martes, 8 de septiembre de 2020

Cap: 6: La autodestrucción homosexual- SIDA y autodestrucción




Cap: 6: La autodestrucción homosexual-

SIDA y autodestrucción

Independientemente de todo credo, ideología y catalogación moral, la homosexualidad es una conducta objetivamente autodestructiva. Quien quiera practicar la sodomía tiene toda la libertad de hacerlo, pero los datos estadísticos más actualizados del mundo occidental no hacen más que confirmar lo desaconsejable que resulta dicha praxis, contraindicación que no elucubramos nosotros, sino las vilipendiadas leyes de la naturaleza. Vayamos a cuentas.

En lo que al VIH-SIDA concierne (enfermedad en la cual pondremos el foco en el presente pasaje), en noviembre de 2014 un informe emitido por el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, consignó en el “Espacio Económico Europeo” (computando a los 28 países de la UE, más Islandia, Liechtenstein y Noruega) que los contagios de este mal se han estabilizado o tienden a disminuir entre la población heterosexual, pero en sentido contrario, en la población sodomita  los contagios han crecido en Europa un 33% desde el año 2004 a la fecha[560], cifras alarmantes que llevaron a cincuenta países de la comunidad internacional a proteger a su población al prohibirles a los homosexuales donar sangre (entre los países que se defienden con estas medidas se encuentran Alemania, Francia, Colombia y EE.UU.)[561]. “Hay una tendencia global que es el crecimiento de la epidemia entre los homosexuales, entre hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres. Está sucediendo en todas las regiones, sin excepción”[562], afirmó el científico brasileño Luis Loures[563], actual director ejecutivo de Unaids (programa de lucha contra el Sida de las Naciones Unidas), al presentar el informe anual de esa entidad (julio de 2014). Y no es para menos. Según la mismísima ONU —órgano nada hostil a la hora de financiar las actividades de la ideología de género—: “los hombres gay y otros hombres que tienen sexo con hombres son 19 veces más propensos a vivir con VIH que la población general”, y “las mujeres transgénero son 49 veces más propensas a vivir con VIH que otros adultos en edad reproductiva” (cifras del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA -ONUSIDA)[564].

Estos contundentes datos científicos, provenientes de una organización mundial afín a la agenda homosexual, tiran a la basura los aforismos igualitarios y demagógicos que alegan que “todos tenemos las mismas chances de contagiarnos el SIDA”. Por supuesto que todos podemos contagiarnos SIDA: pero no todos tenemos las mismas chances. Mutatis mutandis, todos podemos tener  la mala fortuna de lesionarnos el oído, pero quien tiene el fetiche erótico de introducirse un punzón en la oreja tiene muchísimo más chances de ensordecer que aquellos que no incurren en ese desatino. Dicho de una manera más convencional: todos podemos morir de cáncer de pulmón, pero el no fumador no tiene las mismas chances que el fumador consuetudinario. Si esta última advertencia es de público conocimiento y hasta el Estado obliga a alertar al fumador en los mismísimos paquetes de cigarrillos acerca de las consecuencias de su vicio: ¿Por qué el Estado castiga por “discriminador” a todo aquel que señale la relación intrínseca entre sodomía y SIDA?[565]

Tomemos por caso la experiencia norteamericana: si bien en los Estados Unidos la población homosexual es apenas del 1,6% del total conforme cifras ya citadas provenientes del CDC (Centers for Disease Control and Prevention) dependiente del Ministerio de Salud del gobierno norteamericano[566], fue éste mismo órgano de estatal quien también reveló que en el año 2010, en materia de portadores de VIH, los hombres jóvenes homo y bisexuales (entre 13 y 24 años) de ese país representaron no el reducido proporcional 1,6% equivalente al sector poblacional homosexual, sino un escandaloso 72 % sobre el total de las nuevas infecciones. Más aún: el día 23 de septiembre de ese año, el mismo organismo realizó un estudio de epidemiología del SIDA discriminando en las 21 principales ciudades de USA arribando a la siguiente conclusión: el 20% de los varones homosexuales tienen VIH[567], llegando su extremo estadístico más preocupante en la ciudad de San Francisco (paraíso homosexual por antonomasia del Estado de California), donde se instalan homosexuales de todo el mundo a gozar de una vida “festiva y desprejuiciada”, siendo que además de ser un rentable centro urbano promovido por las agencias de “turismo sexual”, también es un sitio reverenciado en las canciones bailables de la “cultura gay-pop”, tal el caso del taquillero hit musical del coreográfico grupo de travestidos Village People[568], que lleva justamente el nombre de la promiscua urbe. Pero como fuera adelantado, no todo suena tan “divertido” en San Francisco: la autoridad sanitaria estatal advierte que en esa ciudad, uno de cada cinco hombres de más de 15 años es homosexual y que de estos últimos, uno de cada cuatro (un 25,8 por ciento) está infectado con el virus del VIH, otorgándole a San Francisco un triste y alarmante récord[569] que contrasta con el “encanto libertario” publicitado por la industria del entretenimiento pansexualista al concentrar el índice de VIH más escalofriantes de la civilización occidental contemporánea.

