martes, 8 de septiembre de 2020

Cap.2-Los pensadores de la perversión-El patriarca



PARTE 2: Los pensadores de la perversión

El patriarca

Si bien fueron varios los exponentes de la Escuela de Frankfurt y pensadores afines que en la primera mitad del Siglo XX encendieron la antorcha de esta suerte de porno-comunismo que venimos estudiando, la realidad es que la posta ideológica sería

recogida años después y con mucha mayor difusión internacional por el francés Michel Foucault, intrincado personaje nacido en 1926 y cuyo predicamento entró en auge a partir de los años ´60, en plena ebullición juvenil-cultural que derivara en los conocidos sucesos de mayo del ´68 en la mismísima París.

Y sin el menor ánimo de trazar una biografía sobre Foucault, lo cierto es que a este individuo no lo podemos soslayar dado que fue directa o indirectamente el atormentado patriarca doctrinal —o al menos al más influyente— de todo lo que hoy se denomina como marxismo cultural, y tanto su pluma como su persona son referencia obligada en todos los intelectuales, ideólogos y activistas de izquierda que le sucedieron en el tiempo.

Michel Foucault fue un personaje multidisciplinario: incursionó en la sociología, la filosofía, la psicología y también se quiso hacer el historiador, dedicando su corta e intensa vida a cuestionar al mundo occidental y sus instituciones[379]. Y si bien él se autodefinía como “nietzscheano”[380], no por ello dejó ser un consecuente comunista —se afilió al Partido Comunista Francés en 1950[381]—, coqueteó también con ciertas ideas estructuralistas y sus tesis mantenían la insistencia de ver en todo el orden que lo rodeaba una suerte de aviesa conspiración de dominación por parte del “sistema”[382] de poder capitalista, cuyos tenebrosos dominadores eran no necesariamente los detentadores de los medios de producción —tal como lo afirmaba el marxismo clásico—, sino fundamentalmente los detentadores del “saber”, sapiencia que según Foucault era usada a través de los facultativos por medio de una compleja maquinaria creada no para asistir al hombre sino para vigilarlo y controlarlo. Incluso Foucault trasladaba la relación de explotación o dominación económica que sostenía el marxismo a los vínculos socioculturales interpersonales: el cura respecto del feligrés, el médico respecto del paciente o el policía respecto del ladrón, por ejemplo. Y por ende, el grueso de sus libros apunta a cuestionar a las instituciones en que actúan estos “agentes del saber”: la Iglesia, el hospital, el establecimiento penitenciario, etcétera.

Y dentro de los sistemas disciplinarios que denunciaba, mantuvo siempre un especial ensañamiento para con los hospitales y, por añadidura, con la medicina[383]. Pero he aquí un detalle que no podemos omitir: Foucault era bisnieto, nieto, hijo y hermano de médicos que siempre insistieron y promovieron en él la idea —nunca concretada— de que continuara vocacionalmente con esa tradición familiar: ¿Intentaba Foucault resolver catárticamente conflictos personal-familiares en sus escritos a los que luego disfrazaba con un revolucionario barniz académico? Interesa la pregunta porque si bien no solía escribir libros autorreferenciales, siempre se explayaba sobre asuntos que claramente estaban relacionados con sus traumas personales. Por ejemplo, es sabido que Foucault había estado al borde de la locura y en probable búsqueda de su

propia identidad, escribió su obra Locura y sinrazón. Historia de la locura en la época clásica, publicada en 1961: “Después de haber estudiado filosofía, quería ver lo que era la locura: había estado lo suficientemente loco como para estudiar la razón, y era lo suficientemente razonable como para estudiar la locura”[384], reconoció. No exageraba Foucault cuando confesaba haber estado loco. En su juventud intentó matarse varias veces[385], padeció depresión aguda y por ese motivo fue llevado por su padre al hospital psiquiátrico de Santa Anna, lapso en el que él se familiarizó y fascinó con la psicología.

En su mencionado libro sobre la locura, Foucault sostenía que ésta no era una enfermedad sino una clasificación injusta y arbitraria de la modernidad capitalista: “En la Edad Media el loco se movía con libertad e incluso, se lo veía con respeto, pero en nuestra época se lo confina en asilos y se lo trata como a enfermo, un triunfo de ‘equivocada filantropía’”[386], anotó: exactamente el mismo argumento usaron luego los sodomitas foucaultianos a la hora de negar que la homosexualidad sea una enfermedad.

Lo cierto es que Foucault se caracterizaba por reivindicar con insistencia a los locos, a los perversos y a los criminales, a quienes él consideraba “víctimas del sistema” y más concretamente, alegaba que estos elementos formaban parte de una arbitraria categorización estigmatizante del mundo moderno: ¿Ignoraba Foucault que en la Edad Media estos parias habían recibido un trato muchísimo más hostil que el que él denunciaba?

