TIEMPOS DE LA RESTAURACION UNIVERSAL
La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.
Los signos del fin de los tiempos son varios:
- falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía, a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena.
- Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
- guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en los político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
- persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenado a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
- abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que todo lo devoran, lo trituran. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
- Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..
El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.
Son tres venidas de Cristo distintas:
- como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
- como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
- como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).
Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.
Todas
estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en
un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es
decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal
Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.
Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.
Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios
puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la
Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de
Dios» (Ap 17, 17).
Los
judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de
Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.
Nunca
la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado
tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.
La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.
Todo
el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no
discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por
falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene
poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.
El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La
creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la
voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de
la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los
gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).
El
hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la
maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay
que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.
La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.
Una purificación ya decretada por Dios: «He
aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida
contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución,
¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).
El
castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado.
Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de
toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).
Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el
día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su
furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los
moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18). Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).
Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le
arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no
extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).
La
tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada,
porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la
condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de
los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los
siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que
adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su
nombre» (Ap 14, 11).
La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.
La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierra… para que caminase Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado»
(Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno,
como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:
«…
y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo
gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de
horror para toda carne». (Is 66, 24).
Se verán los cadáveres,
los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales,
almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que
convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido
hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por
toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su
morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.
No
existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene
fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya
para el bien, ya para el mal.
La nueva Jerusalén
no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que
necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite
el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no
exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y
cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser
mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está
escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh
muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).
El
Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación
maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber
santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.
Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos
son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros;
vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no
entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que
consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me
entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí
un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan
lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma;
mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1,
8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña.
Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una
iglesia carnal y una iglesia espiritual.
Es
necesario que los católicos queden divididos: una iglesia
super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente,
que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina
y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está
Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que
eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron
profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).
Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!»
(Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo
ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin
verdad! «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo»
(Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que
están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias
cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son
las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia
globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por
defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga;
pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar
un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a
Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma
silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto
XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se
quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de
Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe
de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación
desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura
religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus
problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura
religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un
seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en
el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).
Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal,
y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio
carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)
Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos»
(Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido
transformada, aplanada, como estaba al principio de la Creación. Una
creación gloriosa.
La
Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las
naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos
nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).
Es
el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual
hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se
inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de
hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos
del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según
la Voluntad de Dios.
Muchos
viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que
viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas
estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense
el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no
acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El
que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en
medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.


