martes, 8 de septiembre de 2020

Cap: 6 La autodestrucción homosexual-La autodestrucción más allá del SIDA




Cap: 6 La autodestrucción homosexual

La autodestrucción más allá del SIDA

Pero las secuelas graves por incurrir en la conducta homosexual exceden con creces el drama puntual del SIDA. Un informe del servicio de salud pública inglés (Public Health England) emitido a fines de junio de 2015, reveló un fuerte aumento en las enfermedades de transmisión sexual (ETS) entre hombres homosexuales en ese país, en proporción considerablemente mayor al resto de la población. Las cifras del citado organismo indican que, mientras la sífilis se ha incrementado en un 33% en total, ese incremento ha sido del 47% entre varones homosexuales. Análogamente, la gonorrea tuvo un aumento del 19% en la población en general, pero entre los sodomitas creció casi al doble: 32%[585]. Situación similar se registró por ejemplo en España, donde según datos gubernamentales (proporcionados por el Instituto Carlos III[586] de biomedicina), entre el decenio que va del año 2000 al 2010, los casos de sífilis y gonorrea se duplicaron y triplicaron respectivamente entre la población homosexual. Prácticamente todas las enfermedades de transmisión sexual (ETS) han sufrido incrementos en ese país (papiloma, sífilis, gonococia, clamidia y VIH) reveló el directivo de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) Doctor Rafael Cantón, quien detalló que los más afectados son los homosexuales: el 89% de los diagnósticos de VIH, el 83% de las gonorreas, el 91% de las sífilis y el 55% de las clamidias se dieron en población sodomita[587]. Pero estos coeficientes empeoran todavía más en el caso del linfogranuloma venérea, patología que ataca en un 99,5% a homosexuales[588] y apenas el 0,5% al resto de la población. En otra latitud, desde el Canadian Medical Association Journal se informó en el 2015 acerca de una nueva enfermedad de transmisión sexual provocada por una bacteria denominada linfogranuloma venéreo (LGV): el 100% de los afectados por esta triste novedad son homosexuales[589].

Y si nos adentramos en otros planos como por ejemplo el emocional y psicológico, cabe agregar los notables datos complementarios que nos confirman la evidente propensión al desequilibrio en las personas con trastornos homosexuales. La primera Encuesta Nacional del CDC, el varias veces citado órgano oficial de salud del gobierno de los Estados Unidos, reveló que las personas lesbianas, homo y bisexuales enfrentan mayor inclinación al vicio y a padecer  “problemas psicológicos graves” en comparación con las personas heterosexuales. Según el estudio, un porcentaje más alto de adultos entre las edades de 18 y 64 años, identificados como varones homosexuales (el 27,2 por ciento) eran actualmente fumadores, mientras que entre los heterosexuales la cifra es sólo del 19,6 por ciento. Asimismo, el 27,2 por ciento de mujeres que se identificaron como lesbianas y el 29,4 por ciento de mujeres que se identificaron como bisexuales eran actualmente fumadoras de cigarrillos, cifra que casi duplica al 16,9 por ciento de mujeres fumadoras que se identificaron como heterosexuales. Este mismo estudio indicó también que las personas homosexuales presentaron un mayor consumo de alcohol respecto a las heterosexuales: un porcentaje más alto de adultos entre las edades de 18 y 64 años que se identificaron como homosexuales o lesbianas (35,1 por ciento) o bisexuales (41,5%) reportaron haber padecido problemas con el exceso de bebida al menos un día del año pasado, en contraste con aquellos que se identificaron como heterosexuales, cuya cifra arriba a solo el 26%[590]. Luego, también informa el gobierno norteamericano que el 11% de adultos[591] que se identificaron como bisexuales experimentaron problemas psicológicos graves en los últimos 30 días, en tanto que sólo el 3,9% de los heterosexuales manifestaron ese padecimiento[592].

Respecto a las tendencias a la depresión y otras patologías, conforme información transcripta en la publicación “Archives of General Psychiatry”: “la gente homosexual está en un riesgo sustancialmente mayor ante algunas formas de problemas emocionales, incluyendo suicidios, depresión grave, desorden de ansiedad, desorden de conducta y dependencia de la nicotina”[593], dato científico que luego complementó la revista “Clinical Psychology Review”, la cual tras revisar estudios sobre agresión doméstica homosexual arribó a la siguiente conclusión: se registró violencia física en el 48% de las parejas lesbianas y en el 38% de las parejas de varones[594].

 Y como si el cúmulo de datos arrojados no confirmasen que la tendencia homosexual es autodestructiva, cabe agregar el documento científico sobre 750 casos publicado por el gobierno norteamericano (elaborado por el National Center for Biotechnology Information), el cual nos dice que la población sodomita sufre una preocupante tendencia al suicidio: los hombres homosexuales y bisexuales padecen un riesgo 14 veces mayor de intentar un suicidio que una persona no homosexual[595]. Sobre esto último, el psiquiatra español Aquilino Polaino señaló que el trastorno obsesivo es un rasgo común entre la comunidad homosexual, lo que podría explicar las altas tasas de suicidios[596], dado que la población sodomítica, aunque porcentualmente pequeña, constituye sin embargo el 62,5% del total de suicidios analizados en el informe citado.

