martes, 8 de septiembre de 2020

Cap: 5- ¿Y en la Argentina cómo andamos?- Un amor no correspondido





Cap: 5- ¿Y en la Argentina cómo andamos?-


Un amor no correspondido

Entre muchos de los asuntos que ya hemos tratado en esta segunda parte del libro, hemos analizado la evolución intelectual y/o militante del homosexualismo ideológico desde la perspectiva del género tanto en Europa como en los Estados Unidos, y siendo que hoy la Argentina en general y la ciudad de Buenos Aires en particular se ha convertido en una suerte de acreditado “epicentro gay” en Latinoamérica, creemos indispensable abordar también someramente la evolución de los grupos e ideólogos locales desde sus inicios en los años 70´ y hasta los últimos tiempos, cuando estas corrientes alcanzaron su esplendor al calor del largo régimen kirchnerista.

Si bien hubo algunos antecedentes menores de agrupaciones argentinas que intentaron sin mayor trascendencia efectuar algún tipo de militancia en los años ‘60[478], muchos sostienen que el primer precedente importante se dio en 1971, cuando se conformó el “Frente de Liberación Homosexual” (FHL), integrado por personalidades de izquierda como el ya mencionado dirigente comunista Héctor Anabitarte, el escritor Manuel Puig (quien murió de SIDA en 1990 y fue famoso por su novela homosexualista El beso de la mujer araña), el periodista Blas Matamoro o el reconocido sociólogo de origen marxista Juan José Sebreli.

Probablemente este grupo importara además el primer testimonio de una organización local que entremezclara marxismo y sodomía tal como ellos lo exponían en sus comunicados oficiales: “los homosexuales son oprimidos social, cultural, moral y legalmente. Son ridiculizados y marginados, sufriendo duramente el absurdo impuesto brutalmente de la sociedad heterosexual monogámica”, siendo que “esta opresión proviene de un sistema social que considera a la reproducción como objetivo único del sexo. Su expresión concreta es la existencia de un sistema heterosexual compulsivo de relaciones interhumanas donde el varón juega el papel de jefe autoritario, y la mujer y los homosexuales de ambos sexos son inferiorizados y reprimidos (…) la lucha contra la opresión que sufrimos es inseparable de la lucha contra todas las demás formas de opresión social, política, cultural y económica (…) todos aquellos que son explotados y oprimidos por el sistema que margina a los homosexuales pueden ser nuestros aliados en la lucha por la liberación”[479].

Muchos consideran que este pequeño frente tendría una tónica tan radicalizada gracias a la influencia de un elemento que a poco de su fundación se integró y virtualmente copó y personalizó la organización. Nos referimos al escritor y sociólogo Néstor Perlongher, homosexual nacido en 1949, de tendencia ultraizquierdista, quien a la distancia fuera visto como el activista más representativo del grupo y por cuyo afán de protagonismo personal no tardó en convertirse en su referente más visible. Según cuenta Sebreli: “Perlongher era un personaje pintoresco, parecía una señora (…) a partir de la entrada de Perlongher el ‘FLH’ creció mucho porque él salió a buscar militantes en la facultad, y las dos carreras en las que consiguió más adeptos fueron psicología y sociología”, a lo que Sebreli añade la insana influencia de este sujeto dado que “Perlongher introduce en el grupo la droga”[480].

Obviamente Perlongher no era un individuo que pudiera preciarse de intrascendente. Mientras se pavoneaba por las calles de Buenos Aires vistiendo unos excéntricos tacos altos y mezclaba trotzkismo visceral con homosexualismo escandalizador, se hacía llamar a sí mismo como “La Rosa”, en honor a Rosa Luxemburgo, la iconográfica agitadora y pionera de lo que fuera el Partido Comunista alemán: “La gran contradicción de la vida de Perlongher era que él predicaba el antiautoritarismo pero él era una persona autoritaria”[481] resume Sebreli.

