco declaró que la duración del
año y los meses y el movimiento del sol y la luna, aun no eran
suficientemente conocidos para intentar una reforma del estilo. El
incidente, sin embargo, lo impulsó a hacer observaciones más exactas
que, finalmente, sirvieron de base para completar el calendario
gregoriano.
La ciencia frente al protestantismo
Pero eran tiempos difíciles para Europa y
Copérnico, a pesar de haber trabajado en ello durante décadas, no se
animaba a publicar el reciente descubrimiento por temor a ser
ridiculizado y perseguido por los protestantes, quienes tomaban dichas
posturas como contrarias a la Biblia. ¿Por qué contra la Biblia? Sucede
que un pasaje del Antiguo Testamento parecía ir en contra de dicha
hipótesis.
Se trata del libro de Josué donde se lee
que “el sol se detuvo” para poder dar la victoria al pueblo escogido;
este es el pasaje:
“Entonces habló Josué al Señor, el día
que el Señor entregó al amorreo en manos de los israelitas, a los ojos
de Israel y dijo: ‘Deténte, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de
Ayyalón’. Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se
vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? El
sol se paró en medio del cielo y no tuvo prisa en ponerse como un día
entero”[3].
Como decíamos, eran épocas difíciles
para contradecir a la Biblia, especialmente en un ambiente protestante.
Los protestantes, con su “sola Scriptura” (única fuente de la
revelación para los protestantes) y habiendo eliminado la Tradición de
la Iglesia, decían que no podía “razonarse” sobre el tema (la
“prostituta” llamaba Lutero a la inteligencia humana). Es decir, de la
famosa “libre interpretación” solo quedaban las palabras.
Copérnico era científico pero no era
idiota y temía a la inquisición protestante que ya varios se había
llevado por “contradecir” el pensamiento único de los “reformados”.
Además, ya habían llovido condenas sobre sus trabajos; en un texto
luterano de la época se lee: “la gente le presta oídos a un astrónomo
improvisado que trata de demostrar de cualquier modo que no gira el
cielo sino la Tierra. Para ostentar inteligencia, basta con inventar
algo y darlo por cierto. Este Copérnico en su locura, quiere desmontar
principios nuevos y antiguos de la astronomía”. Y el mismo Lutero decía
que “se colocaría fuera del cristianismo quien afirmara que la tierra
tiene más de seis mil años”; Mélaton, su seguidor en la “nueva iglesia”
agregaba: “no toleraremos semejante fantasía”.
Tenía razón Copérnico para callar… sin
embargo, como la verdad es amarga y hay que echarla de la boca, en vez
de entregarla a la imprenta comenzó a transmitirla humildemente de boca
en boca entre sus alumnos más cercanos hasta que fue publicado recién
después de su muerte y divulgado solo algunos años después cuando,
Alberto Widmanstadt, lo usó frente al Papa Clemente VII para explicar la
nueva hipótesis; al oír el Papa el planteo del extinto Copérnico,
recompensó a su portavoz con un códice griego que se encuentra en la
biblioteca estatal de Münich, Alemania.
Finalmente las ideas de Copérnico verían la luz como obra póstuma y a expensas de la Iglesia.
continuará…
[1] Cfr. Vittorio Messori, Las leyendas negras de la Iglesia, Emecé, Buenos Aires; Víctor Chéquer, Galileo el “perseguido”, o la Iglesia contra el conocimiento científico, publicado en Panorama Católico Internacional, 10 de noviembre de 2006, Volumen 2, Nº 7.
[2] En el ámbito científico, la hipótesis se distingue de la tesis; mientras que la primera es algo que desea comprobarse, la segunda es algo ya comprobado.
[3]Jos 10,12-13.
