martes, 8 de septiembre de 2020

CAP.2-Los pensadores de la perversión- La primera generación



PARTE 2: Los pensadores de la perversión-


La primera generación


También a comienzos del Siglo XX pero desde el Viejo Continente y con mayor complejidad académica, empezaban a pulular algunos facultativos cuya prédica obró de punta de lanza de lo que más adelante explotaría como lo que hoy conocemos de esta revolución cultural cooptada por el comunismo sexualizante del Siglo siguiente. De entre estos voceros primigenios, probablemente el pionero haya sido el psiquiatra Wilhelm Reich, nacido el 24 de marzo de 1897 en el imperio austrohúngaro.

Proveniente de una familia judía cuya vida se desarrollaba en un ámbito rural, Wilhelm Reich creció junto a sus padres, quienes convivían en un clima hostil plagado de fatídicas peleas y escenas de celos entre sí. Luego, el propio Wilhelm advierte que su madre era amante de su preceptor y no duda en revelarle esa incómoda situación a su padre, pero este último no pudo soportar tan ingrata noticia y se suicidó. Estos y otros conflictos personales habrían traumado la vida de Reich para siempre y signaron lo que luego fueron las delirantes teorías sexuales y pseudocientíficas que esbozó durante su trajinada vida como sabio pretenso.

Discípulo de Sigmund Freud, Reich se afilió al Partido Comunista en 1928 e intentó juntar psicoanálisis y revolución marxista no sin plasmar esta mezcolanza con proposiciones que escandalizaban a propios y extraños. Tanto fue así que ante la falta de “preocupación erótica” en el seno del Partido Comunista, Reich exhortó a apoyar a los jóvenes en su emprendimiento pansexualista anotando que “la conciencia (de la juventud) de su derecho a organizar su vida (sexual) la obligará inexorablemente a luchar por él. Sólo necesita todavía un apoyo, una organización, un partido que la comprenda, la ayude y la represente”[368], y con motivo de su militancia partidaria, creó unas raras organizaciones de la “juventud obrera para una política sexual” (se la denominaba como SEXPOL), emprendimiento porno-marxista en el cual hasta el stalinismo puso reparos y no tardó en expulsar a Reich del partido por sus excentricidades concupiscentes.

Tan comunista como lujurioso, Reich sostenía que “la opresión sexual está al servicio de la dominación de clase. Esta se ha reproducido ideológicamente y estructuralmente en los dominados y constituye en esta forma la fuerza más potente y menos conocida de toda especie de opresión”, agregando que “el psicoanálisis, subvierte las ideologías burguesas, y dado que la economía socialista constituye la base para el libre desenvolvimiento del intelecto y de la sexualidad, sólo en el socialismo tiene el psicoanálisis un porvenir”, reflexión que remató calificando al dictador Lenin como “el más grande psicólogo de masas de todos los tiempos”[369].

En su libro La función del orgasmo, Reich sostenía que la familia es una construcción enferma —patología que él llamaba “familitis”— y que la liberación sexual sería no sólo la cura sino el nuevo método revolucionario: “La sexualidad es el centro alrededor del cual gira toda la vida social, así como la vida interior del individuo”, y se quejaba de que “las leyes patriarcales relativas a la cultura, la religión y el matrimonio son esencialmente leyes contra el sexo”[370]. Para revertir tamaña injusticia, la revolución marxista debería pasar no sólo por la lucha de clases sino por una revolución genital, la cual consistiría en desatar con desenfreno las pasiones eróticas y en promover la infidelidad con la consiguiente destrucción de la familia: “Según nuestra experiencia, la relación sexual extramatrimonial, o la tendencia hacia la misma, constituye un elemento susceptible de desplegar gran eficacia contra influencias reaccionarias”[371], sentenció.

Como buen comunista que era, a fin de los años ‘30 Reich se fue a vivir a los Estados Unidos para gozar de la libertad de expresión y así no ser molestado por sus investigaciones orgásmico-científicas, con las cuales supo ganar muchos dólares en Norteamérica estafando personas a las que vendía productos y tratamientos eróticos con los que prometía solución a todos los males: incluso la cura del cáncer[372]. Pero años más tarde se confirmaría que sus disparatadas elucubraciones afrodisíacas eran un verdadero fraude, motivo por el cual fue condenado a la cárcel por la justicia en mayo de 1956, sentencia confirmada luego por la Corte Suprema el 12 de octubre de 1957; por lo tanto el pornógrafo caído en desgracia ingresó al penal de Danbury, donde tras haber sido diagnosticado con esquizofrenia progresiva murió apenas 20 días después de su encierro (el 3 de noviembre en Pensilvania). Probablemente uno de los mejores estudios publicados en Argentina sobre la vida y obra de este sórdido personaje, haya sido el que elaboró el pensador vernáculo Enrique Díaz Araujo a principios de los ‘80, quien tras analizarlo del derecho y del revés concluyó: “¿Era Reich un loco o un farsante? Nuestra respuesta es que las pruebas apuntan más a lo primero que a lo segundo, aun cuando pueda admitirse un quantum en sus crónicos delirios. Una solución de compromiso podría consistir en declarar que fue un farsante que, al cabo de tanta práctica de fingimiento, no pudo ya distinguir dónde estaba la verdad y la mentira y se volvió loco. En la duda, conforme a las universales normas del debido proceso legal, cabría tenerlo por inimputable del delito de corrupción. Cuya prueba material él documentó en todas sus obras”[373].