Justamente, para Foucault el delincuente era una víctima que el orden capitalista había inventado y clasificado en el marco de un planificado mecanismo de control. Pero si su tesis fuese cierta: ¿Entonces por qué en la Rusia soviética -en donde el capitalismo no existía- no sólo también había delincuentes sino que éstos eran hacinados y torturados en los Gulag junto con mujeres, ancianos y niños? Ante este planteo, Foucault se hacía el distraído y minimizaba la crueldad del sistema penal comunista, el cual era por lejos muchísimo más brutal y arbitrario que cualquier defectuoso sistema carcelario de la órbita capitalista-occidental.

En efecto, el irracional odio hacia al sistema de vida en el que él vivió (y disfrutó) llevó a Foucault a no advertir que “los excluidos” (de los que parodiaba preocuparse) eran muchísimo mejor tratados en la civilización que él denostaba no sólo respecto de la precitada Rusia stalinista, sino también en relación con los campos de castigo de la China comunista y ni que hablar respecto de la barbarie obrante en las teocracias pre-modernas de Medio Oriente, las cuales Foucault no sólo no condenó sino que apoyó con cruel deslumbramiento. Tal el caso del régimen iraní del Ayatolá

Jomeini (de quien fue su panegirista en 1979), el cual lapidaba adúlteros, masacraba prostitutas y ahorcaba homosexuales con habitualidad.

Pero por delirante que sonaran estas posturas, es indudable que sus obras influyeron y mucho en distintas disciplinas. Su libro Vigilar y castigar por ejemplo, es una suerte de catecismo de la corriente garanto-abolicionsita del derecho penal, en donde Foucault exalta con encendida admiración la figura del delincuente y sostiene que el crimen es “una protesta resonante de la individualidad humana”, agregando que “puede, por lo tanto, ocurrir que el delito constituya un instrumento político que será eventualmente tan precioso para la liberación de nuestra sociedad como lo fue para la emancipación de los negros”[387]. Lo insólito es que este tipo de disparates ha sido tomado en serio por muchos abogados de izquierda y no por casualidad, en la Argentina el principal divulgador foucaultiano haya sido el activista homosexual, locador de prostíbulos y evasor fiscal Eugenio Zaffaroni, presentado en sociedad no como un protervo —sus fallos siempre tendieron a exculpar o justificar criminales y delincuentes sexuales— sino como una “eminencia jurídica”, beneficio vernáculo del que goza cualquier degenerado que pertenezca al establishment progresista: el fallecido delincuente y ex Presidente Néstor Kirchner premió a Zaffaroni al nombrarlo Juez de la Corte Suprema de Justicia, una de las tantísimas vergüenzas institucionales que hemos padecido en este desdichado país.

En los criminales, licenciosos, locos y, en suma, en todos los andrajos sociales que consideraba “excluidos del sistema”, Foucault siempre vio el caldo de cultivo para atentar contra el orden establecido y promover así una revolución: “Hay una pluralidad de resistencias, cada una de ellas es un caso especial”[388], anotó en su inconclusa obra Historia de la sexualidad, mientras llamaba a los delincuentes no a la reflexión y al cese de sus felonías, sino a sembrar la violencia y el caos social por mano propia, a la vez que despreciaba al poder judicial y las garantías jurídicas del Estado de Derecho civilizado: “Cuando se enseña a desechar la violencia, a estar a favor de la paz, a no querer la venganza, a preferir la justicia a la lucha, ¿qué es lo que se enseña? Se enseña a preferir la justicia burguesa a la lucha social, se enseña a preferir un juez a una venganza”, añadiendo que el sistema judicial era un tenebroso mecanismo de dominación: “El sistema de justicia que se le propone, que se le impone, es en realidad un instrumento de poder”[389]. ¿Prefería entonces Foucault para el delincuente no el Debido Proceso con un abogado defensor sino la horca, el destierro o la tortura de los tiempos pretéritos acaso?

Todo indica que paradojalmente, su odio contra el orden existente convertía a Foucault involuntariamente en un ultraconservador contrariado, porque de sus enfoques se deriva que él pensaba que en la Edad Media sus protegidos “marginales” vivían mucho mejor que en la modernidad, a la cual él culpaba por haberlos patologizado o estigmatizado. ¿No sabía Foucault la obviedad de que en la Edad Media a los locos, los pervertidos y a los delincuentes se les daba un trato muchísimo más hostil que en el mundo que él cuestionaba a través de sus textos y desde la libertad de cátedra bien remunerada?