Pero las cifras fueron empeorando en los Estados Unidos. En el 2013 los hombres homo y bisexuales representaron el 81 % (30.689) de los 37.887 diagnosticados con VIH[570] en ese año[571]. ¿Se entiende lo qué estamos exponiendo? Mucho menos del 2 % de la población es homosexual pero más del 80% de la población total norteamericana que se infecta con VIH es homosexual. Más aún, de la pequeña porción restante de la población con VIH que no es homosexual, el grueso de ellos se contagiaron por situaciones relacionadas con transfusiones desdichadas (hemofílicos) o por compartir drogas inyectables, es decir que ni siquiera de esa minoritaria porción excedente de contagiados no homosexuales la enfermedad fue concebida necesariamente como consecuencia de relaciones heterosexuales, sino mayormente por otras causas.             Estos datos pavorosos conmocionan y preocupan no sin razones a los activistas “del género” más recalcitrantes: conforme cifras mundiales extraídas del informe “Homosexuality and the Politics of Truth”, elaboradas por el grupo dirigido por el psiquiatra y físico formado en las universidades de Yale y de Harvard Jeffrey Satinover[572], la incidencia del SIDA entre los homosexuales varones de 20 a 30 años es 430 veces mayor respecto del conjunto de la población heterosexual[573]. Agrega el informe que el hecho de que la notable mayoría de infectados sean homosexuales, es consecuencia por un  lado, de que el coito anal —del que los homosexuales varones son devotos — constituye un foco infectocontagioso de escandalosa relevancia y por otro, de los hábitos desordenados y promiscuos en los que participan en gran medida los afectos a estas propensiones. Vamos por partes para analizar ambas situaciones.

Respecto de lo insano de la penetración anal, vale señalar que la misma es practicada por el 90% de los homosexuales y dos tercios participan regularmente de ella según un estudio publicado por el Centro Nacional de Bioética[574] del gobierno norteamericano. Pero el ano y el recto son órganos que tienen la función única y exclusiva de excretar los desechos digestivos del cuerpo, no poseen producción propia de lubricantes, su mucosa es sumamente delicada y sus vasos sanguíneos pueden desgarrarse fácilmente provocando el sangrado. Luego, las probables consecuencias de dicha praxis son: incontinencia fecal, hemorroides, fisura anal, cuerpos extraños alojados en el recto, desgarros rectosigmoideos, proctitis alérgica, edema penil, sinusitis química, quemaduras de nitrito inhalado, etcétera. Y en cuanto a lo que al SIDA concierne, el último documento del CDC revela que cada 10 mil casos de relaciones sexuales en una penetración por vía vaginal, el riesgo de contagiarse VIH es de 4 casos para el varón y 8 para la mujer. En cambio, en una relación anal, cada 10 mil exposiciones sexuales el sujeto activo alcanza 11 casos y el receptivo 138 casos de riesgo. Vale decir que en la relación homosexual el sujeto activo triplica sus chances de riesgo respecto del varón heterosexual y el sujeto pasivo homosexual multiplica en 18 veces la cantidad las posibilidades de contagio[575] respecto de una mujer heterosexual. A lo dicho cabe añadir que en las relaciones homosexuales los acoplados suelen alternar o intercambiar el rol, con lo cual se exponen a sumar los dos coeficientes y así multiplicar sus de por sí altísimas chances de contagio. Dicho de otro modo: por la propia naturaleza del vínculo, el peligro de contraer VIH en la relación heterosexual es mínimo comparado con la homosexual.

En cuanto a la vida promiscua y orgiástica tan característica en la comunidad homosexual (otro factor que eleva las posibilidades de riesgo a cantidades astronómicas), se indica en el citado informe Satinover que la diferencia existente entre el comportamiento de los varones homosexuales y el de los heterosexuales es el siguiente: un homosexual promedio tiene relaciones sexuales con amantes distintos en una cantidad 12 veces superior[576] a un heterosexual: “El homosexual típico (ni que decir tiene que hay excepciones) es un hombre que practica frecuentes episodios de penetración anal con otros hombres, a menudo con muchos hombres diferentes. Estos episodios son 13 veces más frecuentes que los actos heterosexuales de sexo anal, con 12 veces más parejas distintas que los heterosexuales"[577].