Pero con la muerte de Reich su obra no termina, y según sus seguidores y discípulos, el gran continuador y perfeccionador de su pseudociencia fue el sociólogo alemán Herbert Marcuse (nacido en 1898), iconográfico exponente de la entonces naciente Escuela de Frankfurt[374], otro que como buen comunista escapó del totalitarismo europeo para irse a vivir a los Estados Unidos y desde allí disfrutar del confort y la libertad de cátedra —trabajó en las Universidades de Columbia, Harvard, Boston y San Diego—. Fue durante esta aburguesada vida como revolucionario de gabinete, cuando Marcuse publicó su influyente libro de inspiración freudo-marxista — texto clave en el tema que nos ocupa— titulado Eros y Civilización (publicado en 1955), el cual sostenía que la heterosexualidad no era más que una imposición de la “cultura dominante” con finalidad productiva y reproductiva. En ese texto, Marcuse efectúa un análisis entre la puja interna existente entre el “Eros” —que es el instinto del placer vinculado a la sexualidad— instalado en el inconsciente, y la “realidad condicionante” —esto último vendría a ser algo similar al concepto del “Super Yo” de Sigmund Freud—, que no es otra cosa que el contexto sociocultural que según el autor, nos reprime el deseo primario. Luego, el comunista Marcuse termina culpando al capitalismo por ser la sociedad “represora” que deliberadamente censura y obstaculiza el placer con el fin de que el hombre tenga que trabajar todo el día para producir y subsistir y, con ello, focalizar toda su libido en el trabajo “a expensas de los poderosos”. Y como la “economía de mercado” —según yerra Marcuse— explota al hombre más que cualquier otro sistema, entonces en esta maldita sociedad de consumo aparece lo que él denomina la “represión excedente”, es decir aquella represión conformada por toda la parafernalia cultural de occidente (religión incluida), la cual busca ex profeso “deserotizar” al individuo para que éste concentre toda su energía trabajando: “Los hombres no viven sus propias vidas, sino que realizan funciones preestablecidas. Mientras trabajan no satisfacen sus propias necesidades y facultades, sino que trabajan enajenados. Ahora el trabajo ha llegado a ser general y, por tanto, tiene las restricciones impuestas sobre la libido: el tiempo de trabajo, que ocupa la mayor parte del tiempo de vida individual, es un tiempo doloroso, porque el trabajo enajenado es la ausencia de gratificación, la negación del principio del placer. La libido es desviada para que actúe de una manera socialmente útil, dentro de la cual el individuo trabaja para sí mismo sólo en tanto que trabaja para el aparato, y está comprometido en actividades que por lo general no coinciden con sus propias facultades y deseos”. Y concluye: “El conflicto entre la sexualidad y la civilización se despliega con este desarrollo de la dominación”[375].  Marcuse (1955)

Luego, insiste Marcuse en que el orden dominante “sólo acepta” relaciones procreativas heterosexuales de tinte monogámicas fundadas en la conservación de la especie, y es por eso que esa arbitraria “cultura explotadora” considera como “perversa” cualquier forma de sexualidad alternativa, por lo que este autor celebra enfáticamente todas las perversiones, dado que él las considera como una expresión “de liberación” ante el sistema: “Las perversiones expresan así la rebelión contra la subyugación de la sexualidad al orden de la procreación y contra las instituciones que garantizan este orden”[376]. Una vez más —y ahora bajo el sello de Marcuse— nos topamos con esta identificación entre la revolución marxista y los desvíos sexuales: los pervertidos serían los nuevos proletarios potenciales ante el injusto orden vigente.

Tan insistente y notoria fue la tendencia de los personeros de la Escuela de Frankfurt en amalgamar marxismo con heterodoxias sexuales, que su principal traductor e intérprete al español de las obras de sus exponentes, el literato argentino Héctor Murena[377], advirtiendo esta enrarecida simbiosis en ciernes, anotó en la legendaria revista Sur en 1959 lo siguiente: “Siempre me llamó la atención la semejanza de las reacciones del homosexual ante el heterosexual y del comunista frente al no comunista. Ambos ponen de manifiesto, como forzados huéspedes en campamento enemigo, una cordialidad fría y lejana tras la cual es fácil percibir una mezcla de desdén y resentimiento (…). ¿Por qué tal contradicción? Resentimiento a causa de que ambos participan de ideologías ‘igualitarias’ (…) Pero además del resentimiento, el desdén. Ello debido a que el homosexual y el comunista se consideran, no sin razón, como la avanzada de nuestro tiempo”[378].

¿Habrá sido Murena el primer argentino en reaccionar contra esta forma de neomarxismo?: su escrito pareciera haberse adelantado medio siglo a su tiempo.