Nos resulta impensable suponer que Foucault desconociera la historia de una manera tan grosera como para reivindicar implícitamente un antiguo orden que por adhesión ideológica izquierdista él debería tomar como injusto, es por ello que tomamos nota de una buena interpretación que de este intrincado individuo hace el sociólogo Juan José Sebreli, quien sostiene que Foucault  “manipulaba los datos históricos a su antojo y a veces los falseaba; los historiadores lo perdonaban porque creían que era un gran filósofo, los filósofos también lo excusaban porque creían que eran un gran historiador”[390].

En efecto, a Foucault nunca le interesó arribar a la verdad sino introducirle a la verdad argumentos engañosos con apariencia cientificista a los efectos de contaminarla y así, poder librar su enfermiza batalla existencial contra el mundo. Y quizás esta traumática y egocéntrica necesidad no de buscar la verdad sino de ensuciarla y ganar debates, fue la que lo llevó a sentir admiración por los sofistas griegos: “Creo que son muy importantes porque en ellos hay una prédica y una teoría del discurso que son esencialmente estratégicas; establecemos discursos y discutimos no para llegar a la verdad sino para vencerla. (…) Para los sofistas hablar, discutir y procurar conseguir la victoria a cualquier precio, valiéndose hasta de las astucias más groseras, es importante porque para ellos la práctica del discurso no está disociada del ejercicio del poder”[391]. O sea, Foucault bien podría haber sido entonces un mentiroso orgánico. ¿Orgánico al servicio de quién? Probablemente de sus locuras y taras personalísimas, que no eran pocas: los problemas de identidad en Foucault fueron tan agudos que en carta a una amiga suya suscripta a la edad de 30 años, confesó “haber vacilado entre hacerme monje o tomar el desvío de los caminos de la noche”[392]. Eligió este último carril, y mantuvo una insana vida signada por las drogas, el sadomasoquismo y la homosexualidad —elección de vida que años después pagaría muy cara—, siendo su amante más conocido el sociólogo comunista Daniel Defert.

Y así como elogió la locura y ponderó al criminal, también Foucault encomió la sodomía y la consideró como una suerte de vida rectora: “La homosexualidad surgió como una de las formas de sexualidad cuando pasó de la simple práctica de la sodomía hacia un tipo de androginia superior, un hermafroditismo de alma”[393], agregando que “la homosexualidad no es un deseo, sino algo deseable. Por lo tanto debemos insistir en llegar a ser homosexuales”[394]. Declaración suya bastante inofensiva si la comparamos con su aberrante apología de la pedofilia: “Por cierto”, manifestó por radio en 1978, “es muy difícil establecer barreras a la edad del consentimiento sexual”, porque “puede suceder que sea el menor, con su propia sexualidad, el que desee al adulto”, exhortando entonces a derogar todas las sanciones penales que regulan los delitos sexuales: “En ninguna circunstancia debería someterse la sexualidad a algún tipo de legislación… Cuando uno castiga la violación debería castigar la violencia y nada más. Y decir que sólo es un acto de agresión: que no hay diferencia, en principio, entre introducir un dedo en la cara de alguien o el pene en sus genitales”[395].

Pero Foucault no se quedó atrás en su pretensión “liberadora”, sino que propuso adoptar varones para poder llevarlos a vivir consigo y mantener así una “relación enriquecedora”: “Vivimos en un mundo relacional que las instituciones han empobrecido considerablemente. La sociedad y las instituciones que constituyen su armazón han limitado la posibilidad de entablar relaciones, porque un mundo relacional rico sería en extremo complicado de manejar. Debemos pelear contra ese empobrecimiento del tejido relacional. Debemos lograr que se reconozcan relaciones de coexistencia provisoria, de adopción”, y entonces, el entrevistador Gilles Barbedette, siguiendo la lógica del razonamiento de Foucault preguntó: 

“DB— [adopción] ¿De niños? MF— O —¿por qué no?— la de un adulto por otro. ¿Por qué no adoptaría a un amigo diez años menor que yo? ¿E incluso diez años más grande? (…) deberíamos tratar de imaginar y crear un nuevo derecho relacional que permitiera la existencia de todos los tipos posibles de relaciones”[396]. 

Como buen “izquierdista infantil” —arquetípicamente ridiculizado por Lenin— Foucault bramaba contra el orden vigente sin proponer jamás una salida superadora a lo que él tanto se quejaba, y cuando se le preguntaba qué futuro imaginaba o anhelaba para la humanidad, él se entusiasmaba con un mundo signado por las orgías y los alucinógenos: “Es posible que el perfil aproximado de una sociedad futura sea proporcionado por las recientes experiencias con drogas, sexo, comunas”[397]. Le asiste la razón al pensador Plinio Correa de Oliveira cuando sentenciaba: “Si el comunismo no es nada en cuanto fuerza de construcción, es algo como fuerza de destrucción”[398], y Foucault encuadraba y cumplimentaba de manera perfecta esta función destructiva.