Dichos datos parecieran transparentar situaciones que de alguna manera son de público conocimiento: en la jerga homosexual son famosos los encuentros fugaces con desconocidos en estaciones de trenes, cabinas telefónicas, felaciones en baños públicos, estaciones de subtes, saunas, cines marginales y rincones de cualquier tenor que les permita a sus cultores aliviar a ciegas su caótica ansiedad genital. Y como la homosexualidad está principalmente centrada en la relación sexual (aunque esto no niega en modo alguno el hecho de que dos sodomitas puedan llegar a sentir afecto entre sí), los integrantes del vínculo acaban mayormente transformándose en meros objetos de deseo o en competidores en el mercado de las pasiones genitales, lo cual fomenta la hiperactividad sexual con numerosas personas en porcentajes muchísimos más elevados a las de las personas heterosexuales. Y así nos lo confirma otro estudio efectuado con pacientes homosexuales en Amsterdam (elaborado por la científica María Xiridou[578]) el cual arribó a la conclusión de que cada homosexual tenía en promedio ocho amantes colaterales al año (aparte de su pareja “estable”)[579], y fue el Dr. Barry Adam (Profesor homosexual de la Universidad de Windsor en Canadá) quien presentó un trabajo complementario conformado por el análisis de 60 parejas homosexuales, y del mismo dedujo que tan solo el 25% de ellas eran fieles entre sí[580], desbarajuste conductual del que también dio cuentas el Ministerio de Salud de los Estados Unidos: “Debido a que tienen más parejas sexuales en comparación con otros hombres, los hombres gay y bisexuales tienen más posibilidades de tener relaciones sexuales con alguien que puede transmitir el VIH u otras enfermedades de transmisión sexual”[581]. ¿Esto quiere decir que no existe promiscuidad o infidelidad en el mundo heterosexual?, obvio que sí y nosotros desde estas líneas no negamos ni reivindicamos tal cosa. Más aun, consideramos una ligereza del espíritu que algo tan serio e intimísimo como la sexualidad sea tomado muchas veces como un irreflexivo desahogo pasatista. Pero lo que sí pretendemos exponer al abrevar en cifras del mundo científico, es que el desenfreno y la promiscuidad en las relaciones homosexuales posee guarismos categóricamente más elevados por todo concepto respecto de los vínculos heterosexuales, cuyos índices quedan reducidos a la insignificancia comparados con los dígitos provenientes de la desaforada actividad venérea de la comunidad homosexual.

Para más datos y a los fines de completar el mapa del mundo occidental, en lo que a Latinoamérica concierne y conforme números de la ONU actualizados al 2011 desde su site oficial, se nos informa que la prevalencia del VIH en población adulta en América Latina está estimada en 0.4%, y que de toda esta porción afectada, el 54,3% corresponde a homosexuales[582], las prostitutas arriban al 4,9%, los “Taxi Boys” masculinos el 22,8% y las personas usuarias de drogas intravenosas importan el 5%[583]. Todos estos grupos de riesgo señalados arriban a un 93% del total poblacional con VIH escrutado, pero el informe ni siquiera incluye datos sobre el 7% restante, el cual cabría suponer que quizás contemplaría a heterosexuales no pertenecientes a grupos de riesgo, es decir no afectos a las drogas o a la vida prostibularia, pero oficialmente nada dice el documento sobre ese excedente, por cuya insignificancia ni siquiera se anota la menor aclaración.

Puntualmente en la Argentina, según los últimos datos oficiales del sitio del Ministerio de Salud (consultado en noviembre del año 2015 en la etapa final del régimen corruptor de Cristina Kirchner), sobre el total de la población local con VIH los guarismos publicados fueron los siguientes: el 49% son homosexuales, un 7% son drogadictos, otro 5% está conformado por prostitutas y apenas un bajísimo 0,3% figura en el impreciso ítem “jóvenes y adultos” no identificados en ninguna de estas conductas de riesgo[584]. Se preguntará el lector: ¿Y el 37% restante no contemplado en la muestra? Un misterio: nada dice el site gubernamental de esa porción remanente, probablemente porque el propio Ministerio desconozca el origen de contagio de esa otra masa poblacional. Al fin y al cabo, durante la Argentina kirchnerista la poca o nula seriedad de las estadísticas oficiales de cualquier rubro fue política de Estado.