Pero todavía hay más acerca de este desprecio por la vida y este patológico apego homosexual a la autodestrucción: “Yo jugué a la ruleta rusa del sida” es el escalofriante título del largo y completo informe publicado por el diario El Mundo de España en 2010: “La excitación comienza antes de traspasar la puerta, mucho antes de contemplar los cuerpos desnudos y entablar contacto físico. Desde el momento en que a través de internet se fija un día y un lugar, los nervios están a flor de piel. Los convocados imaginan una y otra vez cómo se desarrollará la particular orgía a la que van a asistir, quién será quién en la ruleta rusa sexual. Una peculiar reunión en la que uno de los participantes tiene un arma que excita al resto. No es una pistola. Es la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). El fenómeno surgió en Estados Unidos en la década de los ‘90, justo cuando apareció el cóctel de fármacos antirretrovirales capaz de mantener la enfermedad a raya. Ahora, estas fiestas empiezan a ganar adeptos en España (…) Las autoridades sanitarias conocen desde hace tiempo la existencia de esta peligrosa práctica. Los propios Centros de Prevención y Control de Enfermedades de EEUU (CDC) han realizado investigaciones sobre el asunto, tratando de averiguar por qué alguien quiere contraer un virus que mata a dos millones de personas cada año y cuya incidencia se ha duplicado en los hombres que mantienen relaciones homosexuales, especialmente entre los más jóvenes. Gordon Mansergh, de la división de VIH de los CDC y autor de uno de estos estudios, concluye tras encuestar a 554 hombres gays y bisexuales en San Francisco que ´la principal razón para tener sexo sin protección y sin preocupación, es que experimentan mucho más placer y se sienten emocionalmente más conectados con la pareja, sin barreras de ningún tipo´.

Pero no es sólo eso. Algunos participantes en las fiestas de la ruleta rusa lo hacen por dejar de sentirse aislados y diferentes e, incluso, porque han vivido tanto tiempo con miedo a infectarse que si, finalmente contraen el virus, se sienten aliviados (…) Las orgías de sexo a pelo entre seropositivos y seronegativos llevan dos décadas propagándose de forma soterrada por Estados Unidos”[597]. 

Tanto por lo expuesto como por muchos otros motivos, no es casual que un estudio  publicado  en  la revista médica de la Universidad de Navarra en 1997 sostuvo que  los homosexuales varones presentaban una esperanza de vida equivalente a la existente en 1871[598], en tanto que otro trabajo de origen canadiense proveniente de fuentes del mismísimo lobby homosexualista (elaborado por la junta médica Rainbow Health) nos dice que en promedio, la esperanza de vida de un sodomita es 20 años menor que la de un heterosexual[599], mientras que en otros países la diferencia se tornaría aún más alarmante: en la convención anual de la Eastern Psychological Association (EPA) de Estados Unidos (2007), se indicó que en Dinamarca, el país con la más larga historia en cuanto al "matrimonio" homosexual, los hombres heterosexuales casados morían a la edad promedio de 74 años, mientras que  los homosexuales varones "casados" lo hicieron a la edad promedio de 51 años. En tanto que en Noruega, los heterosexuales casados morían a los 77 en promedio; mientras que los homosexuales morían a los 52. En el caso de las mujeres la diferencia es similar: las casadas morían en promedio a los 78, mientras que las lesbianas en unión homosexual legal lo hacían a los 56, conforme los estudios presentados por los conocidos doctores Paul y Kirk Cameron[600].

A lo expuesto, cabría agregar que cuánto más visiblemente acentuada tenga una persona su conducta homosexual, menos expectativa de vida tendría. Por ejemplo, mientras en Argentina la expectativa es de 76 años de edad[601], los homosexuales en su versión transexual no llegan a los 35 años[602]: mucho menos de la mitad del promedio vital.

¿Por qué razón se genera esta apabullante desproporción en toda estadística científica que se consulte si es “tan válida” una tendencia como la otra? Simple: un vínculo es contrario a la naturaleza y el otro es conforme con ella. Vale decir: uno es propenso a generar enfermedades y el otro a generar vida. ¿Suena “discriminativa” nuestra conclusión? En todo caso no discriminamos nosotros sino la naturaleza. Por lo demás, poco nos importa si lo que decimos suena bien o mal a los oídos o a los ojos del correctivismo político vigente. Nuestra conclusión no surge de ningún prejuicioso “dogma preconciliar” sino de los datos estadísticos arrojados por las fuentes de organismos internacionales, instituciones oficiales o gubernamentales y estudios científicos privados de sobrada reputación. De ahí en más, cada cual es libre de sacar las deducciones que crea conveniente.

Asimismo, cabe agregar que este deliberado espíritu autodestructivo de la práctica homosexual tiene dos facetas bien nítidas y diferenciadas. Por un lado, es autodestructiva de manera implícita puesto que a través de una relación homosexual no puede jamás propagarse la especie humana, y si el porcentaje de homosexuales en lugar de ser insignificante fuese masivo, la humanidad correría riesgo grave de extinguirse. Por otra parte, encontramos que la homosexualidad es una conducta autodestructiva de manera directa, porque todo aquel que incurre en ella se expone a situaciones de altísimo riesgo y al acecho de enfermedades múltiples, tal como fuera expuesto de sobra en las páginas anteriores.

Es decir: todo cuanto hemos dicho en este capítulo relativo a lo insano que significa practicar la homosexualidad, no tiene otra finalidad más que poner de manifiesto que la ideología de género no sólo es perniciosa y peligrosa por el hecho de esconder tras de sí un modernizado propósito comunizante, sino porque además, el instrumento usado para su embozada imposición política es objetivamente dañino para quienes son incentivados a practicarlo, más allá de que, huelga repetir hasta el hartazgo, no negamos el derecho a que cada uno viva su intimidad como le plazca, en tanto y en cuanto en el uso de esa potestad no se lesionen derechos de terceros.