Y así como resulta asombroso advertir el desconocimiento que de la historia padecía Foucault (aunque sospechamos que alteraba variables ex profeso), sus acríticos seguidores aceptan a libro cerrado los postulados de su conflictuado patriarca y entonces creen que antes de la llegada del capitalismo, la homosexualidad era admitida con alegría y desprejuicio, pero que el advenimiento de éste conspiró para demonizar estas tendencias y se pergeñó así una “cruel conjura heterosexista”. Sin dudas, estas endebles afirmaciones no son otra cosa más que una repetición de lo que ya había “determinado” Foucault en sus escritos más antiguos: en 1964 en su obra Historia de la locura en la época clásica anotó que “La homosexualidad, a la que el Renacimiento había dado libertad de expresión, en adelante entrará en el silencio, y pasará al lado de la prohibición, heredando viejas condenaciones de una sodomía en adelante desacralizada”[399], y casi una década después, en 1975 reforzó la idea en su trabajo “Los Anormales”: “Podemos imaginar (...) que la regla de silencio sobre la sexualidad apenas comenzó a pesar en el siglo XVII  (en  la  época,  digamos,  de  la  formación de  las  sociedades  capitalistas),  pero  que anteriormente todo el mundo podía decir cualquier cosa acerca de ella. ¡Tal vez! Quizás fuera así en la Edad Media, quizás la libertad de enunciación de la sexualidad era mucho más grande en ella que en los siglos XVIII o XIX. (...) Miren lo que pasa ahora. Por un lado, tenemos en nuestros días toda una serie de procedimientos institucionalizados de confesión de la sexualidad: la psiquiatría, el  psicoanálisis, la sexología”[400]. Pero siete años más tarde, en 1982, cuando la salud de Foucault era carcomida por el SIDA, fue él mismo quien sostuvo exactamente lo contrario de lo que predicó siempre, dejando en ridículo a sus fans: “Lo que llamamos moral sexual cristiana, e incluso judeocristiana, es un mito. Basta con consultar los documentos: esa famosa moral que localiza las relaciones sexuales en el matrimonio, que condena el adulterio y cualquier conducta no procreadora y no matrimonial, se construyó mucho antes del cristianismo. Todas estas formulaciones se encuentran en los textos estoicos, pitagóricos, y son ya tan ‘cristianas’ que los cristianos las retoman tal cual llegan hasta ellos”[401].

O sea que poco antes de morir, Foucault no sólo renegó de su historicismo de bolsillo reconociendo que el ideal heterosexual no era “un invento moderno”, sino que con su ejemplo personal también contradijo su tesis respecto de sus demonizadas “instituciones disciplinarias”: terminó sus días agonizando en un hospital y rodeado de médicos, institución y agentes que él siempre despreció y trató con desdén en sus obras más emblemáticas (tanto en El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica —1963— como en su posterior trabajo La microfísica del poder —1977—). Y si bien él gustaba discursear contra el “prejuicio y el estigma”, cuando se enteró que padecía SIDA mantuvo un discretísimo silencio y le ordenó a sus amigos y familiares ocultar tan infamante etiqueta.

A pesar de que la militancia homosexualista siempre toma a Foucault como su referencia intelectual por antonomasia, al parecer no es tanto lo que este hizo explícitamente por ella, puesto que estando de visita en la ciudad estadounidense de San Francisco —la que frecuentaba arropado en cuero en busca de “machotes golpeadores” que lo penetraran sexualmente en baños públicos mediante violentas sesiones sadomasoquistas—, mantuvo una breve conversación con un joven homosexual que se le acercó para agradecerle por todo lo que él habría hecho por el “movimiento gay”, y el traumado Foucault contestó: “Mi obra, verdaderamente, no tiene la menor relación con la liberación gay”. Y añadió: “En realidad me gustaba la situación antes de la liberación gay cuando todo era más disimulado. Era como una comunidad subterránea, excitante y algo peligrosa. La amistad significaba mucho, suponía mucha confianza, nos protegíamos unos a otros, nos vinculábamos mediante códigos secretos”[402].

 Homosexual promiscuo, sadomasoquista enfermizo, comunista “bon vivant”, alcohólico perdido, suicida frustrado, fumador empedernido y drogadicto irrefrenable —el consumo de LSD fue su pasatiempo favorito—, Michel Foucault fue el arquetipo humano perfectísimo para terminar siendo la idolatrada referencia de viciosos, delincuentes y depravados que la nueva estrategia izquierdista ha cooptado para sí, bajo las supuestas pretensiones nobles que aquí intentamos transparentar, siendo que para su envenenada herencia de intelectuales que hoy lo emulan —en sus textos y en sus hábitos—, Foucault es el punto de referencia obligatorio para promover la revolución cultural, tan simpáticamente igualitaria en el mundo aparente como perversa y autodestructiva en el mundo real.