Devoto de la figuración, “La Rosa Perlongher” y su excéntrico grupete decidieron presentarse en dos actos políticos de vital importancia para la época. Primero asistió a la asunción presidencial de Héctor Cámpora en mayo de 1973 y, seguidamente, participó en el histórico acto del regreso al país del ex dictador Juan Perón en junio de ese mismo año en Ezeiza. Fue en estos acontecimientos multitudinarios cuando Perlongher y los suyos pretendieron congraciarse con las masas peronistas acudiendo a los actos con un grotesco cartelón que parafraseaba la marcha partidaria con el lema “para que reine en el pueblo, el amor y la igualdad”. Pero la presencia de él y sus activistas no fue muy bien aceptada por el gentío peronista allí presente, el cual, coherente con las ideas de su líder, miraron con particular repugnancia a los exponentes de esta secta carnavalesca. Señala Sebreli que “la presencia de Perlongher y su grupúsculo en esos actos fue realmente representativo desde el punto de vista de la historia de la homosexualidad en Argentina, porque ahí se mostró muy bien y a las claras, que los peronistas, y en especial los peronistas de izquierda a los que Perlongher quería acercarse, eran homofóbicos. Ellos fueron con carteles y demás, pero la gente se alejaba de ellos para no salir fotografiados. Les crearon un vacío a su alrededor. Huían espantados. Ellos quedaron solos completamente. Para lo único que sirvió fue para que la derecha (sobre todo el coronel Osinde que organizaba esos actos multitudinarios), dijera que los Montoneros eran ‘drogadictos y homosexuales’”[482]. Acusación agraviante que indignó a estos últimos, quienes respondieron el infamante insulto con el histórico cántico: “No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Evita y Montoneros”.

En enero de 1976 el régimen peronista encarceló a Perlongher con motivo de sus vínculos con la droga. Este encierro duró tres meses puesto que de inmediato que asumió el gobierno cívico-militar en marzo del ‘76, el activista de marras fue liberado. Perlongher decidió no proseguir su militancia y fue en 1981 cuando resolvió emigrar a Brasil, país en el que se instaló y prosiguió escribiendo y generando histéricos conflictos en el seno de su ambiente. Y así como antes él se quejaba de que los homosexuales eran “marginados”, durante el flamante gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) también se quejaba pero por lo opuesto, es decir por la creación y existencia formal de la CHA (“Comunidad Homosexual Argentina” fundada en 1984), acusada por Perlongher de ser “conservadora” al tener un discurso no trotskista revolucionario sino integracionista (la CHA no proponía una revolución homosexual sino tan solo equiparar derechos con los heterosexuales). Al mismo tiempo, desde la ciudad de San Pablo, donde este insatisfecho crónico residía, disparaba también contra la proliferación de boliches homosexuales en Buenos Aires, alegando que éstos eran “un campo de concentración confortable”: a La Rosa Perlongher no había bergamota que le viniera en gracia.

Promiscuo irrecuperable, drogadicto perdido, integrante de la secta afroespiritista “El santo Daime”[483] y comunista radicalizado, al explotar el SIDA como enfermedad característica de los homosexuales en los años ‘80, Perlongher, en lugar de tomar recaudos estrictos en su desordenada vida personal, descreyó de la existencia de dicho mal y publicó en 1988 —cuando ya habían muerto un sinfín de homosexuales conocidos y desconocidos por dicho mal— un delirante libro titulado El fantasma del Sida, cuya tesis central decía que tal enfermedad no existía y que todo esto no era más que un invento comercial y publicitario del “imperialismo norteamericano” promovido con el fin de “controlar los cuerpos” y “vender medicamentos”. La realidad no tardó mucho en hacerlo cambiar de opinión: al año siguiente, en 1989, él mismo se enteró de que padecía un SIDA fulminante y que sus perspectivas de vida se apagaban dramáticamente: murió en 1992 en San Pablo a los 43 años, víctima de una enfermedad ocasionada no por el “complot capitalista” que él había denunciado un año atrás, sino como consecuencia de sus frenéticas rutinas personales.

A pesar del propio Perlongher, sus correligionarios catalogan al susodicho como “un notable pensador”, aunque el verdadero “mérito” de este enviciado agitador no haya sido otro que el de ser considerado por sus análogos como el “padre del movimiento homosexual” y hay quienes, además, le atribuyen el “galardón” de ser el primer activista “queer” de origen local.

La reflexión más profunda que se le recuerda rezaba: “La revolución sexual solo será posible cuando los heterosexuales socialicen su culo”[484].